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​Viuda por Contrato - Capítulo 54

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Capítulo 54: Capítulo 54: La Posesión del Miedo

Clara se quedó de pie en el pasillo, con el diamante de Elena perforándole la palma de la mano. El dolor físico era un ancla que le impedía desmoronarse. Escuchaba el agua de la ducha golpear el suelo y, por primera vez, no sentía compasión. Sentía una furia territorial, una vibración antigua que le decía que la paz se defiende con garras, no con lágrimas.

​No iba a enfrentarlo. No iba a preguntarle. Sabía que si le daba la oportunidad de mentir, lo perdería para siempre. La única forma de retener a un hombre que se estaba escapando hacia la oscuridad era recordarle, con una fuerza arrolladora, dónde estaba su luz.

​Guardó el pendiente en el bolsillo de su bata y entró en el baño. El vapor era tan espeso que apenas se veía la silueta de Damian tras la mampara de cristal.

​—Te dije que quería estar solo, Clara —dijo él, su voz resonando entre los azulejos, cargada de una fatiga mortal.

​—No me importa lo que hayas dicho —respondió ella, dejando caer su bata al suelo y entrando en la ducha con él.

​Damian se tensó, ocultando su espalda contra la pared, pero Clara no le dio espacio. Se pegó a su pecho, dejando que el agua caliente los empapara a ambos. Lo miró a los ojos, y Damian vio algo que nunca había visto en ella: un desafío carnal, una mirada que no pedía permiso.

​El Reclamo de la Carne

​—Sé que tienes miedo de lo que hay en tu cabeza —susurró ella, pasando sus manos por los hombros de él, ignorando deliberadamente las marcas que sentía bajo sus dedos—. Pero tu cuerpo es mío. Tu presente es mío. Y no voy a dejar que ninguna sombra te lo quite.

​Clara lo besó. No fue un beso dulce de buenas noches. Fue un beso voraz, una invasión que buscaba borrar cualquier rastro del sabor de Elena. Damian intentó apartarla, abrumado por la culpa y el asco de sí mismo, pero Clara lo rodeó con las piernas, obligándolo a sostenerla, a sentir el peso de su entrega absoluta.

​Hicieron el amor allí mismo, bajo el chorro de agua que caía con fuerza. Clara se movía con una intensidad desesperada, casi violenta, como si quisiera sellar cada poro de la piel de Damian con su propio nombre. Él, acorralado por la pasión de la mujer que se suponía era su refugio, terminó rindiéndose. Se perdió en la calidez de Clara, en su entrega sin condiciones, en esa forma de amar que no buscaba humillarlo, sino salvarlo.

​Fue un sexo prolongado, agotador. Damian la poseía con una fuerza que buscaba acallar las voces en su cabeza, mientras Clara le respondía con una entrega que decía: “Yo estoy aquí, yo soy real, ella es solo un fantasma”. Por un momento, en el clímax del acto, Damian gritó el nombre de Clara, y ella sonrió contra su cuello, sintiendo que había ganado una batalla.

​El Veneno de la Duda

​Horas más tarde, Damian dormía profundamente, agotado por la montaña rusa emocional y física de la jornada. Clara, sin embargo, estaba bien despierta. Se levantó con cuidado, se puso la bata y bajó a la cocina.

​Sacó el pendiente de Elena y lo puso sobre la mesa de mármol. Lo miró durante mucho tiempo. La noche de sexo había sido increíble, pero ella sabía la verdad: Damian la había buscado con esa intensidad porque necesitaba huir de sí mismo. Ella había sido su medicina, pero Elena era su enfermedad. Y las enfermedades suelen ser más fuertes que los remedios.

​Tomó su teléfono y buscó el número de Elena Vane. No la llamó. Simplemente le envió una foto.

​Era una foto de la cama deshecha, con el brazo de Damian tatuado descansando sobre la cintura de Clara mientras dormían, y en primer plano, el pendiente de diamantes de Elena sobre la mesilla.

​Debajo, escribió una sola frase:

​”Gracias por el regalo, Elena. A Damian le encantó el brillo que le dio a nuestra noche. Puedes quedarte con los restos de su pasado, pero el hombre que duerme a mi lado ya no sabe quién eres.”

​Clara bloqueó el teléfono y sintió un escalofrío. Acababa de dar un paso hacia el mundo de los Vane. Acababa de aprender a usar el dolor como arma. Se miró en el cristal de la ventana y ya no reconoció a la niña del valle.

​El Despacho de Hielo

​A pocos kilómetros de allí, en la mansión Vane, el teléfono de Elena vibró sobre el escritorio de caoba. Al ver la foto, Elena no gritó. No rompió nada. Se quedó mirando la imagen de Damian durmiendo junto a Clara con una calma aterradora.

​Se tocó el lóbulo de la oreja vacío. El dolor de la traición de Damian la golpeó de nuevo, pero esta vez fue diferente. Clara acababa de cometer el error de su vida: le había demostrado a Elena que era capaz de pelear sucio.

​—Así que quieres jugar a ser una Vane, Clara… —susurró Elena, su voz sonando como el roce de dos cuchillas—. Bien. Te enseñaré lo que pasa cuando intentas quedarte con algo que no te pertenece.

​Elena apretó un botón en su escritorio. Su jefe de seguridad apareció en segundos.

​—Prepara el coche —dijo Elena, sus ojos brillando con una luz maligna—. Y busca el historial clínico del padre de Clara. Es hora de que Damian vea qué pasa cuando su “ángel” tiene que elegir entre su hombre y la vida de su propia sangre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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