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​Viuda por Contrato - Capítulo 8

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  4. Capítulo 8 - 8 Capítulo 8 El Beso del Gatillo
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8: Capítulo 8: El Beso del Gatillo 8: Capítulo 8: El Beso del Gatillo ​​El aire en el laboratorio subterráneo se volvió denso, con ese olor a ozono que precede a una tormenta eléctrica.

Damian no pestañeaba.

Me puso su propia pistola, una Beretta fría y pesada, directamente sobre su pecho, justo encima del corazón que latía con una calma suicida.

​—Hazlo, Elena —gruñó Damian.

Los gritos de los hombres de Silas morían en el piso de arriba, reemplazados por el sonido metálico de alguien perforando el búnker—.

El sistema biométrico de Julian está diseñado para cerrarse en caso de asedio.

Solo se abre si el “Donante Primario”, o sea yo, entra en choque cardiogénico.

Es un seguro de vida retorcido: si yo muero, él puede entrar a recoger mis órganos.

Es tu única salida.

​—¡Estás loco!

—le grité, aunque mis dedos se cerraban con una fuerza instintiva sobre la culata del arma.

​—No, soy un Vane.

La locura es parte del patrimonio —me dedicó una sonrisa torcida, casi tierna—.

Si me disparas ahora, el sistema de emergencia desbloqueará el ascensor de carga que da directamente al túnel del acantilado.

Vete.

Huye con lo que sabes.

Destruye su imperio desde fuera.

​—¿Y tú?

—Mi voz se quebró.

​—Yo seré el cadáver que lo obligará a bajar aquí.

Y cuando abra esa puerta…

—Damian sacó un cuchillo táctico de su bota con la otra mano— veré si el viejo tiene reflejos suficientes para su “cura”.

​De repente, la puerta blindada del laboratorio crujió.

Una fisura blanca apareció en el acero.

No era un taladro; era nitrógeno líquido.

Alguien estaba congelando la cerradura para pulverizarla.

​—¡Elena, ahora!

—rugió Damian.

​En ese momento, la Doctora Vane Senior soltó una carcajada seca desde la esquina, donde seguía ajustando los monitores.

​—Qué romántico, Damian.

Siempre el mártir —dijo la mujer, sacando un pequeño control remoto de su bata—.

Pero hay un detalle que olvidaste mencionar a la niña.

Si me disparas a ti, el código de desbloqueo no solo abre el ascensor…

también activa la secuencia de incineración de este laboratorio.

Julian no quiere piezas dañadas.

Si tú mueres, él prefiere borrar el laboratorio entero conmigo y con Elena dentro.

​Me quedé helada.

Estaba en medio de un triángulo de muerte.

​—Ella miente —dijo Damian, pero por primera vez, vi una sombra de duda en sus ojos azules.

​PUM.

​La puerta del laboratorio estalló en mil pedazos de cristal y acero congelado.

La niebla del nitrógeno invadió la sala como un fantasma.

De entre el humo, emergió una figura que me hizo caer de rodillas.

​No era un anciano moribundo.

Era un hombre que aparentaba apenas cuarenta años, con el cabello cano perfectamente peinado y un traje hecho a medida que no tenía ni una arruga.

Sus ojos eran los mismos de Damian, pero vacíos de cualquier rastro de humanidad.

Era Julian Vane, pero no el hombre con el que me casé.

Era la versión que la ciencia y la sangre de otros habían construido.

​—Hermanito —dijo Julian, su voz resonando con una potencia aterradora—.

Veo que ya le has contado a mi esposa nuestro pequeño secreto familiar.

​Julian caminó hacia nosotros, ignorando el arma que yo sostenía.

Detrás de él, dos mercenarios con uniformes negros y visores nocturnos apuntaron a nuestras cabezas.

​—Elena, querida —Julian extendió una mano enguantada hacia mí—.

Lamento el teatro de la boda.

Necesitaba que los Rossi se confiaran para poder absorber su logística.

Ahora que Damian ha hecho el trabajo sucio de limpiar la junta directiva por mí, podemos proceder.

​—¿Proceder a qué?

—pregunté, sintiendo que el arma en mi mano pesaba una tonelada.

​—A la consumación —dijo Julian con una sonrisa que no llegó a sus ojos—.

Doctora, prepare la camilla.

Necesitamos el material de Elena para estabilizar mi nueva cepa antes del amanecer.

Y a Damian…

bueno, llévenlo a la sala de extracción.

Ya no necesito que respire, solo necesito su hígado y sus córneas.

Están en perfecto estado.

​Damian saltó hacia Julian con la ferocidad de un lobo, pero uno de los mercenarios le propinó un culatazo en la nuca que lo mandó al suelo, inconsciente.

​—¡No!

—grité, pero Julian me tomó del brazo con una fuerza inhumana.

Sus dedos se hundieron en mi carne como garfios de acero.

​—No llores, Elena.

En unas horas, serás parte de mí.

Literalmente.

Serás la reina eterna de los Vane, fluyendo por mis venas.

​Me arrastraron hacia la camilla mientras veía cómo se llevaban a Damian, sangrando, hacia la oscuridad de la sala contigua.

Estaba sola.

La “mente de acero” que tanto presumía estaba a punto de ser quebrada por un bisturí.

​Pero mientras Julian se inclinaba sobre mí para asegurarme las correas, noté algo.

En el bolsillo de su traje, asomaba el frasco de cristal que Damian me había mostrado antes.

El líquido incoloro.

El “veneno” que no era veneno.

​Recordé la nota: “Julian no murió por veneno”.

​Entendí el código en un segundo.

Julian no se inyectaba veneno; se inyectaba un supresor para que su cuerpo no rechazara los órganos de otros.

Sin ese líquido, su sistema inmunológico se volvería contra él en minutos.

​Miré a la Doctora Vane, que me observaba con una intensidad extraña.

Ella me guiñó un ojo casi imperceptiblemente mientras ajustaba la dosis de mi sedante.

​—Duerme, pequeña —susurró ella—.

El despertar será…

explosivo

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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