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​Viuda por Contrato - Capítulo 55

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Capítulo 55: Capítulo 55: La Máscara de Cristal

Para Damian, el sexo con Elena había sido un exorcismo de odio, pero la mañana siguiente con Clara se sentía como volver a nacer. El sol de Ginebra entraba por los ventanales de la villa, bañando la cama en una luz dorada que hacía que todo lo ocurrido en el gimnasio de los Vane pareciera una pesadilla lejana.

​Damian despertó con el peso de Clara sobre su pecho. Ella no tenía prisa. Lo miraba con una devoción que lo hacía sentir, por primera vez, que no era un arma rota, sino un hombre que merecía ser amado.

​La Entrega de los Sentidos

​Clara comenzó a bajar por su cuerpo, trazando con su lengua el camino de sus cicatrices, besando cada marca de su piel como si quisiera sellar las grietas por donde se filtraba la oscuridad de Elena. Se deslizó bajo las sábanas de seda, y Damian soltó un suspiro profundo, cerrando los ojos con fuerza cuando sintió el calor de su boca.

​Ella se tomó su tiempo. No era la urgencia violenta a la que él estaba acostumbrado; era un arte de paciencia y entrega. Clara lo envolvió con sus labios, explorando cada centímetro con una suavidad que lo hacía arquear la espalda contra el colchón. Damian sintió cómo el recuerdo del perfume de sándalo de Elena se evaporaba, reemplazado por el aroma a piel limpia y deseo puro de Clara.

​En un movimiento fluido, Damian la tomó por la cintura y la giró, posicionándola sobre él. Se buscaron en un 69 frenético, donde el placer era mutuo y coordinado, una danza de lenguas y caricias donde no había secretos. Él saboreaba la humedad de ella, perdiéndose en el ritmo de sus caderas, mientras ella se aferraba a sus muslos, entregada por completo a la tarea de hacerlo olvidar quién era fuera de esas cuatro paredes.

​La Geografía del Deseo

​El resto de la mañana fue un despliegue de posiciones que Damian creía haber olvidado, pero que su cuerpo ejecutaba con una maestría instintiva. La tomó de espaldas, sujetando sus caderas con firmeza mientras ella se miraba en el espejo del tocador, viendo cómo él la reclamaba con una intensidad que la hacía gemir su nombre. Luego, la sentó sobre el escritorio de madera noble, rodeada de papeles que ya no importaban, poseyéndola con una profundidad que la hacía temblar.

​Clara no era solo una receptora; ella lo buscaba, le pedía más, guiando sus manos hacia donde más lo necesitaba. En cada embestida, en cada roce de piel sudorosa, Damian sentía que estaba construyendo una muralla alrededor de su nueva vida. El sexo con ella era entretenido, vibrante, lleno de risas entrecortadas y susurros de amor que le devolvían la cordura.

​Cuando finalmente terminaron, entrelazados y exhaustos entre las sábanas revueltas, Damian la abrazó con una fuerza protectora.

​—Eres mi centro, Clara —susurró él, besando su frente—. Todo lo demás es ruido.

​El Contraste de la Soledad

​Mientras tanto, a pocos kilómetros, Elena observaba la grabación de audio que sus micrófonos ocultos en la habitación habían captado. Escuchaba los gemidos de placer de Damian, la risa de Clara, y el silencio de satisfacción que siguió.

​No sentía tristeza. Sentía una náusea gélida. Ver que Damian era capaz de encontrar esa alegría con alguien tan “común” era el mayor insulto a su existencia. Elena se levantó de su silla, caminó hacia el gran ventanal de su despacho y apretó los puños.

​—Crees que la carne te va a salvar, Damian —dijo para sí misma, mirando hacia la villa—. Crees que si te pierdes en ella lo suficiente, yo desapareceré. Pero el sexo es solo un anestésico. Y la anestesia siempre se pasa.

​Elena tomó un expediente médico. No era del padre de Clara. Era un informe sobre la salud mental de Damian que ella misma había manipulado meses atrás.

​—Es hora de que tu “ángel” descubra que el hombre con el que acaba de gemir es un psicópata diagnosticado —sonrió Elena—. Vamos a ver si sigue besándote con la misma pasión cuando crea que en cualquier momento podrías cortarle el cuello mientras duerme.

​La mañana después del maratón de piel y promesas, la villa respiraba una calma artificial. El aire olía a café recién hecho y al perfume dulce de Clara que se había quedado impregnado en las sábanas. Damian se sentía ligero, casi humano. Por primera vez, el eco de los disparos en su cabeza había sido silenciado por los gemidos de la mujer que dormía a su lado.

​Sin embargo, el orden de Clara era demasiado perfecto.

​Mientras ella bajaba a preparar el desayuno, Damian se quedó buscando su reloj en la mesilla de noche. Al mover un libro de poesías que Clara solía leerle, algo cayó al suelo con un tintineo metálico y seco.

​Damian se agachó. Sus dedos, marcados por la pólvora y las cicatrices, recogieron el objeto. Era el pendiente de diamantes de Elena.

​El mundo se detuvo. El frío regresó de golpe a sus huesos, subiendo desde la joya hasta su corazón. Reconocía ese diseño; lo había visto brillar contra la piel de Elena mientras ella lo desafiaba en el sótano, mientras lo incitaba a ser el animal que ahora intentaba domesticar.

​—¿Qué haces con esto, Clara? —susurró para sí mismo, sintiendo una punzada de desconfianza que no venía de sus recuerdos perdidos, sino de su instinto de supervivencia.

​La Mentira Tras la Inocencia

​Bajó las escaleras en silencio, moviéndose con la sigilo de un depredador. En la cocina, Clara canturreaba una melodía suave mientras servía el zumo. Parecía la estampa de la inocencia. Damian dejó el pendiente sobre la encimera de granito, justo al lado de la mano de ella.

​Clara se sobresaltó. El cristal de la jarra chocó contra el vaso, derramando un poco de líquido. Miró el pendiente y luego a Damian. Su rostro palideció, pero sus ojos no mostraron la confusión de una víctima, sino la rapidez de alguien que ha sido atrapado en una maniobra.

​—Lo encontré ayer —dijo ella, intentando recuperar la voz dulce—. Se te cayó del bolsillo cuando volviste a casa… después de ese “ataque” en el bosque.

​—¿Y por qué no me lo dijiste? —la voz de Damian bajó una octava, volviéndose peligrosa—. ¿Por qué lo escondiste debajo de tus libros, Clara?

​—¡Porque tenía miedo! —exclamó ella, dando un paso hacia él—. Tenía miedo de que si te lo daba, volverías a pensar en ella. Quería proteger lo que tenemos, Damian. Quería que esta noche fuera solo nuestra, sin el fantasma de esa mujer metiéndose en nuestra cama.

​Damian la miró fijamente. Había algo en la explicación de Clara que no encajaba. Ella era demasiado perfecta, demasiado oportuna.

​—¿Solo por eso? —preguntó él, acercándose hasta que sus pechos casi se tocaban—. ¿O hay algo más? Porque para ser una “niña del valle”, sabes ocultar muy bien las pruebas de una infidelidad que ni siquiera sabías si había ocurrido.

​El Giro de la Sospecha

​—No soy estúpida, Damian —replicó Clara, y por primera vez, su voz tuvo un filo de acero que lo sorprendió—. Sé que ella te busca. Sé que ella te tienta. Pero yo soy la que te cura las heridas. ¿Acaso no valió la pena el silencio por lo que vivimos anoche?

​Damian sintió un escalofrío. La manipulación de Clara era sutil, envuelta en amor y cuidado, pero era manipulación al fin y al cabo. Se dio cuenta de que su “refugio” no era tan limpio como pensaba. Clara estaba dispuesta a mentir, a ocultar y a jugar con su mente para retenerlo.

​—Me ocultaste la verdad para obligarme a estar contigo —dijo Damian, su voz fría como el hielo—. Te pareces a los Vane más de lo que crees, Clara.

​Él tomó el pendiente y se lo guardó en el bolsillo. Sin decir una palabra más, salió de la cocina. Necesitaba aire. Necesitaba entender si estaba huyendo de un monstruo para caer en los brazos de otro que simplemente usaba una máscara más bonita.

​Mientras tanto, en la cocina, Clara se quedó mirando el zumo derramado. Su mano temblaba, pero no de miedo, sino de una rabia gélida. Sacó su teléfono y vio el mensaje que le había enviado a Elena la noche anterior con la foto de ellos dos.

​—No voy a perderte, Damian —susurró Clara, limpiando la encimera con un movimiento brusco—. Si tengo que convertirme en ella para retenerte, lo haré.

​El Tablero se Complica

​En la mansión Vane, Elena recibió un informe de su equipo de vigilancia. Habían interceptado una llamada de Clara a un número desconocido en el extranjero justo antes de que Damian despertara.

​—Vaya, vaya… —Elena sonrió, saboreando su café—. Parece que nuestra dulce Clara tiene un contacto en la mafia rusa. ¿Quién lo hubiera dicho? El ángel tiene las alas manchadas de barro.

​Elena se levantó y se miró al espejo, ajustándose el collar.

—Ahora, Damian no sabrá en quién confiar. El monstruo que te dice la verdad, o el ángel que te miente para salvarte. La partida acaba de empezar, querida Clara. Y yo inventé las reglas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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