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Vornex: Temporada 1 - Capítulo 105

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  4. Capítulo 105 - 105 Capítulo 105 La firma del comienzo maldito
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105: Capítulo 105: La firma del comienzo maldito 105: Capítulo 105: La firma del comienzo maldito Cuando pisaron el planeta RD86, se quedaron unos segundos en silencio.

El aire era distinto, más liviano, más cálido… pero el paisaje los desconcertó.

Construcciones enormes, caminos bien marcados, casas estrechas pero altas, y gente por todos lados moviéndose con una rutina casi mecánica.

Había vida, sí… pero la naturaleza brillaba por su ausencia.

Árboles contados.

Césped solo en pequeños parches.

Y esa sensación extraña de que todo estaba “ordenado de más”.

—Es… raro —murmuró Randel, frunciendo el ceño—.

No parece peligroso, pero tampoco se siente vivo.

—Este planeta cambió mucho —dijo Boner con un suspiro cansado—.

Antes era más verde.

Pero sigamos, Cristel no se va a encontrar solo.

Primeras búsquedas… y cero resultados Entraron al primer pueblo cercano.

Preguntaron en puestos, casas, almacenes… pero nadie sabía nada.

Algunos nunca habían escuchado el nombre.

Otros los miraban con cara de “¿quién demonios es ese?”.

Y un par simplemente pasaron de largo como si no existieran.

Después de un rato, el cansancio volvió.

No físico, sino mental.

Esa presión del “¿y si nos equivocamos?”, ese sabor amargo de perder tiempo.

Decidieron abandonar el pueblo.

—Si Cristel vive en este planeta, no puede estar tan lejos —dijo Randel mientras caminaban por un sendero lleno de polvo—.

Y si él investigaba otros planetas, seguro no vivía en un lugar muy poblado.

—Exacto —asintió Boner—.

Hay otro pueblo hacia el norte.

Tal vez allí sepan más.

El segundo pueblo… y la pista inesperada El siguiente asentamiento era un poco más rústico, menos pulido.

Tabernas a la vista, gente relajada… y borrachos.

Muchos borrachos.

Apenas entraron, la conversación del grupo llamó la atención de dos tipos apoyados en la puerta de un bar.

Los hombres estaban tambaleándose, con la cara roja y sonriendo de más.

—Eh… eh… ustedes —dijo uno señalándolos con un dedo que ni él controlaba—.

Esos… esos que buscan al Cristel ese… jajaja… sí, sí, lo escuchamos.

El otro se rió como si todo fuera un chiste privado.

—Yo… hic… yo sé dónde está.

Vive cerca… bueno, no “vive” ahí, pero… se mete ahí.

Una cueva.

Una cueva al norte.

Una grande… con… con piedras que brillan.

Hic.

El grupo se miró.

Era una pista absurda, y venía de dos sujetos que apenas podían mantenerse de pie… pero era lo único sólido que tenían.

—Gracias —dijo Randel.

Boner les dejó unas monedas solo para que no siguieran hablando.

Rumbo a la cueva del norte Caminaron un buen rato.

El terreno se volvía más rocoso, más frío.

Y entonces lo vieron: una entrada enorme entre dos acantilados, emanando un leve resplandor azulado desde el interior.

—Aquí es —dijo Boner con una expresión seria.

Hasta él parecía sentir algo raro.

Entraron con cuidado.

El interior estaba lleno de cristales incrustados en las paredes que emitían una luz suave.

Había libros tirados, papeles, frascos, objetos mágicos… como si alguien viviera allí a ratos pero con cero interés en ordenar.

Y entonces lo vieron.

Un hombre flaco, con cabello largo y gris, sentado frente a una mesa improvisada.

Tenía un libro abierto, gafas torcidas en la punta de la nariz, y la mirada clavada en un símbolo dibujado en el piso.

Cuando escuchó pasos, levantó la cabeza.

Sus ojos… eran intensos.

Como si vieran más de lo que deberían.

—Vaya, vaya —dijo con un tono neutro, casi aburrido—.

Supongo que no vienen a pedir azúcar.

El grupo se tensó.

Randel tragó saliva.

Boner dio un paso adelante.

—¿Cristel?

El hombre entrecerró los ojos.

Sonrió de lado.

Una sonrisa que no era amable… pero tampoco hostil.

—Depende —respondió—.

¿Quién pregunta… y cuánto les urge encontrarme?

Ese fue el instante exacto en el que el grupo entendió que por fin lo habían hallado…

—Bien —dijo finalmente, como quien abre una caja de música—.

¿Qué buscan exactamente?

Randel adelantó un paso.

Su voz tembló pero fue firme.

—Queremos poder.

Queremos volvernos fuertes para… para rescatar a los nuestros y castigar a quien nos puso en esas jaulas.

Selindra, Roger y todo eso.

Necesitamos fuerza.

Entrenamiento.

Magia si hace falta.

Cristel parpadeó, como si el nombre hiciera sonar una nota en su memoria.

Sus ojos se oscurecieron un instante.

—Selindra —repitió, pensativo—.

Sí… el nombre me es familiar.

Tiene que ver con un hombre llamado Roger, ¿no?

Un sujeto con demasiado dinero y recursos.

Lo conozco de oídas.

Boner, que no había hablado hasta entonces, apoyó la mano en la mesa, aún con la respiración algo agitada.

—Le podemos pagar —dijo con intención—.

No mucho, pero lo intentaremos si nos das algo.

Cristel ladeó la cabeza y sonrió con suavidad.

Era una sonrisa que no calmaba, que invitaba a acercarse para luego dejar dulces envenenados.

—Esto no funciona así —contestó con voz melosa—.

No doy poder como quien reparte manzanas.

Dar poder implica transformar.

Y transformar significa riesgo.

Ustedes deben entender que aquello que yo otorgue no será algo neutro: mi don es oscuro, refinado y… corrosivo.

Mi magia manipula la mente, teje ilusiones, doblega la voluntad si no estás preparado.

Los ojos de Randel titilaron, pero la palabra “oscuro” no los detuvo; más bien les pareció una prueba de autenticidad.

—Lo entiendo —murmuró, con la desesperación a flor de piel—.

Lo entendemos.

No nos importa si duele.

Queremos salir de ahí.

Cristel se levantó sin prisa.

Caminó entre ellos, oliendo las fibras de su ropa, leyendo pequeñas migas de historia en cada gesto.

—Muy bien —concedió, con un aplomo que sonaba a sentencia—.

Les daré lo que piden.

Pero deben aceptar condiciones.

No doy nada sin un acuerdo.

Mi magia puede ensanchar sus límites…

o devorarlos.

La ilusión que fabrico puede volver real lo que temen, y si su mente no es sólida… terminará por quebrarse.

¿Aún así quieren seguir?

Un murmullo, un intercambio de miradas.

Nadie contestó de inmediato.

La promesa de la fuerza quemaba más que el miedo.

—Sí —respondieron al unísono, en una voz que tuvo menos convicción de la que aparentó.

Cristel volvió a sonreír, mostrando los dientes apenas.

Dio un paso hacia su mesa y, con un gesto teatral, hizo aparecer un pergamino extendido.

Letras danzaban en su superficie como si supieran del destino.

—Primero —explicó—, ordenen esto.

Quiero que mi refugio vuelva a parecer una biblioteca en condiciones.

Me agrada el orden.

Después… firmarán un contrato.

Bastará una firma para sellarlo.

No se preocupen por la letra pequeña.

Eso solo entorpece a los débiles.

Boner miró el pergamino con recelo, la punta de los dedos plegándose en un nudo de dudas.

Fue el primero en hablar tras un silencio cargado.

—¿No deberíamos… leerlo?

—propuso con voz trémula.

—Podrían —dijo Cristel con una lentitud calculada—.

O podrían mostrar algo de buena voluntad.

Si hurgan la letra pequeña, quizá descubran verdades que les asusten y se echen atrás.

Y yo necesito sujetos que no duden cuando la presión suba.

Randel sintió el calor del tiempo apretándole el cuello.

Habían venido a buscar poder; no a perder horas en papeles.

Se volvió hacia los demás y vio cómo la posibilidad de volver con manos vacías les arrancaba la piel.

En sus rostros, la urgencia de salvar lo perdido.

—Firmemos —dijo, sin brillo, con la voz de quien toma una cuerda en un puente que se hunde.

Boner vaciló otra vez, y por un pingajo de orgullo, por la presión del grupo, alzó la pluma.

La punta del instrumento era un fragmento de cristal, y el acto de escribir parecía un ritual antiguo.

—Espera —murmuró Randel—.

Al menos lee una parte.

—No —apresuró Cristel, con una cortesía seca—.

Si quieren ayuda, confíen.

La desconfianza paraliza.

Firma y luego trabajaremos.

Lo hizo.

Boner apoyó el pulgar, inclinó la cabeza y, con manos que no dejaron de temblar, trazó su nombre.

La tinta apenas tocó el pergamino cuando las letras se replegaron como gusanos y desaparecieron, dejando una cicatriz oscura en el papel.

El contrato se evaporó.

El gesto fue limpio, definitivo.

—Bien —susurró Cristel, con la calma del artesano que acaba de sellar su obra—.

Ahora limpiaran mi lugar.

Después les enseñaré el ritual.

Pero recordad: lo que ofrezco tiene duración limitada, y siempre deja una huella.

No es gratuita.

No lo es para nadie.

Mientras recogían libros caídos, sacudían estantes y colocaban frascos en fila como soldados alineados, una sensación gélida recorría las espaldas de algunos: algo se había cerrado dentro de ellos.

La firma no fue sólo tinta; fue una llave.

En un rincón, Cristel los observó, manos entrelazadas, la silueta recortada por el resplandor de cristales antiguos.

—A partir de ahora —murmuró para sí—, serán mis experimentos más interesantes.

Y ya no habrá marcha atrás.

El eco de sus palabras no fue un ruido de amenaza inmediata: fue una promesa.

Lenta.

Irremediable.

Afueras y mundos de distancia, las fichas comenzaron a moverse.

Adentro de la cueva, el aire supo a cambio sellado.

Y en algún lugar, un rumor quedó prendido como una diminuta llama: aquellos que anhelaban poder habían hecho un pacto con quien los moldearía —y corrompería— para sus propios fines.

La primera pieza del juego ya estaba colocada…

—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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