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Vornex: Temporada 1 - Capítulo 123

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  4. Capítulo 123 - 123 Capítulo 123 La verdad revelada
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123: Capítulo 123: La verdad revelada 123: Capítulo 123: La verdad revelada El aire de Zelaryn era distinto.

No solo por la altura ni por la energía que se sentía en el ambiente, sino por el silencio extraño que había entre los sonidos.

No era un silencio vacío, sino uno cargado de intención, como si el propio lugar estuviera observando a quienes llegaban.

Suli permanecía de pie, respirando con dificultad todavía.

Su cuerpo seguía pesado, no como antes en el camino, pero sí lo suficiente como para recordarle que no había llegado ahí por casualidad.

A su lado, Leguer se apoyaba ligeramente sobre sus rodillas, recuperando el aliento.

—Así que… este es Zelaryn —murmuró él, mirando alrededor con una mezcla de asombro y respeto.

Suli no respondió de inmediato.

Sus ojos recorrían el lugar lentamente, intentando grabar cada detalle en su mente.

Había pasado tanto para llegar hasta ahí que, por un momento, le costaba creer que realmente lo había logrado.

—Sí… —respondió al final—.

Aquí es.

Un pueblerino que se encontraba cerca los observaba desde hacía un rato.

No parecía un guardia ni un entrenador, solo alguien del lugar, tranquilo, sin prisa.

Al notar que ya podían mantenerse en pie, se acercó con naturalidad.

—No muchos llegan por ese camino —dijo con calma—.

Y menos aún sin ayuda directa.

Leguer levantó la vista, curioso.

—¿Entonces no era un camino normal?

El pueblerino sonrió de lado.

—Lo es… y no lo es.

Suli frunció levemente el ceño.

—Las luces —dijo—.

No eran naturales, ¿verdad?

El hombre asintió sin sorpresa.

—Magia de Zelaryn.

Las colocamos en todos los caminos que llevan aquí.

No para impedir el paso… sino para probar a quien camina.

El suelo se vuelve más pesado, el cuerpo se resiste, la mente duda.

Si alguien se rinde antes de llegar, simplemente no estaba listo.

Leguer soltó una pequeña risa cansada.

—Vaya forma de dar la bienvenida.

—Aquí no creemos en lo fácil —respondió el pueblerino con serenidad—.

Zelaryn no es un destino turístico.

Es un lugar para quienes buscan cambiar de verdad.

Suli apretó ligeramente los puños.

Aquellas palabras resonaron en ella más de lo que esperaba.

—Entonces… —dijo— ustedes sabían que alguien venía.

—Siempre lo sabemos —contestó el hombre—.

Las luces reaccionan a la intención.

Quien viene solo por curiosidad, se da la vuelta.

Quien viene con un propósito… llega.

Leguer miró a Suli de reojo.

En ese momento, entendió algo sin necesidad de decirlo en voz alta.

—Supongo que aquí termina mi parte —dijo finalmente, con una sonrisa sincera.

Suli lo miró, sorprendida por lo tranquilo que sonaba.

—No tenías por qué acompañarme hasta aquí —dijo—.

El camino fue duro.

—Y aun así lo volvería a hacer —respondió Leguer—.

Además, alguien tenía que asegurarse de que llegaras entera.

El pueblerino observó la escena con atención y luego habló: —Si deseas volver, el camino no será tan pesado.

—¿Cómo?

—preguntó Leguer—.

¿No estaban las luces activas?

—Solo lo están para quienes vienen —explicó—.

No para quienes regresan.

El hombre señaló a un guardia cercano, apostado junto a la entrada del sendero.

Leguer se acercó, intercambió unas palabras breves con él y, ante los ojos de Suli, las luces del camino comenzaron a apagarse una a una, como si nunca hubieran estado allí.

—Puedes irte tranquilo —dijo el guardia—.

Tu papel aquí ya fue cumplido.

Leguer regresó junto a Suli y se quedó frente a ella unos segundos, en silencio.

—No sé qué te espera aquí —dijo finalmente—, pero sé que no viniste solo a entrenar.

Suli bajó un poco la mirada.

—Necesito volver más fuerte… —respondió—.

Pero también necesito respuestas.

Leguer asintió despacio.

—Cuando estés lista, regresa a Grimolt.

Te estaré esperando.

Suli levantó la vista y, por primera vez desde que llegaron, sonrió de verdad.

—Gracias, Leguer.

Por traerme hasta aquí.

Él se dio la vuelta, comenzó a alejarse por el camino ahora despejado, y Suli lo observó hasta que su figura se perdió entre la distancia.

Cuando volvió a girarse, el pueblerino la esperaba.

—¿Buscas el lugar de entrenamiento?

—preguntó.

Suli respiró hondo.

—Sí.

—Sígueme.

Mientras caminaban, Suli notó algo extraño: las miradas.

No eran miradas hostiles ni desconfiadas, sino curiosas, atentas.

Varias personas se detenían un segundo más de lo normal al verla pasar.

Algunas fruncían el ceño, otras parecían sorprendidas.

—¿Pasa algo?

—preguntó Suli, incómoda.

El pueblerino no respondió de inmediato.

—Aquí la gente observa con atención —dijo al final—.

A veces, reconocen cosas incluso antes de entenderlas.

Suli no sabía por qué, pero esas palabras hicieron que su pecho se apretara.

Una sensación familiar la recorrió.

Como si, sin saberlo, hubiera dado el primer paso hacia algo que llevaba mucho tiempo buscándola.

Y aún no lo sabía… pero Zelaryn ya había empezado a responderle.

— …

Suli dio el primer paso dentro del lugar de entrenamiento.

El sonido cambió de inmediato.

No era silencio absoluto, pero sí un silencio disciplinado: respiraciones controladas, pasos firmes, el choque seco de armas de práctica, y el murmullo grave de instrucciones precisas.

Todo allí tenía orden, incluso el esfuerzo.

Ella avanzó despacio, sintiendo cómo varias miradas se posaban sobre ella.

No eran miradas hostiles.

Tampoco curiosas sin más.

Era como si algo en su presencia no encajara… o más bien, encajara demasiado.

Se detuvo frente a uno de los entrenadores.

Era un hombre alto, de postura recta, con el cuerpo marcado por años de disciplina.

No llevaba armadura, pero su sola presencia imponía respeto.

—Disculpe —dijo Suli con calma—.

Necesito hacer una pregunta.

El entrenador se giró… y la observó.

No respondió de inmediato.

Sus ojos se entrecerraron apenas, como si buscara algo en su rostro.

Algo que no podía nombrar, pero que claramente reconocía.

—Esa mirada… —murmuró—.

Hace mucho que no la veía.

Suli frunció el ceño.

—¿Mi mirada?

El entrenador dio un paso más cerca.

—Dime —preguntó—.

¿Vienes de los místics?

Suli sintió un pequeño sobresalto interno, pero no dudó.

—Sí.

Soy una místic.

El ambiente cambió de forma sutil.

No fue algo visible, pero ella lo sintió.

Algunos dejaron de moverse.

Otros fingieron no escuchar, aunque estaban atentos a cada palabra.

El entrenador alzó una ceja.

—No es común ver místics aquí sin una razón clara.

¿Por qué viniste a Zelaryn?

Suli respiró hondo.

No había venido hasta allí para mentir.

—No vine a entrenar… al menos no todavía —dijo—.

Vine porque busco respuestas.

El entrenador cruzó los brazos.

—¿Sobre qué?

—Sobre mi padre.

Esa palabra pesó más de lo que ella esperaba.

—Nunca lo conocí —continuó—.

Sé que fue un guerrero.

Sé que fue un místic.

Y sé que su nombre se mencionó durante años… pero nadie quiso decirme quién fue realmente.

El entrenador la observó con más atención.

Ya no analizaba su fuerza ni su postura.

Analizaba su historia.

—¿Crees que aquí encontrarlas?

—preguntó.

Suli asintió lentamente.

—Me dijeron que aquí entrenaron muchos guerreros importantes.

Que aquí… se guarda memoria.

El entrenador guardó silencio unos segundos.

Luego habló: —¿Buscas a alguien en específico?

Suli apretó los dedos.

—Sí.

Busco a un hombre llamado Percuson Worker.

El efecto fue inmediato.

Varios entrenadores se giraron.

Algunos intercambiaron miradas.

El nombre no era desconocido… ni ligero.

El entrenador frente a ella abrió los ojos un poco más.

—¿Sabes quién es?

—preguntó.

—Solo sé que fue comandante —respondió Suli—.

Y que luchó junto a mi padre.

Si alguien puede decirme la verdad… es él.

El entrenador exhaló lentamente.

—Percuson Worker está aquí —dijo al fin.

Suli sintió un golpe en el pecho.

No de dolor.

De certeza.

—¿De verdad…?

—susurró.

—Sí.

Pero antes dime algo —añadió, mirándola fijamente—.

¿Quién fue tu padre?

Suli tragó saliva.

—No lo sé —admitió—.

Solo sé que fue un gran guerrero místic… y que dio su vida salvando a otros.

El entrenador bajó la mirada un instante.

—Entonces no estás aquí por ambición —dijo—.

Estás aquí por verdad.

Algunos de los presentes pensaban lo mismo, aunque nadie lo decía en voz alta.

Esa chica… podría ser hija de aquel guerrero.

El entrenador dio un paso hacia un pasillo lateral.

—Ven —dijo—.

Te llevaré con Percuson Worker.

Suli lo siguió, con el corazón acelerado.

Sin saberlo aún, estaba a solo unos pasos de descubrir quién fue realmente su padre… y por qué su nombre nunca fue olvidado.

— El pasillo era más silencioso que el área de entrenamiento.

Las paredes estaban cubiertas de símbolos antiguos y marcas de batallas pasadas.

Cada paso de Suli resonaba con claridad, como si el lugar mismo la estuviera observando.

El entrenador se detuvo frente a una puerta amplia, hecha de metal oscuro y madera reforzada.

No parecía un despacho común.

Parecía un lugar donde se tomaron decisiones que cambiaron vidas.

—Antes de entrar —dijo el entrenador sin girarse—, debes saber algo.

Percuson Worker no habla del pasado a cualquiera.

Suli apretó los puños.

—No vine hasta aquí para irme sin respuestas.

El entrenador asintió y abrió la puerta.

Dentro, el ambiente era distinto.

No había armas a la vista, sino mapas antiguos, estanterías con documentos, y una pared entera cubierta de imágenes: retratos, formaciones de guerra, grupos de guerreros místics posando antes de marchar.

Un hombre estaba de espaldas, observando esas imágenes.

Su cabello era gris, su postura firme, aunque el peso de los años se notaba.

No necesitaba armadura para imponer respeto.

Su sola presencia lo hacía.

—Percuson —dijo el entrenador—.

Dijo que venía buscando respuestas.

El hombre no se giró de inmediato.

—Aquí todos buscan algo —respondió con voz grave—.

Pocos están preparados para lo que encuentran.

Entonces se dio la vuelta.

Sus ojos se clavaron en Suli.

El tiempo pareció detenerse.

Percuson Worker no habló.

No preguntó quién era.

No pidió explicaciones.

Solo la miró… y su expresión cambió.

No fue sorpresa.

Fue reconocimiento.

—…Esa mirada —murmuró—.

No puede ser… Suli dio un paso al frente, con el corazón golpeándole el pecho.

—Usted es Percuson Worker —dijo—.

Vine porque necesito saber quién fue mi padre.

Percuson respiró hondo.

—¿Cómo se llamaba?

Suli dudó.

—No lo sé —respondió con honestidad—.

Nunca me lo dijeron.

El silencio fue pesado.

Percuson caminó hacia la pared de imágenes y tomó una de ellas.

Era una fotografía antigua, algo desgastada.

En ella aparecía un grupo de guerreros místics, cubiertos de polvo y heridas, pero firmes.

Percuson señaló a uno de ellos.

—Ese hombre —dijo—… se llamaba Erec Farcker.

Suli sintió que el mundo se le movía bajo los pies.

—Erec… —repitió en voz baja.

—Fue el mejor guerrero místic que tuvo mi ejército —continuó Percuson—.

No por su fuerza únicamente… sino por su valor.

Se acercó y le entregó la fotografía.

—Durante la guerra contra los Hermacs, cuando todo estaba perdido, Erec se quedó atrás cubriendo la retirada.

No porque se lo ordenaran… sino porque alguien tenía que hacerlo.

Suli temblaba, pero no apartó la mirada.

—Salvó miles de vidas —dijo Percuson—.

Guerreros, civiles… niños.

Cuando lo encontramos, estaba gravemente herido.

Percuson bajó la voz.

—Tenía a dos inocentes con vida en sus brazos.

Los había protegido con su propio cuerpo de una explosión mágica.

Suli apretó la fotografía contra su pecho.

—¿Y…?

—preguntó, aunque ya conocía la respuesta.

—Antes de morir —continuó Percuson—, sacó un collar.

Dijo que pertenecía a su esposa… y a su hija.

Percuson abrió un pequeño estuche de madera y lo sostuvo frente a ella.

Dentro estaba el collar.

Suli lo reconoció al instante.

—…Es de mi madre —susurró.

—Erec pidió que lo guardáramos —dijo Percuson—.

Que algún día, si su hija venía buscando respuestas… se lo entregáramos.

El hombre la miró con firmeza y respeto.

—Suli Farcker —dijo—.

Tu padre murió como vivió: salvando a otros.

Suli cerró los ojos.

No lloró.

No gritó.

Pero algo dentro de ella se ordenó.

Por primera vez, sabía quién era.

Y entendía por qué había llegado hasta allí.

—Gracias —dijo al fin—.

Ahora sé lo que debo hacer.

Percuson asintió lentamente.

—Entonces estás en el lugar correcto —respondió—.

Porque aquí… no entrenamos para ser fuertes.

Entrenamos para honrar lo que somos.

Y así, en ese instante, no solo comenzaba el verdadero entrenamiento de Suli… Comenzaba el legado de Erec Farcker.

—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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