Vornex: Temporada 1 - Capítulo 118
- Inicio
- Todas las novelas
- Vornex: Temporada 1
- Capítulo 118 - 118 Capítulo 118 El eco de un legado
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
118: Capítulo 118: El eco de un legado 118: Capítulo 118: El eco de un legado El polvo todavía flotaba en el aire cuando todo terminó.
No hubo gritos de victoria.
No hubo festejos.
Solo un silencio extraño, de esos que llegan después de algo que pudo haber salido muy mal.
Los cuerpos de los Rolpens ya no estaban allí.
Algunos habían huido, otros habían sido expulsados del pueblo por los mismos habitantes que, horas antes, temblaban solo con oír su nombre.
Las casas seguían en pie.
El alcalde seguía vivo.
Grimolt había resistido.
Suli permanecía de pie, con los brazos relajados a los costados, respirando despacio.
Sentía el cansancio en los músculos, pero no era eso lo que la mantenía quieta.
Era otra cosa.
Una sensación incómoda, difícil de nombrar.
Leguer se acercó despacio.
—Gracias… —dijo el alcalde, con la voz aún temblorosa—.
De verdad.
No sé cómo pagarte esto.
Suli negó suavemente con la cabeza.
—No lo hice por dinero.
El hombre asintió, como si lo entendiera… aunque en el fondo no del todo.
A su alrededor, la gente empezaba a murmurar.
Miradas de respeto.
Algunas de admiración.
Otras de pura curiosidad.
Suli no se sentía cómoda con ninguna.
Se apartó un poco del grupo y se sentó sobre un escalón de piedra.
Desde ahí observó el pueblo: las grietas en las paredes, los techos reparados una y otra vez, las marcas de ataques pasados que nadie había podido borrar del todo.
—Siempre es así —dijo Leguer, sentándose a su lado—.
Grimolt aguanta… pero cada vez cuesta más.
Suli no respondió enseguida.
—Es un lugar tranquilo —dijo finalmente—.
No parece hecho para pelear todo el tiempo.
Leguer soltó una pequeña risa.
—Estrellum nunca lo parece.
Hasta que lo es.
Hubo un breve silencio.
—La forma en que peleaste… —continuó él, con cuidado— no es común.
No aquí.
Suli giró apenas el rostro hacia él.
—¿A qué te refieres?
Leguer dudó un segundo.
—No fue solo fuerza.
Fue disciplina.
Decisión.
Como si ya supieras cuándo avanzar y cuándo no.
Suli bajó la mirada.
—No siempre lo sé.
—Pero tu cuerpo sí —respondió él—.
Eso se entrena durante años.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Suli pensó en el camino que la había traído hasta ahí.
En su pueblo Beinever.
En Velthar.
En Estrellum.
Pensó en su madre.
Y, sin querer, pensó en él.
En su padre.
No como una figura clara, sino como una sombra constante.
Alguien que siempre estaba “en otro lugar”.
Siempre entrenando.
Siempre luchando.
Siempre lejos.
—Leguer… —dijo de pronto—.
¿Por qué tanta gente viene a Estrellum a entrenar?
Él la miró con atención.
—Porque aquí no solo se pelea para ser más fuerte —respondió—.
Se pelea para entender por qué lo eres.
Suli frunció ligeramente el ceño.
—No suena muy práctico.
—No lo es —sonrió—.
Pero funciona.
Leguer apoyó los codos sobre las rodillas.
—Hace años, muchos guerreros de otros mundos vinieron acá.
No solo por entrenamiento.
También por las guerras que Estrellum tuvo que enfrentar.
Suli levantó la vista.
—¿Guerras?
—Invasiones.
Conflictos con otros planetas.
Estrellum enseñaba… y a cambio recibía ayuda.
Técnicas nuevas.
Formas distintas de pensar la batalla.
Suli escuchaba en silencio.
—Algunos de esos guerreros —continuó— no eran solo buenos.
Eran excepcionales.
Ella sintió un nudo en el pecho, sin saber por qué.
—Después volvían a sus mundos —dijo Leguer—.
Y cambiaban todo.
Suli apretó suavemente los dedos.
—¿Y… los recordaban?
—Muchos, sí.
Otros se convirtieron en historias.
Nombres que se repiten sin que nadie sepa ya de dónde vienen.
Otra pausa.
—¿Y Zelaryn?
—preguntó ella, desviando el tema—.
Dijiste que sabías lo que iba a encontrar ahí.
Leguer la miró de reojo.
—Zelaryn no es solo un lugar de entrenamiento —dijo—.
Es donde se guardan las memorias de Estrellum.
Las técnicas… y las personas.
Suli se quedó quieta.
—Quiero ir —dijo, firme—.
No solo para entrenar.
Leguer no preguntó por qué.
Ya lo sabía.
—Mañana al amanecer —respondió—.
Te voy a acompañar.
Ella lo miró sorprendida.
—No tienes por qué.
—Sí tengo —dijo él—.
Y además… creo que ya hiciste suficiente por Grimolt como para que alguien haga algo por tí.
Suli respiró hondo.
Esa noche, mientras el pueblo intentaba volver a la normalidad, ella no pudo dormir de inmediato.
Miró el techo, escuchó los sonidos lejanos, y pensó.
Pensó que tal vez nunca había venido solo a volverse más fuerte.
Tal vez siempre había buscado algo más.
Algo que llevaba su misma mirada.
Y por primera vez, no le dio miedo seguir ese camino…
— Poco a poco, la celebración fue apagándose.
Algunos se retiraron a sus casas, otros se quedaron recogiendo, riendo en voz baja, como si no quisieran romper del todo ese momento.
Las luces se fueron atenuando una a una, hasta que Grimolt volvió a quedar casi en silencio.
Suli se despidió con gestos simples, sin muchas palabras.
No hacía falta decir más.
Regresó a la casa y cerró la puerta con cuidado.
Dentro, la calma era absoluta.
Se apoyó contra la pared y dejó escapar un suspiro largo, como si recién ahí su cuerpo se permitiera relajarse.
Caminó despacio hasta la ventana y miró hacia afuera.
Algunas luces aún seguían encendidas en el pueblo, pequeñas, lejanas.
Pensó en lo extraño que había sido todo.
Había venido a Estrellum para entrenar.
Para hacerse más fuerte.
Y aun así, lo primero que había encontrado no fue un combate… sino personas.
Se sentó en la cama, con la mirada perdida.
Sin quererlo, su mente volvió a su padre.
No tenía recuerdos claros de él.
Solo imágenes borrosas, palabras que su madre repetía una y otra vez.
Que era fuerte.
Que era honorable.
Que siempre ayudaba a los demás.
Siempre.
—Siempre… —murmuró para sí misma.
Apretó los puños.
Nunca había estado ahí cuando ella lo necesitó.
Nunca lo vio regresar del todo.
Y, aun así, ese mundo… Estrellum… parecía recordarlo mejor que ella misma.
Le molestaba.
Le dolía.
Pero también despertaba algo más profundo: curiosidad.
¿Quién eras en realidad?
¿Qué viste aquí que yo todavía no entiendo?
Cerró los ojos.
No estaba allí solo para volverse más fuerte.
Eso ya lo sabía.
Estaba allí para entender qué camino había elegido él… y decidir si ese también sería el suyo, o si debía crear uno distinto.
Se levantó y tomó aire con calma.
Aún no era momento de respuestas.
Aún no era momento de partir.
Esa noche, Estrellum no le pedía fuerza.
Le pedía paciencia.
Suli se recostó, mirando el techo, dejando que el cansancio la alcanzara poco a poco.
Afuera, Grimolt dormía tranquilo por primera vez en mucho tiempo.
Y por primera vez en mucho tiempo… ella también lo hizo.
— La mañana llegó sin prisas en Grimolt.
Suli despertó poco a poco, con la cabeza pesada y los pensamientos todavía desordenados.
La luz del sol se filtraba entre las rendijas de la ventana de madera, iluminando una habitación sencilla, cálida, demasiado tranquila para alguien como ella.
Durante unos segundos se quedó mirando el techo, respirando hondo, intentando ordenar todo lo que había pasado desde que llegó a Estrellum.
La pelea.
El pueblo.
La fiesta inesperada.
Y esa sensación extraña que no la había abandonado en toda la noche.
Se incorporó despacio y, al salir de la habitación, el aroma del café recién hecho le dio de frente.
En la mesa, Leguer la esperaba con dos tazas humeantes.
Estaba sentado con tranquilidad, como si el caos del día anterior jamás hubiera existido.
—Preparas buen café —dijo Suli, tomando la taza y sentándose frente a él.
Leguer sonrió, visiblemente agradecido.
—Gracias.
No es gran cosa, pero ayuda a empezar el día.
Suli dio un sorbo y dejó escapar una risa suave, corta, sin demasiadas ganas.
No era una risa de felicidad, sino de cansancio.
De esas que salen cuando el cuerpo despierta, pero la mente sigue atrapada en otra parte.
Leguer lo notó al instante.
La miró unos segundos en silencio antes de hablar: —Si hay algo que quieras decir… estoy aquí.
No tienes que guardártelo todo.
Suli bajó la mirada hacia la taza.
El vapor subía lentamente, como si el tiempo se hubiese detenido solo para ese momento.
Dudó.
No solía hablar de esto con nadie.
Nunca lo había hecho.
—Quiero preguntarte algo —dijo al fin—.
Solo una cosa.
Leguer asintió, sin presionarla.
—¿Tú… o alguien de aquí… llegó a ver a los guerreros místics cuando entrenaban o luchaban en Estrellum?
—preguntó—.
¿Llegaron a verlos de cerca?
Leguer se quedó pensativo.
—Algunos, sí.
Hace años.
No venían a descansar, venían a pelear.
Se notaba.
Suli apretó ligeramente los dedos alrededor de la taza.
—¿Y… mi padre?
—preguntó en voz baja—.
¿Llegaron a verlo?
Leguer la miró con más atención ahora.
No con sorpresa, sino con comprensión.
Suli continuó, sin levantar la vista: —Soy místic.
Como muchos otros, mi padre dejó nuestro mundo para venir aquí.
Decían que era para hacerse más fuerte, para aprender cosas nuevas… pero nunca volvió.
Apenas lo recuerdo.
Mi madre siempre decía que era un hombre admirable, honrado… pero yo no lo conocí de verdad.
Leguer suspiró despacio.
—Vi a muchos místics pasar por Grimolt.
Iban en grupo, preparados, decididos.
No sabría decirte cuál de todos era tu padre.
Pero sí puedo decirte algo.
Suli levantó la mirada.
—Todos ellos eran iguales en algo —continuó Leguer—.
Honrados.
Protectores.
Nunca miraban por encima del hombro.
Defendían sin pedir nada a cambio.
Hizo una pausa.
—En esos tiempos corrían muchos rumores.
Se hablaba de un guerrero en particular.
Alguien a quien llamaban “el Gran Guerrero Místic”.
El corazón de Suli dio un vuelco.
—Decían que salvó miles de vidas —siguió Leguer—.
No solo de guerreros, también de civiles.
Que cuando todo parecía perdido, él se quedaba al frente.
Que nunca retrocedía.
Suli sentía un nudo en la garganta.
—Ese ejército estaba bajo el mando de un comandante —añadió—.
Percuson Worker.
Era su líder.
El nombre resonó en su mente como un eco.
—¿Sigue vivo?
—preguntó Suli casi sin pensarlo.
Leguer negó con la cabeza.
—No lo sé con certeza.
Pero he escuchado que, si alguien sabe la verdad sobre esa guerra… es él.
Y si hay un lugar donde encontrar información sobre Percuson Worker, ese lugar es Zelaryn.
Suli guardó silencio.
Por primera vez desde que llegó a Estrellum, algo encajaba.
No había venido solo a entrenar.
No solo a hacerse más fuerte.
Había venido a buscar respuestas que ni siquiera sabía cómo formular.
—Entonces… —dijo al fin— Zelaryn es el lugar.
Leguer asintió.
—Allí entrenan a los mejores.
Allí se recuerdan las guerras.
Allí se honra a quienes dieron todo por este mundo.
Suli apretó la taza con fuerza.
—Tal vez… —murmuró— tal vez él era mi padre.
No lo dijo con certeza.
Lo dijo con miedo.
Leguer la miró con respeto.
—Si lo fue… Estrellum no lo olvidó.
Suli cerró los ojos unos segundos.
Pensó en su madre.
En los silencios.
En las ausencias.
En todo lo que nunca preguntó.
Ahora entendía algo importante: su padre no había desaparecido.
Había dejado una huella.
Y tal vez, en Zelaryn, encontraría la verdad completa.
Cuando abrió los ojos, ya no había duda en su mirada.
—Vamos a Zelaryn —dijo.
Leguer sonrió levemente.
—Te llevaré.
Conozco el camino.
Suli asintió.
Sabía que lo que le esperaba allí no sería fácil.
Pero también sabía algo más: no estaba huyendo de su pasado.
Estaba caminando hacia él.
Y por primera vez, no lo hacía sola.
—
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com