Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

​Viuda por Contrato - Capítulo 53

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. ​Viuda por Contrato
  4. Capítulo 53 - Capítulo 53: Capítulo 53: La Cicatriz de la Mentira
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 53: Capítulo 53: La Cicatriz de la Mentira

​El aire en la villa de Ginebra se sentía denso, como si las paredes hubieran absorbido la oscuridad que Damian traía en la piel. Entró por la puerta trasera, evitando el reflejo de los espejos. El cuerpo le dolía de una forma eléctrica; las marcas de las uñas de Elena en su espalda y el peso de su propia violencia lo hacían caminar como un hombre que cargaba un cadáver a cuestas.

​Clara lo esperaba en el salón, sentada con un libro que no estaba leyendo. Al verlo entrar, su rostro se iluminó, pero esa luz se apagó en un segundo al notar su estado.

​—¡Damian! Estás… Dios mío, ¿qué te ha pasado? —exclamó ella, corriendo hacia él.

​Él se tensó ante su toque. Clara estiró la mano para acariciar su mejilla, pero su mirada bajó al cuello de Damian. Allí, justo debajo de la mandíbula, había una marca rojiza, un moretón que gritaba una verdad que no cabía en su pequeña burbuja de felicidad.

​—Tienes sangre en la camisa —susurró ella, su voz empezando a temblar—. Y esas marcas en tus muñecas… Damian, mírame. ¿Dónde has estado?

​El Vértigo de la Invención

​Damian cerró los ojos un instante. Su mente, esa que Elena había llamado “de asesino”, empezó a trabajar a una velocidad aterradora. El hombre dulce que Clara amaba se hundió en el fondo de su ser, dejando paso al estratega frío que podía mentir sin parpadear.

​—Tuve un episodio, Clara —dijo él, bajando la voz hasta que sonó rota, vulnerable, una actuación perfecta—. Los flashes… volvieron. Estaba conduciendo y de repente todo se volvió negro. Sentí que alguien me atacaba en el coche, que estaba de nuevo en el accidente.

​—¿Qué? —Clara se llevó las manos a la boca—. ¿Alguien te atacó?

​—No —respondió él, tomándole las manos con una firmeza que la hizo estremecer—. Fui yo. Me bajé del coche en el bosque. No sabía dónde estaba. Empecé a golpear los árboles, a pelear con sombras. Las marcas… —miró sus muñecas enrojecidas por el agarre de Elena—, me las hice intentando contenerme a mí mismo. Me caí contra las piedras. Por eso la sangre.

​Clara lo miró con una mezcla de horror y una compasión infinita. El engaño era tan cruel que Damian sintió un asco físico por sí mismo, pero siguió adelante. Necesitaba que ella fuera su coartada contra la realidad.

​—Oh, mi amor… —ella lo abrazó con fuerza, hundiendo su rostro en su pecho—. Es culpa de esa mujer, de Elena. Desde que apareció, tu mente no descansa. Tenemos que irnos de aquí, Damian. Tenemos que volver al valle, donde nadie nos conozca.

​El Sabor del Veneno

​Damian la abrazó de vuelta, pero mientras la rodeaba con sus brazos, su mirada se perdió en el vacío. Clara lo besó con ternura, un beso que sabía a perdón y a medicina, pero la mente de Damian le jugó una mala pasada: el sabor dulce de Clara le recordó, por puro contraste, el sabor metálico y salvaje de los labios de Elena.

​—Quítate la ropa, deja que te cure —dijo Clara, guiándolo hacia el baño.

​Damian sintió un sudor frío. Si se quitaba la camisa, ella vería las marcas en su espalda que ningún “árbol” o “caída” podrían explicar. Marcas de pasión, de una lucha carnal que no tenía nada de accidental.

​—No —dijo él con una brusquedad que la detuvo en seco—. Necesito estar solo un momento, Clara. Necesito ducharme y lavar este… este sentimiento de mí. Por favor.

​—Pero, Damian…

​—¡Por favor! —gritó, y el eco de su propia voz lo asustó.

​Se encerró en el baño y abrió el grifo del agua caliente hasta que el vapor llenó la estancia. Se quitó la camisa y se miró en el espejo empañado. Los arañazos en sus hombros eran como un mapa de su traición.

​En ese momento, su teléfono, que había dejado sobre el mármol, vibró. Un mensaje de un número oculto:

​”¿Cómo sabe el refugio después de haber probado el incendio, Damian? No limpies muy fuerte las marcas… nos costó mucho trabajo hacerlas.”

​Damian golpeó el espejo con el puño, agrietando el cristal. Entendió que Elena no solo lo había poseído físicamente; se había metido bajo su piel como un parásito. Miró hacia la puerta cerrada, sabiendo que al otro lado estaba la mujer que representaba su salvación, y se dio cuenta de que su mentira no era para proteger a Clara.

​Era para protegerse a sí mismo de la verdad: que prefería el dolor humillante de Elena que la paz aburrida de la mujer que lo amaba.

​Fuera, en el pasillo, Clara se quedó apoyada contra la pared, escuchando el agua correr. Lentamente, se agachó y recogió algo que se le había caído a Damian del bolsillo al entrar: un pendiente de diamantes. Un diseño único. Un diseño que ella había visto brillar en las orejas de Elena Vane durante la cena.

​Clara no lloró. Sus dedos se cerraron sobre la joya hasta que el metal le lastimó la palma. La “niña” acababa de morir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo