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Voluntades Inquebrantables - Capítulo 31

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  4. Capítulo 31 - 31 Cap 31 Caos en la Catedral 3
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31: Cap 31: Caos en la Catedral 3 31: Cap 31: Caos en la Catedral 3 Perspectiva de Brock: “Seguridad”.

Ese es el primer pensamiento que tuve.

“Mi deber es proteger a ese niño”.

Uno no debe ser impulsivo, la impulsividad puede llevar a la muerte.

Me escondí cerca de mi objetivo, vigilante a cualquier problema que surja de la nada.

“Ese hombre misterioso, me da mala espina”.

Mi mano derecha agarraba fuertemente el pomo de la espada que reposaba en su funda en mi costado izquierdo, listo para proteger.

La conversación apenas podía escucharla, pero aún así podía distinguir ciertas palabras “¿La cabeza del Arzobispo?

¿dios?…

Esto no se escucha nada bien”.

Cuando deje de escuchar la conversación, pude ver la explosiva velocidad del hombre de misterioso, se acercó a la Señora Amada, con la mano extendida.

Para cuando reaccioné, Valian ya estaba ahí.

Detuvo el avance alocado del hombre y le propicio un gancho en toda la quijada.

“¿Cómo actuó tan rápido?…

Eso no importa”.

Justo cuando tuve la intención de saltar, aquel hombre levantó su brazo y chasqueó los dedos.

No lo pensé más, activé mi voluntad y salté.

Caí justo a la derecha del niño, tomé su brazo y lo jalé.

Una explosión seguida de una onda expansiva, nos tiró a los dos en el aire, chocando contra el suelo adoquinado de la Catedral.

El dolor en mi brazo derecho era pequeño, no le di importancia, después de todo, me protegí con este brazo mientras jalaba a Valian.

Me levanté con oídos zumbando, usé mi esencia para fortalecerme y levantarme por completo.

Aun estaba algo perdido por la repentina explosión.

Miré alrededor en busca de Valian, él estaba Desparramado en el suelo, pero vivo, y parece que aún consciente, sin embargo, su costado estaba sangrando.

“Esta vivo, es lo que importa”.

Busqué con la mirada al hombre misterioso, que ahora era un enemigo a matar.

El lugar estaba despedazado y cubierto de llamas, los que protestaban estaban despedazados y horriblemente quemados.

Solo unos cuantos estaban de pie, cubierto en llamas, órganos y sangre.

Los transeúntes estaban desesperados, huyendo sin rumbo alguno, el miedo se estaba apoderando de la Catedral.

“Mierda, la histeria colectiva solo avivara el miedo y la incertidumbre”.

Aquel hombre estaba a más de 3 a 4 metros de distancia, me acerqué a Valian adoptando una posición defensiva.

El Arzobispo y la señora estaban hablando de nuevo, esta vez no oí nada.

No obstante, sonidos de huesos crujiente, gruñidos bestiales, y fuertes voluntades infernales comenzaban a aparecer en el área, eran aquellos que habían sobrevivido a la explosión.

“Tch…

Esto ya estaba planeado”.

La señora comenzó a correr hacia nosotros, su cara era de preocupación absoluta, estaba abrumada.

Sin embargo, la realidad se onduló, se distorsionaba.

“Arte de la realidad”.

Pensé, con el corazón empezando a latir con más fuerza.

El Arzobispo y la señora ya no estaban.

El enemigo los había atrapado en una prisión de la realidad, alejandolos de la batalla que se avecinaba.

– ¡MADRE…

“Rayos, esos protestantes han mutado…

y presiento que son de una sexta a quinta categoría”.

Los monstruos mutados, comenzaban a dar zarpazos contra el suelo, agrietandolo y levantando astillas de piedra por todos lados.

Sus bufidos eran bestiales, y en sus ojos negros empequeñecidos por la transformación, sus pupilas eran horizontales y rojizas.

Dientes grandes y curvados crecieron en sus fauces destrozadas.

La piel era negruzca y ulcerada, había ciertas porciones con pelaje negro, además parecía que esos pelos era simplemente difícil de cortar, su grosor era como los de un dedo humano.

Era una vista espantosa.

Sus brazos crecían y se deformaban, sus músculos se movían como serpientes dentro de la piel, garras enormes crecieron donde estaban sus manos, sus piernas se invirtieron y pezuñas crecieron de sus pies.

Ahora eran espíritus inmundos.

Lo más extraño eran las púas ennegrecidas que sobresalían de su cuero corporal, goteaba un líquido corrosivo, algunas púas eran de hasta dos metros, y algunas como las de una daga.

“Que horror, parecen sacados de una pesadilla”.

El asco, por poco me provocó arcadas, pero me contuve.

Y había 5 de ellos, los otros parace que no soportaron la transformación, se convirtieron en un bulto de carne putrefacta, que se movía como un corazón que latía.

Lentamente desenvaine mi espada, con mi voluntad activa, manipulé el aire y lo envolví en mi espada.

Volteé a ver al chico, y dije en un tono grave: – ¡Levántate y guía a la gente a un lugar seguro, yo me encargo de los bichos!

–.

Sin esperar una réplica, corrí directamente hacia los espíritus inmundos.

Y ellos también corrieron hacia mí, los atraía mi voluntad activa.

A pesar de su enorme volumen, se movían con precisión y velocidad.

Sus agujas se contraían y se expandía mientras goteaba aquel líquido corrosivo.

La incertidumbre y el temor comenzaban a aflorar en emi corazón, el simple pensamiento de morir me hacia querer retroceder, sin embargo, recordaba que en este lugar habían familias, parejas, hermanos, y aquel niño Valian.

“Es ganar o ganar”.

“No debo cometer ni un error”.

Manipule el aire, la junté con la espada y con aquella guía, tracé un corte horizontal al aire.

La hoja de viento salió disparada a gran velocidad, encontrándose con el brazo deforme del primer inmundo.

Sangre negruzca brotó del corte profundo, sin embargo, no se detuvo.

Con sus piernas invertidas como las de un animal, se impulsó con fuerza, se dobló para atrás, y con su brazo izquierdo lanzó un potente ataque.

Lo esquive al saltar hacia su costado, levanté la espada para cortarlo, pero en ese momento, otro de los inmundos, se lanzó contra mí.

Su espantosa garra dejó surcos en el suelo, agrietandolo.

Los espíritus inmundos, comenzaban a rugir, mostrando sus dientes terribles, queriendo demostrar su ferocidad.

Los ataques de los inmundos eran potentes capaces de destrozar tanques de guerra en pedacitos.

Me mantenía alejado de ellos, lanzando hojas de viento que de vez en cuando eran neutralizadas por las garras putrefactas.

Además, si me acercaba mucho, las púas negras crecían, por lo tanto me tocaba defenderme con la espada, que ya estaba en un estado lamentable.

Tenía que aguantar, hasta que llegara los refuerzos del sol.

Sin embargo, parecía una eternidad.

Corte tras corte, esquivando los innumerables ataques que dejaban el suelo corroído por aquel líquido.

Los ojos llenos de locura e intenciones asesinas, parecían verme hasta el alma.

Lo bueno, es que Valian había conseguido sacar a las personas, por lo tanto, no había que conterse más.

Reuní mi esencia en el filo de la espada, el aire enrrolló la espada, dandole un filo impecable, tomé el pomo con las dos manos, y tracé un corte diagonal, al inmundo más cercano.

Esta vez, el corte fue demasiado profundo.

Uno de sus brazos cayó, mientras que de su pecho brotaba una cantidad exorbitante de sangre negruzca.

El inmundo tambaleó, cayó de rodillas, mientras mostraba unos dientes asesinos.

Los demás espíritus no se dieron a la espera, siguieron atacando, destrozando el suelo y arañando el aire.

Mientras que yo, saltaba para poner distancia de un espíritu a otro.

Realmente era difícil matarlos a todos, y solo uno estaba herido fatalmente.

Las púas crecían y se escogían, el líquido putrefacto y corrosivo goteaba sin cesar.

El olor de la muerte se derramaba de sus fauces, y sus ojos rojizos demostraban una malicia indescriptible.

Además, el cansancio se me acumulaba.

“Debo matar por lo menos uno”.

Realicé varios cortes de aire, algunos fueron efectivos, otros solo fueron neutralizados.

Los espíritus no me dejaban tomar un respiro.

Esquivé varios golpes y arañazos, guiando discretamente a las monstruos hacia el inmundo lastimado.

Corrí directamente hacia el inmundo.

Tomé una postura de embiste, llevé la espada hacía atrás a mis costado izquierdo.

Luego, con la fuerza de mi embiste, y la fuerza de mi brazo derecho blandí la espada en un tajo diagonal hacia arriba.

Una hoja de aire de al menos tres metros se alzó al vuelo hacia mi enemigo.

El monstruo, trató de moverse, sin embargo, fue en vano.

Dos trozos de carne grisácea y putrefacta cayeron al suelo, la sangre olorosa y negra se derramaba como agua en el suelo, llenado los surcos que habían dejado los arañazos.

Aunque había matado a uno, faltaban otros más que me seguían sin parar.

El sudor recorría mi frente, y mi corazón latía con fuerza.

– Tch..

Al mirar alrededor mientras volvía a esquivar a los inmundos, noté que ya no había civiles alrededor, eso me dejó un poco tranquilo.

Tampoco veía a Valian cerca.

Eché una mirada rápida a las puertas de la Catedral, donde había desaparecido la Señora y el Arzobispo.

No sabía en qué situación se encontraban ellos.

Sólo podía desearles lo mejor.

“Que la gracia del Sol los ilumine”.

Los rugidos y gruñidos delos inmundos mutados era escalofriante, pero eso no era suficiente para llenar de temor mi corazón, sin embargo, podía sentir que la incertidumbre comenzaba a sembrarse en mi mente, y eso no era bueno, nada bueno.

Tras varios intentos de cortar de un solo tajo a los otros inmundos, me había acercado a tan solo un par de metros, lo cual me dejó con algunas heridas provocadas por las púas, las cuales se habían extendido más allá de lo que podía prevenir.

Con mi propia esencia, había logrado neutralizar hasta cierto punto la corrosión, pero el dolor seguía latiendo y carcomiendo mi lucidez en la batalla.

Aun con el cansancio acumulado, no cedía, ni caía.

Sabía que muchas vidas dependían de mi, de mi férrea voluntad de ganar.

Y eso era innegable, debía durar lo mejor que pudiera.

Por alguna extraña razón no llegaban los soldados del Sol, ni tampoco soldados de la Familia Voltwar.

“Esto se está poniendo feo”.

“Se supone que ya deberían estar aquí, ¿Dónde están?”.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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