Vornex: Temporada 1 - Capítulo 110
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- Capítulo 110 - 110 Capítulo 110 El santuario del poder
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110: Capítulo 110: El santuario del poder 110: Capítulo 110: El santuario del poder (Antes del entrenamiento en Beinever…) …
Eiden y Karl avanzaban por las calles del pueblo de Beinever, todavía asimilando todo lo que acababan de vivir y lo que sabían que vendría.
Por un momento todo parecía calmo.
Pero ambos sabían que la calma era solo un respiro.
—No puedo creer que este lugar exista…
—dijo Eiden, observando los mercados y las torres del reino—.
Todo lo que hemos pasado y aún así…
hay gente aquí que entrena para ser más fuerte, como si nada hubiera pasado.
—Sí…
—respondió Karl, cruzando los brazos—.
Y pensar que ahora vamos a unirnos a ellos, entrenar con Lujius y Azerion, formar parte de algo más grande…
es raro.
Nunca creí que un mundo así existiera.
Eiden sonrió con ironía.
—Raro es poco.
Pero también es…
bueno, ¿no?
Saber que no estamos solos en esto.
Que hay otros que también se preparan para ese tal Dark.
Karl ladeó la cabeza y miró al frente, serio.
—No es que me guste depender de alguien, pero…
sí, es algo.
Aunque no nos equivoquemos: eso de “no estar solos” no significa que vayamos a tomarnos de la mano y cantar canciones.
Solo significa que, si fallamos, no seremos los únicos en caer.
Eiden soltó una pequeña risa.
—Claro, tu forma de decir “apoyo” siempre es tan…
directa.
—Directa y eficiente —replicó Karl con un toque de orgullo—.
No necesito adornar nada.
Ambos caminaron unos metros más en silencio, cada uno perdido en sus pensamientos.
Eiden recordó la fuerza que habían enfrentado, la potencia de Cael y lo que Liam había mostrado, aunque sin control.
Karl pensaba en cómo podrían fortalecer sus cuerpos y habilidades lo suficiente para no quedarse atrás, sin importar que su orgullo le dijera lo contrario.
Finalmente llegaron a un bar pequeño, con mesas de madera y luces cálidas que colgaban del techo.
Se sentaron en una esquina, pidiendo algo de beber y un poco de comida ligera.
Mientras esperaban, Karl miró a Eiden con una mezcla de seriedad y curiosidad.
—Entonces…el grupo de rebeldes y de la pandilla de Suli, junto a Alis y Paul están uniendo guerreros para crear un equipo, entonces tenemos que organizar este equipo, ¿no?
—dijo Karl, tomando un sorbo—.
Diez guerreros fuertes, coordinados…
y estamos casi listos: Tú, yo, Suli, Lujius y Azerion.
Eiden asintió, pensativo.
—Sí, pero todavía faltan más.
Orión, Lurea…
y Liam.
—Hizo una pausa, mirando su bebida—.
No estoy seguro de Liam.
El poder que mostró es enorme, pero también incontrolable.
¿Qué pasa si…
falla?
—Lo sabemos —dijo Karl, encogiéndose de hombros—.
Pero hay que confiar en que aprenderá a manejarlo.
No podemos dejar de lado al que supuestamente es el “guerrero definitivo”.
Es un riesgo, pero uno que vale la pena.
Eiden asintió lentamente.
—Tienes razón.
Al final, todos necesitamos aprender a superar nuestros límites.
Y él tendrá que aprender rápido.
Ambos se quedaron un momento en silencio, observando cómo la gente del bar seguía con su vida sin notar el peso que cargaban ellos.
Luego Karl rompió la calma: —¿Sabés?
A veces me pregunto cómo llegamos hasta esto.
Todo lo que hemos visto, lo que hemos pasado…
y lo que aún nos espera.
—Yo también —respondió Eiden—.
Pero al menos ahora podemos decidir hacia dónde ir.
No estamos siendo arrastrados por los eventos, al menos no del todo.
—Sí, hasta que nos toque enfrentar a Dark —replicó Karl con un toque de ironía—.
Entonces sí seremos arrastrados de lleno.
Se miraron, compartiendo una sonrisa fugaz.
No había alivio, pero sí reconocimiento mutuo de lo que los esperaba.
Después de comer, salieron del bar y caminaron hacia el santuario, donde Lujius y Azerion los esperaban para entrenar.
Mientras avanzaban, Suli apareció detrás de ellos, con su típica postura decidida.
—¿Y vos qué vas a hacer?
—preguntó Karl, señalando a Suli—.
¿Vas a entrenar con nosotros?
Suli negó con la cabeza, segura.
—No.
Yo voy a entrenar sola.
Necesito concentrarme en mis habilidades, por mi cuenta.
—Está bien —dijo Eiden—.
Nos vemos luego entonces.
—Que tengan cuidado —agregó Suli, dándoles un vistazo rápido—.
No quiero que nadie termine lesionado antes de empezar.
Y con eso, se alejó, dejando al grupo principal frente al santuario.
—Bueno —dijo Karl, mirando la entrada—.
Es nuestro turno.
Eiden respiró hondo, ajustándose la correa de su mochila.
—Sí.
Vamos a aprender lo que podamos y a fortalecernos al máximo.
Esto recién empieza.
Lujius y Azerion, que habían salido a comer algo antes, regresaron justo en ese momento.
Sin palabras, los cuatro se miraron, reconociendo la energía que emanaba cada uno y el potencial que aún tenían por desarrollar.
El santuario parecía más grande ahora, como si supiera que esos guerreros estaban listos para recibir su prueba.
—Entonces —dijo Lujius, con una sonrisa leve—.
Comencemos.
Y con eso, el respiro terminó.
El verdadero entrenamiento de Eiden, Karl y los demás estaba por comenzar.
— Luego el sol caería suavemente sobre las afueras de Beinever, bañando los caminos de polvo y piedras con una luz cálida que no podía ocultar la tensión que flotaba en el aire.
Eiden y Karl caminaban con ese paso firme que los caracterizaban desde que vinieron aquí, que los llevaba hacia el santuario, listos para entrenar con Lujius y Azerion, pero ajenos a que no estaban solos.
Entre las sombras, tres figuras permanecían agazapadas, observando cada movimiento, cada conversación.
Los pandilleros de Roger habían decidido vigilar, intentando recoger cualquier información sobre los recién llegados.
Sus susurros eran cortos, nerviosos: —¿Viste cómo se movieron?
—susurró uno—.
No parecen cualquier tipo de novatos.
—Sí… y con esos dos que los acompañan… alguien los está entrenando fuerte.
Tenemos que informar a Roger, esto podría interesarle.
—Pero… ¿y si se dan cuenta que los seguimos?
Mientras discutían, un movimiento más silencioso se hizo presente.
Orión, que había estado observando desde la distancia, apareció de entre los arbustos, su mirada fija y calculadora.
No hizo ruido; simplemente los evaluó.
Su presencia era imponente aunque estuviera en las sombras.
Los pandilleros, al notar la figura, intentaron retroceder, pero Orión se adelantó con pasos seguros y les bloqueó el camino.
—¿Quiénes son?
¿Qué hacen aquí?
—preguntó con voz firme, midiendo cada palabra.
Los pandilleros intercambiaron miradas nerviosas.
Intentaron esquivar la pregunta con silencio, pero Orión no era alguien que se dejara engañar.
Con un movimiento rápido, los inmovilizó, demostrando que no estaban en posición de mentir.
—Vamos, no tienen otra opción —murmuró con calma—.
Contad todo.
Sin poder resistirse, los pandilleros revelaron todo lo que habían visto: los planes de entrenamiento, la presencia de Lujius y Azerion, y los preparativos de Eiden y Karl.
No mencionaron a Liam directamente, temerosos de lo que Orión pudiera hacer.
Orión escuchó en silencio, asintiendo ligeramente mientras procesaba la información.
Cuando terminaron, dio un paso atrás y habló con tono autoritario: —No vuelvan aquí.
Y díganle a Roger que sus asuntos no me importan.
Si se acerca de nuevo, no habrá segunda oportunidad.
Los pandilleros se retiraron, su miedo evidente.
Sabían que no sería la última vez que tendrían problemas, pero habían aprendido que no podían desafiar a Orión.
Orión los observó alejarse, y su mente comenzó a trabajar.
Sabía que Roger no tardaría en reaccionar, y que vendría con toda su pandilla para intentar desbaratar lo que estaba ocurriendo.
Era solo cuestión de tiempo.
Sin embargo, no estaba preocupado; confiaba en que Eiden y Karl, una vez entrenados junto a Lujius y Azerion, estarían listos para cualquier eventualidad.
Con un último vistazo hacia los caminos, Orión se apartó a un lugar estratégico, asegurándose de tener una visión clara del santuario.
Desde allí, podía vigilar el inicio del entrenamiento de los cuatro, mientras mantenía la amenaza de Roger en mente, listo para intervenir si era necesario.
El viento soplaba suavemente, llevando consigo la promesa de desafíos y la certeza de que todo estaba a punto de cambiar.
Y así, con Orión vigilando desde las sombras y la amenaza de Roger latente, la escena se cerraba, dando paso al verdadero inicio del entrenamiento intenso que definiría a los futuros héroes.
— El santuario estaba tranquilo, aunque cargado de una energía intensa que se percibía en cada piedra y en el aire.
Eiden y Karl no podían evitar sentirse desconcertados.
Mientras observaban a Lujius y Azerion, algo era diferente.
Especialmente Azerion.
La última vez que lo habían enfrentado, parecía alguien sombrío, frío, casi peligroso.
Ahora, sin embargo, había una calma contenida, pero no débil; había poder, control, y una especie de resolución que no habían visto antes.
—No entiendo… —susurró Eiden mientras miraba a Azerion—.
¿Qué les pasó?
¿Qué han estado haciendo todo este tiempo?
Karl frunció el ceño, intrigado también.
—Sí… Azerion… no es el mismo que enfrentamos antes.
Parecía que quería matarnos la última vez.
Ahora parece… distinto.
Azerion los miró, respiró profundo y habló con voz serena pero firme: —Gracias a Lujius aprendí a ver este mundo de otra manera.
He pasado por cosas… cosas que me hicieron sentir solo, perdido, y quizás peligroso para los demás.
Lujius asintió suavemente.
—Todos tenemos un pasado que no nos define.
Ni a mí, ni a Azerion.
Lo importante es lo que hacemos con eso, cómo seguimos adelante.
—¿Y… cómo hicieron eso?
—preguntó Karl, cruzando los brazos—.
Porque yo todavía siento que algunas cosas me pesan.
—Entrenamiento mental y físico —respondió Azerion—.
Aprender a dominar tu mente, tus emociones y tu cuerpo.
Cada día, un poco más, hasta que sientes que puedes avanzar sin que el pasado te detenga.
Eiden intercambió una mirada con Karl, comprendiendo un poco mejor la situación.
—Entonces eso explica… —dijo—.
¿Y el cristal?
Lujius asintió, mostrando el fragmento que Azerion sostenía.
—Este es el Cristal de Ankaris.
Como les expliqué, puede aumentar sus habilidades hasta 100 veces.
Pero no es algo que se use todo a la vez.
Lo importante es combinarlo con este santuario, con la práctica y la disciplina.
Pueden turnarse: uno lo usa al máximo, luego se lo pasa a otro para que también mejore.
Mientras tanto, los demás pueden seguir entrenando y perfeccionando sus habilidades sin el cristal.
Karl se rascó la cabeza, incrédulo pero emocionado.
—Vale… suena… intenso.
Pero si esto nos hace más fuertes, estoy dentro.
Eiden asintió, con su típica determinación silenciosa.
—Entonces, manos a la obra.
No hay tiempo que perder.
Lujius entregó el cristal a Azerion, quien lo sostuvo con cuidado.
—Serás el primero —dijo Lujius—.
Mientras tú trabajas con esto, Karl y Eiden entrenarán conmigo.
Una vez que termines, pasarás el cristal y yo continuaré guiando a los demás.
Azerion respiró hondo, concentrándose.
La energía del cristal comenzó a fluir hacia él, envolviendo su cuerpo con un resplandor cálido y potente.
Los músculos se tensaron, la mente se enfocó, y un aura intensa surgió a su alrededor.
Karl y Eiden intercambiaron una mirada breve.
—Bien… entonces vamos a ver de qué están hechos —dijo Karl con una leve sonrisa desafiante.
—No es solo fuerza —replicó Eiden—.
También es control, estrategia… y aguante.
Lujius asintió mientras se colocaba frente a ellos.
—Exacto.
Vamos a empezar desde lo básico, pero no se confíen.
Cada movimiento, cada decisión cuenta.
El aire en el santuario vibraba.
La concentración de los cuatro era palpable.
Era el inicio de algo grande, un entrenamiento que definiría no solo su fuerza, sino también su manera de pelear, pensar y trabajar en equipo.
Mientras Azerion absorbía la energía del cristal, Eiden y Karl se preparaban mental y físicamente.
La atmósfera estaba cargada de tensión, expectativa y un silencioso desafío entre ellos: demostrar, sin palabras, quién avanzaría más rápido.
Y así, el entrenamiento comenzó, con cada uno sumergido en su propio esfuerzo, mientras el santuario parecía reconocer la importancia de aquel momento.
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