Vornex: Temporada 1 - Capítulo 120
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- Capítulo 120 - 120 Capítulo 120 Tras la Tormenta
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120: Capítulo 120: Tras la Tormenta 120: Capítulo 120: Tras la Tormenta (Mientras tanto, en Velthar) Pueblo de Eldrys…
Eldrys estaba en calma.
No una calma absoluta, porque nunca lo estaba del todo, pero sí esa tranquilidad engañosa de un pueblo que ya se acostumbró al peligro y aprendió a convivir con él.
La gente caminaba por las calles, algunos comerciantes cerraban sus puestos, niños corrían entre las casas de madera y piedra.
Hasta que lo vieron.
Una figura tambaleante apareció por el camino principal, arrastrando los pies, dejando un rastro oscuro sobre el suelo.
Su armadura estaba rota, quemada en algunos puntos, y su respiración era tan irregular que parecía imposible que siguiera con vida.
—¿Qué… qué es eso…?
—murmuró alguien.
El murmullo se transformó en silencio.
Hombres, mujeres, ancianos… todos se quedaron mirando al soldado que avanzaba como si algo invisible lo empujara desde atrás.
Cada paso parecía el último.
Selindra fue la primera en reaccionar.
Se abrió paso entre la gente, con el ceño fruncido, analizando la escena.
Apenas lo vio de cerca, lo supo: ese hombre no debería estar caminando.
Su cuerpo estaba al límite… y aun así seguía.
—Deténganse —ordenó al pueblo, levantando la mano—.
Denle espacio.
El soldado alzó la cabeza con dificultad.
Sus ojos estaban apagados, pero no vacíos.
Había algo más allí… algo que no le pertenecía.
—Tengo… un mensaje… —dijo con voz rota—.
Para… Roger.
El nombre cayó como una piedra.
Selindra se acercó un poco más.
—¿Quién te envió?
—preguntó, firme—.
¿Qué pasó?
El soldado tragó saliva.
Su cuerpo tembló.
—Un mago… —respondió—.
Un gran mago.
Su nombre es… Cristel.
Algunos retrocedieron instintivamente.
Otros no entendían, pero el tono era suficiente para sembrar el miedo.
—Viene… para aquí —continuó el soldado—.
No está solo.
Viene con los prisioneros liberados de Senner.
Buscan venganza.
Dicen que… destruirán todo.
El murmullo explotó.
—¿Prisioneros?
—¿Destruir todo?
—¿Senner…?
El pánico empezó a expandirse como fuego seco.
Selindra apretó los dientes.
—¡Silencio!
—gritó—.
¡Todos cálmense ahora mismo!
Su voz logró detener el caos por unos segundos.
Se giró nuevamente hacia el soldado.
—¿Dónde está ese mago ahora?
El hombre sonrió… una sonrisa extraña, forzada.
—El mensaje… ya fue entregado… Y sin más, sus piernas cedieron.
Selindra lo atrapó antes de que golpeara el suelo.
Lo sostuvo unos segundos, apoyándolo con cuidado, y llevó dos dedos a su cuello.
Nada.
—…Murió —dijo en voz baja.
El pueblo estalló.
Gritos, llantos, preguntas desesperadas.
Algunos corrieron hacia sus casas, otros buscaban armas improvisadas.
Eldrys, que hacía unos minutos respiraba normalidad, ahora estaba sumida en el miedo.
—¡Basta!
—volvió a gritar Selindra—.
¡Esto no va a solucionarse entrando en pánico!
Respiró hondo.
Sin decir nada más, cargó el cuerpo del soldado y lo llevó fuera del pueblo.
Lo enterró ella misma, lejos de las casas, en silencio.
No era un enemigo.
Era un mensajero… o peor, un instrumento.
Cuando regresó, su rostro ya no mostraba duda.
Mostraba preocupación.
Fue directo a ver a Roger.
— Roger estaba en su base, revisando mapas y cuentas cuando Selindra entró sin anunciarse.
—Tenemos un problema —dijo ella.
Roger levantó la vista… y en cuanto escuchó el nombre, su expresión cambió.
—¿Cristel?
—repitió—.
¿Dijiste Cristel?
Selindra se quedó quieta.
Nunca había visto a su hermano así.
No era miedo exactamente.
Era… tensión.
Una incomodidad profunda que Roger intentaba ocultar tras su postura firme y su orgullo habitual.
—Viene para Eldrys —continuó Selindra—.
Y no viene solo.
Los prisioneros de Senner están con él.
Roger cerró el puño.
—Entonces Senner… —murmuró.
No terminó la frase.
Se levantó de golpe y golpeó la mesa, haciendo caer todo al suelo.
—¡Maldito seas, Senner!
—rugió—.
¡Sabía que esto pasaría!
Selindra dio un paso atrás.
Nunca lo había visto perder el control de esa forma.
—Explícame —exigió—.
¿Quién es Cristel?
Roger respiró hondo.
Por primera vez, no respondió de inmediato.
—Es un mago obsesionado con la magia —dijo finalmente—.
No con el poder… con el control.
Con la perfección.
No hay muchos como él… y eso es lo peligroso.
Se pasó la mano por el rostro.
—Tiene una de las magias más refinadas que existen.
Manipulación, ilusión, control absoluto del campo.
Si viene aquí… no es solo por venganza.
Selindra sintió un escalofrío.
—Entonces… ¿por qué vendría?
Roger la miró.
—Porque somos parte de su prueba.
El silencio se volvió pesado.
—Prepara a todos —ordenó Roger, recuperando parte de su firmeza—.
Que nadie salga del pueblo.
Que los bandidos estén listos.
Y tú también, Selindra.
—Lo estaré —respondió ella, seria—.
Pero dime algo… ¿le tienes miedo?
Roger no respondió enseguida.
—No —dijo al final—.
Pero lo respeto.
Y eso es peor.
Afuera, Eldrys se preparaba sin saber exactamente contra qué.
Y en algún lugar de Velthar… Cristel ya había puesto los ojos sobre ellos.
La primera saga había cruzado el punto de no retorno.
— Perfecto, podemos acortarlo y centrarlo más en la tensión de la noche en Eldrys, la preparación de Roger, Selindra y los aldeanos, sin dramatizar demasiado por Senner.
Aquí va una versión más condensada: — La noche en Eldrys La noche envolvía Eldrys con su silencio inquietante.
Selindra recorría las calles, vigilando que todo estuviera en orden, mientras los aldeanos permanecían escondidos tras puertas y ventanas.
Roger afinaba su espada en la plaza central, tenso pero concentrado.
Selindra notó su nerviosismo escondido tras la máscara de orgullo que siempre mostraba.
—Hermano… —dijo—.
No sabemos exactamente qué tan fuerte es.
—No importa —respondió él—.
Nadie pasará.
Los hombres y jóvenes del pueblo organizaban defensas improvisadas: trampas, barricadas y pequeñas patrullas.
Selindra los guiaba con firmeza, calmando el miedo y corrigiendo movimientos.
Sentados un momento en la plaza, Roger miró al cielo estrellado y murmuró: —Hoy luchamos por Eldrys.
Selindra asintió, apretando los puños: —Lo haremos.
El viento frío de la noche parecía presagiar la llegada de algo grande, y en cada sombra, el pueblo se preparaba para lo inevitable.
— Tras la batalla en la prisión…
El silencio que quedó en la prisión era pesado, casi tangible.
Todo el polvo del combate flotaba en el aire, y el olor a humo, sudor y sangre impregnaba el ambiente.
Cada miembro del grupo se movía con dificultad, respirando con esfuerzo, sus cuerpos magullados y agotados.
Alis se incorporó lentamente, apoyándose en un muro roto de la prisión.
Sus ojos recorrían a sus compañeros con preocupación.
—¿Todos… están bien?
—preguntó con voz baja, apenas levantando la mirada.
—No —contestó Liam con un hilo de voz, haciendo una mueca de dolor.
—Sí… bueno, más o menos —añadió Yon, frotándose un brazo que estaba rasgado.
—No importa —dijo Drosk, con un hilo de orgullo pese a los moretones y cortes visibles—, sobrevivimos.
Alis suspiró, con el peso de la derrota todavía presente en su pecho.
Sabía que el único que realmente había caído era Senner, aunque el grupo aún no se había detenido a procesarlo del todo.
Teneb, con el ceño fruncido, observaba a los demás.
—Varka, Selanne —dijo con firmeza—, ayuden a los demás a curarse.
Drosk, necesito que hagas un pequeño agujero cerca de aquí, lo suficiente para un entierro.
Mientras Varka y Selanne se movían con cuidado para aplicar hierbas, ungüentos y pociones improvisadas a los heridos, Drosk comenzó a romper la tierra, haciendo un pozo suficiente para enterrar a Senner.
Teneb recogió el cuerpo de Senner con cuidado, sus manos temblando ligeramente.
Colocó el cuerpo en el pozo que Drosk había preparado y lo cubrió lentamente con tierra.
Cada movimiento era un gesto de respeto, un reconocimiento de que, aunque Senner había sido parte del conflicto, en realidad había sido una víctima más de la cadena de eventos provocada por Cristel.
—Nunca tuvo la culpa —murmuró Teneb para sí mismo, su voz grave y cargada de pesar.
Alis se acercó y apoyó una mano en su hombro.
—Lo sé… yo también lo lamento —dijo—.
Pero ahora tenemos que pensar en lo que viene.
Debemos ir a Forcolm.
Recuperarnos, reagruparnos… y luego, a Beinever, para comunicarle todo sobre Cristel.
Teneb asintió, levantando la mirada hacia la salida de la prisión.
—Forcolm queda más cerca que Beinever —comentó—.
Allí podremos recomponernos, conseguir pociones, y tú, Alis, podrás preparar algunas por tu cuenta.
Eres buena haciendo pociones, y eso nos será útil.
—Sí —dijo Alis—, ya conozco el lugar.
Compraba allí mis pociones y objetos para preparar en casa.
Es una buena idea.
—¿Y queda muy lejos?
—preguntó Liam, con una mezcla de cansancio y preocupación.
—No —respondieron Alis y Teneb al unísono—.
Es lo más sensato antes de seguir a Beinever.
El grupo se levantó con dificultad y comenzó a moverse lentamente, cada paso recordándoles el cansancio de la batalla reciente.
Antes de alejarse, Teneb volvió a mirar la tumba improvisada de Senner.
—Nunca tuvo la culpa —repitió, con un nudo en la garganta—.
Solo fue otra víctima… de todo esto que nos está alcanzando.
—Yo también lo lamento —dijo Alis suavemente, mientras el grupo continuaba caminando—.
Pero ahora lo importante es llegar a Forcolm.
Recuperarnos.
Luego iremos a Beinever para prepararnos y avisar sobre ese mago… Cristel.
Liam permanecía en silencio, su mirada fija en el suelo.
La idea de un mago capaz de manipular a tanta gente y con tal poder lo inquietaba profundamente.
—¿Cómo puede existir alguien así…?
—murmuró, más para sí que para los demás.
El grupo continuó avanzando, herido pero unido, con el corazón y la mente concentrados en la recuperación y en lo que les esperaba.
Cada paso los acercaba a Forcolm, pero también los hacía conscientes de que lo que se avecinaba sería mucho más peligroso que cualquier batalla que hubieran enfrentado antes.
El viento fresco de la mañana los envolvía mientras la historia seguía su curso, y el grupo de Alis sabía que este era solo el primer paso de un camino largo y peligroso.
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