Voluntades Inquebrantables - Capítulo 30
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- Capítulo 30 - 30 Cap 30 Caos en la Catedral 2
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30: Cap 30: Caos en la Catedral 2 30: Cap 30: Caos en la Catedral 2 Las llamas solares ardían en los brazos del Arzobispo, impidiendo que el hombre de la sonrisa maliciosa destrozara sus brazos.
La fuerza bruta de nuestro enemigo, era singularmente especial.
Cada golpe y cada pequeño roce, parecía corroer la carne, sin embargo, las llamas solares protegían y sanaban las pequeñas corrosión de la piel de su portador.
El hombre no emitía ningún tipo de aura o vapor corrosivo, solo con el roce de piel con piel provoca la corrosión, eso era malo.
Muy malo.
Me abalancé danzando con agresividad, el agua ondulaba y se movía frenéticamente bajo la guía de mi estoque.
La punta de mi estoque siempre se mantenía detrás de mí, solo cuando atacaba al hombre, movía el estoque en formas de media luna para arremeter con la furia del agua.
Hasta ahora, no había forma de acabar con nuestro enemigo.
Mi danza, agresivos provocaba que el agua que se movía con la intención de mi voluntad se elevaba, se entrelazaba, se movía como una corriente, sin obstáculos, era como un estambre que nunca se interponía, ni tampoco me hería.
Con mi estoque, como si fuera un látigo, lancé la furiosa corriente de agua que se elevaba y bajaba, se expandía y se volvía mortalmente fina, la fuerza contundente del agua despedazaba el suelo, cortándolo y destrozándolo.
Aquel hombre hizo caso omiso a los azotes y cortes de mi ataque desenfrenado.
Para mi sorpresa desagradable, apenas si había rasguños y moretones en la piel del hombre.
Sin embargo, estas desaparecieron tan pronto como lo lesionaba.
“¿Sanación o manipulación?”.
La incertidumbre se apoderó de mi ser, pero jamás nublo mi juicio.
Y este era acudir a Valian.
– Tercera danza: Tempestad ante…
– ¡Amada!…
Un trozo de carne estaba completamente cerca de mi brazo que portaba el estoque.
– Ya es tarde –.
Dijo aquel hombre.
Aquel pedazo de carne parecía estar vivo, se movía, se convulsionada, como si algo de adentro quisiera liberarse.
¡Push!
Explotó.
Solo por perderme un segundo del hilo de la batalla, ahora tenía un líquido verdoso en ciertas partes de mi cuerpo, sin embargo, no me hizo daño.
Justo en el momento en que el Arzobispo me había advertido, utilicé el agua a mi alrededor y formé una capa de hielo casi líquido alrededor de mi cuerpo, pero el área de mi brazo derecho, estaba corroído.
– Argh… Solté el estoque, pero inmediatamente lo tomé con la otra mano.
Envolví mi brazo herido con agua, y lo congelé.
El dolor punzante, terrible, se cernía sobre mi mente, por lo tanto, no me quedo de otra que canalizar mi poder en mi núcleo y hacerlo florecer hacía el exterior.
la temperatura que era hirviente, comenzó a descender a gran velocidad, pero sin desaparecer por completo.
Solté un suspiro calmado, y exhalando una fina capa de humo blanca.
Volteé a ver la batalla, la cual estaba siendo caótica.
Aquel hombre se negaba a perder la batalla, mientras que el Arzobispo presionaba con sus fuertes llamas del sol.
Las llamas danzaban y ondulaban en los brazos del Arzobispo, el cual se abalanzaba sobre aquel hombre.
Cada vez que fallaba, el suelo se grietaba y se derretía sin oponer resistencia a las potentes llamas luminosas.
Y cada vez que acertaba un potente ataque, el hombre de la sonrisa maliciosa regeneraba sus brazos destrozados, y su carne corrosiva corría el suelo por donde caían los trozos carbonizados.
Me erguí y caminé con calma hacia la batalla.
Mi brazo herido se envolvía en hielo, dejando a la vista un brazo de hielo puro, con dedos que terminaban en filosas puntas.
Un segundo estoque se formó en mi mano derecha.
Levanté los brazos y junté las puntas de los estoques, luego, los separé formando la imagen de una luna llena.
– Cuarta danza: Calamidad oceánica, furia del mar bravo –.
Anuncié en un susurro, como si lo dijera para el mundo en vez de mi enemigo.
Sentí el torrente de esencia alborotarse en mi ser.
Mi cabello se tornó de un color blanco pulcro.
Todo mi alrededor comenzó a expulsar una neblina blanca, casi transparente.
por cada paso que daba se formaba un pequeño montículo de hielo por donde había caminado.
El Arzobispo me dirigió una mirada rápida, en sus ojos había una pizca de orgullo.
El torrente de agua que anteriormente se ondulaba, crecía y se empequeñecía, actuando como un pequeño torrente desenfrenado; ahora, era un caos impredecible.
Avancé a paso ágil y balanceé los estoques en contra de mi enemigo.
Aquel hombre solo sonreía de manera sádica, mientras sus ojos demostraban una locura sin igual.
Él se movió con rapidez y atacó mi flanco izquierdo, no obstante, el Arzobispo se lo impidió, trazando un corte de media luna con una lanza hecha puramente de llamas solares.
El sádico retrocedió, evitando por poco la lanza.
El Arzobispo caminó con precaución y se posó cerca de mi izquierda.
– Pero que cosas mas raras he visto hoy…
Desde marineros matándose mutuamente, hasta un portador del sol luchando a mano con una portadora del agua…
que cosas.
Jajaja…
Su risa era escalofriante.
Lo fulminé con la mirada.
– ¿Cómo sabes lo de los marineros?
–.
Pregunté con indiferencia.
– No creo que deba decirte, mujer, pero te digo que vuestra apreciada isla desaparecerá en un futuro no muy lejano…
Por el rabillo del ojo, vi que la expresión del Arzobispo Belzin se endurecía.
– Nuestro dios de la realidad y muerte, os dará preciosos regalos, muerte, guerra, suicidios…
quien sabe, solo dios sabe.
Ah…
lo increíble es que nuestro reino ya ha recibido su regalo…
jajaja…
“¡Esta loco!”.
Sin pensarlo dos veces me abalancé de nuevo, la fría escarcha de hielo que se formaba a mi alrededor era una singularidad de mi poder.
Volví a formar la poderosa y caótica corriente de agua, que destrozaba 6 cortaba todo a su paso.
Esta vez se evaporaba a una medida aceptable.
El Arzobispo, enardecido en poderosas llamas solares que se elevaban sobrepasando su estatura, se lanzó al ataque.
Del cuerpo de aquel hombre crecieron espinas de carne, que goteaba aquel líquido corrosivo.
Lentamente se transformaba en un monstruo.
Aún cuando nosotros nos acercábamos a una velocidad considerable, él no se movió Sin embargo, de sus labios una sola palabra se pronunció, en un tono macabro y siniestro: – Sangre –.
Aquella palabra parecía ser una orden a la misma realidad.
Ciertamente soy experimentada de guerra, además de ser experta en casos con espíritus de hasta la tercera categoría, pero esto…
esto era nuevo para mí.
Sin darme cuenta, sangre comenzó a caer de mi nariz, oídos, ojos y de mi boca.
La sangre se derramaba sin parar.
Mi visión se volvía roja por la sangre, por lo tanto, lo que veía era borroso.
El grito del Arzobispo se ahogo en mis oídos, por la sangre brotaba.
Dirigí mi mirada hacia él, y también pude ver que sangraba pero en menor medida.
Intenté limpiarme con fuerza la sangre, pero aún seguía brotando, no dejaba de brotar.
No sabía qué hacer.
Sólo sabía que tenia que salir de esta.
Así que, tomé la decisión de congelarme por completo.
Con mi voluntad manipulé el agua de mi entorno y la junté cerca de mi cuerpo, pero eso jamás sucedió.
Mis fuerzas me abandonaban.
El Arzobispo me tomó de los hombros, su expresión era borrosa, pero aún así el brillo de sus ojos violetas me veían con desesperación.
Una cálida sensación me envolvió, sentía como si me bañara con los rayos solares del amanecer, aquellos rayos que no quemaban, que no hacían daño.
Me sentía reconfortada, renovada, me sentía con fuerzas de nuevo.
Mi visión que era nublada, volvía a la nitidez.
El Arzobispo Belzin, tenía una expresión cansada, pero aliviada.
Sólo los rastros de sangre de su nariz y de casi todo el contorno de su rostro, lo hacían ver más demacrado de lo que en realidad estaba.
– Levántate, tenemos que salir de esta prisión espacial como sea.
Este tipo es realmente una pesadilla –.
Sus palabras parecían ser controladas, como si eno cualquier momento explotara en insultos.
– Entendido…
Me levanté del suelo, y ví que nuestro enemigo estaba envuelto en llamas, con espinas de carne sobresaliendo de él.
Para sanarme hasta cierto punto, el Arzobispo había lanzado una llamarada solar al bastardo, que se retorcía en su dolor.
Sus gritos de agonía eran irreconocibles, eran angustiosos, eran infernales.
Y, aún con todo eso, se escuchaba una risa distorsionada por su gritos, esto…
era escalofriante.
“¿Por qué no se muere?”.
Esta vez, formé una armadura de hielo a cuerpo completo, dejando solo mis ojos libres del hielo.
– Amada, ¿puedes luchar?
–.
Asentí, sin embargo, un miedo profundo se arraigaba en mi corazón.
“Valian, vive”.
Nos lanzamos al mismo tiempo, nuestras voluntades chocaron, con la de aquel hombre, se sentía la fuerza de colisión.
– ¡CUARTA DANZA: CALAMIDADES OCEÁNICAS, FURIA DEL MAR BRAVO!
–.
El agua se agitaba con la fuerza de una tormenta, mi danza me permitía dirigir el torrente de agua que se engrandecia y se empequeñecia con cada movimiento.
Era como el lazo de una bailarina, que se ondulaba con gracia y elegancia, pero sin perder su letalidad.
El hombre se encorvó, separó sus piernas, como si fuera detener a un espíritu de embiste.
Las espinas de carne nod estaban de salir de su cuerpo, pero esta vez se movían como látigos vivientes, colisionando con mi danza.
Las llamas del sol erradicaban los látigos de carne corrosivos, sin dejar rastro alguno.
– Jajaja…
Esto esta comenzando a ser molestoso –.
Se burlaba sin miramientos.
Los dientes blancos del Arzobispo se mostraban por su cara distorsionada por la ira.
Se veía muy cansado.
“Cierto, nuestra esencia no es eterna”.
Seguimos intercambiando ataques destructivos a cada rato, sin descansar, incluso el tiempo ahora era relativo.
Aunque el desgraciado podía sanarse, eventualmente había dejado de hacerlo, ahira los cortes, las quemaduras, el daño se le acumulaba, y su sangre se derramaba de tantas heridas profundas, que ahora parecía un muñeco sin vida.
Esto se estaba volviendo desesperante.
Tomé mi estoque con las dos manos, y junté la poca esencia que me quedaba, luego, la clave en el suelo.
El hielo se expandía a velocidad por toda el área, dejando ver la neblina de hielo que se evaporaba por las llamas de Arzobispo.
Un gruñido escapó de aquel hombre, la saliva comenzaba a correr de sus labios, y sus ojos alguna vez un oscuro brillo, ahora eran de un violeta profundo y centellante, como un diamante amatista.
– Sacrificio de sangre: mi dios haz de mí un títere de tu gracia –.
Esas palabras siniestras, provocaron un miedo instintivo en mi ser.
La palabra dios, viniendo de la boca de ese hombre, sabía que no había nada bueno de ello.
Además, nunca había escuchado tales actos de sacrificio.
“Usó su propia sangre, para un ritual, pero “Sacrificio de sangre”, ¿Qué es eso?” –.
Y mis conjeturas se hicieron realidad.
Aquel hombre se convulsionó erráticamente.
Garras horribles crecieron de sus manos, sus dientes crecieron y se curvaron, sus ojos amatistas, se hicieron más profundos, parecían más lunáticos.
– Ya no hay humanidad en ese hombre…
mejor dicho, nunca lo hubo, sacrificó su cuerpo a un espíritu inmundo que lo llaman dios –.
En ese momento, la realidad volvió a ondularse y distorsionarse.
Una espada de acero, envuelta en llamas solares atravesó la misma realidad o mejor dicho la prisión de la realidad, una nueva voluntad se sentía, está era agresiva.
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