Vornex: Temporada 1 - Capítulo 126
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- Capítulo 126 - 126 Capítulo 126 Forjando fuerza y recuerdos
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126: Capítulo 126: Forjando fuerza y recuerdos 126: Capítulo 126: Forjando fuerza y recuerdos El descanso fue breve.
Demasiado breve.
Lujius no les dio tiempo a que el cansancio desapareciera por completo.
Eso era intencional.
—El verdadero control —dijo mientras se ponían de pie— —no aparece cuando están frescos.
Eiden se apoyó en una rodilla antes de levantarse.
Karl respiraba con dificultad.
Azerion se secó el sudor del rostro y volvió a activar, apenas, el cristal de Ankaris para estabilizarse.
—Vamos otra vez —ordenó Lujius—.
—Desde x10.
Los tres intercambiaron una mirada rápida.
No de duda.
De entendimiento.
— Eiden fue el primero.
—Multiplicador interno… x10.
El peso volvió de golpe, más fuerte que antes.
No porque el número fuera mayor, sino porque ahora su cuerpo recordaba el esfuerzo previo.
Sus piernas temblaron.
—Respira —le dijo Lujius—.
—No empujes.
Distribuye.
Eiden ajustó su postura.
Bajó un poco los hombros.
Dejó de resistirse al peso y comenzó a moverse con él.
Karl lo imitó.
—x10.
Esta vez no gruñó.
No apretó los dientes.
Se concentró.
—Bien —dijo Lujius—.
—Ahora, suban poco a poco.
—x11… —dijo Eiden.
El cambio fue sutil… pero brutal.
Como si alguien hubiera apretado el aire alrededor de su pecho.
—No suelten —advirtió Lujius—.
—Si se rompe ahora, el cuerpo aprende a rendirse.
Karl dio el siguiente paso.
—x11.
Sus rodillas cedieron un poco, pero no cayó.
—Eso —murmuró Azerion—.
—Así se hace.
— Pasaron minutos.
No había ataques.
No había golpes.
Solo resistencia pura.
—x12… —dijo Eiden con voz tensa.
El santuario reaccionó con una presión nueva.
Más densa.
Más profunda.
Karl intentó seguirlo.
—x12…!
El cuerpo no respondió.
Karl cayó de rodillas, jadeando.
—No —dijo Lujius—.
—No lo fuerces.
Karl apretó los puños contra el suelo.
—Otra vez… Lujius no lo detuvo.
Karl respiró.
Recordó el ritmo.
Recordó que ya no estaba solo compitiendo.
—x12.
Esta vez lo sostuvo.
Poco.
Pero lo sostuvo.
Eiden los miró de reojo, sin soltar su concentración.
—Bien… —pensó—.
—Estamos avanzando juntos.
— Azerion dio un paso al frente.
—Yo también.
El cristal de Ankaris brilló un poco más, no para aumentar poder, sino para ordenarlo.
—x12.
Azerion no tembló… pero su respiración se volvió irregular.
—El cristal no hace el trabajo por ti —le dijo Lujius—.
—Solo te permite no perderte.
Azerion asintió.
—Lo sé.
— El siguiente salto fue el más difícil.
Lujius levantó la mano.
—Escuchen bien.
—x15 no se alcanza empujando.
—Se alcanza cuando dejan de pelear contra el multiplicador.
Silencio.
—Intenten x13.
Eiden cerró los ojos.
—x13… El mundo se volvió pesado.
No físicamente.
Era como si cada pensamiento costara el doble.
Karl lo intentó.
—x13… Esta vez no cayó.
Pero su visión se nubló.
—Suelten —ordenó Lujius.
Los tres liberaron el poder casi al mismo tiempo.
El peso desapareció de golpe, y sus cuerpos no supieron cómo reaccionar.
Cayeron al suelo, exhaustos, respirando con dificultad, con el pecho subiendo y bajando de forma desordenada.
Durante varios segundos no hubo palabras.
Solo el sonido de la respiración y el leve eco del santuario.
Eiden giró la cabeza, con los brazos abiertos sobre el suelo frío.
—No… llegamos —dijo entre jadeos—.
—Nos quedamos ahí… Karl cerró los ojos, aún temblando.
—Pero tampoco retrocedimos.
Azerion apoyó una mano en el piso y la otra sobre el cristal de Ankaris, que ya había dejado de brillar.
—Algo cambió —murmuró—.
—Antes, ese número me aplastaba.
—Ahora… sé dónde falla mi control.
Lujius los observó en silencio.
No había decepción en su mirada.
Tampoco conformismo.
—Levántense —dijo finalmente.
Los tres lo miraron, confundidos.
—¿Otra vez…?
—preguntó Karl con una risa cansada.
—No —respondió Lujius—.
—Esto no terminó, pero el cuerpo necesita otro tipo de presión ahora.
Se acercó un paso más.
—El multiplicador ya dejó su marca por hoy.
—Ahora viene lo más difícil.
Eiden frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
Lujius los miró uno por uno.
—Aprender a existir con el cansancio encima.
—Moverse.
Pensar.
Decidir… cuando ya no queda energía.
Señaló el centro del santuario.
—Caminen.
—Sin multiplicador.
—Pero sin descansar.
Karl soltó el aire lentamente.
—O sea que… —El entrenamiento continúa —confirmó Lujius—.
—Solo cambió de forma.
Azerion esbozó una leve sonrisa, agotada pero sincera.
—Entonces… todavía queda día.
Lujius asintió.
—Mucho.
Y mientras los tres se ponían de pie una vez más, con el cuerpo dolorido pero la mente más clara que nunca, quedó claro que ese segundo día no buscaba romperlos.
Buscaba algo más peligroso.
Que aprendieran a seguir adelante incluso cuando ya no quedaba fuerza para hacerlo.
— El santuario no cambió.
No hubo luces nuevas, ni vibraciones, ni presión mágica adicional.
Y aun así, el cansancio se sentía más pesado que cualquier multiplicador.
Eiden dio el primer paso… y casi tropezó.
No por falta de equilibrio, sino porque sus piernas simplemente no respondieron como antes.
—Despacio —dijo Lujius—.
—No corran.
No compitan.
—Solo muévanse.
Karl caminaba a su lado, respirando hondo, sintiendo cómo cada músculo le recordaba el esfuerzo anterior.
El sudor frío recorría su espalda.
—Esto es peor que el x13… —murmuró.
Azerion iba unos pasos detrás.
El cristal de Ankaris permanecía apagado.
No porque no pudiera usarlo… sino porque Lujius se lo había pedido.
—Hoy no —le había dicho—.
—Si lo usas ahora, engañas al cuerpo.
Azerion apretó los dientes y siguió caminando.
Cada paso se sentía torpe.
Cada movimiento, innecesariamente pesado.
—¿Saben por qué la mayoría fracasa después de romper un límite?
—preguntó Lujius mientras caminaba alrededor de ellos.
Nadie respondió.
—Porque creen que el peligro termina cuando el poder baja.
—Pero ahí… es cuando empiezan a cometer errores.
Eiden sintió el golpe de esas palabras.
Recordó peleas.
Momentos en los que, después de usar todo, bajaba la guardia.
—Ahora quiero que se detengan —ordenó Lujius.
Los tres se detuvieron… o lo intentaron.
Karl tardó un segundo más en frenar.
Azerion tuvo que apoyarse levemente en una rodilla.
—Quiero que adopten posición de combate —dijo Lujius—.
—Sin poder.
Sin multiplicador.
Sin cristal.
Eiden lo miró incrédulo.
—¿Así…?
—Así —confirmó Lujius—.
—Como están.
Eiden levantó los brazos.
Le temblaban.
Karl apretó los puños.
Sentía los antebrazos arder.
Azerion respiraba de forma irregular, intentando mantener la postura.
—Esto —continuó Lujius— —es el estado en el que muchos mueren.
Silencio.
—No cuando están débiles.
—Sino cuando creen que ya pasó lo peor.
Lujius dio un paso al frente, rápido.
Eiden reaccionó tarde.
No hubo golpe.
Solo un gesto.
Pero Eiden retrocedió un paso, desestabilizado.
—Demasiado lento —dijo Lujius—.
Karl se tensó.
Lujius apareció frente a él.
Karl intentó bloquear… pero su brazo llegó tarde.
—Previsible —dijo Lujius.
Azerion apretó los dientes y dio un paso firme, tratando de mantener el centro.
Lujius se detuvo frente a él.
—Mejor —admitió—.
—Pero todavía dependes de tu energía, no de tu cuerpo.
Lujius se alejó.
—Ahora caminen otra vez.
Los tres obedecieron.
El cansancio no disminuía.
Se acumulaba.
Cada vuelta al santuario parecía más larga que la anterior.
Karl empezó a pensar en rendirse.
No en voz alta.
En silencio.
En ese lugar peligroso donde nacen las excusas.
Eiden lo notó.
No dijo nada.
Solo redujo el paso para caminar a su lado.
Karl lo miró un segundo… y asintió.
Azerion los alcanzó poco después.
—Esto… —dijo entre respiraciones— —es aprender a no caerse cuando ya no queda nada.
Lujius los escuchó.
—Exacto.
Después de lo que parecieron horas, Lujius levantó la mano.
—Deténganse.
Los tres se quedaron quietos.
Temblando.
Sudados.
Exhaustos.
—Hoy no subieron números —dijo Lujius—.
—Pero hicieron algo más importante.
Se acercó a ellos.
—Aprendieron a permanecer.
Eiden tragó saliva.
—¿Eso… sirve contra enemigos como Dark?
Lujius lo miró con seriedad.
—Eso es lo único que sirve.
Azerion cerró los ojos.
Karl soltó el aire lentamente.
El día todavía no había terminado.
Pero algo dentro de ellos ya no era el mismo que por la mañana.
— …
El sol comenzaba a caer lentamente sobre Zelaryn, tiñendo los muros de piedra y las torres de un tono dorado-anaranjado.
La luz se filtraba a través de los ventanales, pintando sombras largas que danzaban en el suelo mientras el viento susurraba entre los árboles cercanos.
Suli estaba sentada sobre una pequeña roca, un poco apartada del bullicio del entrenamiento.
Sus piernas estaban dobladas, los codos apoyados sobre las rodillas, y en sus manos sostenía el collar de su padre.
Lo giraba despacio entre los dedos, observando cada detalle, cada marca que parecía llevar consigo historias que nunca conocería en su totalidad.
—Es un objeto pesado, ¿no?
—la voz de Percuson Worker la hizo sobresaltarse.
—Ah… sí —dijo Suli, un poco sonrojada—.
No pesa por el metal… pesa por lo que representa.
Percuson se sentó a su lado, sin invadir su espacio, dejando que la brisa y la luz del atardecer llenaran el silencio entre ellos.
—Tu padre… —empezó él, con un tono más suave de lo habitual— era… extraordinario.
No solo por su fuerza, sino por cómo pensaba.
Por cómo veía el mundo.
Suli lo miró con atención, como si quisiera absorber cada palabra.
—Era paciente, pero no pasivo.
—Percuson tomó un momento antes de continuar—.
Su personalidad era un equilibrio extraño: firme como un roble, pero flexible como el agua.
Podía decidir en un instante, pero nunca sin pensar en los demás.
Tenía un sentido del honor que pocos poseen, y un compromiso con la justicia que no conocía límites… ni siquiera en la guerra.
Suli sostuvo el collar más cerca de su pecho.
—¿Y… cómo se relacionaba con los demás?
—preguntó con voz temblorosa—.
¿Era cercano, amable… o solo un guerrero frío?
—Ah… —Percuson sonrió suavemente—.
Tu padre podía ser severo cuando debía, pero también era cálido.
Muchos lo respetaban, sí… pero lo admiraban incluso más por su humanidad.
Nunca dejaba que el miedo o la violencia definieran quién era.
Se preocupaba por su gente, por sus soldados… por aquellos que no tenían a nadie.
Esa era su verdadera fuerza.
Suli cerró los ojos por un momento, dejando que la descripción llenara los vacíos de sus recuerdos fragmentados.
Podía imaginarlo.
Podía sentirlo.
—Me pregunto… si algún día podré ser como él —susurró.
Percuson la miró y asintió lentamente.
—No necesitas ser exactamente como él.
No puedes reemplazarlo.
Pero puedes aprender de su fuerza, de su carácter… y de lo que dejó.
Lo que tú llevas ahora, en este collar, es más que metal.
Es responsabilidad, pero también oportunidad.
Tienes la posibilidad de honrarlo siendo tú misma, no alguien más.
Suli abrió los ojos y miró el horizonte.
El sol ya tocaba casi el límite del cielo, reflejándose en los muros de Zelaryn.
Sintió que el peso del collar se transformaba en algo diferente: no solo era carga, sino una guía.
—Gracias… —dijo con un hilo de voz—.
Por contarme sobre él.
Nunca lo conocí realmente… pero ahora… siento que lo conozco un poco mejor.
—Eso es solo el comienzo —respondió Percuson—.
Mañana, cuando empecemos de nuevo, no solo entrenarás tu cuerpo, sino lo que él habría querido que aprendieras: resistencia, disciplina, y cómo usar tu fuerza sin perder quién eres.
Suli asintió, dejando que la luz del atardecer la envolviera.
Por primera vez, no solo veía el entrenamiento como un desafío físico.
Veía un camino hacia algo más grande: descubrir su propia fuerza, guiada por la memoria y los ideales de su padre.
Y mientras el cielo se tornaba rojo profundo, con las primeras estrellas apareciendo tímidamente, Suli sintió que un nuevo capítulo de su vida comenzaba.
Uno donde cada paso, cada esfuerzo, sería suyo… pero conectado a aquello que nunca olvidaría.
— Ya en la noche…
La noche había caído sobre Zelaryn, y la ciudad, iluminada por miles de luces mágicas, parecía tranquila desde la habitación que Percuson le había asignado a Suli.
La puerta se cerró con un suave clic y el silencio llenó el lugar, solo interrumpido por el murmullo lejano de la ciudad.
Suli se acercó a la ventana.
No era de las personas que se dejaban llevar por la melancolía ni por la nostalgia, pero aquella noche algo en su interior la empujaba a pensar.
Afuera, el cielo estaba claro y las estrellas brillaban como diminutos faroles suspendidos en la oscuridad.
Tomó el collar de su padre entre sus manos y lo sostuvo cerca de su pecho, sintiendo su peso, recordando que más que un objeto, era un vínculo con alguien que nunca había llegado a conocer.
—Tal vez… —murmuró para sí misma— algún día te volveré a ver… aunque sea en otro lugar.
No era cursi, lo sabía.
Nunca lo había sido.
Pero el corazón, a veces, pedía respuestas que la mente no podía ignorar.
Y aunque la tristeza le rozaba el alma, también había una certeza silenciosa: si en esta vida no lo conoció, quizá en otra tendría esa oportunidad.
Suspiró, dejando que la brisa nocturna le acariciara el rostro.
El collar le recordaba su propósito, su camino y todo lo que aún debía aprender.
Mañana sería otro día de entrenamiento, otro paso más hacia la fuerza y la verdad que buscaba.
Se recostó en la cama, con la mirada aún fija en las estrellas, y cerró los ojos.
No había miedo, ni arrepentimiento, solo una mezcla de esperanza y determinación.
Mientras la noche avanzaba, Suli cayó en un sueño profundo, cargado de sueños de fuerza, de su padre, y de todo lo que estaba por venir.
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