Viuda por Contrato - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 Capítulo 6 El beso de la traición
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6: Capítulo 6: El beso de la traición 6: Capítulo 6: El beso de la traición El frío de la noche me golpeó la cara mientras corría por el callejón trasero del hotel.
Mis pulmones ardían, pero mi cerebro trabajaba a mil por hora.
Damian dijo que habían cortado los frenos, pero Isabella Rossi acababa de detonar una bomba.
Dos ataques distintos.
Dos asesinos diferentes.
—¡Elena!
—El grito de Damian resonó detrás de mí, seguido de dos disparos secos.
No me detuve.
Llegué a mi coche, un Mercedes negro que Julian me había regalado, y arranqué antes de que Damian pudiera alcanzarme.
Lo vi por el retrovisor: estaba furioso, de pie en medio de la calle, rodeado de humo, pero no me siguió.
Se quedó mirando el fuego del hotel con una expresión que no pude descifrar.
Conduje como una loca hacia la mansión Vane.
Necesitaba llegar a esa caja fuerte antes que él.
Si Damian quería quemar el cuadro, era porque lo que había dentro no solo incriminaba a los Rossi, sino también a él.
Al llegar, la mansión estaba en un silencio sepulcral.
Los guardias del turno de noche no estaban en sus puestos.
El pánico empezó a reptar por mi nuca, pero lo obligué a bajar.
Subí las escaleras de dos en dos hasta la suite principal.
Allí estaba el cuadro: un retrato al óleo de nuestra boda, pintado con una ironía macabra.
Lo arranqué de la pared.
Detrás, la caja fuerte digital brillaba con un número de serie esperando.
Tecleé el código que Julian me susurró: 7-4-1-9-2-2.
Click.
La puerta se abrió.
Pero no había fajos de billetes ni diamantes.
Había una carpeta de piel vieja y un pequeño frasco de cristal con un líquido incoloro.
Abrí la carpeta y mi corazón se detuvo.
Eran fotos.
Fotos de mi padre, pero no en un casino.
Estaba en un laboratorio, estrechando la mano de un joven Damian Vane.
La fecha era de hace quince años.
Debajo, un documento de propiedad: mi padre no perdió su fortuna en el juego; Damian Vane se la robó pieza por pieza, año tras año, usando a Julian como una pantalla de humo.
—¿Te gusta lo que ves?
—La voz de Damian llegó desde la puerta.
Me giré, apretando la carpeta contra mi pecho.
Estaba empapado por la lluvia, con la camisa desgarrada y sangre goteando de un corte en su sien.
Pero lo que más me asustó fue su calma.
—Tú arruinaste a mi familia —susurré, sintiendo cómo el odio reemplazaba al miedo—.
No fue Julian.
Fuiste tú.
Me vendieron al hermano equivocado.
—Julian no podía tener hijos, Elena —dijo él, avanzando lentamente, cerrando la distancia entre nosotros—.
Él necesitaba un heredero para el imperio, y yo necesitaba una forma de legalizar el dinero que le quité a tu padre.
El trato era simple: él te tenía a ti como el trofeo perfecto, y yo me aseguraba de que el linaje Vane continuara…
a través de mí.
—¿De qué estás hablando?
—Mi voz tembló.
—Julian no murió por veneno, Elena.
Y tampoco por un infarto —Damian estaba ahora a centímetros de mí.
Me quitó la carpeta de las manos con una suavidad aterradora—.
Julian murió porque descubrió que tú y yo éramos compatibles.
Él planeaba matarme a mí esta noche para quedarse contigo y con mi parte de la fortuna.
Pero yo fui más rápido.
Él sacó un control remoto de su bolsillo.
Al presionar un botón, la pantalla gigante de la habitación se encendió.
Era un video de seguridad de la noche anterior.
En las imágenes, se veía a Julian inyectándose algo en el brazo, sonriendo a la cámara antes de desplomarse en el sillón.
—Él se suicidó, Elena.
Preparó la escena para que pareciera un asesinato y que yo, como tu “tutor”, terminara en la cárcel por matarlo a él para tenerte a ti.
Julian no era una víctima.
Era un psicópata que quería destruirnos a ambos desde la tumba.
El aire se escapó de mis pulmones.
Estaba atrapada en una guerra de dos hermanos donde yo solo era el campo de batalla.
—¿Y ahora qué?
—pregunté, mirando el frasco de cristal que aún tenía en la mano.
Damian tomó el frasco de mis dedos y lo guardó.
Luego, tomó mi rostro entre sus manos.
Sus pulgares acariciaron mis pómulos con una ternura que me hizo querer gritar.
—Ahora, los Rossi creen que estamos muertos.
El mundo cree que eres una viuda desconsolada.
Y yo…
yo soy el único que sabe que tienes el valor suficiente para dispararme si te doy la oportunidad.
Se inclinó y me besó.
Fue un beso amargo, con sabor a hierro y secretos.
No fue un beso de amor; fue un pacto de sangre.
—Mañana —susurró contra mis labios—, iremos por los Rossi.
Pero esta noche, vas a ayudarme a deshacernos del único testigo que queda de que Julian Vane alguna vez existió.
—¿Quién?
—pregunté.
Damian señaló hacia el sótano.
—El hombre que está encerrado en la cámara de seguridad.
El verdadero Julian.
Porque el que enterramos hoy…
era solo un doble.
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