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​Viuda por Contrato - Capítulo 75

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Capítulo 75: Capítulo 75: Este es el fin?

La perfección de la isla comenzó a sentirse como una jaula de cristal. El aire, saturado de fragancia a jazmín y sal, era demasiado liviano para unos pulmones acostumbrados al humo de las granadas y al ozono de los servidores quemados. Damian se despertó a las 3:00 a.m., con el sudor frío empapando las sábanas de seda que, apenas unas horas antes, habían sido el escenario de una entrega absoluta.

​Miró a Jena. Ella dormía con la guardia baja, una mano descansando sobre la cuna de Alexander. Se veía hermosa, radiante, finalmente en paz. Pero Damian sentía que esa paz era una mentira que se contaba a sí mismo cada mañana frente al espejo.

​Capítulo: La Abstinencia del Guerrero

​Damian se levantó sin hacer ruido. Sus pies, entrenados para el sigilo, evitaron las tablas de madera que crujían. Salió al porche, donde la oscuridad del océano se tragaba el horizonte. Se sentó en los escalones, apretando los puños hasta que los nudillos se tornaron blancos.

​No era que no amara a Jena; la amaba con una ferocidad que lo asustaba. Tampoco era que no quisiera a su hijo. El problema era el silencio. Un silencio que, después de meses, ya no era relajante, sino ensordecedor. Para un hombre como Damian, la paz no era un estado natural; era una anomalía. Su cuerpo estaba biológicamente diseñado para el conflicto, para el cálculo de riesgos, para la adrenalina que fluye cuando sabes que un paso en falso significa el fin.

​—No puedo respirar —susurró al viento, su voz apenas un gruñido.

​El Fantasma en la Máquina

​Regresó al interior y se dirigió a la “Habitación Roja”. Pero esta vez no buscaba erotismo. Movió el diván de terciopelo con una fuerza brusca y levantó una tabla del suelo que no figuraba en ningún plano. Allí, oculta en un maletín de Faraday, descansaba su última conexión con el mundo exterior: una tableta satelital de grado militar que se suponía debía destruir meses atrás.

​La encendió. El resplandor azulino de la pantalla iluminó sus facciones endurecidas, devolviéndole la imagen del depredador que Jena creía haber domesticado.

​Los códigos de encriptación bailaron en la pantalla. Damian se sintió vivo de nuevo. Sus dedos volaban sobre el teclado táctil, interceptando frecuencias de radio del continente, rastreando movimientos de activos que el mundo creía desaparecidos. El pulso, que durante el día era lento y monótono, se disparó a 120 pulsaciones por minuto.

​De repente, una notificación roja parpadeó en la esquina superior.

​FILTRACIÓN DETECTADA: PROTOCOLO “NÉMESIS” ACTIVADO.

OBJETIVO: LOS SILVA. UBICACIÓN: COMPROMETIDA.

​El corazón de Damian no se llenó de miedo, sino de una satisfacción oscura y eléctrica. Estaba listo. La paz había terminado.

​El Despertar de la Bestia

​Jena apareció en el umbral de la puerta. Llevaba una bata de seda negra entreabierta, pero su mirada ya no era la de la amante sumisa de la noche anterior. Vio la tableta. Vio la expresión de Damian.

​—La encendiste —dijo ella, su voz plana, carente de emoción pero cargada de una decepción que caló más hondo que cualquier bala.

​—Nunca la apagué del todo, Jena —respondió él, poniéndose en pie. Ya no era el hombre que le daba masajes con aceite; era una estatua de granito—. El Consorcio no olvida. Y yo tampoco puedo olvidar quién soy.

​—Prometiste que este lugar sería nuestro final —Jena caminó hacia él, sus ojos brillando con una mezcla de furia y dolor—. Prometiste que Alexander nunca vería una sombra. Y aquí estás tú, invocándolas.

​Damian la tomó por los hombros. No fue un gesto suave. Fue la presión del hombre que necesita que el otro entienda la gravedad de la situación.

​—¿Crees que esta vida es real? —le espetó—. Estamos jugando a la casita en una isla que pueden borrar del mapa con un misil desde un submarino a mil kilómetros de aquí. Tu paz es una ilusión, Jena. La mía es la vigilancia. Si no estoy listo para matar, no estoy listo para amarte.

​El Contrato Roto

​Jena se soltó de su agarre con un movimiento técnico, una defensa que ambos conocían bien. Se miraron como dos extraños, dos armas cargadas apuntándose en una habitación pequeña.

​—Estás adicto, Damian —dijo ella, con una lágrima traicionera rodando por su mejilla—. No estás protegiéndonos. Estás buscando una excusa para volver al fuego porque no sabes quién eres en la calma. Te di mi alma en esa cama, te di un hijo… ¿y no es suficiente?

​—Es más que suficiente —rugió él, golpeando la pared—. ¡Por eso no puedo quedarme sentado viendo cómo se pone el sol mientras sé que hay un contrato sobre nuestras cabezas! Prefiero morir de pie en un callejón que esperar a que nos maten mientras dormimos en sábanas de 500 hilos.

​El silencio que siguió fue diferente al de la noche. Era el silencio antes de la detonación. Damian vio el dolor en los ojos de Jena y, por un segundo, el hombre que la amaba quiso tirar la tableta al mar. Pero el guerrero, el monstruo que lo había mantenido vivo durante veinte años, no se lo permitió.

​La Sombra del Mañana

​Damian comenzó a vestirse. No con el lino blanco del paraíso, sino con ropa táctica oscura que tenía escondida en el doble fondo del armario. Se ajustó las botas, apretando los cordones con una precisión mecánica.

​—¿A dónde vas? —preguntó Jena, parada junto a la cuna de Alexander, que empezaba a removerse.

​—A cazar —respondió Damian, revisando el cargador de su pistola—. Si el Protocolo Némesis está activo, significa que hay un equipo de limpieza en camino. No voy a esperar a que lleguen a la playa. Voy a interceptarlos en el punto de encuentro en la isla vecina.

​—Si cruzas esa puerta con esa arma, el contrato que firmamos anoche se quema —advirtió Jena, su voz temblando por la gravedad de sus palabras—. No habrá vuelta atrás, Damian. Alexander y yo no seremos el premio que te espera cuando decidas que ya has tenido suficiente sangre.

​Damian se detuvo en el umbral. Miró a su esposa y a su hijo. El amor que sentía por ellos era tan inmenso que le desgarraba el pecho, pero su incapacidad para vivir en la paz era una enfermedad terminal.

​—Prefiero que me odies vivo a que me llores muerto —dijo finalmente.

​Salió a la noche, desapareciendo en la espesura de la selva antes de que el sol pudiera reclamar el día. Jena se quedó sola en la “Habitación Roja”, sosteniendo al bebé contra su pecho, mientras el sonido del motor de la lancha rápida de Damian se alejaba, rompiendo la quietud del paraíso para siempre.

​El Regreso al Infierno

​Mientras la lancha cortaba las olas oscuras, Damian sintió una claridad mental que no había experimentado en meses. Su cerebro empezó a procesar variables tácticas:

​Punto de inserción: Lado norte de la isla coralina.

​Viento: 15 km/h

​Visibilidad: 30%.

​Sacó un pequeño frasco de su bolsillo. No era aceite de almendras. Era pintura de camuflaje. Mientras se marcaba el rostro con franjas oscuras, su reflejo en el agua no era el de un padre o un esposo. Era el de una sombra.

Jena estaba en la cocina, de espaldas a la puerta, preparando un biberón para Alexander. El tintineo del cristal era el único sonido en la habitación. Cuando Damian entró, ella no se giró. No necesitaba hacerlo; el olor a pólvora y a adrenalina rancia que él desprendía era suficiente para llenar el espacio.

​—Están muertos —dijo Damian. Su voz no tenía la calidez de los últimos meses. Era una voz metálica, despojada de matices, como si estuviera leyendo un informe de daños—. Eran tres. Avanzadilla del Consorcio. No volverán a molestar.

​Jena dejó el biberón sobre la mesa y se giró lentamente. Sus ojos buscaron los de él, esperando encontrar al hombre que la había amado con devoción la noche anterior. Pero lo que encontró fue a un extraño. Las pupilas de Damian estaban contraídas, y su mirada pasaba a través de ella como si Jena fuera un obstáculo táctico más que una mujer.

​Él pasó por su lado sin rozarla. Ese pequeño vacío, esos centímetros de aire frío entre sus cuerpos, dolieron más que cualquier bofetada.

​—¿Eso es todo? —preguntó Jena, su voz temblando de una rabia contenida—. ¿Sales, matas y regresas como si hubieras ido a comprar pan? ¿Ni siquiera vas a mirar a tu hijo?

​Damian se detuvo frente al fregadero y comenzó a lavarse las manos con una meticulosidad obsesiva.

—No quiero ensuciarlo —respondió sin mirarla—. No quiero que el olor de lo que acabo de hacer se le pegue.

​La Distancia Cuántica

​A partir de ese día, Damian levantó una fortaleza invisible. Seguía allí físicamente, cumpliendo con las tareas de mantenimiento de la casa y asegurando el perímetro, pero su alma se había retirado a un lugar oscuro donde Jena no tenía permiso para entrar.

​Si ella intentaba acercarse por la noche, buscando el calor de su cuerpo, él se tensaba. Ya no buscaba su mano bajo las sábanas; se quedaba rígido, mirando al techo, con los oídos atentos a sonidos que solo él podía escuchar. El deseo que antes los consumía se había transformado en una cortesía fría y distante.

​—Parece que te da asco tocarme —le dijo Jena una tarde mientras él limpiaba su rifle en el porche.

​Damian ni siquiera levantó la vista del cañón de acero.

—No es asco, Jena. Es enfoque. Si permito que mis emociones dicten mis movimientos otra vez, nos matarán a todos. El amor nos hace lentos. El amor nos hace predecibles. Y ayer… ayer casi muero porque estaba pensando en si habías desayunado.

​—¡Preferiría que murieras amándome a que vivas siendo este iceberg! —gritó ella, frustrada.

​—Tú no eres la que tiene que apretar el gatillo —replicó él, finalmente mirándola, pero sus ojos eran dos pozos de indiferencia—. Tú quédate con el bebé. Yo me encargaré de que sigan respirando. Pero no me pidas que vuelva a ser el hombre que te escribía contratos de seda. Ese hombre era una debilidad que ya no puedo permitirme.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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