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​Viuda por Contrato - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 ​Capítulo 7 El Proyecto Crisálida
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7: ​Capítulo 7: El Proyecto Crisálida 7: ​Capítulo 7: El Proyecto Crisálida ​La mansión Vane no era una casa; era un mausoleo con tecnología de punta.

Mientras Damian me arrastraba hacia el sótano, el sonido de nuestros pasos era interrumpido por el chirrido de una radio.

Silas, el jefe de seguridad de rostro imperturbable y una cicatriz que le dividía la ceja, nos interceptó en el rellano.

​—Señor Damian, los Rossi han tomado el muelle.

Isabella está fuera de control, cree que usted murió en la explosión y está reclamando los activos de la empresa —dijo Silas, sin siquiera mirar el cadáver que supuestamente velábamos arriba.

​—Que se peleen por las cenizas, Silas.

Vigila el perímetro.

Si alguien que no sea yo intenta entrar a la cámara acorazada, mátalo —ordenó Damian con una frialdad que me hizo estremecer.

​Bajamos por un ascensor oculto tras una estantería de libros.

El aire se volvió frío y aséptico, con ese olor a hospital y ozono que presagiaba malas noticias.

​—¿Por qué dijiste que éramos compatibles?

—le solté, deteniéndome antes de entrar a la zona médica—.

¿Y qué tiene que ver tu supuesta infertilidad con que Julian me comprara?

​Damian se giró.

La luz fluorescente hacía que sus ojos parecieran de cristal.

​—Julian no quería un heredero para darle amor, Elena.

Julian tenía una enfermedad degenerativa en la sangre, una condición rara que lo estaba consumiendo desde hace diez años.

Los Vane somos una anomalía genética.

Para sobrevivir, él necesitaba transfusiones constantes y, eventualmente, un trasplante de médula de alguien con un mapa genético casi idéntico.

Pero él era estéril, no podía engendrar su propio “repuesto”.

​Mis manos empezaron a sudar.

La lógica de Julian era tan brillante como enferma.

​—Por eso te robó a ti —continuó Damian, acercándose—.

Tu familia no fue elegida al azar.

Tu abuelo y el nuestro compartieron un experimento médico en el ejército hace décadas.

Tú llevas el marcador genético que él necesitaba.

Y yo…

yo soy el único donante compatible que le quedaba vivo.

​—Él no se casó conmigo para salvar a mi padre —susurré, sintiendo náuseas—.

Se casó conmigo para tenerme cerca, como una reserva…

para que yo engendrara un hijo contigo que sirviera de banco de órganos para él.

​—Exacto.

Un hijo nuestro habría sido su cura definitiva.

Pero Julian se volvió paranoico.

Se dio cuenta de que si tú y yo nos aliábamos, él sobraba.

Por eso decidió que lo mejor era eliminarme a mí, quedarse contigo y usar el material genético que ya me había extraído por la fuerza años atrás.

​Llegamos a una puerta de vidrio reforzado.

Dentro, sobre una cama rodeada de monitores, había un hombre.

Tenía el rostro vendado y estaba conectado a una decena de máquinas.

​—¿Quién es él?

—pregunté, señalando al hombre que respiraba con dificultad.

​—El Doctor Aris, el hematólogo personal de Julian —dijo una voz femenina desde las sombras.

​De un rincón salió una mujer de unos sesenta años, con bata blanca y una mirada de acero que rivalizaba con la mía.

Era la Doctora Elena Vane Senior, la tía de Damian y la verdadera mente maestra detrás de la salud de la familia.

​—Julian no está aquí abajo, niño —dijo la doctora, mirando a Damian con desprecio—.

Julian se fue hace dos horas.

El hombre que enterraste hoy era un paciente terminal al que le reconstruyeron el rostro para que se pareciera a él.

Julian usó la explosión de los Rossi como distracción para escapar.

​Damian golpeó la pared con el puño, haciendo que el vidrio vibrara.

​—¿A dónde se fue, tía?

​—A buscar lo único que le falta para completar su tratamiento —la doctora me miró fijamente, y en sus ojos vi una compasión que me aterrorizó—.

Se llevó el protocolo de inducción.

Julian no necesita un hijo ahora, Elena.

Con la nueva tecnología que robó del laboratorio de tu padre, puede usar tu propia médula para regenerarse…

pero el proceso es letal para el donante.

​De repente, las luces de la mansión parpadearon y se tornaron rojas.

Una alarma silenciosa vibró en el reloj de Damian.

​—Silas ha caído —dijo Damian, sacando su arma—.

Julian no huyó.

Ha vuelto por ella.

​En ese momento, la pantalla del monitor médico cambió.

Ya no mostraba los signos vitales del doctor, sino un mensaje en letras rojas que parpadeaba con una crueldad infinita: ​”La deuda del padre se paga con la sangre de la hija.

Gracias por traerla a casa, hermano.” ​Se escuchó un estruendo arriba.

No eran disparos, era algo más pesado.

Alguien estaba demoliendo la entrada de la cámara.

​—Escúchame bien —Damian me tomó por los hombros, obligándome a mirarlo—.

Julian está loco, pero yo soy peor.

Si quieres salir de aquí, vas a tener que disparar a matar.

No a Julian, ni a los Rossi…

sino a mí.

​—¿Qué?

—exclamé.

​—Es la única forma de que se abra la puerta de emergencia biométrica.

Necesita mi pulso muriendo para desbloquear el sistema de seguridad total.

Hazlo, Elena.

O él nos convertirá a los dos en piezas de repuesto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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