Vornex: Temporada 1 - Capítulo 116
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- Capítulo 116 - 116 Capítulo 116 La caminata en estrellum
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116: Capítulo 116: La caminata en estrellum 116: Capítulo 116: La caminata en estrellum Mientras tanto en Estrellum…
Suli tardó un poco en ubicarse.
Estrellum no había cambiado tanto desde la última vez que estuvo aquí con sus padres, pero el ambiente ahora la golpeaba distinto.
Antes era una niña que miraba todo con ojos curiosos; ahora cargaba el peso de lo que había vivido, más las ganas -y la necesidad- de hacerse fuerte.
Recordó a su padre caminando justo por estos mismos caminos, despidiéndose con una sonrisa tranquila que escondía un orgullo inmenso.
Él era un guerrero honesto, respetado en Velthar.
Los místics, aunque guerreros y exploradores por naturaleza, siempre habían sido inteligentes, curiosos y trabajadores.
No viajaban solo para hacerse fuertes: también lo hacían para compartir, aprender, intercambiar culturas y traer nuevas técnicas a su pueblo.
Y entre todos los mundos a los que iban, Estrellum siempre había sido el destino.
Nada superaba entrenar con los Firgols: eran famosos, respetados y sí, relajados…
pero no idiotas.
En cuanto te ofrecías para entrenar, se volvían más duros que una pared de titanio; cuando no, eran sorprendentemente amigables, incluso tranquilos.
Era un equilibrio extraño, pero funcionaba.
Suli caminó un rato sin rumbo, repasando los recuerdos con su padre.
Él les había permitido a ella y a su madre acompañarlo en su viaje inicial solo para que vieran dónde entrenaría.
Las familias místic solían hacer eso: despedirse en el mundo en el que sus guerreros se formarían, y luego regresar a Velthar mientras ellos se quedaban durante meses…
o años.
-Bueno, supongo que aquí empieza mi propio camino -murmuró Suli, ajustándose la capa.
Tras media hora de caminar entre puestos, caminos de piedra brillante y casas que parecía que habían sido hechas con luz compactada, llegó frente a una cabaña bastante pintoresca.
Tenía una chimenea encendida aunque no hacía frío y un cartel torcido que decía: “Pociones, chuches místicas y cosas que probablemente no necesitás.” Suli levantó una ceja.
-Prometedor…
supongo.
Entró.
Un pequeño ting sonó al abrir la puerta, y detrás del mostrador había un niño Firgol sentado en una banqueta demasiado alta para él, balanceando las piernas.
-Hola -dijo sin quitar los ojos de una caja llena de frascos-.
¿Querés algo que explote o algo que cure?
Tenemos de las dos.
Suli respiró hondo.
-Busco algo más útil.
Necesito saber si hay algún lugar de entrenamiento por aquí.
Algún pueblo, un do- -¡MAMÁ!
-gritó el niño sin dejarla terminar-.
¡Hay una chica preguntando cosas!
Suli parpadeó.
-¿Era necesario gritar así?
-Sí -respondió el niño muy serio-.
Yo no sé nada.
Apareció una mujer Firgol desde una habitación lateral.
Tenía una sonrisa amable, pero los ojos de alguien que sabe perfectamente cuándo puede sacarte hasta la última moneda.
-Hola, cariño.
Me dijeron que buscás información.
Puedo dártela…
pero primero, algo de compra, ¿sí?
Suli frunció el ceño.
-No tengo nada para comprar.
El niño se le acercó directo, metiendo la mano en su bolsillo sin pedir permiso.
-¡Ey!
-Suli lo apartó-.
¿Qué te pasa?
-Tienes monedas -dijo él, mostrándolas como si hubiera encontrado un tesoro-.
¿Ves, mamá?
¡Tiene!
La mujer asintió como si eso sellara el trato.
-Perfecto, entonces algo simple.
¿Qué te parece esta poción de veneno?
No sirve para mucho, pero es barata.
-¿Por qué tendría una poción de veneno?
-preguntó Suli, resignada.
-Porque me la vas a comprar -respondió la mujer con un encanto casi insultante.
Suli soltó un suspiro largo.
Ya estaba ahí, necesitaba la información…
y sinceramente, discutir más le iba a consumir energía que no tenía.
-Está bien, dámela.
La mujer se la entregó, y en cuanto Suli pagó, la Firgol sacó un mapa enrollado de un cajón.
-Ahora sí.
Esto es lo que buscabas.
Lo abrió sobre el mostrador.
Era un mapa dibujado a mano, con pequeñas notas y rutas marcadas con tinta azul brillante.
-Aquí -dijo la mujer, señalando un punto-.
Es un pueblo llamado Zelaryn.
Tranquilo, amable, pero con algunos de los mejores entrenadores Firgols que existen.
Muchos de los tuyos entrenaron ahí.
Es un lugar ideal para empezar, especialmente si vienes a forjarte como guerrera.
El niño, entusiasmado, añadió: -¡Y si querés, tenemos collares que aumentan un poco la fuerza!
No mucho, eh…
pero brillan lindo.
Suli lo miró con cara de “por favor…”.
Pero el niño ya estaba con el collar en mano, agitándolo.
Ella terminó suspirando otra vez.
-Dámelo.
Ya está.
Lo pagó, lo guardó, y la mujer le sonrió de forma mucho más sincera que antes.
-Buena suerte, cariño.
Los caminos a Zelaryn son tranquilos, pero largos.
Si vas por entrenamiento, los Firgols te van a recibir bien.
Te van a pulir, te van a exigir…
pero también te van a cuidar.
Así somos aquí.
Suli asintió, finalmente sintiendo ese viejo aire de Estrellum que recordaba de niña.
Un lugar amable, relajado, pero decidido a sacar de ti tu mejor versión cuando era necesario.
-Gracias.
De verdad.
Con el mapa en mano y un collar absurdo que probablemente nunca usaría, salió de la cabaña.
El viento cálido de Estrellum la recibió, y por primera vez desde que llegó…
supo exactamente hacia dónde tenía que ir.
— Suli llegó al siguiente pueblo caminando con la paciencia medio rota y las piernas hechas piedra.
Apenas cruzó el arco de entrada, lo primero que notó fue el estado del lugar: casas con tablas improvisadas, ventanas rotas, huellas negras de fuego en algunas paredes… todo tenía ese aire de “acá pasó algo malo hace poco”.
—¿Qué demonios…?
—murmuró mientras avanzaba.
No era Zelaryn, eso estaba clarísimo, pero al menos había un hotel.
Entró directo al mostrador, revisó precios… y casi se le cae el alma al suelo.
—¿Esto es en serio?
—preguntó, incrédula.
El encargado solo encogió los hombros como si nada.
No alcanzaba.
Ni de cerca.
Harta, salió otra vez a la calle.
Y justo ahí, un chico apoyado en una baranda le hizo un gesto amistoso, como si la hubiera estado esperando.
—Ey, ¿no tenés dónde quedarte?
—preguntó sin rodeos—.
Si querés descansar un rato, podés venir conmigo.
Suli lo miró en silencio, fría, calculadora.
No confiaba en nadie, menos en un completo desconocido que aparecía de la nada ofreciendo “refugio”.
—Si intentás algo raro, te mato —soltó con total naturalidad.
El chico levantó las manos, asustado pero con una sonrisa nerviosa.
—Bueno, agresiva la señorita… pero tranquila, no soy así.
Mi nombre es Leguer.
Suli suspiró, tensa, pero correspondió la presentación.
—Suli.
Y no tengo tiempo para perder.
Solo necesito descansar un rato, luego me voy.
—Perfecto, entonces sos de las mías —respondió él—.
Vení, mi casa está por acá.
Caminaron entre las calles medio destruidas, y Suli finalmente soltó la pregunta que le venía quemando la lengua: —¿Dónde estamos, exactamente?
—En Grimolt —respondió él orgulloso—.
El mejor lugar para perderte si sos turista, comprar artefactos… o simplemente descansar.
Bueno… descansar cuando no está todo hecho un desastre, claro.
Ella asintió.
Al menos ahora sabía dónde estaba.
Llegaron a una casita que seguía el mismo estilo que el resto del pueblo: madera oscura, tejado simple… pero mejor cuidada que la mayoría.
Leguer abrió la puerta.
—Esta es mi casa.
Te vi entrar al pueblo, estabas caminando como si te fueras a caer en cualquier momento.
Acá todos vienen a descansar antes de seguir su camino… pero con los precios del hotel tan altos, supuse que te iba a pasar lo mismo que a mí hace unas semanas.
Así que preferí ayudarte.
Suli lo miró, sorprendida pese a sí misma.
—Gracias —dijo, sincera y directa.
El interior era cálido, hogareño.
Unas decoraciones simples pero bonitas: máscaras firgol, pequeñas lámparas flotantes, un par de cuadros viejos.
Se notaba que el chico cuidaba el lugar.
—Tienes linda casa —comentó Suli mientras dejaba sus cosas.
Leguer soltó una risa un poco amarga.
—Sí… pero me toca limpiarla siempre.
No por gusto, sino porque cada cinco días vienen unos bandidos a robar lo que puedan.
Y no solo roban… hacen desastre.
Rompen ventanas, queman paredes, destrozan todo lo que encuentran.
Suli frunció el ceño, mirando por la ventana las calles medio destruidas.
—Eso explica el estado del pueblo.
—Exacto —dijo Leguer—.
El banco del pueblo nunca tiene dinero para pagar nada.
Todo se va en reparaciones.
Por eso los hoteles subieron tanto los precios.
Cuando viene gente nueva, los emocionamos porque… bueno, pueden pagar.
Con su dinero seguimos arreglando todo lo que estos idiotas destruyen.
Suli sintió un nudo en el estómago.
Pobre o no, era injusto.
Y el pueblo no parecía tener medios para defenderse.
—¿Cuánto falta para que vuelvan?
—preguntó con un tono peligroso.
Leguer tragó saliva.
—Mañana.
Llegan mañana… y el alcalde está amenazado.
Si no tienen la cantidad que pidieron, lo van a matar.
Y después quemarán todo el pueblo.
Toda Grimolt… —dijo, bajando la mirada—.
Esta banda criminal llamada “Los Rolpens” es muy conocida en Estrellum.
Nadie se mete con ellos.
Suli se enderezó, seria, casi ofendida por la idea de que alguien pudiera amenazar así a un pueblo que apenas podía defenderse.
—No dejaré que se lleven nada.
Leguer levantó la mirada, sorprendido.
—¿Estás loca?
Son muy fuertes.
—Para ti —respondió ella, cruzándose de brazos con absoluta confianza—.
Para mí… seguramente no.
Leguer tragó saliva otra vez.
No sabía si Suli estaba diciendo la verdad… pero algo en sus ojos, ese brillo firme, esa seguridad fría que irradiaba, le dijo que no era alguien común.
Cuando ella decía que se iba a encargar… no era una frase vacía.
—
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