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​Viuda por Contrato - Capítulo 92

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Capítulo 92: Capítulo 91: El empezar

​—Yo pinté esto —susurró Jena, tocando la pintura seca con las yemas de los dedos—. Yo estuve aquí antes del accidente. No llegamos a esta isla por azar tras el naufragio, Damian. Estábamos huyendo… o volviendo.

​El Hallazgo de las Pruebas

​Mia, que exploraba un rincón lleno de cajas de madera, dejó escapar un grito de asombro.

—¡Mamá, mira! ¡Soy yo!

​En una mesa de dibujo había una serie de acuarelas que retrataban a una niña pequeña jugando con caracolas. Pero lo que más impactó a Damian fue una carpeta de cuero negro que contenía documentos técnicos. Eran planos de la isla, rutas de suministro y, lo más importante, una bitácora de radio.

​—Jena, mira la fecha de la última entrada —dijo Damian, abriendo la carpeta—. Es de hace apenas tres meses. El día antes de que despertáramos en la playa sin recordar nada.

​”La señal es débil, pero constante. Ellos nos buscan, pero el faro es invisible a sus radares mientras la lente de Fresnel esté alineada con el cuarzo de la cueva. Jena está pintando de nuevo. Dice que el color es lo único que nos mantendrá cuerdos en el silencio.”

​El Misterio del Ermitaño

​Un ruido seco en la parte superior, donde se encontraba la gran lente, los puso en alerta. Damian instintivamente se colocó frente a su familia, adoptando una postura de defensa que su cuerpo recordaba mejor que su mente.

​—¿Quién anda ahí? —preguntó con voz de mando.

​Unos pasos lentos y rítmicos descendieron por la pequeña escala metálica. Un hombre anciano, de barba blanca como la espuma del mar y ojos de un azul penetrante, apareció ante ellos. Vestía ropas de lino desgastadas pero limpias. No parecía sorprendido; parecía aliviado.

​—Han tardado más de lo que esperaba en encontrar el camino de vuelta —dijo el hombre con una voz que sonaba como el crujido de la madera vieja—. Pero el mar siempre devuelve lo que le pertenece.

​El Relato de Silas

​El hombre se presentó como Silas, el antiguo guardián del faro y, como pronto descubrieron, el mentor de Damian en su vida anterior. Se sentaron en el suelo circular del taller mientras Silas les contaba la verdad que la amnesia les había arrebatado.

​—Ustedes no son náufragos comunes —explicó Silas, mirando a Jena con ternura—. Tú, Jena, eras una artista de renombre que descubrió secretos que no debía sobre la corporación que quería industrializar estas islas. Damian era el hombre encargado de protegerte. Cuando las cosas se pusieron peligrosas, decidieron desaparecer. Vinieron aquí, a este refugio que ha pertenecido a tu familia por generaciones.

​—¿Y el accidente? —preguntó Damian, apretando el puño.

​—No fue un accidente —respondió Silas—. Fue un sabotaje en el bote mientras intentaban rescatar a Alexander de un intento de secuestro. La explosión les hizo caer al agua. Yo los saqué de la orilla, pero sus mentes… sus mentes decidieron apagarse para sobrevivir al trauma. Los dejé en la cabaña del Alba con suministros básicos, observándolos desde aquí, esperando a que la isla los curara.

​El Despertar de la Conciencia

​Jena miró sus cuadros. Ahora entendía por qué cada pincelada le resultaba natural. Su arte no era solo estética; era su forma de procesar la realidad que era demasiado peligrosa para las palabras.

​—Entonces, ¿todavía estamos en peligro? —preguntó Jena, abrazando a Mia.

​Silas se levantó y señaló la gran lente del faro.

—Mientras la luz de este faro brille con la frecuencia correcta, gracias a los cristales que encontraron en la cueva, esta isla permanece fuera de los mapas satelitales. Es un santuario. Pero ahora que han recordado, tienen una elección: pueden seguir viviendo en la bendita ignorancia del presente, o pueden usar lo que saben para asegurarse de que nadie encuentre nunca este lugar.

​La Decisión en el Vértice del Mundo

​Subieron a la linterna del faro. Desde allí, la vista era infinita. Se podía ver la curvatura de la Tierra y la inmensidad del océano que los rodeaba.

​Jena miró a Damian. El hombre que amaba, el guerrero que se había convertido en carpintero, el padre que contaba cuentos de caballeros.

​—No quiero volver a ser esa mujer que huía —dijo Jena con firmeza—. Quiero ser la mujer que pinta este paraíso y lo protege.

​Damian asintió, poniendo una mano sobre la gran lente.

—Silas, enséñame cómo funciona este lugar. Si alguien intenta acercarse a mi familia, quiero verlos venir desde el horizonte.

​El Regreso al Alba

​Regresaron a la cabaña bajo la luz de la luna, pero esta vez, el camino no les pareció misterioso, sino propio. Jena llevaba bajo el brazo el lienzo inacabado de Damian.

​Esa noche, Jena no pudo dormir. Se sentó en su mesa y, con la luz de una sola vela, terminó el retrato. No pintó a un hombre de espaldas huyendo hacia el mar. Pintó a Damian de frente, sosteniendo a Alexander, con Mia a su lado, y el faro de fondo iluminando su camino.

​En la bitácora de la casa, escribió las últimas palabras del día:

​”Hoy supe que nuestra paz fue comprada con fuego y olvido. Pero el olvido se ha terminado. No somos víctimas del pasado, somos los arquitectos de este refugio. Mañana, empezaré a enseñar a Mia el idioma de los cuadros, porque en esta isla, la belleza es nuestra mejor defensa.”

La revelación de Silas había cambiado la atmósfera de la cabaña. El aire, antes cargado de una paz bucólica, ahora vibraba con una urgencia eléctrica. Damian pasó la mañana en el porche, no tallando madera para muebles, sino afilando herramientas que tenían un propósito mucho más oscuro. Su mirada, antes suave, había recuperado un brillo gélido, una competencia táctica que su cuerpo recordaba con una precisión aterradora.

​Jena, por su parte, regresó al faro. Sentía que el taller no le había entregado todos sus secretos. Mientras Mia jugaba a ser la “vigilante de la torre” con unos prismáticos viejos, Jena se arrodilló ante el escritorio de teca donde Silas guardaba los registros.

​—Hay algo más, ¿verdad? —preguntó Jena, sin mirar al anciano que aceitaba la lente de Fresnel arriba.

​Silas bajó por la escala, limpiándose las manos con un trapo lleno de grasa.

—Tu madre siempre decía que eras demasiado observadora para tu propio bien, Jena. Hay un compartimento. El mueble tiene un doble fondo, pero no se abre con una llave. Se abre con una intención.

​El Cajón de las Raíces

​Jena examinó el escritorio. En el lateral, oculto por una moldura tallada con la forma de una ola, encontró una pequeña hendidura. Recordó los bocetos de la pared: manos entrelazadas. Colocó sus dedos sobre la madera, siguiendo el patrón de la talla, y presionó con un ritmo que le dictó su propia memoria sensorial.

​Con un clic sordo, un panel se deslizó hacia afuera. Dentro no había mapas, sino un fajo de sobres de papel de seda, atados con una cinta de terciopelo azul, y un pequeño relicario de plata con el escudo de un ancla y una rosa.

​—Son las cartas de tu madre, Elena —dijo Silas en voz baja—. Ella sabía que este día llegaría. Sabía que el mundo exterior no dejaría de buscar la fuente de la “Luz de la Isla”.

​El Secreto de la Familia Silva

​Jena abrió el primer sobre. La letra era idéntica a la suya, pero con una firmeza que hablaba de años de mando.

​”Querida Jena, si estás leyendo esto, es porque la isla te ha reclamado. No me odies por haberte enviado lejos cuando eras joven. Intenté darte una vida normal, lejos de la carga de Punta Silencio, pero nuestra sangre tiene una frecuencia que solo este lugar puede calmar.”

​La carta explicaba que la familia de Jena no eran simples fareros. Eran los “Arquitectos del Velo”. Durante generaciones, habían protegido un fenómeno geológico único: los cristales de la cueva no solo refractaban luz, sino que emitían una interferencia electromagnética natural que actuaba como un escudo contra cualquier tecnología de vigilancia moderna.

​”La corporación no busca la isla por su belleza, Jena. Buscan el cristal para crear armas que el mundo no está listo para manejar. Nosotros somos los tapones de esa botella. Si el faro se apaga, el velo cae, y la isla aparecerá en cada radar del planeta en cuestión de segundos.”

Mientras tanto, en la base del faro, Damian no perdía el tiempo. Silas le había mostrado una trampilla oculta bajo las losas de piedra del almacén. Al bajar, Damian encontró algo que le hizo detener el corazón: una sala de comunicaciones de alta tecnología, alimentada por energía geotérmica, y un armero que contenía equipo táctico de última generación.

​—¿De dónde salió esto? —preguntó Damian, pasando la mano por un rifle de precisión de fibra de carbono.

​—Tú mismo lo trajiste, pieza por pieza, durante los tres años que vivieron aquí antes del… incidente —explicó Silas—. Eras el jefe de seguridad de la familia de Jena. Te enamoraste de la mujer que debías proteger y decidiste traicionar a tus empleadores para salvarla a ella y al secreto de la isla.

​Damian sintió un fogonazo de memoria: el olor a pólvora, el sonido de un helicóptero acercándose y el rostro aterrorizado de Jena mientras él la empujaba hacia el bote salvavidas.

​—Soy un soldado —afirmó Damian, su voz resonando en el búnker—. Y esta es mi posición. No retrocederé.

​El Vínculo de Mia

​En la planta superior, Mia había encontrado su propio tesoro. Entre los pinceles de su madre, descubrió un cuaderno de bocetos que contenía dibujos de criaturas marinas que nunca había visto.

​—Mamá, mira este pez. Tiene alas de luz —dijo Mia, mostrando el dibujo a Jena.

​Jena miró el dibujo y luego a Silas. El anciano sonrió.

—La isla tiene formas de vida que no existen en ningún otro lugar gracias al campo de energía de los cristales. Mia tiene el don de verlos. Ella es la próxima generación, Jena. La isla ya la ha aceptado.

​Ese reconocimiento llenó a Jena de un miedo nuevo, pero también de una fuerza feroz. Ya no se trataba solo de recuperar su identidad; se trataba de proteger el futuro de su hija en un mundo que quería convertir la magia en mercancía.

​La Alquimia de la Defensa

​Esa tarde, la familia se reunió en la cima del faro. Silas les mostró cómo alinear los espejos de la lente de Fresnel para potenciar el efecto de los cristales de la cueva.

​—Si detectamos una intrusión —explicó Silas—, no usaremos fuego. Usaremos la luz. Esta lente puede proyectar una frecuencia que inutiliza los sistemas de navegación de cualquier barco o avión en un radio de veinte kilómetros. Los volveremos ciegos.

​Jena miró a Damian. Él estaba configurando los monitores de la sala inferior, sus manos moviéndose sobre los teclados con una velocidad que asustaría a un civil.

​—Estamos listos —dijo Damian, mirando a Jena a través de la pantalla—. Si vienen, se encontrarán con una pared de cristal y sombras.

​El Regreso al Hogar Transformado

​Caminaron de regreso a la cabaña bajo un cielo que ahora les pertenecía de una manera más profunda. Jena llevaba el relicario de su madre alrededor del cuello. Sentía que Elena caminaba a su lado, guiando sus pasos por el sendero de helechos.

​Al llegar, Alexander estaba despierto en su cuna, balbuceando hacia la ventana. Jena lo tomó en brazos y se sentó en el porche, mirando cómo el haz de luz del faro cortaba la oscuridad con una regularidad reconfortante.

​—Mañana —dijo Jena a la noche estrellada—, plantaré las semillas de los tubos de vidrio. Crearemos un jardín que oculte las entradas a los túneles. Si nuestra vida es una fortaleza, la cubriremos de flores.

​Damian se sentó a su lado, envolviéndolos a ambos con sus brazos. La amnesia seguía siendo un agujero en su pasado, pero el presente era tan sólido como la piedra del faro.

​En el diario de la cabaña, Jena escribió la entrada más corta y poderosa hasta la fecha:

​”Ya no somos náufragos. Somos los Guardianes de la Luz. Mi nombre es Jena Silva, y esta es mi guerra por la paz.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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