Viuda por Contrato - Capítulo 50
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Capítulo 50: Capítulo 50: El Idioma de la Piel
La noche en la villa se sentía cargada, eléctrica. Tras el incidente en el jardín, el silencio entre Damian y Clara no era de tensión, sino de una necesidad primitiva de borrar el rastro de Elena. Damian entró en la habitación principal, donde el aroma a lavanda y vainilla de Clara intentaba combatir el olor a lluvia y peligro que él traía pegado a los poros.
Clara estaba de pie frente al ventanal, con un camisón de seda blanca que traslucía su figura bajo la luz de la luna. Cuando se giró, no había miedo en sus ojos, sino una determinación que Damian no le conocía.
—No dejes que ella gane, Damian —susurró Clara, acercándose a él—. No dejes que te convenza de que eres ese monstruo.
Damian no respondió con palabras. La tomó por la cintura y la atrajo hacia sí con una urgencia que rozaba la desesperación. La besó, no con la ternura habitual, sino con un hambre voraz, como si quisiera devorar la pureza que ella representaba para purgar el veneno de Elena.
Se deshicieron de la ropa en medio de la habitación. La piel de Clara era cálida, suave, libre de las cicatrices invisibles que Elena cargaba. Damian la cargó, llevándola hacia la cama, y por primera vez en meses, no hubo sombras en su mente. Solo estaba el calor de Clara, el sonido de su respiración entrecortada y la forma en que ella se moldeaba a él, recibiéndolo no como a un guerrero, sino como a un hombre.
El encuentro fue intenso, sudoroso. Clara no era pasiva; se aferraba a su espalda, marcando su piel con las uñas, entregándose con una pasión generosa que buscaba anclarlo al presente. Damian se perdió en ella, en el ritmo frenético de sus cuerpos chocando bajo las sábanas de hilo. Cada gemido de Clara era un recordatorio de que había una vida posible fuera del caos. La satisfizo con una dedicación casi religiosa, explorando cada rincón de su cuerpo, buscando en el placer de ella su propia redención. En ese momento, para Damian, el mundo empezaba y terminaba en los labios de Clara.
La Vigilante en la Sombra
Lo que ellos no sabían es que la mansión de los Vane no solo tenía cámaras; el sistema de seguridad de la villa de Damian, instalado originalmente por la empresa de mi madre, seguía enviando una señal encriptada a mi despacho.
Yo estaba allí. Sentada en la oscuridad, con una copa de coñac en la mano y la pantalla del monitor iluminando mi rostro pálido.
Ver a Damian con otra mujer debería haber sido el final, pero verlo con ella era una tortura distinta. No era el sexo mecánico que él y yo teníamos, cargado de odio y adrenalina. Lo que veía en la pantalla era intimidad. Era la forma en que él le apartaba el pelo de la cara después del orgasmo, la forma en que la abrazaba como si ella fuera su único oxígeno.
Sentí una punzada de odio tan real que casi rompo la copa. Clara no era una niña ingenua; era una rival letal. Ella le estaba dando la paz que yo le robé. Mientras yo usaba el dolor para despertarlo, ella usaba el placer para mantenerlo dormido.
—Maldita seas —susurré, viendo cómo Damian hundía el rostro en el cuello de Clara y cerraba los ojos con una paz que nunca tuvo conmigo.
En ese momento entendí que mi estrategia de “monstruo contra monstruo” no funcionaría. Si quería recuperar a Damian, no podía simplemente apelar a su pasado oscuro. Tenía que destruir el refugio que Clara le ofrecía. Tenía que demostrarle que esa calidez era una mentira, que el amor de Clara era frágil y que, tarde o temprano, ella también le tendría miedo cuando la sangre volviera a correr.
Me levanté y apagué la pantalla. El silencio de mi habitación me envolvió como una mortaja.
—Disfruta tu noche, Clara —dije al aire frío—. Porque mañana vas a descubrir que el hombre que duerme a tu lado tiene un dueño, y ese dueño no perdona las deudas de amor.
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