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​Viuda por Contrato - Capítulo 57

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Capítulo 57: CAPÍTULO 57: Ya NO

El motor del viejo todoterreno tosía nubes de arena blanca mientras se adentraba en las callejuelas empedradas de Essaouira. El olor a salitre y a sardinas asadas reemplazó finalmente el hedor a pólvora y ozono del desierto. Jena conducía con los nudillos blancos, fijos en el volante, como si soltarlo significara desmoronarse. A su lado, Damian mantenía una mano sobre el muslo de ella, un anclaje físico en un mundo que acababa de volverse líquido.

​En el asiento trasero, Mia dormía profundamente, agotada por el terror y el sol. Su pequeño pecho subía y bajaba con una rítmica inocencia que resultaba casi insultante frente a la tormenta que sus padres acababan de atravesar.

​Capítulo: La Sal en las Heridas

​Detuvieron el coche frente a una pensión de paredes encaladas y puertas de un azul intenso, ocultas tras una cortina de buganvilias. El dueño, un hombre de piel curtida por el sol y ojos bondadosos, no hizo preguntas. En este rincón del mundo, la gente llegaba buscando olvidar, y él se especializaba en no recordar.

​—Habitación tres —dijo el hombre, entregándoles una pesada llave de hierro—. Tiene vistas al puerto. El estruendo de las olas ahoga hasta los pensamientos más ruidosos.

​Subieron las escaleras en un silencio sepulcral. Una vez dentro de la habitación, Damian dejó a Mia en una cama pequeña en el rincón. La niña ni siquiera se despertó cuando él le quitó los zapatos llenos de arena. Jena, mientras tanto, se había quedado de pie frente a la ventana, mirando cómo los barcos de pesca regresaban al puerto bajo la luz dorada del atardecer.

​—Jena… —Damian se acercó a ella con cautela, como si temiera que pudiera romperse.

​Ella no se giró. Sus hombros temblaban levemente.

—¿Y si Franck tenía razón? —preguntó en un susurro—. ¿Y si todo lo que soy es una construcción de esa mujer fría que vi en el video? ¿Y si este amor que siento por ti es solo parte de un programa de contingencia que salió mal?

​Damian la rodeó con sus brazos desde atrás, apoyando la barbilla en su hombro. Podía sentir el calor de su piel, el pulso acelerado en su cuello.

—Ningún programa puede imitar la forma en que me miras cuando crees que no te veo —dijo él al oído—. Ningún código puede fabricar el sacrificio que hiciste hoy. Jena, Elena… como quieras llamarte. La mujer que eligió a esa niña por encima de tres mil millones de dólares es la única que me importa.

​Jena se dio la vuelta en sus brazos, hundiendo el rostro en su pecho. Finalmente, las lágrimas brotaron. No eran lágrimas de miedo, sino de alivio; el llanto de alguien que finalmente ha soltado una carga demasiado pesada para una sola alma. Damian la sostuvo, permitiendo que su camisa se empapara, sintiendo que en ese abrazo se sellaba un pacto más fuerte que cualquier contrato matrimonial de la alta sociedad.

​POV Damian

​Verla así, vulnerable y humana, me recordó por qué había renunciado a todo. Mi madre, Rous, siempre decía que el amor era una debilidad que los Murphy no podíamos permitirnos. Pero mientras sentía el peso de Jena contra mí, me di cuenta de que ella era mi única fortaleza. Sin ella, yo solo sería otro heredero vacío, comprando lealtades y vendiendo mi alma por trozos de poder.

​—Tenemos que movernos pronto —dijo ella después de un rato, limpiándose los ojos con el dorso de la mano—. Rous no se detendrá. Joseph nos dio tiempo, pero ella es como una marea. Siempre vuelve.

​—Joseph envió las pruebas a Interpol —le recordé—. Franck está acabado. Y mi madre… ella tendrá que dar muchas explicaciones antes de poder enviar a otro equipo tras nosotros.

​Jena asintió, pero vi la chispa de la estratega en sus ojos. No era la frialdad de “Elena”, sino el instinto de una madre leona.

—No es suficiente, Damian. Tenemos que desaparecer de verdad. No más hoteles, no más ciudades grandes. Necesitamos un lugar donde los satélites no miren.

​El Despertar de la Identidad

​Esa noche, mientras Mia seguía durmiendo, Jena sacó el disco de desencriptado. Lo observó bajo la luz de una vela. Sus dedos se movían sobre la superficie metálica con una memoria muscular que la asustaba.

​—¿Qué estás haciendo? —pregunté, acercándome a la mesa.

​—Borrando el rastro —respondió ella sin mirarme—. Este disco tiene un localizador pasivo. Si lo mantenemos activo, es una baliza para cualquiera con el receptor adecuado. Pero también contiene la única prueba de quién soy realmente.

​Se detuvo y me miró. Había una tristeza profunda en sus ojos.

—Si destruyo esto, nunca sabré quiénes eran mis padres. Nunca sabré si tengo hermanos, o de dónde vengo realmente antes de entrar al servicio de los Murphy. Seré una página en blanco para siempre.

​Me senté frente a ella y le tomé la mano.

—Una página en blanco es el lugar perfecto para escribir una historia nueva. Nuestra historia.

​Jena sonrió con tristeza, pero asintió. Con un movimiento decidido, dejó caer el disco al suelo y lo aplastó con el tacón de su bota pesada. El crujido del cristal y el metal resonó en la pequeña habitación como un disparo. Un pequeño destello azul se apagó, y con él, el último vínculo con el mundo de la “Flota Fantasma” y las conspiraciones internacionales.

​POV Jena

​Me sentí extrañamente ligera. Como si una cuerda que me mantenía atada al fondo del océano se hubiera cortado. Miré mis manos; eran manos que habían disparado, sí, pero también eran las manos que habían acunado a Mia durante sus pesadillas. Eran las manos que habían cocinado para Damian en nuestra pequeña cabaña.

​Caminamos hacia la cama donde Mia descansaba. La niña se movió en sueños y murmuró algo sobre un helado de pistacho. Nos reímos suavemente, un sonido que se sintió como una bendición en medio de tanta oscuridad.

​—Mañana buscaremos un barco —dijo Damian, rodeándonos a las dos con sus brazos mientras nos tumbábamos a su lado—. He oído que hay islas en las Azores donde nadie pregunta nombres. Donde puedes vivir de la pesca y del sol.

​—¿Te imaginas? —susurré, cerrando los ojos—. Damian Murphy, el hombre que lo tenía todo, viviendo en una cabaña de madera.

​—Ya lo tengo todo —respondió él, besándome la frente—. Estoy exactamente donde quiero estar.

​Afuera, las olas del Atlántico golpeaban los muros de la ciudad vieja, constantes e imparables. En algún lugar del mundo, Rous Murphy estaría gritando órdenes, Franck estaría intentando salvar su cuello de la cárcel, y los abogados estarían peleando por una fortuna que ya no tenía dueños.

​Pero aquí, en la habitación número tres de una pensión olvidada, solo había tres personas que habían descubierto el secreto mejor guardado de los Murphy: que la libertad no se compra, se elige. Y que el amor, a pesar de todas las mentiras, era la única verdad que no necesitaba ser desencriptada.

​Jena se durmió con el sonido de la respiración de Damian en su oído y el peso de Mia a su costado. Por primera vez en tres años, no soñó con sombras ni con códigos. Soñó con un mar azul, infinito y en calma, donde el viento no traía secretos, sino solo el olor a sal y a un mañana compartido.

El sol de las Azores no pedía permiso para entrar por la ventana. Era una luz pesada, que olía a sal y a tierra húmeda, muy distinta al calor seco que casi les cuesta la vida en el desierto. Jena se despertó antes que los demás, como siempre. Se quedó un momento quieta, escuchando el ritmo de las olas rompiendo contra el acantilado, justo debajo de la casita de piedra que habían alquilado con el último dinero en efectivo que Damian había logrado rescatar.

​A su lado, Damian dormía con la boca entreabierta, con una expresión de paz que solo aparecía cuando estaba profundamente dormido. Ya no tenía esa arruga constante entre las cejas, esa tensión de quien espera un disparo en cualquier momento. Jena estiró la mano y le rozó el pelo, comprobando que era real. Que estaban ahí.

Jena se levantó con cuidado de no hacer crujir las maderas del suelo. Fue a la cocina, una habitación pequeña con estantes llenos de tarros de cerámica y una cafetera vieja que tardaba una eternidad en calentar. Mientras esperaba, miró por la ventana hacia el pequeño jardín donde Mia había intentado plantar unos tomates el día anterior.

​Ya no había pantallas, ni códigos, ni rastreadores. Solo el silencio del campo y el grito de las gaviotas.

​—¿Mami? —la voz de Mia sonó bajita desde la puerta.

La niña arrastraba una manta, con los ojos todavía pegados por el sueño. Jena se agachó y la levantó en brazos, sintiendo el peso sólido y reconfortante de su hija. Mia ya no preguntaba por qué tenían que correr o por qué no podían llamar a nadie. Los niños tienen esa capacidad extraña de aceptar la paz con la misma rapidez con la que aceptan el miedo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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