Viuda por Contrato - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 Capítulo 9 Carne Sangre y Traición
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9: Capítulo 9: Carne, Sangre y Traición 9: Capítulo 9: Carne, Sangre y Traición La aguja penetró mi piel con una frialdad quirúrgica.
Pero no sentí el entumecimiento del sedante.
Al contrario, una descarga de adrenalina pura —cortesía de la Doctora Vane y su jeringa cargada de epinefrina— hizo que mis sentidos se agudizaran hasta el dolor.
—El despertar será explosivo, te lo dije —susurró la Doctora en mi oído, mientras fingía ajustar las correas de la camilla.
Julian estaba de espaldas, observando con deleite psicótico los frascos de cultivo donde pretendía “almacenarme”.
Sus mercenarios estaban ocupados arrastrando el cuerpo de Damian a la sala de extracción, dejando un rastro de sangre sobre el linóleo blanco.
—Doctora, proceda con la primera incisión —ordenó Julian sin darse la vuelta—.
Quiero ver el color de su médula.
Dicen que el linaje puro brilla bajo la luz halógena.
La Doctora me pasó un bisturí de forma disimulada.
Sentí el mango de metal frío contra mi palma.
—Julian…
—llamé con voz quebrada, fingiendo debilidad—.
¿Por qué mi padre?
Él te servía…
él te dio todo.
Julian se giró, soltando una carcajada que sonó como huesos chocando.
—Tu padre no me servía, Elena.
Tu padre era el arquitecto de mi agonía.
Él diseñó el supresor que me mantiene vivo, pero lo hizo con una “falla” programada.
Me condenó a necesitar una dosis cada doce horas o mi propia sangre herviría.
Me convirtió en su esclavo químico.
Por eso le robé su fortuna, por eso le robé a su hija.
Fue un acto de justicia poética.
En ese momento, un grito desgarrador vino de la sala contigua.
Era Damian.
—¡Suficiente charla!
—rugió Julian, acercándose a la camilla.
Cuando su rostro estuvo a centímetros del mío, no esperé.
Con una fuerza que no sabía que poseía, corté la correa de mi brazo derecho y clavé el bisturí no en su pecho, sino en el frasco de supresor que llevaba en el bolsillo de su saco.
El líquido transparente salpicó mi rostro y el suelo.
El frasco estalló.
—¡NO!
—el grito de Julian fue animal.
Retrocedió, viendo cómo su única ancla a la vida se perdía por el desagüe del laboratorio.
Sus manos empezaron a temblar violentamente.
Sus venas, hace un segundo invisibles, comenzaron a tornarse negras, ramificándose por su cuello como raíces podridas.
—¡Mátenla!
—ordenó a los mercenarios.
Pero antes de que pudieran disparar, la Doctora Vane presionó un botón en su consola.
Las luces se apagaron y las puertas de seguridad de la sala de extracción se abrieron de golpe.
No salió Damian caminando.
Salió una bestia.
Damian estaba cubierto de sangre, con los ojos inyectados en odio y un desfibrilador manual en las manos.
Había usado la descarga para detener su propio corazón y engañar a los sensores, y luego se había reiniciado a sí mismo en un acto de pura voluntad suicida.
—Hola, hermano —siseó Damian.
Lo que siguió fue una carnicería.
Damian se lanzó sobre los mercenarios con una ferocidad que no era humana.
No usaba armas; usaba sus manos, sus dientes, su rabia.
El sonido de cuellos rompiéndose y carne desgarrada llenó la habitación oscura, iluminada solo por los flashes de los disparos fallidos.
Yo salté de la camilla y corrí hacia Julian, que estaba colapsando en el suelo, su piel descascarándose mientras su sistema inmunológico lo devoraba vivo.
—Dime dónde está mi padre —le exigí, poniéndole el bisturí en la garganta.
Julian, con la boca llena de sangre negra, sonrió.
—Tu padre…
Elena…
tu padre nunca fue la víctima.
Mira detrás del espejo…
de la oficina…
de Julian…
él nunca…
se fue…
Sus ojos se pusieron blancos y su cuerpo se arqueó en una última y violenta convulsión antes de quedar rígido.
El gran Julian Vane había muerto, convertido en un despojo genético.
Me levanté, temblando, solo para encontrarme con Damian.
Estaba de pie, rodeado de cadáveres, respirando con dificultad.
Su mirada se cruzó con la mía, y por un segundo, vi al hombre que me arruinó y al hombre que me salvó fundirse en uno solo.
—Se acabó —dijo él, extendiendo una mano ensangrentada.
—No —intervino la voz fría de la Doctora Vane desde las sombras, mientras apuntaba a ambos con una Magnum—.
Esto apenas comienza.
Julian era solo el prototipo.
Damian, querido, ¿de verdad creíste que te dejé libre por error?
Necesitaba que mataras a los mercenarios de los Rossi para limpiar el rastro.
La Doctora caminó hacia el panel de control.
—Elena tiene el mapa genético.
Damian tiene la resistencia.
Y yo…
yo tengo el laboratorio de tu padre, que está perfectamente a salvo en Suiza.
Gracias por la demostración, chicos.
Pero ahora, vamos a pasar a la fase de producción en masa.
De la nada, un gas narcótico empezó a salir por los conductos de ventilación.
—Elena…
—Damian intentó llegar a mí, pero sus piernas cedieron.
Antes de caer en la inconsciencia, vi a la Doctora sacar un teléfono y marcar un número que conocía demasiado bien.
—Señor…
los tenemos.
El Proyecto Crisálida ha sido un éxito.
Puede venir por ellos.
La voz al otro lado del teléfono, clara y firme, me heló el alma antes de que la oscuridad me reclamara.
—Excelente trabajo, Doctora.
Asegúrese de que mi hija no sufra…
demasiado.
Era mi padre.
El hombre por el que me había vendido, el “jugador arruinado”, era en realidad el socio mayoritario de la pesadilla.
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