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​Viuda por Contrato - Capítulo 52

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Capítulo 52: Capítulo 52: El Precio de la Verdad

El casquillo de bala de oro en su mano era un ancla que lo arrastraba al fondo del mar. Damian no podía dejar de mirar el objeto mientras Clara tarareaba una canción en la ducha. Ese pequeño trozo de metal gritaba un nombre: Elena.

​Sin decir una palabra, salió de la casa. Condujo hasta la mansión Vane, entrando por la puerta de servicio que su cuerpo recordaba sin necesidad de mapas. Me encontró en el gimnasio privado del sótano, golpeando un saco de boxeo con una furia rítmica. Yo estaba empapada en sudor, con las vendas de las manos manchadas de rosa.

​Él no anunció su llegada. Simplemente se paró en la penumbra, viéndome golpear el cuero hasta que mis nudillos empezaron a arder.

​—¿Por qué me haces esto? —preguntó su voz, saliendo de la oscuridad como un látigo—. ¿Por qué no me dejas morir en paz en esa mentira?

​Me detuve, respirando agitadamente. Me giré para verlo. Tenía el rostro desencajado, la mandíbula tensa. Ya no era el hombre que le hacía el amor a Clara; era el animal herido que yo conocía.

​—Porque la paz es para los débiles, Damian —dije, acercándome a él, dejando que mi sudor se mezclara con el aire gélido del sótano—. Y tú no eres débil. Estás aburrido de la suavidad de Clara. Estás harto de que te miren como si fueras de cristal.

​La Entrega Violenta

​Damian se abalanzó sobre mí. No fue un abrazo, fue un ataque. Me estampó contra el saco de boxeo, que todavía oscilaba, y me tomó de las muñecas con una fuerza que me hizo jadear de dolor. Sus ojos eran dos pozos de odio y deseo incontrolable.

​—Quieres esto, ¿verdad? —gruñó él, su aliento caliente contra mi oído—. Quieres que sea el monstruo. Quieres que te trate como a la basura que eres por arruinar mi vida.

​—Hazlo —desafié, clavando mis ojos en los suyos—. Demuéstrame que puedes olvidarla aunque sea por un segundo.

​Lo que siguió fue un encuentro desprovisto de toda ternura. Damian no me quitó la ropa; la desgarró. No hubo caricias, solo manos que apretaban con la intención de dejar marca, de reclamar un territorio que él odiaba poseer. Me tomó allí mismo, contra la cadena de acero del saco, con una brusquedad que me robó el aliento.

​A diferencia de la noche con Clara, donde él se esforzaba por ser un amante protector, conmigo era un verdugo. Su cuerpo se movía con una violencia mecánica, cada embestida cargada de un resentimiento que me hacía temblar. No me miraba a los ojos; me miraba como si fuera un enemigo al que tenía que someter. El dolor y el placer se fundieron en una sola sensación punzante. Me dolían las muñecas, me dolía la espalda contra el cuero frío, pero mi corazón, irónicamente, se sentía vivo.

​Él no buscaba mi placer, buscaba su propia descarga, su propia forma de gritarle al mundo que seguía siendo un asesino. Fue sexo crudo, sudoroso y humillante. Elena Vane, la reina del imperio, reducida a un objeto contra el cual Damian descargaba toda su rabia acumulada.

​Cuando terminó, se separó de mí con la misma rapidez con la que un soldado se retira de un campo de batalla. Me dejó caer al suelo, exhausta y temblando, mientras él se ajustaba la ropa con una eficiencia gélida.

​El Despertar del Hielo

​Me quedé sentada en el suelo de goma, con el pelo revuelto y los labios hinchados. Lo miré desde abajo.

​—Ella nunca sabrá hacerte sentir así —dije, mi voz rota pero triunfante.

​Damian se detuvo antes de subir las escaleras. Se giró y me miró con un desprecio que me heló la sangre.

​—Tienes razón, Elena. Ella nunca me trataría así, porque ella me quiere. Tú, en cambio… tú solo quieres poseer mis ruinas. Lo que acaba de pasar no fue amor. Fue asco. Me doy asco a mí mismo por necesitar este veneno, y te doy asco a ti por ser la que lo suministra.

​Se limpió la boca con el dorso de la mano, como si quisiera borrar mi sabor.

​—Quédate con tu imperio y con tu soledad. Yo vuelvo con la mujer que me hace sentir que el mundo no es una mierda. Cada vez que la toque a ella de ahora en adelante, lo haré con más fuerza, solo para olvidar que alguna vez te toqué a ti.

​Se marchó, dejándome sola en la penumbra del sótano. El dolor físico empezó a aparecer: los moretones en mis muñecas, el escozor en la espalda. Pero lo que más me dolió fue la claridad de sus palabras. Yo acababa de darle lo que él necesitaba para reafirmar que Clara era su “salvación”. Había sido su juguete de desahogo, y él se había ido sintiéndose más unido a ella por la culpa.

​Me puse en pie, temblando, y me miré en el espejo del gimnasio. Parecía una mujer destruida. Pero entonces, una sonrisa amarga apareció en mi rostro.

​—No importa si me odias, Damian —susurré al espejo—. El odio es un lazo igual de fuerte que el amor. Y ahora, cada vez que la beses a ella, te preguntarás por qué tu cuerpo sigue buscando el dolor que solo yo puedo darte.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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