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​Viuda por Contrato - Capítulo 77

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Capítulo 77: Capítulo 77: Ya no es lo mismo

La casa, que durante meses había sido un búnker de silencios y tensiones eróticas, se llenó de repente de voces, de choques de copas y de historias que no tenían que ver con la muerte, sino con la vida.

​Se sentaron en la gran mesa de madera bajo el porche. Marcus traía consigo botellas de un vino tinto italiano que Damian amaba, y Elena había traído juguetes para Alexander y libros que no se podían conseguir en la isla.

​—Mírate, Silva —dijo Marcus, dándole una palmada en la espalda a Damian—. De ser el hombre más peligroso de Europa a ser un experto en pañales y barbacoas. Quién lo diría.

​Damian rió, una risa profunda y auténtica que hizo que Jena se detuviera a mirarlo con adoración.

—Resulta que la paz tiene un sabor mucho mejor que la adrenalina, Marcus. Solo me tomó treinta años darme cuenta.

​Elena, sentada junto a Jena, le tomó la mano.

—Te ves increíble, Jena. Hay una luz en ti que no existía cuando corríamos por los tejados de San Petersburgo. Damian finalmente hizo algo bien: te dio el hogar que merecías.

​El Amor Bajo una Nueva Mirada

​La presencia de amigos sirvió como un espejo para la pareja. Al ver cómo Marcus y Elena los miraban, Damian y Jena comprendieron lo que habían construido. El amor no solo se trataba de la intensidad de sus noches en la “Habitación Roja”, sino de la capacidad de ser una familia frente a los demás.

​Durante la tarde, mientras Marcus y Damian caminaban por la orilla hablando de barcos y de pesca (temas maravillosamente mundanos), Jena y Elena se quedaron en las hamacas.

​—¿Es difícil? —preguntó Elena, observando a Damian a lo lejos—. ¿Dejar atrás al monstruo para ser el hombre?

​Jena suspiró, balanceando suavemente la hamaca.

—Hubo días oscuros, Elena. Días donde él se alejó tanto que pensé que lo había perdido en el hielo. Pero el amor… el amor tiene una forma de quemar incluso las barreras más duras. Ahora, cuando me mira, ya no ve a una compañera de armas. Ve a su esposa. Y eso es lo más sexy que ha hecho nunca.

​La Noche de las Cuatro Estrellas

​Al caer la noche, encendieron una hoguera en la playa. Los amigos compartieron anécdotas ridículas de sus días de entrenamiento, haciendo que Damian y Jena lloraran de la risa. Era el bálsamo que necesitaban: humanizar su pasado para poder abrazar su futuro.

​Cuando Marcus y Elena se retiraron a la cabaña de invitados, Damian y Jena se quedaron solos frente a las brasas moribundas. Él se sentó detrás de ella, rodeándola con sus piernas y atrayéndola hacia su pecho.

​—Gracias por dejarme traerlos —susurró Damian en su oído—. Me di cuenta de que ver cómo te miran ellos me hace amarte aún más. Me recuerda que eres un milagro que otros también admiran, pero que solo yo tengo la suerte de poseer.

​Jena se giró en sus brazos, con el rostro iluminado por el naranja del fuego.

—Me gusta este Damian. El que comparte su mundo, el que no tiene miedo de mostrar que es feliz. Nuestra historia ya no es una misión solitaria, mi amor. Es una vida compartida.

​Se besaron bajo el cielo estrellado, un beso que sabía a vino, a sal y a una libertad que ya no era una huida, sino un destino. La presencia de sus amigos no había roto su intimidad; la había fortalecido, demostrando que su amor era lo suficientemente sólido como para ser mostrado al mundo.

El ambiente en la isla cambió de un golpe. La presencia de Marcus y Elena le recordó a Jena que ella no era solo una madre o una esposa devota; era una mujer poderosa que Damian había empezado a dar por sentada tras sus episodios de frialdad. Jena decidió que, si Damian quería jugar a ser el estratega distante, ella le enseñaría lo que realmente significa perder el control.

​Capítulo: El Juego de la Indiferencia

​Jena despertó con un plan. Se puso un bikini de seda color esmeralda que resaltaba cada curva de su cuerpo y, encima, una túnica blanca casi transparente que dejaba muy poco a la imaginación. Cuando bajó al desayuno, Damian ya estaba allí con Marcus, revisando unos mapas de pesca.

​Damian levantó la vista y su respiración se detuvo. Esperaba un beso o una mirada cómplice, pero Jena pasó por su lado como si él fuera parte del mobiliario.

​—Buenos días, Marcus. Elena, ¿lista para ir a la laguna? —dijo Jena con una sonrisa radiante, ignorando por completo la mano de Damian que buscaba su cintura.

​—Buenos días, preciosa —respondió Marcus, notando la tensión—. Estás espectacular hoy.

​—Gracias, Marcus. A veces una necesita recordar quién es —lanzó ella, finalmente mirando a Damian, pero con una cortesía tan gélida que lo dejó mudo.

​La Tortura de la Proximidad

​Durante todo el día, Jena ejecutó una coreografía de tortura psicológica y sensorial. En la playa, mientras nadaban, ella se reía de los chistes de Marcus y mantenía conversaciones profundas con Elena sobre su futuro, dejando a Damian fuera de la charla. Cada vez que él intentaba intervenir o tocarla, ella se alejaba con elegancia para “ajustarse el protector solar” o para ir a buscar a Alexander.

​Damian sentía un nudo en el estómago que no conocía. No era miedo al enemigo, era la agonía de la exclusión. Verla tan cerca, tan deseable y, sin embargo, tan emocionalmente fuera de su alcance, lo estaba volviendo loco.

​Al atardecer, mientras preparaban una cena ligera, Jena se acercó a él solo para pedirle que moviera una silla. Damian aprovechó para acorralarla suavemente contra la encimera.

​—¿A qué estás jugando, Jena? —susurró él, su voz cargada de una necesidad desesperada—. No me has mirado en todo el día.

​—¿Te molesta, Damian? —ella inclinó la cabeza, rozando sus labios con los de él pero sin llegar a besarlos—. Pensé que preferías el “enfoque” y el “distanciamiento táctico”. Solo estoy siguiendo tus reglas. Resulta que la soledad acompañada es bastante cómoda una vez que te acostumbras.

​Él intentó besarla con urgencia, pero ella puso una mano firme en su pecho.

—Hoy no, Damian. Estoy cansada. Cenaré con Elena en la otra cabaña, tenemos mucho de qué hablar.

​La Noche de las Sombras Largas

​Damian se quedó solo en la cama de la habitación principal. El silencio que él mismo había cultivado semanas atrás ahora se le caía encima como un techo de plomo. Escuchaba las risas de Jena y sus amigos desde la cabaña de invitados, y cada carcajada de ella era como un puñal en su orgullo.

​Entró en la “Habitación Roja”, pero los monitores y los mapas le parecieron basura inútil. ¿De qué servía proteger un imperio si la reina ya no quería estar en el trono a su lado?

​Cerca de la medianoche, Jena entró en la habitación. No encendió la luz. Se desvistió en las sombras, dejando caer la túnica con un susurro de tela que hizo que Damian se sentara en la cama, tenso como una cuerda de piano.

​—Jena, basta —gruñó él, levantándose—. No puedo más. Dime qué quieres. Pégame, grítame, pero no me ignores.

​Jena se acercó a él. La luz de la luna la hacía parecer una diosa de mármol. Se detuvo a un centímetro de él, sintiendo el calor errático que emanaba de su cuerpo angustiado.

​—Quiero que sientas lo que yo sentí, Damian —dijo ella, su voz suave pero implacable—. Quiero que entiendas que mi amor no es una constante matemática que siempre estará ahí mientras tú decides cuándo ser un hombre y cuándo una máquina. Si me quieres, tienes que ganarte el derecho a tocarme cada día.

​Damian cayó de rodillas frente a ella, rodeando su cintura con los brazos y apoyando la cabeza en su vientre. Era una imagen de rendición absoluta que habría escandalizado a sus enemigos. El guerrero imbatible estaba roto a los pies de la única persona que tenía el código de su alma.

​—Por favor… —susurró él, su voz quebrada—. No me dejes fuera otra vez. Soy un idiota, un soldado roto, pero soy tuyo. Haz conmigo lo que quieras, pero no me trates como a un extraño.

​Jena hundió los dedos en el cabello de él, tirando ligeramente hacia atrás para obligarlo a mirarla. Vio el sufrimiento en sus ojos grises, la súplica genuina de un hombre que ha descubierto que su mayor miedo no es la muerte, sino la indiferencia de la mujer que ama.

​—Esta noche dormirás en el suelo, Damian —sentenció ella, aunque su mirada empezó a suavizarse—. Mañana veremos si el “guerrero” ha aprendido a pedir perdón con algo más que palabras.

​Jena se metió en la cama, dándole la espalda. Damian se quedó allí, en la alfombra, velando su sueño, sufriendo por cada centímetro de distancia, pero agradecido de que, al menos, ella volviera a dictar las reglas de su cautiverio voluntario.

Damian entendió que las disculpas verbales eran ruido blanco para una mujer que había sido herida en lo más profundo. Jena no quería promesas; quería una entrega que él nunca se había atrevido a mostrar.

​Capítulo: La Vulnerabilidad del Rey

​Damian pasó la noche en el suelo, pero no durmió. Mientras Jena descansaba en la cama que alguna vez compartieron como uno solo, él trazó un plan que no involucraba satélites ni perímetros de seguridad. Al amanecer, se movió con el sigilo de un fantasma.

​Cuando Jena despertó, el lado de Damian en la habitación estaba vacío. No había rastro de él en la cocina, ni con Marcus y Elena, quienes tomaban café en el porche con una mirada de complicidad.

​—¿Dónde está? —preguntó Jena, tratando de ocultar la punzada de ansiedad en su voz.

​—Nos pidió que cuidáramos de Alexander —respondió Elena con una sonrisa enigmática—. Dijo que tenía una “deuda de honor” que pagar en el otro extremo de la isla.

​El Altar de la Sinceridad

​Jena caminó hacia el sendero que llevaba a la cala privada, un lugar donde la selva se abría paso hacia una playa de arena negra volcánica. Al llegar, se detuvo en seco.

​Damian había transformado la cala. No había lujos artificiales, sino una belleza cruda y honesta. Había construido un camino de antorchas apagadas que conducía a una mesa baja tallada en madera de deriva. Pero lo que más impactó a Jena fue lo que vio colgado de las palmeras: eran fotografías. Cientos de ellas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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