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Vornex: Temporada 1 - Capítulo 104

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  4. Capítulo 104 - 104 Capítulo 104 La biblioteca del roble
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104: Capítulo 104: La biblioteca del roble 104: Capítulo 104: La biblioteca del roble Anteriormente… En algún lugar remoto, bajo un cielo cubierto por la ceniza y el humo que aún se alzaban desde la vieja prisión de Senner, un grupo de figuras avanzaba entre los restos del derrumbe.

Aún llevaban trozos de grilletes en las muñecas, pero sus miradas ya no mostraban miedo… sino hambre de revancha.

—Nos dieron por muertos —gruñó Randel, de voz áspera y mirada cortante—.

Pero no pienso quedarme aquí.

El silencio lo rompió un anciano de barba blanca, con los ojos cargados de inteligencia.

Era el señor Boner, un viejo librero que alguna vez había dedicado su vida al estudio de los portales y las dimensiones.

—Hay alguien que podría ayudarnos —dijo con calma—.

Un mago… llamado Cristel.

—¿Y dónde está ese tal Cristel?

—preguntó Randel, escéptico.

—En otro mundo.

Y si queremos encontrarlo, tendremos que cruzar hasta allá.

El grupo murmuró confundido.

Randel apretó los dientes.

—Podríamos hacerlo con nuestra energía, ¿no?

—dijo uno de los prisioneros—.

No necesitamos máquinas para eso.

Boner negó lentamente.

—Tal vez tengamos la energía suficiente, pero ninguno de nosotros sabe cómo abrir un portal.

Si lo intentamos a ciegas, podríamos quedar atrapados entre mundos.

El silencio volvió a caer.

Entonces el viejo levantó la vista hacia un edificio en ruinas, cubierto por la maleza.

—Hay una biblioteca no muy lejos de aquí.

Si logramos entrar, tal vez encontremos los libros que necesito… diagramas, fórmulas, cualquier cosa que nos diga cómo construir un portal.

Randel lo observó un momento, luego asintió.

—Entonces iremos.

Si ese mago existe, lo encontraremos… y nos ayudará a cambiar nuestro destino.

Y así, bajo la tenue luz del amanecer, los prisioneros comenzaron su marcha hacia la vieja biblioteca.

Entre ellos, la esperanza y la ambición se entrelazaban con la oscuridad de lo que planeaban hacer.

— Llevaban horas caminando sin rumbo claro, guiados solo por el viejo Boner y su extraño bastón de madera ennegrecida.

Los pies de los prisioneros se hundían en la tierra seca, y algunos ya empezaban a perder la paciencia.

—No llegaremos a ningún lado así… —gruñó uno, secándose el sudor del cuello—.

¿Cuánto falta?

El señor Boner, sin responder, se detuvo.

Alzó el bastón, cerró los ojos y murmuró un hechizo antiguo.

El aire vibró.

Del suelo comenzaron a surgir figuras translúcidas, que poco a poco tomaron forma sólida: lobos enormes, con cuerpos que brillaban como si estuvieran hechos de diamante pulido.

Los prisioneros retrocedieron, impresionados.

—¿Qué… qué son?

—preguntó Randel, mirando al anciano con una mezcla de miedo y respeto.

—Monturas —dijo Boner con una leve sonrisa—.

Lobos de cristal.

No se cansan, no comen, y no temen.

—Súbanse.

El camino será más rápido así.

Uno a uno, los prisioneros montaron sobre las criaturas, que comenzaron a correr con una suavidad casi irreal.

Los árboles se convertían en sombras a su paso, y la velocidad del viaje borró todo rastro de agotamiento.

Durante el trayecto, Randel giró la cabeza hacia el viejo.

—¿A qué biblioteca iremos?

Dijiste que ahí encontraríamos lo que necesitamos para crear ese… “Teleported”, ¿no?

El anciano lo miró por encima del hombro, el viento agitando su capa raída.

—Hace muchos años —respondió con tono grave—, todos los libros sobre hechizos y portales fueron retirados.

Las autoridades de este mundo no querían que nadie entrara o saliera.

—¿Por qué?

—preguntó otro de los prisioneros.

Boner suspiró.

—Porque los Guerreros Exploradores nunca regresaron.

Después de su desaparición, el Consejo decretó que todos debíamos permanecer “seguros” dentro de este mundo.

Desde entonces, nadie volvió a ver un portal abierto.

El grupo guardó silencio.

El sonido de los cascos de cristal contra la tierra era lo único que se oía.

Randel frunció el ceño.

—Entonces… ¿cómo sabes que hay una biblioteca con esos libros?

El anciano sonrió apenas.

—Porque trabajé en ella —dijo con voz baja—.

No todos los tomos fueron destruidos.

Algunos fueron ocultados, sellados bajo tierra.

—La llaman La Biblioteca del Roble, y está cerca de una vieja iglesia abandonada.

Allí aún descansan los secretos prohibidos que nos permitirán construir un Teleported.

El silencio volvió, pero esta vez era distinto.

Había expectativa.

Determinación.

Los lobos de diamante aumentaron la velocidad, dejando tras de sí una estela de luz.

En el horizonte, entre montañas cubiertas de niebla, se alzaban las ruinas de una iglesia… y más allá, bajo sus cimientos, los secretos que cambiarían el destino de todos.

— Tras varias horas de viaje, el grupo finalmente llegó frente a la Biblioteca del Roble.

El lugar estaba cubierto por una espesa neblina, y las enredaderas habían trepado hasta los ventanales, deformando la antigua fachada.

Las puertas de madera, oscuras por el paso del tiempo, estaban aseguradas por un candado hechizado que irradiaba una débil luz azulada.

—Parece que hace siglos nadie entra aquí —murmuró uno de los prisioneros, observando con cautela los símbolos grabados en el metal.

Intentaron forzarlo con herramientas, con hechizos simples, incluso con golpes, pero nada surtía efecto.

El candado parecía absorber la energía que lo tocaba.

Entonces Randel dio un paso al frente, con la mirada fija y decidida.

—Apártense.

Yo me encargo.

Concentró su energía en la palma de su mano, formando un resplandor dorado que crepitaba con fuerza contenida.

En un rápido movimiento, lanzó una bola de energía que impactó directamente contra el candado.

El estallido fue seco y resonó por toda la colina.

Cuando el humo se disipó, las puertas se abrieron lentamente con un crujido largo y profundo.

El interior estaba cubierto de polvo y telarañas.

El aire olía a madera vieja y humedad.

Los estantes, que alguna vez debieron estar repletos de conocimiento, estaban casi vacíos.

Los libros que quedaban yacían rotos, devorados por el tiempo.

Durante horas, los prisioneros buscaron entre montones de papeles y estanterías derrumbadas.

Sus antorchas iluminaban el polvo suspendido en el aire, y la frustración crecía con cada rincón revisado sin éxito.

Hasta que uno de ellos, hurgando detrás de una pared resquebrajada, gritó: —¡Aquí hay algo!

Sacó un libro cubierto por una gruesa capa de polvo.

En la portada, aún se podía leer con letras gastadas: “Artes de Hechizos y Portales”.

El señor Boner, con las manos temblorosas, lo abrió con cuidado.

Las páginas estaban viejas, pero los textos y diagramas se mantenían intactos.

Comenzaron a leer y descubrir cómo se podía crear un Teleported, un artefacto capaz de abrir portales entre mundos.

El libro explicaba con precisión lo necesario: Metal puro, para construir el marco del portal.

Piedras mágicas, que actuarían como catalizadores de energía.

Una brújula encantada, para orientar las coordenadas.

Tinta mágica y un mapa, para anotar los puntos de destino.

Entre todos recolectaron los materiales que pudieron conseguir, de la vieja biblioteca y de los alrededores.

Randel y Boner trabajaron juntos, mientras los demás seguían las instrucciones del libro al pie de la letra.

Con el metal y las piedras formaron un pequeño aro circular.

Luego, con magia y símbolos grabados, crearon un sistema de coordenadas: una rueda grabada con runas que podían girar para elegir el destino exacto.

Boner, mientras dibujaba las coordenadas con tinta mágica sobre el mapa, habló con voz grave: —Sé exactamente adónde debemos ir… al planeta RD86, un mundo donde la energía mágica y la luz fluyen como ríos.

Allí vive Cristel, el mago que necesitamos encontrar.

Está en el suroeste de Velthar.

Giró la rueda hasta que el mapa brilló con un tono dorado y el aire comenzó a vibrar.

En el centro del Teleported se abrió un pequeño portal ovalado, tan inestable que chispeaba con cada segundo.

Boner los miró con seriedad.

—Este portal solo nos llevará de ida… no habrá vuelta.

Si cruzamos, estaremos en otro mundo.

El silencio se apoderó del grupo.

Algunos dudaron, otros bajaron la mirada.

La idea de no regresar era dura, pero todos sabían que quedarse significaba volver a la prisión que habían jurado no pisar jamás.

Randel dio un paso al frente.

—Yo iré.

No pienso quedarme aquí a pudrirme.

Uno a uno, los demás asintieron.

Boner sonrió apenas, con un brillo de orgullo en los ojos, y extendió la mano hacia el portal.

—Entonces… vayamos a buscar a Cristel.

El aire se curvó, y una ráfaga luminosa los envolvió por completo.

En cuestión de segundos, todos desaparecieron, dejando atrás la vieja biblioteca, mientras el Teleported se cerraba lentamente, consumiéndose entre chispas hasta desaparecer por completo.

En el silencio que quedó, solo el eco del viento recorrió las estanterías vacías, como si el lugar recordara la última vez que alguien desafió sus leyes.

—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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