Vornex: Temporada 1 - Capítulo 113
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- Capítulo 113 - 113 Capítulo 113 El ritual del poder prestado
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113: Capítulo 113: El ritual del poder prestado 113: Capítulo 113: El ritual del poder prestado El grupo de Alis observaba con asombro cómo Cael yacía derrotado sobre el suelo de la prisión.
Su aura de furia y poder había desaparecido, y con ella, toda la amenaza inmediata que representaba.
Por un instante, el silencio reinó absoluto; la tensión que se había acumulado durante la batalla se disipaba lentamente como humo en el aire.
Alis, con su voz temblorosa pero agradecida, rompió el silencio: —Gracias… de verdad, por ayudarnos.
Pero nadie respondió de inmediato.
Los recién llegados no parecían interesados en la victoria sobre Cael.
Sus miradas buscaban algo más profundo en la prisión, un objetivo que ninguno del grupo de Alis podía discernir.
Finalmente, uno de ellos, aquel cuya energía rara y densa destacaba entre los demás, habló: —No vinimos a ayudarles… derrotamos a Cael porque lo vimos y supimos que debía caer… no por ustedes.
El grupo de Alis intercambió miradas confundidas.
Nadie comprendía del todo lo que estaba pasando.
Sin embargo, el respeto y la gratitud no desaparecieron; aun sin entender, agradecieron la ayuda de manera silenciosa.
Cael, aún débil, intentó levantarse, pero su voluntad se había quebrado por completo.
No había más fuerza en él para continuar.
La noticia de su derrota y la caída de su aura de amenaza fue suficiente para que el grupo de Alis celebrara brevemente; al fin podrían reagruparse, cuidar de Liam y planificar el regreso a Beinever para darle descanso.
Pero antes de que pudieran respirar tranquilos, el líder del grupo extraño habló con voz firme: —Si Hiban va a liberar presos, no deberían quedarse con solo uno.
Todos merecen ser libres.
Alis reflexionó unos segundos, y luego asintió: —Tiene razón… todos merecen una oportunidad.
Teneb, confiado en la moral del grupo, añadió: —Si Cael ha cambiado… quizá ahora pueda usar su fuerza para algo bueno.
Pero Cael mismo se sorprendió: —¿Me perdonarán…?
Todos los presentes lo miraron sin comprender.
Ninguno esperaba esa reacción de un enemigo que hasta hace minutos era implacable.
Antes de que pudieran procesar la situación, el líder del grupo extraño se giró hacia ellos, mostrando su aura oscura: —Tú estás en la lista de los que debo eliminar… Teneb, intentando razonar, intervino: —Ya no hace falta matarlo.
El líder no respondió ni un segundo.
Una concentración de energía oscura comenzó a formarse en sus manos, y en un parpadeo, lanzó un ataque directo al objetivo.
La potencia del golpe sorprendió a todos; incluso Teneb apenas logró mantenerse firme.
El impacto fue letal, acabando con aquel objetivo instantáneamente.
El grupo de Alis estaba estupefacto.
Nadie podía comprender la velocidad y el alcance de ese poder.
Antes de que pudieran reaccionar, los recién llegados comenzaron a destruir parte de la prisión.
Cada golpe, cada explosión, abría celdas y liberaba a los prisioneros.
Y entonces, algo aún más sorprendente ocurrió: los presos liberados parecían absorber la energía del grupo extraño.
Su fuerza aumentó, sus habilidades se potenciaron, y se unieron sin dudar a los recién llegados.
El grupo de Alis observaba impotente, tratando de entender lo que pasaba.
Senner, desde su torre de mando, no entendía nada.
Gritó órdenes a sus guardias, pero estos apenas podían reaccionar ante el caos que se desataba.
Cuando el grupo del líder se preparó para ejecutar un ataque final sobre Senner, Teneb se interpuso: —¡Basta!
Aunque sean culpables, no merecen morir así.
El líder del grupo extraño lo miró con frialdad: —Si te interpones, también caerás.
Senner, aterrorizado, buscó refugio detrás de Teneb, murmurando: —No entiendo nada… ¡protéjeme!
La tensión en la prisión alcanzó su punto máximo.
La combinación de energía liberada, prisioneros fortalecidos y el poder del grupo desconocido dejó claro que aquel día nada volvería a ser igual…
— …
(Flashback – Antes de la llegada a la prisión de Senner) La cueva olía a humedad, hierbas quemadas y algo más sutil, como polvo de libros viejos.
Habían pasado horas barriendo, quitando telarañas y apilando frascos rotos; ahora, sudorosos y cubiertos de carbón, los ex-prisioneros seguían a Cristel más adentro, como quien sigue la guía de alguien que promete alivio después de tanto tiempo.
Las antorchas se apagaron y la luz cambió de tono: un resplandor rojo, tenue y constante, venía de lámparas que colgaban de cadenas en lo alto.
Ese brillo daba a la roca una apariencia extraña, casi sangrienta; la sombra de sus pasos parecía moverse por voluntad propia.
—Aquí —les dijo Cristel, y su voz cortó el silencio con la calma de quien no se sorprende jamás—.
Más profundo.
Los condujo por un pasillo estrecho hasta una cámara donde las paredes estaban cubiertas de estantes con frascos, botellas y libros apilados en torres desordenadas.
Sobres de pergamino, plumas negras y recipientes con polvo que brillaba apenas sobre la mesa.
El ambiente tenía algo ritual: las superficies estaban marcadas con símbolos hechos con tinta oscura, y en el centro de la sala había un círculo dibujado con ceniza y pigmentos.
Cristel se detuvo frente al círculo y miró a cada uno de ellos como si midiera su respiración.
—Pónganse en el medio —ordenó con suavidad—.
No hablen.
Confíen en lo que van a sentir.
Al principio dudaron.
Habían visto trucos y estafas; habían recibido promesas rotas.
Pero la fatiga y la esperanza hicieron su trabajo: uno a uno se ubicaron dentro del círculo.
, Boner el más viejo del grupo, se colocó junto a los demás y mantuvo la mirada fija en Cristel, buscando en sus ojos alguna señal de verdad.
Cristel sonrió apenas, luego abrió un saco de cuero.
De su interior extrajo un polvo rojo mezclado con especias aromáticas; lo dejó caer con cuidado, formando un cordón sobre el dibujo ya hecho en el suelo.
Después colocó, en cada uno de los cuatro extremos del círculo, una vela encendida; la cera goteó formando pequeñas lunas blancas sobre la roca.
Sacó un libro voluminoso de un estante cercano, lo apoyó sobre un atril improvisado y comenzó a susurrar palabras en un idioma que ninguno de ellos conocía.
La luz roja pareció temblar.
Luego, con las manos, trazó figuras en el aire; pequeñas motas de polvo rojo se elevaron como si obedecieran a un viento invisible.
—Magic power —murmuró Cristel, con un tono que no era ni completamente extraño ni del todo humano—.
Come to me.
La frase quedó suspendida en la cámara.
Fue como si, al pronunciarla, algo respondiera desde las paredes mismas.
Un hormigueo recorrió los cuerpos de los prisioneros: primero en las puntas de los dedos, luego subiendo por los brazos, enroscándose en el pecho.
Una sensación de calor, luego de energía, y una ligera presión detrás de los ojos.
Randel apretó el puño.
Sintió su fuerza como si hubiera vuelto tras décadas de desuso; sus músculos respondían con una rapidez que no había experimentado en años.
Otro miembro del grupo gimió al notar que su vista se había agudizado: distinguía con claridad hilos de polvo en el aire y el sutil latido de la lámpara de aceite lejos, como si escuchara verdaderamente.
Un murmullo escapó de entre ellos, mezcla de miedo y asombro.
—¿Qué nos hiciste?
—preguntó uno, sin atreverse a mirar a Cristel.
Éste cerró el libro con delicadeza y dejó que su sonrisa se abriera un poco más.
—Les dí acceso a algo que no pudieron alcanzar en años —contestó—.
No es permanente, no del todo.
Es un impulso, una chispa.
Ustedes tendrán que aprender a manejarla.
Pero por ahora: despierten.
La cámara se llenó de una luminiscencia violeta que rodeó a todos los presentes como una bruma.
No quemaba, no cortaba, simplemente envolvía; y bajo ese manto, cada prisionero sintió su interior condensarse, como si ese poder fuera una lupa que concentrara lo que aún quedaba de ellos.
Pasaron unos minutos que se estiraron como horas.
En silencio, cada uno comprobó sus nuevos límites: el que había sido torpe en las manos levantó una piedra sin esfuerzo; el que sufría de insomnio notó cómo su mente se aclaraba.
No supieron explicar la naturaleza exacta de ese cambio, sólo que algo se había movido dentro.
Cristel caminó alrededor del círculo, observando, tomando notas con una pluma sobre un pequeño pergamino.
A veces inclinaba la cabeza y sonreía como quien lee una partitura.
No habló de precios ni condiciones; dejó que la transformación se asentara.
—Tenemos que volver a Velthar —dijo Randel, encontrando voz al fin—.
No podemos quedarnos aquí.
Cristel cerró el pergamino y guardó la pluma.
—Les abriré un camino de regreso —dijo—.
Pero antes…
—hizo una pausa, midiendo la atención de todos— …los acompañaré.
Por si acaso.
Sus palabras cayeron como un bálsamo en la sala.
Los prisioneros se miraron entre sí, aliviados.
Habían esperado ayuda durante tanto tiempo que la mera compañía parecía el mayor de los regalos.
Cristel encendió de nuevo un par de lámparas, trazó signos complementarios alrededor del círculo y pronunció una nueva sucesión de palabras.
El polvo rojo voló hacia arriba como una cortina que se partía; en el aire se formó una apertura ovalada, un vórtice que brilló con una luz pálida y poderosa.
El portal humedeció el aire con un sonido que recordó al del mar lejano.
—Este pasaje los llevará de vuelta a su mundo —explicó Cristel con calma—.
Cruzen en grupos.
Yo vendré detrás.
Uno tras otro, con el alma temblando entre esperanza y recelo, se acercaron al arco.
El resplandor los envolvió y, con una sensación similar a caer y a flotar al mismo tiempo, deslizaron fuera de la cueva.
Cristel se quedó un momento en silencio, mirando la puerta abierta hacia un túnel de luz que ya casi se cerraba.
Luego, sin prisa, guardó el libro, limpió con cuidado la mesa donde había trabajado y apagó algunas de las lámparas rojas que colgaban.
Sus dedos se detuvieron un instante sobre el pergamino donde había anotado, con trazos finos, los resultados de aquella noche.
—Buen trabajo —murmuró para sí, sin que nadie lo escuchara—.
Buen trabajo.
Después cerró la puerta detrás de sí y, como si fuera el fin natural de un ejercicio, la cueva recobró su olor a polvo y silencio.
Afuera, en otro mundo, los prisioneros llevaban consigo la sensación del ritual y el impulso nuevo en el pecho; creyeron que volvían libres.
Cristel observó la senda por donde habían partido y dejó que la oscuridad le devolviera la calma.
…
Apenas el portal que Cristel había creado los escupió de vuelta en Velthar, los ex-prisioneros se quedaron unos segundos en silencio, respirando el aire frío del sitio como si despertaran de un sueño largo.
Tenían la piel aún cargada de esa energía violeta que el ritual les había encendido por dentro.
Un prisionero llamado Zarek fue el primero en hablar, con la mandíbula rígida y el odio viejo quemándole los ojos.
—Antes de cualquier cosa… —gruñó— tenemos un asunto pendiente.
Boner, el más anciano, ese que había pasado tantos años en la oscuridad que parecía parte de ella, afirmó con un movimiento lento pero firme.
—Cael y Senner —escupió el nombre como veneno—.
Ellos nos tuvieron ahí, nos vendieron… nos usaron.
Hoy les toca pagar.
Los demás, otros llamados Oreth, Dargan, Boner y Randel, asentían sin dudar.
Era un rencor compartido, uno que los había sostenido vivos durante años.
Cristel los miró, con esa sonrisa suya que nunca se sabía si era burla o simple distracción, y preguntó con un tono que sonaba casi casual: —¿Están absolutamente seguros de que eso es lo primero que quieren hacer?
Los ex-prisioneros respondieron casi al unísono, con una certeza que parecía sólida.
—Sí.
—Es lo que debemos hacer.
—No hay discusión.
Cristel se encogió de hombros, como quien acepta un plan que no le mueve un pelo.
—Bien entonces… —dijo simplemente.
Y ahora tenía sentido por qué su primer destino fue la prisión de Velthar.
No era casualidad.
No buscaban información, ni un escondite, ni un punto estratégico.
Buscaban cerrar su propia herida… o eso creían.
—
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