Vornex: Temporada 1 - Capítulo 119
- Inicio
- Todas las novelas
- Vornex: Temporada 1
- Capítulo 119 - 119 Capítulo 119 Lo que se lleva el camino
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
119: Capítulo 119: Lo que se lleva el camino 119: Capítulo 119: Lo que se lleva el camino La mañana avanzó con lentitud en Grimolt.
El pueblo ya no tenía el silencio tenso de días anteriores.
Había movimiento, gente caminando con más tranquilidad, voces suaves entre los puestos improvisados y algunas risas tímidas que comenzaban a reaparecer.
No era una calma completa, pero sí una distinta: una calma ganada, aunque frágil.
Suli y Leguer terminaron de prepararse cerca de la entrada del pueblo.
No llevaban demasiado; lo justo para un viaje largo.
Ella ajustó su equipo con cuidado, comprobando que todo estuviera en su lugar.
Leguer, por su parte, revisaba una y otra vez una pequeña mochila, más por nervios que por necesidad.
Fue entonces cuando una figura conocida se acercó caminando con paso firme, acompañado por un par de aldeanos.
—Así que… ¿ya se van?
—preguntó el alcalde, Jubbyner, con una voz grave pero sincera.
Suli y Leguer se giraron hacia él.
El alcalde tenía el rostro cansado, con marcas visibles de noches sin dormir, pero su mirada era distinta a la de antes.
Había alivio… y también preocupación.
—Sí —respondió Leguer—.
Iremos a Zelaryn.
Jubbyner alzó levemente las cejas.
—Zelaryn… —repitió—.
No es un destino cualquiera.
Leguer asintió y, sin entrar en demasiados detalles, explicó que Suli buscaba entrenamiento, respuestas y alguien en específico.
El alcalde escuchó en silencio, sin interrumpir, y cuando terminó, dejó escapar un suspiro largo.
—Entonces les deseo suerte —dijo finalmente—.
De verdad.
Luego giró su mirada hacia Suli y se inclinó levemente en señal de respeto.
—No tengo palabras suficientes para agradecerte lo que hiciste por Grimolt —continuó—.
Nos salvaste cuando ya no creíamos que alguien pudiera hacerlo.
Suli negó con la cabeza suavemente.
—Solo hice lo que tenía que hacer —respondió con sinceridad.
El alcalde esbozó una sonrisa breve, pero esta se desvaneció casi de inmediato.
Su expresión volvió a endurecerse, como si dudara un instante antes de hablar.
—Hay algo más que deben saber… —añadió.
Leguer lo miró con atención.
Suli también.
—Los bandidos que derrotaste ayer… —continuó Jubbyner— no eran el verdadero problema.
Suli frunció ligeramente el ceño.
—¿Cómo que no?
—preguntó.
El alcalde bajó la voz, como si el simple nombre que estaba por pronunciar pudiera atraer desgracias.
—Ellos solo son peones.
El verdadero peligro es su líder.
Su nombre es Akram Fircraam.
El ambiente pareció volverse más pesado por un instante.
—Akram… —repitió Leguer en voz baja—.
He escuchado ese nombre antes.
Jubbyner asintió.
—Todos en Estrellum lo han escuchado —dijo—.
Es el bandido más poderoso de este mundo.
Nadie se enfrenta a él.
Nadie.
No porque no quieran… sino porque los que lo hicieron no volvieron.
Suli permaneció en silencio, escuchando.
—Los Rolpens eran temidos —continuó el alcalde—, pero solo porque actuaban bajo su sombra.
Akram es quien mueve los hilos.
Quien decide qué pueblo vive tranquilo… y cuál arde.
Jubbyner apretó los puños.
—No se los dije antes porque… no quería cargar con ese peso a alguien que ya estaba arriesgando su vida por nosotros.
Pero ahora que se van… debo ser honesto.
Miró a Suli directamente.
—Es muy probable que busque venganza.
No por el dinero.
No por el control.
Sino por su orgullo.
El silencio se alargó.
Suli respiró hondo y luego habló con calma.
—Si regresa… lo sabré.
El alcalde la observó, sorprendido.
—Aprendí a sentir la energía —continuó ella—.
Si alguien como él se acerca a Grimolt, no pasará desapercibido.
Lo detectaré.
Jubbyner no parecía del todo tranquilo, pero asintió lentamente.
—Entonces solo puedo esperar que el destino sea amable con nosotros… y con ustedes.
Se giró hacia ambos y, esta vez, sonrió con sinceridad.
—Grimolt siempre los recibirá si regresan.
Y… espero que ese día llegue.
Poco a poco, algunos aldeanos comenzaron a acercarse.
Palabras de aliento, agradecimientos, gestos simples pero llenos de significado.
Suli no estaba acostumbrada a eso, pero lo aceptó en silencio, guardándolo en lo más profundo.
Finalmente, llegó el momento.
Suli y Leguer se dieron la vuelta y comenzaron a alejarse por el camino que conducía fuera del pueblo.
Nadie los siguió.
Nadie habló.
Solo los observaron partir.
Grimolt quedaba atrás.
Y ahora… solo podía esperar.
Esperar que la calma durara.
O prepararse para la tormenta que, tarde o temprano, regresaría.
— El camino de tierra crujió bajo sus pasos mientras avanzaban unos metros más.
Suli caminaba al frente, con la mirada fija hacia adelante.
Leguer iba a su lado, en silencio.
Ninguno de los dos habló al principio.
Entonces, una voz se alzó detrás de ellos.
—¡Esperen!
Suli se detuvo.
Leguer también.
Cuando se dieron la vuelta, vieron que no era solo una persona.
Poco a poco, el pueblo entero había comenzado a reunirse cerca de la entrada de Grimolt.
Hombres, mujeres, ancianos y niños.
Algunos llevaban herramientas aún en las manos, otros simples telas o pequeños objetos.
Jubbyner estaba al frente.
—No podíamos dejarlos ir así —dijo el alcalde—.
No después de todo.
Una mujer se acercó primero.
Le tendió a Suli un pequeño envoltorio de tela.
—No es mucho —dijo con timidez—, pero te servirá en el camino.
Suli lo tomó con cuidado y asintió, sincera.
—Gracias.
Luego fue un anciano quien habló, apoyándose en su bastón.
—Hace tiempo que Grimolt no veía partir a alguien con esperanza —dijo—.
No lo olvides… aquí siempre tendrás un lugar.
Un niño se adelantó corriendo y se paró frente a Leguer.
—¡Vuelve pronto!
—dijo sin miedo—.
Dijiste que me enseñarías a hacer café bien fuerte.
Leguer soltó una risa breve y se agachó un poco.
—Lo prometo.
Las despedidas continuaron.
No eran largas ni exageradas.
Eran simples, humanas.
Palabras sinceras, gestos pequeños.
Un apretón de manos.
Una inclinación de cabeza.
Una sonrisa nerviosa.
Suli observaba todo con atención.
No estaba acostumbrada a eso.
A que la gente se reuniera solo para despedirse.
A sentir que, por una vez, su presencia había cambiado algo más que el curso de una pelea.
Jubbyner dio un paso al frente una última vez.
—Vayan con cuidado —dijo—.
Zelaryn no es un camino fácil… pero si alguien puede llegar hasta allí, son ustedes.
Suli sostuvo su mirada.
—Volveremos —respondió—.
Cuando todo esté más tranquilo.
El alcalde asintió, como si guardara esa promesa en lo más profundo.
Suli y Leguer se dieron la vuelta una vez más y retomaron el camino.
Esta vez, no se detuvieron.
A sus espaldas, Grimolt permanecía en silencio, observándolos alejarse.
No con miedo, sino con esperanza.
Una esperanza frágil, pero real.
El pueblo se fue haciendo cada vez más pequeño hasta quedar atrás, perdido entre el paisaje de Estrellum.
Delante de ellos, el camino se abría largo y desconocido.
Zelaryn los esperaba.
— El camino hacia Zelaryn no era recto.
Serpenteaba entre colinas bajas, campos abiertos y zonas donde la tierra parecía cambiar de color con la luz del día.
El aire de Estrellum era limpio, distinto al de Velthar, y el sol no pesaba tanto sobre la piel.
Era un mundo que invitaba a moverse… pero también a pensar.
Caminaron un buen rato sin decir nada.
Suli iba un poco adelantada, como si el cuerpo avanzara solo, mientras su mente estaba en otro lugar.
Sus pasos eran firmes, pero su mirada no estaba del todo presente.
Leguer fue el primero en romper el silencio.
—No te vi dudar cuando dijiste que volverías —comentó, sin mirarla—.
Eso no lo dice cualquiera.
Suli tardó unos segundos en responder.
—Porque lo creo —dijo—.
No me gusta dejar cosas a medias.
Leguer asintió.
—Se nota.
Avanzaron un poco más.
—¿Siempre has viajado sola?
—preguntó él.
—Casi siempre —respondió Suli—.
Es más fácil.
No dependes de nadie… ni nadie depende de ti.
—Eso también puede ser un problema —dijo Leguer con naturalidad—.
A veces cargar todo sola cansa más de lo que uno cree.
Suli soltó una risa muy baja.
—Eso me lo dicen seguido.
—¿Y les haces caso?
—No mucho.
Leguer sonrió.
El camino los llevó a una zona más alta.
Desde allí se veía una extensión enorme de terreno.
Pueblos pequeños a lo lejos, rutas marcadas por viajeros, y montañas que parecían cerrar el horizonte.
—Mi padre decía que Estrellum te cambia aunque no quieras —comentó Leguer de repente—.
Que no importa cuánto tiempo te quedes… siempre te llevas algo.
Suli bajó un poco la velocidad.
—¿Tu padre también entrenó aquí?
—No —negó—.
Nunca fue guerrero.
Pero conoció a muchos.
Los veía irse… y a veces no volver.
Eso hizo que Suli pensara en su madre.
En las historias que le contaba.
En las ausencias que se volvieron costumbre.
—Yo no recuerdo bien a mi padre —dijo, casi sin darse cuenta—.
Recuerdo su voz… y sus manos.
Nada más.
Leguer no la interrumpió.
—Siempre pensé que no me afectaba —continuó ella—.
Que era normal.
Que así eran las cosas para los míos.
Pero ahora… —hizo una pausa— ahora siento que hay algo que me falta.
No fuerza.
No poder.
Algo más.
—Respuestas —dijo Leguer.
Suli asintió.
—Y saber si valió la pena.
El viento sopló un poco más fuerte.
Levantó polvo y movió la vegetación baja.
—Si todos aquí lo recuerdan… —dijo Leguer—, entonces no pasó desapercibido.
Eso ya dice mucho.
Suli cerró los ojos un segundo.
—Eso espero.
Más adelante, se detuvieron cerca de una formación de rocas.
Leguer dejó su mochila en el suelo.
—Descanso corto —dijo—.
Zelaryn todavía queda lejos.
Suli aceptó.
Se sentó en una roca y estiró un poco los hombros.
—Oye —dijo él—.
Cuando peleaste contra los Rolpens… no parecía que lo hicieras solo por Grimolt.
Suli lo miró.
—No —admitió—.
Tampoco era solo por mí.
—Entonces, ¿por qué?
Suli pensó un momento.
—Porque alguien tenía que hacerlo —respondió—.
Y porque, si quiero seguir adelante… tengo que ser capaz de cargar con eso.
Leguer la observó con atención.
—Te pareces a ellos.
—¿A quiénes?
—A los guerreros que pasan por aquí —dijo—.
No por cómo peleas… sino por cómo decides.
Suli no respondió de inmediato.
—Si Zelaryn es el lugar donde se forjan los más fuertes… —dijo finalmente—, quiero saber si también forja a personas que no huyeron de lo que eran.
Leguer sonrió.
—Entonces llegamos al lugar correcto.
Se levantaron.
Ajustaron sus cosas.
Y retomaron el camino.
El viaje continuaba.
No como una simple ruta hacia un destino, sino como el inicio de algo que Suli llevaba años postergando…
—
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com