Vornex: Temporada 1 - Capítulo 117
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- Capítulo 117 - 117 Capítulo 117 La hija del guerrero
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117: Capítulo 117: La hija del guerrero 117: Capítulo 117: La hija del guerrero El amanecer en Grimolt no trajo alivio.
La luz cayó sobre el pueblo como siempre, sí, pero algo estaba mal.
Suli lo notó apenas salió de la casa de Leguer.
Las calles seguían ahí, las casas también… pero muchas estaban marcadas.
Maderas parchadas, puertas torcidas, ventanas cubiertas con tablas viejas.
Nada estaba completamente destruido, pero todo parecía cansado, como si el pueblo hubiera aprendido a no reconstruirse del todo.
La gente ya estaba despierta.
No hablaban mucho.
Caminaban lento, cargando cosas pequeñas, cerrando negocios antes de tiempo.
Algunos miraban el camino principal, el que salía del pueblo y se perdía entre colinas secas.
No hacía falta preguntar para saber por qué.
—Siempre es así —dijo Leguer, apareciendo a su lado con dos tazas de algo caliente—.
El día que vienen… Grimolt se queda sin voz.
Suli tomó la taza, sin agradecer todavía.
Observaba.
Medía el lugar con la mirada, como si lo estuviera aprendiendo de memoria.
—¿Cuántos son?
—preguntó.
—Varía.
Cinco, seis… a veces más.
No importa el número —respondió Leguer—.
Importa que vienen seguros de que nadie los va a enfrentar.
Suli bebió un sorbo.
Amargo.
—¿Y el alcalde?
Leguer apretó la mandíbula.
—Encerrado.
Siempre hace lo mismo.
Si lo ven, lo usan de ejemplo.
Ella no respondió.
Caminó unos pasos más, agachándose frente a una pared marcada por cortes profundos, viejos.
No eran ataques al azar.
Eran advertencias.
—No vienen a robar solamente —dijo Suli—.
Vienen a recordarles quién manda.
Leguer la miró de reojo, sorprendido.
—Exacto.
Durante la mañana, el rumor corrió sin palabras: la forastera se quedaba.
Nadie lo anunció, nadie lo celebró.
Solo lo supieron.
Algunos la observaron desde lejos.
Otros bajaron la mirada.
Un par de personas se acercaron, dejaron comida frente a la casa de Leguer y se fueron sin decir nada.
No era confianza.
Era necesidad.
Más tarde, mientras el sol ya estaba alto, Leguer se animó a hablar.
—Anoche… dijiste que te ibas a hacer cargo.
Suli ajustaba las vendas de sus brazos.
—Dije que hoy no se van a llevar nada.
—No es lo mismo.
Ella alzó la vista.
—No vine a salvar Grimolt —dijo, directa—.
Vine a seguir mi camino.
Pero si dejo que pasen por encima de ustedes, no podría mirarme después.
Leguer asintió despacio.
Dudó un segundo… y habló.
—¿De dónde eres, Suli?
—Velthar.
El nombre cayó pesado.
Leguer la miró distinto.
No con miedo.
Con reconocimiento.
—Pensé que había algo —murmuró—.
Esa forma de mirar… ya la vi antes.
Suli frunció el ceño.
—¿Qué querés decir?
Él no respondió de inmediato.
Miró el camino principal.
Luego el cielo.
—Después —dijo—.
Si salimos vivos de hoy, te lo cuento.
No insistió.
Algo en su tono le dijo que no era evasión.
Era respeto.
El viento cambió cerca del mediodía.
Suli lo sintió primero.
Luego lo escucharon todos.
Risas.
Voces despreocupadas.
Pasos firmes.
Desde la entrada del pueblo, las siluetas comenzaron a aparecer una a una.
Caminaban sin apuro, como quien vuelve a un lugar conocido.
Algunos llevaban armas visibles.
Otros ni se molestaban.
Uno de ellos alzó la voz: —¡Grimolt!
Llegamos temprano hoy.
Sean agradecidos.
El silencio del pueblo fue total.
Suli dio un paso al frente.
No gritó.
No se escondió.
Solo esperó.
Y por primera vez, los bandidos no entraron sonriendo.
— Los bandidos se detuvieron.
No porque el pueblo reaccionara.
No porque alguien gritara.
Se detuvieron por ella.
Suli estaba sola en medio del camino, el viento moviéndole apenas el cabello, con una calma que no encajaba con Grimolt.
No tenía armadura llamativa ni armas exageradas.
Eso, para ellos, era lo raro.
—¿Y esta?
—dijo uno, escupiendo al suelo—.
¿Desde cuándo Grimolt contrata guardianes?
Otro rió.
—Debe ser nueva.
Siempre mandan a los nuevos primero.
El que iba al frente, más alto, con una sonrisa torcida y una cicatriz que le cruzaba el cuello, levantó la mano.
El grupo se frenó.
—No —dijo—.
Esta no tiembla.
Suli dio un paso más.
—Este pueblo no tiene nada para ustedes —dijo, con voz clara—.
Dense la vuelta.
Un segundo de silencio.
Después, carcajadas.
—Mirá qué educada —respondió el de la cicatriz—.
¿Sabés quiénes somos?
—No me importa.
Eso les molestó más que cualquier insulto.
—Te voy a dar una oportunidad —continuó él—.
Te corrés, mirás al suelo… y quizás solo quemamos dos casas hoy.
Suli exhaló lento.
—No.
El bandido suspiró, como cansado.
—Lástima.
No terminó la frase.
Suli se movió.
No fue un salto espectacular ni un grito de guerra.
Fue precisión.
En un parpadeo estaba frente al primero que avanzó, giró el cuerpo y su golpe seco lo levantó del suelo como si no pesara nada.
El impacto sonó hueco, brutal.
El hombre cayó sin volver a moverse.
El silencio explotó.
—¡MÁTENLA!
Tres fueron a la vez.
Suli no retrocedió.
Giró sobre sí misma, esquivó una hoja que pasó rozándole el hombro y usó el impulso para lanzar al atacante contra otro.
Dos cuerpos chocaron y rodaron por el suelo.
El tercero logró alcanzarla.
El golpe fue fuerte.
Suli se deslizó hacia atrás, marcando el suelo con los pies.
Sonrió apenas.
—Eso estuvo mejor.
Desde el pueblo, nadie respiraba.
Leguer apretaba los puños, sin poder moverse.
El de la cicatriz avanzó ahora con seriedad.
—Así que sos de verdad —dijo—.
¿Nombre?
—Suli.
El hombre la observó.
Sus ojos se estrecharon un poco.
—Raro… —murmuró—.
Tenés la misma mirada que— No terminó.
Suli avanzó primero esta vez.
El choque fue brutal.
Puños, metal, energía chocando en el centro del camino.
El bandido era fuerte, más de lo que esperaba.
La obligó a retroceder un paso.
Solo uno.
—¿Eso es todo?
—le dijo Suli, firme—.
¿Con esto mantienen aterrorizado a un pueblo entero?
La sonrisa del hombre desapareció.
—Te voy a romper.
—Intentá.
El aire se tensó.
Y Grimolt, por primera vez en mucho tiempo, dejó de sentirse indefenso.
— El alcalde llegó casi corriendo, con el rostro tenso y la ropa gastada por demasiados años de miedo.
Se colocó al lado de Leguer, mirando a Suli como si intentara entender qué estaba viendo.
—¿Quién… quién es ella?
—preguntó en voz baja.
Leguer no apartó la vista del camino.
—Alguien que decidió ayudarnos —respondió—.
Y créame… llegó en el momento justo.
El alcalde tragó saliva.
—Si logra detenerlos… este pueblo estará en deuda con ella para siempre.
Alrededor, la gente empezaba a asomarse.
Nadie gritaba.
Nadie celebraba.
Había agradecimiento, sí, pero también miedo.
Porque todos sabían algo que Suli todavía no había visto.
—Ojalá los derrote rápido… —murmuró el alcalde—.
Antes de que… No terminó la frase.
Los cinco bandidos se detuvieron al mismo tiempo.
El aire cambió.
Suli lo sintió primero.
No fue un sonido, ni una luz.
Fue esa presión en el pecho, esa sensación incómoda de que algo grande estaba despertando.
Los Rolpens bajaron la cabeza, cerraron los puños… y entonces ocurrió.
Su energía comenzó a fluir.
No era explosiva.
Era densa.
Pesada.
Como si el espacio a su alrededor se endureciera.
La tierra bajo sus pies se agrietó levemente.
Sus músculos se marcaron, sus presencias se volvieron más opresivas.
Cada segundo que pasaba, se sentían más fuertes.
Leguer dio un paso atrás sin darse cuenta.
—No… —susurró—.
Ya empezaron… Suli frunció el ceño.
No retrocedió.
Los cinco terminaron de concentrar su energía y se juntaron, hombro con hombro, como si el mundo les perteneciera.
—Escuchen bien —dijo el de la cicatriz, ahora con voz firme y oscura—.
Somos la pandilla más temida de todo Estrellum.
Sonrió.
—Somos los Rolpens.
El miedo recorrió Grimolt como una ola silenciosa.
—Venimos a cobrar —continuó—.
Y esta vez… no aceptamos excusas.
El alcalde, pálido, se escondió instintivamente detrás de Leguer.
—Sepárense —ordenó el líder.
Los cinco se movieron, abriéndose en distintas direcciones.
Demasiado rápido.
Demasiado coordinados.
Suli reaccionó al instante.
Tenía que moverse.
Tenía que impedir que llegaran al pueblo.
Tenía que— No pudo.
Una presión brutal la golpeó de frente.
—Tarde.
El líder apareció frente a ella como si hubiera atravesado el aire.
—Mi nombre es Crasun —dijo, mirándola desde arriba—.
Y estos son mis hermanos: Poper, Rugorr, Gilvert y Sisco.
Los demás sonrieron desde sus posiciones.
—Estamos hartos —continuó Crasun—.
Hartos de pueblos pobres, de promesas vacías… y de gente que cree que puede detenernos.
Su energía se intensificó.
—Hoy Grimolt desaparece.
Suli apretó los dientes.
—No mientras yo esté aquí.
Crasun la observó unos segundos.
Luego sonrió de nuevo.
—Entonces… morirás defendiendo algo que no era tuyo.
El aire volvió a tensarse.
Y ahora sí, la verdadera batalla estaba por comenzar.
— Crasun fue el primero en moverse.
No atacó con rabia, ni con prisa.
Dio un paso corto, firme, y el suelo explotó bajo su pie.
La onda de choque viajó directa hacia Suli.
Ella no retrocedió.
Giró el cuerpo, clavó el talón y absorbió el impacto con todo su peso.
El golpe la empujó varios metros, levantando polvo y piedras, pero no cayó.
Cuando se detuvo, ya estaba sonriendo apenas.
—¿Eso es todo lo que tiene el más temido de Estrellum?
Crasun frunció el ceño.
—Habla mucho para alguien sola.
—No estoy sola —respondió Suli—.
Ustedes son los que vinieron cinco contra un pueblo.
Eso fue suficiente.
Rugorr y Poper atacaron al mismo tiempo desde los costados.
Rugorr con una masa de energía cruda, Poper con velocidad pura, casi invisible al ojo común.
Suli cerró los ojos un instante.
No pensó en técnicas.
No pensó en ganar.
Pensó en no dejar que nadie salga herido.
Cuando los abrió, ya estaba en movimiento.
Saltó hacia adelante, pasó entre ambos ataques por un espacio imposible, y con el giro del cuerpo golpeó a Rugorr directo al pecho.
No fue un golpe violento… fue preciso.
La energía del bandido se desarmó como si hubiera sido tocada en el punto exacto.
Rugorr salió volando y se incrustó contra una pared, inconsciente.
Poper apareció detrás de ella.
—¡Demasiado lenta!
Suli bajó el centro de gravedad y dejó que el golpe pasara sobre su cabeza.
Con el codo, impactó las costillas de Poper y lo estrelló contra el suelo.
Dos menos.
El pueblo estaba en silencio absoluto.
—Interesante… —murmuró Gilvert, alzando la mano.
El aire se volvió pesado otra vez.
Esta vez distinto.
Gilvert manipulaba la energía como si fuera un hilo, creando trampas invisibles alrededor de Suli.
Cada paso que daba, el suelo intentaba sujetarla.
—Te vas a cansar —dijo él—.
Todos lo hacen.
Suli respiró hondo.
Y se quedó quieta.
Eso desconcertó a todos.
—¿Qué haces?
—preguntó Sisco, nervioso.
—Escuchar —respondió ella.
Cerró los ojos otra vez.
Sintió la energía del suelo.
La del aire.
La de Gilvert… y la corriente que conectaba todo.
Con un solo movimiento, liberó su poder hacia abajo, no hacia ellos.
Las trampas se rompieron.
Gilvert cayó de rodillas, jadeando, como si le hubieran arrancado el control de las manos.
—¿Cómo…?
—Estás forzando algo que no entiendes—dijo Suli, mirándolo—.
Mi padre odiaba ese tipo de pelea.
Crasun se tensó.
—¿Tu padre?
Suli lo miró por primera vez con verdadera seriedad.
—Uno que luchó por este mundo.
El nombre no lo dijo.
Pero Crasun lo entendió.
Su expresión cambió.
—…Así que eras Tú.
La energía de Crasun explotó de verdad esta vez.
No como antes.
Ahora era feroz, descontrolada, llena de rabia.
—¡No importa quién seas!
—gritó—.
¡Este mundo no necesita héroes!
Crasun cargó directo hacia ella.
El choque fue brutal.
Ambos salieron despedidos en direcciones opuestas.
Suli rodó por el suelo, se levantó con dificultad.
Crasun se sostuvo apenas de pie, respirando con furia.
—Admitelo —dijo él—.
Eres fuerte… pero no puedes con todos.
Suli miró alrededor.
Vio al alcalde.
A Leguer.
Al pueblo roto… pero de pie.
—Nunca quise poder con todos —respondió—.
Solo con los que creen que pueden destruirlo todo.
Avanzó.
Esta vez, Crasun cayó primero.
No murió.
No fue humillado.
Fue derrotado.
Los Rolpens restantes huyeron.
No por miedo… sino porque entendieron algo.
Suli no era solo una guerrera.
Era alguien que seguía el camino de alguien más grande.
Leguer se acercó, en silencio.
—Ahora entiendo —dijo—.
Por qué se parecen… no en el rostro.
Suli miró el cielo de Estrellum.
—Yo todavía no.
Pero iba a descubrirlo…
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