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​Viuda por Contrato - Capítulo 49

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Capítulo 49: Capítulo 49: La Fisura en el Cristal

​El regreso de Damian a su “hogar” con Clara fue el inicio de un descenso silencioso. El club de tiro había despertado algo que la amnesia no podía controlar: la sed de adrenalina. Durante los días siguientes, la paz de la villa en Ginebra empezó a sentirse como una mortaja. El olor de las flores en el jardín le revolvía el estómago; extrañaba el olor a metal caliente y el eco de los disparos.

​Clara, en su infinita paciencia, intentaba ignorar las ojeras de Damian y el temblor apenas perceptible de sus manos.

​—Te he preparado té de tila, mi amor —dijo ella, entrando en el salón con esa sonrisa que solía ser su refugio—. Estás muy tenso desde que fuiste a esa reunión legal con los Vane.

​Damian no respondió. Estaba de pie frente a la ventana, observando cómo la tormenta azotaba el lago. De repente, el sonido de un trueno retumbó con una violencia inusual.

​El estallido.

​No fue solo un trueno. En la mente de Damian, el sonido se transformó en el estruendo de un metal retorcido. Vio fuego. Vio el rostro de Elena gritando su nombre, pero no con odio, sino con una agonía que le desgarró el alma. Y luego, otra imagen: él mismo, con las manos manchadas de sangre, sosteniendo a alguien que se desvanecía.

​—¡Damian! —el grito de Clara lo trajo de vuelta.

​Él se giró bruscamente. Sin darse cuenta, había apretado la taza de porcelana que Clara le había entregado hasta hacerla pedazos en su mano. La sangre goteaba sobre la alfombra blanca.

​—Estás sangrando… —Clara se acercó asustada, intentando tomar su mano—. Déjame ayudarte, por favor.

​—¡No me toques! —rugió Damian.

​Su voz no era la suya. Era la voz de un comandante, de un hombre acostumbrado a ser obedecido o a matar. Empujó a Clara con una fuerza que no sabía que poseía. Ella cayó sobre el sofá, mirándolo con unos ojos llenos de un terror puro que Damian nunca había visto en ella.

​—Perdona… —susurró él, retrocediendo, mirando sus propias manos como si fueran armas extrañas—. Yo no… no sé qué me está pasando.

​La Sombra en el Jardín

​Esa misma noche, mientras Clara lloraba en silencio en la habitación de invitados, Damian salió al jardín bajo la lluvia. Necesitaba el frío. Necesitaba que el agua borrara las imágenes de Elena que se reproducían en su cabeza como una película de terror.

​Pero no estaba solo.

​—Es difícil fingir que eres un cordero cuando naciste siendo un lobo, ¿verdad?

​Damian se giró, con los puños cerrados. Yo estaba allí, apoyada en la verja de hierro, empapada pero impecable. No había venido a seducirlo. Había venido a presenciar el derrumbe.

​—Vete de aquí, Elena —dijo él, su voz temblando de rabia contenida—. Me estás volviendo loco. Desde que te vi en ese club, mi vida es un infierno.

​—Tu vida siempre fue un infierno, Damian. Solo que Clara te puso una venda en los ojos y te convenció de que era el cielo —caminé hacia él, ignorando el peligro que emanaba de su postura—. Ella te ama por el hombre que cree que eres. Yo te amo por el monstruo que realmente habita en ti. ¿Quién crees que te aceptará cuando recuerdes lo que le hiciste a tu propio hermano?

​Damian se abalanzó sobre mí y me acorraló contra un árbol. Sus manos se cerraron alrededor de mi garganta, pero no apretó. Sus ojos buscaban respuestas en los míos, una mezcla de odio ardiente y un deseo que lo estaba consumiendo.

​—Dímelo —pidió él, su rostro a milímetros del mío—. Dime quién murió por mi culpa. Dime por qué te veo en mis sueños rodeada de fuego.

​—Mírate, Damian —susurré, rozando sus labios con los míos sin llegar a besarlos—. Ya no puedes volver con ella. Ya le has tenido miedo a tu propia fuerza. Has visto el terror en sus ojos y has entendido que ella nunca podrá entenderte. Ella es tu paz, pero yo soy tu verdad.

​En ese momento, una luz se encendió en el porche. Clara estaba allí, envuelta en una bata, mirando hacia la oscuridad del jardín.

​—¿Damian? ¿Hay alguien ahí? —preguntó ella, su voz temblorosa quebrandose en el aire.

​Damian se congeló. Su cuerpo estaba pegado al mío, su corazón latía contra mi pecho con la fuerza de una fiera enjaulada. Me miró una última vez, un vistazo lleno de una desesperación absoluta, antes de soltarme y caminar hacia la luz, hacia la mentira, hacia la mujer que lo hacía sentir “bueno” pero que ahora lo miraba con miedo.

​Me quedé en la oscuridad, sonriendo. El cristal se había roto. No importaba cuánto intentara Clara pegarlo; la fisura ya estaba allí. Y por esa fisura, yo iba a entrar hasta recuperar lo que era mío.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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