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Vornex: Temporada 1 - Capítulo 103

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  4. Capítulo 103 - 103 Capítulo 103 El trato de los condenados
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103: Capítulo 103: El trato de los condenados 103: Capítulo 103: El trato de los condenados En un viejo templo cubierto por raíces y enredaderas, los rebeldes se habían reunido una vez más.

La piedra agrietada del suelo conservaba la huella de antiguas batallas, y la luz que se filtraba entre los muros rotos iluminaba una gran mesa improvisada en el centro.

Sobre ella descansaban mapas, pergaminos y un par de armas recién forjadas.

Alis, Paul, Marc y los demás estaban concentrados, delineando el nuevo plan.

-Tenemos que definir quiénes integrarán el grupo principal -dijo Alis, con voz firme-.

Si las cosas se complican, necesitaremos una formación sólida, no solo fuerza bruta.

Marc la observó con los brazos cruzados.

Su semblante era el de alguien que había visto demasiadas guerras.

-¿Y cuál sería exactamente el propósito de ese grupo?

Los reyes son los que se están preparando para enfrentar a Dark.

Nosotros deberíamos mantenernos fuera de eso y sobrevivir.

Alis lo miró directo, sin rodeos.

-¿Y si los reyes fallan, Marc?

-preguntó-.

¿Qué hacemos?

¿Esperamos a que todo se derrumbe?

El silencio llenó el templo.

El sonido del agua goteando desde las grietas del techo acompañaba la tensión.

Warquer fue el primero en asentir.

-Tiene razón.

Si el plan principal se cae, el mundo necesita un respaldo.

Y nosotros…

somos lo que queda.

Paul se inclinó sobre la mesa.

-Entonces, ¿a quién ponemos al frente?

Varka, que hasta ese momento había permanecido en silencio, levantó la voz.

-Suli.

Si hablamos de quién está más preparada, es ella.

Entrena con Orión.

Y lo que vi de ella en la última pelea…

no cualquiera puede hacer eso, pero fue derrotada.

-¿En que pelea perdio?

-preguntó Marc, curioso.

Varka respiró hondo, recordando.

-Cuando esos tres chicos llegaron…

Liam, Karl y Eiden.

Estábamos todos medio inconscientes cerca de la pelea, pero yo desperté antes de que terminara.

Vi a ese tal Liam.

El más tímido, el más miedoso, el que parecía que iba a huir al primer golpe.

-Hizo una pausa, mirando hacia una pared cubierta de musgo-.

Pero cuando lo vi pelear…

era otro.

Su energía cambió completamente, y por un instante, superó incluso a Suli.

El grupo se quedó mudo.

Alis se inclinó hacia adelante, interesada.

-¿Superó a Suli?

¿Estás segura?

-Lo vi con mis propios ojos -afirmó Varka, sin dudar-.

Después se desplomó, agotado, pero…

no era normal.

Ese chico tiene algo que ni él entiende todavía.

Alis cruzó los brazos, pensativa.

-Entonces no podemos dejarlo ahí encerrado.

Si tiene ese poder, podría ser clave en lo que viene.

Marc frunció el ceño.

-No digas eso tan livianamente.

Está en la prisión del norte, y quien la custodia es Senner.

Ese tipo no es humano, Alis.

Ni siquiera los reyes se meterían con él sin preparación.

-Pues entonces nosotros sí lo haremos -dijo Alis, sin pestañear.

-¿Estás loca?

-Marc la encaró-.

¡Nos van a volver a encerrar a todos!

Apenas logramos escapar de ahí, ¿y querés regresar?

Warquer levantó la mano, calmando las aguas.

-Dejá que termine.

-Miró a Alis-.

¿Por qué exactamente quieres ir?

-Porque mientras ustedes arman el equipo, alguien tiene que rescatar a Liam.

No podemos esperar a que el destino nos lo devuelva.

Si tiene el potencial que dice Varka, vale el riesgo.

-Se giró hacia Marc-.

Y ustedes pueden hacer algo igual de importante: preparar la base del grupo que enfrentará a Dark.

Marc chasqueó la lengua.

-¿Nosotros?

-Sí.

Tú y Warquer -dijo Alis-.

Conocen mejor el terreno, saben quiénes son leales y quiénes no.

Si alguien puede reclutar a los correctos, son ustedes.

Warquer soltó una risa corta.

-Suena a mucho trabajo, pero no me disgusta la idea.

Marc negó con la cabeza.

-No pienso volver a meter a mi gente en algo que pueda acabar mal.

Warquer lo miró serio.

-Marc, no somos “rehenes” ni “fugitivos” ya.

Somos lo que quedó en pie después de todo.

Y si seguimos juntos, seguimos siendo un grupo.

Tú eres el líder, te guste o no.

Marc bajó la mirada.

Su silencio lo decía todo.

-De líder ya no tengo nada…

-Entonces recuperá eso -replicó Warquer, dándole una palmada firme en el hombro-.

Los líderes no se eligen, se demuestran.

Alis dio un paso adelante.

-Además, puedo darles un punto de partida.

Conozco a cuatro magos que podrían ayudarles a formar el equipo: Lener, Makima, Sertel y Kim.

Están en el bar La Vara del Tiempo.

Diles que yo los envié.

Marc arqueó una ceja.

-¿Ese bar todavía existe?

Creí que había sido destruido en la última invasión.

-Sigue en pie -respondió Alis, con una media sonrisa-.

Los magos que lo frecuentan saben moverse entre los escombros mejor que nadie.

Ellos pueden ayudarte a reclutar guerreros, sanadores, e incluso estrategas.

Si queremos vencer a Dark, no basta con fuerza: necesitamos mente, magia y fe.

El silencio volvió a caer, pero esta vez era distinto.

Había algo en el aire: determinación.

Warquer se levantó.

-Entonces ya está decidido.

Tú, Paul y los demás van a rescatar a Liam.

Nosotros vamos a reunir al resto.

-Y así -añadió Alis- cada parte del plan se pone en marcha.

Marc soltó un suspiro profundo, cansado pero más convencido.

-De acuerdo…

pero si no vuelven en una semana, iremos a buscarlos.

Alis asintió con una sonrisa tranquila.

-Confío en que no será necesario.

-Y si lo es, te lo voy a restregar en la cara con un trago en La Vara del Tiempo.

-Hecho -contestó Alis, con un guiño.

El eco de sus voces resonó entre las columnas cubiertas de raíces.

Mientras Alis, Paul y los demas partían hacia la prisión del Sur, Marc y Warquer comenzaban a preparar lo que sería el nuevo equipo de resistencia.

Ya no se hacían llamar “rebeldes”, pero el espíritu seguía vivo.

El equipo aún no estaba completo, pero el fuego había vuelto a encenderse.

— Mientras tanto, en Eldrys… El sonido de los cascos rompía el silencio del atardecer.

Dos caballos avanzaban por el sendero polvoriento que conducía al pueblo de Eldrys, mientras el viento arrastraba hojas secas entre los muros de piedra y las viejas casas cubiertas de musgo.

Al llegar, la gente se apartó de inmediato, observando a los recién llegados como si ya supieran que ese día no era uno cualquiera.

Selindra desmontó primero.

Su capa negra se agitó con el aire frío, y su mirada recorrió el pueblo con una mezcla de nostalgia y desconfianza.

Eldrys seguía siendo el mismo: tranquilo, demasiado tranquilo.

A su lado, Roger, su hermano mayor, bajó del caballo con una sonrisa confiada y el mismo porte de siempre, ese que imponía respeto con solo verlo.

—Siguen mirándonos como si volviéramos de una guerra —dijo Selindra, cruzándose de brazos.

Roger soltó una leve carcajada.

—En cierto modo, así es.

—Le dio una palmada en el hombro—.

Pero no te preocupes, no hay nada que temer.

Aquí seguimos siendo los mismos… o al menos, eso creen.

El pueblo entero los observaba con una mezcla de curiosidad y esperanza.

Los ancianos inclinaban la cabeza en señal de respeto; los jóvenes, en cambio, los miraban con admiración contenida.

Había algo en el ambiente, una sensación de que los hermanos Eldrys estaban destinados a algo más grande.

Roger chasqueó los dedos, y desde la entrada del callejón aparecieron seis hombres.

Su grupo de confianza.

Algunos llevaban vendas en los brazos, otros espadas o bastones, y todos tenían la misma mirada decidida.

Era su pandilla, los guardianes del pueblo.

—Llévense los caballos —ordenó Roger con voz firme.

Dos de ellos se adelantaron, tomando las riendas de las bestias con respeto y llevándolas hacia los establos.

El resto esperó a que su líder diera nuevas órdenes.

Selindra observaba todo en silencio.

Conocía esa mirada en Roger: la de alguien que planeaba algo grande, aunque aún no lo dijera.

—Voy a revisar la base —anunció él, dándole un último vistazo al pueblo—.

Los muchachos estarán conmigo.

No hace falta que te preocupes por nada, Selindra.

Esta vez nosotros protegeremos Eldrys.

Ella frunció ligeramente el ceño, sin responder.

Sabía que su hermano no hablaba solo de proteger… sino de prepararse.

Lo conocía demasiado bien como para creer que iba a quedarse quieto.

Roger notó su silencio y sonrió de lado.

—¿Qué pasa?

¿Desconfías de mí?

—preguntó, medio en broma.

—Solo espero que esta vez no te metas en algo que no puedas controlar —dijo ella, mirándolo fijo—.

Eldrys ya sufrió bastante.

Roger soltó una risa corta, dándole la espalda mientras caminaba hacia la entrada de la vieja fortaleza donde solían reunirse.

—Siempre tan dramática, hermana.

Todo está bajo control… como siempre.

Selindra lo siguió con la mirada hasta que desapareció entre las sombras del pasillo de piedra.

Luego suspiró, apartándose del camino.

Cruzó la plaza principal, donde algunos aldeanos la saludaban con respeto, aunque con cierta distancia.

Ella apenas asintió y siguió caminando, hasta llegar al borde del bosque que rodeaba el pueblo.

El viento soplaba distinto.

Había una energía extraña en el aire, una vibración leve que hacía temblar las hojas.

Selindra se detuvo y miró hacia los árboles, sintiendo cómo algo… algo la observaba desde el otro lado.

Su instinto le gritó que no era imaginación.

—No puede ser… —susurró, cerrando los ojos un instante.

Un relámpago lejano iluminó el horizonte, seguido de un retumbo sordo que pareció surgir desde las entrañas de la tierra.

El suelo tembló apenas, pero fue suficiente para que las aves salieran volando en bandadas.

Selindra abrió los ojos.

Su expresión cambió: del cansancio al presentimiento.

Algo se acercaba.

Algo que haría que Eldrys dejara de ser el pueblo tranquilo que todos recordaban.

Y ella, sin saberlo, estaba a punto de verse envuelta en el inicio de la siguiente gran tormenta.

— El lugar olía a hierro, humo y polvo viejo.

En una esquina, unas lámparas parpadeaban con una luz amarillenta, apenas suficiente para iluminar las paredes agrietadas del sótano.

Rogel estaba sentado en una mesa de madera curtida, rodeado de botellas vacías, mapas y monedas apiladas como trofeos.

Frente a él flotaba una bola mágica, del tamaño de una cabeza humana, girando lentamente y emitiendo destellos azulados.

A su alrededor, casi una veintena de hombres.

Algunos apoyados contra los muros, otros riendo entre murmullos, limpiando sus armas o lanzando dados sobre un barril.

Afuera, cinco vigilaban el perímetro del pueblo, otros cinco cubrían los alrededores de la base.

Eran veinticuatro en total.

Veinticuatro sombras que respondían solo a la voz de Rogel.

—Así que…

—dijo Rogel, inclinándose hacia la esfera—, ¿me estás diciendo que tuve razón al liberar a esos malditos de la prisión de Senner?

Del otro lado, la voz de Yercal sonó calmada, con ese tono de quien sabe más de lo que dice: —Lo que hiciste fue necesario, Rogel.

Senner ya no genera lo que solía.

Además, tú mismo sabes que te debía muchas monedas… aunque dudo que te las pague.

Rogel soltó una carcajada seca.

—Exacto.

Por eso pienso mandarlo al otro mundo.

Pero…

—su expresión se ensombreció—, hay algo que no me cierra.

Tres de mis hombres salieron hace días a buscar a unos chicos.

Dijeron que podrían venir de otro universo.

Silencio.

Luego, un leve eco en la bola.

—Sí… lo sé —respondió Yercal, con una calma inquietante—.

Mi hermana, Selindra, los envió a una “misión”.

Pero todos sabemos cómo son sus misiones… trampas disfrazadas de oportunidades.

Con respeto te lo digo, Rogel: tu hermana es una bandida.

Envía inocentes a morir para complacer a sus clientes y mantener su reputación.

Rogel lo miró con una sonrisa torcida.

No le gustaba oírlo, pero tampoco podía negarlo.

—Ten cuidado con lo que dices, Yercal.

Sabés que lo que hace, lo hace porque yo se lo pido.

—Y yo te respeto por eso —contestó Yercal sin alterar su tono—.

Pero no fue por ella que te pagué para liberar a esos prisioneros.

Fue por ellos.

Los tres forasteros.

Hay algo en ellos que no pertenece a este mundo.

Uno de ellos… su energía… es distinta.

Poderosa, pero oculta.

Quiero entenderla.

Rogel se recostó en su silla, dejando que el humo del cigarro se mezclara con el aire espeso.

—Mientras me sigas pagando, puedes investigar lo que quieras —respondió con media sonrisa—.

Tus monedas me alcanzan para cubrir los gastos del mes.

Más de lo que Senner ha hecho en un año entero.

Rió con amargura.

—Igual tengo otras fuentes de ingreso.

Otras prisiones, algunos negocios… y mi gente en el pueblo, que sigue trabajando para mí.

La bola chispeó levemente.

—¿Y los chicos?

—preguntó Yercal.

—Están vigilados —respondió Rogel—.

Tres de mis hombres los siguen ahora mismo.

No los pierden de vista.

Aunque sinceramente, para mí no son más que una molestia menor.

—Tal vez lo sean —dijo Yercal—.

Pero lo que representan, no.

Escuché en la taberna del Lobo que esos mismos chicos buscaron a Selindra.

Querían hablar sobre un “ente oscuro”.

Rogel se enderezó.

La voz se le volvió grave, casi un gruñido.

—Ese cuento otra vez… el supuesto ente más poderoso que Dark.

Tonterías.

Un mito.

—Quizás —replicó Yercal con serenidad—, o quizás no.

Si existe, podría cambiarlo todo.

Rogel no respondió.

Su mirada se perdió entre las sombras del techo, donde el eco de las gotas resonaba como si el lugar respirara.

Finalmente exhaló con fuerza.

—Dime algo, Yercal.

Ese chico que te interesa tanto… ¿dónde está ahora?

La bola vibró suavemente antes de emitir la respuesta: —No ha salido de la prisión.

Su energía aún está contenida, pero se mueve.

Algo se está preparando.

Los otros dos escaparon, pero él… no.

Y si van a buscarlo, tus hombres lo sabrán.

Rogel permaneció callado.

Por un momento, el ruido de las risas en la base se apagó.

Su mente trabajaba como una máquina precisa.

Sabía que Yercal no era un enemigo… pero sí alguien que jugaba ajedrez mientras los demás seguían aprendiendo las reglas del dominó.

Y eso lo hacía peligroso.

—Está bien —dijo al fin, apagando el cigarro sobre la mesa—.

Manténme informado.

—Siempre lo hago —dijo Yercal antes de que la esfera se apagara.

El silencio que siguió fue pesado, casi tangible.

Rogel se quedó mirando el reflejo apagado en la bola, con el ceño fruncido.

—Tres chicos de otro universo… —murmuró—.

¿Qué demonios están buscando aquí?

Uno de sus hombres se acercó, armado hasta los dientes.

—¿Órdenes, jefe?

Rogel sonrió de lado, sin despegar la vista del vacío.

—Sí.

Que nadie los pierda de vista.

Y si hacen un movimiento raro… los quiero vivos.

El hombre asintió y salió sin decir palabra.

Rogel se quedó solo, apoyando los codos sobre la mesa.

—De otro mundo, ¿eh?

—susurró con una mueca que mezclaba curiosidad y desconfianza—.

Si eso es cierto, entonces el juego recién empieza.

La cámara se aleja lentamente.

En la penumbra, solo queda el brillo tenue de la bola mágica reflejándose en sus ojos.

—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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