Vornex: Temporada 1 - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 Capítulo 11 El arte del guerrero
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11: Capítulo 11: El arte del guerrero 11: Capítulo 11: El arte del guerrero El choque entre Hilson y Teneb había sido tan brutal que ambos salieron disparados hacia una montaña cercana.
El suelo tembló con cada impacto.
Desde lo alto del risco, los chicos podían ver la pelea como si fuesen testigos de una tormenta controlada.
Hilson se movía con una precisión que ninguno de ellos había visto jamás.
Bloqueaba, esquivaba, atacaba… pero cada movimiento no era solo para ganar.
Era para mostrarles algo.
Era como una danza marcada por años de experiencia, cada paso tenía un propósito, cada mirada, una enseñanza.
—No puedo creerlo…
—murmuró Karl, con los ojos bien abiertos.
—Está peleando como si todo tuviera sentido —añadió Liam, serio.
Eiden no dijo nada, pero sus puños se cerraban con fuerza.
Por primera vez, entendía lo lejos que estaba de ese nivel.
Pero también sentía algo nuevo… una motivación ardiendo en el pecho.
En la cima, Hilson intercambiaba golpes con Teneb, que ahora sudaba y gruñía con rabia contenida.
—¡¿Por qué no te caes ya, anciano?!
—rugió Teneb, lanzando una onda de energía oscura que hizo vibrar la montaña.
Hilson la cortó con el filo de su mano, disipándola como si fuera humo.
—Porque no estoy peleando solo por mí —dijo con calma—.
Estoy peleando por ellos.
Para que un día, cuando ya no esté, puedan resistir por su cuenta.
Entonces, por primera vez, Teneb mostró algo diferente.
Una marca oscura se encendió en su pecho, y su cuerpo se cubrió de una energía roja y negra, como un veneno hirviente.
—¿Querés enseñarles?
Perfecto.
Les enseñaré lo que significa el verdadero miedo.
La presión del lugar aumentó tanto que los chicos tuvieron que retroceder.
El aire pesaba.
Liam cayó de rodillas, jadeando.
—Esto es… ¿su verdadero poder?
Hilson lo observó de reojo.
Durante un segundo, algo se encendió en su memoria: una figura de su pasado, un niño que no pudo salvar, rodeado por el mismo tipo de energía.
“Esta vez no.” Hilson giró hacia Teneb y con un grito cortó el aire con una patada ascendente.
El impacto levantó una ola de viento que limpió el campo por completo.
La montaña tembló, y las rocas comenzaron a desmoronarse por los costados.
—Observen bien, chicos —dijo Hilson, su voz clara como un trueno—.
Así pelea un verdadero guerrero.
Pero justo cuando parecía que el combate llegaría a su punto final, un murmullo lejano detuvo todo por un segundo.
Desde una rama de un árbol, no muy lejos del claro, una figura encapuchada observaba.
—Hilson… aún seguís enseñando, incluso cuando sabés que estás siendo observado.
No has cambiado nada… Y entonces desapareció en un susurro de hojas.
Los chicos estaban impactados.
En ese momento, comprendieron que lo que Hilson había estado haciendo no era solo pelear; estaba enseñándoles.
En cada esquiva, en cada golpe, les mostraba lo que hacía falta para ser verdaderos guerreros.
Teneb rugió.
La energía roja y negra que lo envolvía chispeaba con rabia viva.
La montaña se sacudía con cada paso que daba, dejando cráteres donde caía su puño o pie.
Hilson, en cambio, no se movía.
Estaba completamente quieto, con los ojos cerrados.
—¿Qué hace?
—preguntó Karl, alarmado.
—Está… concentrándose —dijo Eiden en voz baja, como si entendiera por primera vez lo que veía.
Teneb no lo pensó dos veces.
Se lanzó a toda velocidad, envuelto en una espiral oscura.
Pero justo antes del impacto, Hilson abrió los ojos.
—No todos los golpes deben ser detenidos con fuerza —susurró.
Movió apenas el cuerpo y esquivó el ataque por milímetros.
El aire a su alrededor se dobló, como si incluso el viento reconociera su control.
Teneb cayó de lado, desequilibrado.
Hilson contraatacó con una secuencia de golpes secos, certeros, como los de un maestro marcial que conoce cada debilidad de su oponente.
—Cada movimiento tiene un porqué.
Cada batalla, una enseñanza.
Los chicos lo miraban desde la cima, y de pronto, algo cambió dentro de ellos.
No solo admiraban a Hilson.
Querían ser como él.
—¿Cómo puede estar tan calmado?
—preguntó Liam.
—No es calma —respondió Eiden, aún más serio—.
Es certeza.
La batalla escaló.
Teneb, frustrado, liberó una ráfaga oscura que destruyó una parte de la montaña.
Hilson saltó entre las piedras flotantes como si el caos fuera su escenario natural.
—¡¿Qué esperás para caer?!
—gritó Teneb.
Hilson aterrizó frente a él, tranquilo, con las manos a los costados.
—No vine a caer.
Vine a mostrarte que incluso en la oscuridad… se puede pelear con propósito.
Entonces, el cielo se oscureció.
Una nube negra se formó sobre el campo.
Rayos rojizos comenzaron a caer a su alrededor.
Era la habilidad secreta de Teneb: El Eclipse Carmesí, una técnica especial suya que gastaba mucha energía.
—¡Con esto se acaba!
—bramó Teneb, desatando todo su poder.
Hilson no retrocedió.
Solo giró el cuello, como quien se prepara para recibir el último golpe… o darlo.
—Entonces es momento de enseñarte mi última lección.
Su cuerpo se iluminó con un aura dorada suave, cálida.
No era energía destructiva.
Era algo distinto.
Los chicos la sintieron como una especie de paz que envolvía todo.
—Esta técnica… —susurró Eiden— ¿Qué es?
—Esa es…
la energía del legado…—dijo suli impactada.
Hilson se impulsó con una velocidad imposible, y ambos chocaron en el centro de la montaña.
Un destello cegador cubrió el cielo.
La explosión no fue ruidosa, fue silenciosa, como si el mundo mismo contuviera el aliento.
Cuando la luz se disipó, Teneb estaba arrodillado, jadeando, con la armadura hecha trizas.
Hilson permanecía de pie, pero respirando con dificultad.
—Aún no estás listo para entender…
pero quizás algún día… alguien te lo enseñe —le dijo, y caminó lentamente hacia los chicos.
Desde lejos, la figura encapuchada volvió a aparecer entre las sombras.
Esta vez susurró: —El legado está en buenas manos, viejo amigo.
Hilson llegó donde estaban los tres.
No dijo nada por un rato.
Solo los miró.
—No peleen por pelear.
Peleen para proteger.
Peleen para enseñar.
Ese es el camino del verdadero guerrero.
Los tres asintieron, sabiendo que ese día no solo habían presenciado una batalla.
Habían recibido una herencia.
Un legado.
—
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