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Vornex: Temporada 1 - Capítulo 127

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  4. Capítulo 127 - 127 Capítulo 127 El peso del verdadero control
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127: Capítulo 127: El peso del verdadero control 127: Capítulo 127: El peso del verdadero control El amanecer llegó sin avisar.

Suli abrió los ojos antes de que alguien la llamara.

El cielo aún estaba teñido de tonos azul oscuro y violeta, y durante unos segundos no se movió.

La noche había sido tranquila, pero su mente no.

No había dormido mal… pero tampoco del todo bien.

Se levantó despacio, ajustó su ropa y tomó el collar de su padre.

Esta vez no lo observó demasiado.

Solo lo colocó en su lugar, como si ya formara parte de ella.

Cuando salió, Percuson ya la estaba esperando.

No parecía sorprendido.

—Buen instinto —dijo—.

El segundo día siempre empieza antes de que el cuerpo esté listo.

Caminaron en silencio hasta un claro cercano, rodeado de piedra antigua y raíces gruesas que emergían del suelo como venas vivas.

No había marcas de entrenamiento ni estructuras.

Solo tierra firme… y quietud.

—Aquí no se entrena la fuerza —dijo Percuson, deteniéndose—.

—Aquí se entrena lo que haces cuando la fuerza no basta.

Alzó la mano.

El aire cambió.

No fue un golpe.

Fue una presión constante, como si el entorno entero exigiera atención absoluta a su cuerpo.

Suli dio un paso atrás sin notarlo.

—No ataques —ordenó Percuson—.

—No te defiendas.

—Mantente.

Suli frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Lo tendrá cuando empieces a cansarte —respondió con calma.

La presión aumentó apenas.

Sutil… pero suficiente.

Sus músculos comenzaron a tensarse.

No dolía, pero desgastaba.

Cada respiración costaba un poco más que la anterior.

—Reaccionas demasiado rápido —continuó Percuson—.

—Eso te sirve para pelear.

—No para entender.

Suli apretó los dientes.

Intentó resistir como siempre lo hacía… y el entorno respondió aumentando la carga.

—No —dijo Percuson—.

—No empujes.

Suli inhaló hondo.

Bajó los hombros.

Ajustó su postura.

Recordó la noche anterior.

El silencio.

Las estrellas.

La idea de no forzar respuestas.

El collar se calentó levemente.

—Ahí —murmuró Percuson—.

—No lo llames.

—Déjalo estar.

La presión no desapareció.

Pero dejó de crecer.

Suli abrió los ojos, sorprendida.

Seguía siendo pesado.

Seguía exigiendo.

Pero ahora podía sostenerlo.

El sudor comenzó a recorrerle la frente.

Sus piernas temblaban, pero no cedían.

Cada segundo era una decisión consciente de no romper la concentración.

Percuson la observaba sin intervenir.

Minutos pasaron.

Luego más.

Suli respiraba con dificultad, pero su postura seguía firme.

El entorno seguía presionando… y ella seguía ahí.

—No aflojes —dijo Percuson finalmente—.

—Este día aún no terminó.

Suli cerró los ojos, concentrándose aún más.

No estaba ganando.

No estaba dominando.

Pero estaba aprendiendo a permanecer.

Y mientras seguía ahí, sosteniendo esa presión invisible, en otro lugar, bajo un peso muy distinto… otros también estaban llevando su cuerpo y su voluntad al límite.

— La presión no había desaparecido en ningún momento.

En Beinever, el santuario seguía vibrando con esa energía constante que no daba tregua.

No era un lugar que “esperara” a los que entrenaban.

Era un lugar que exigía.

Eiden respiraba con dificultad, pero su postura se mantenía firme.

El multiplicador interno seguía activo.

No al máximo.

No al límite.

En ese punto incómodo donde el cuerpo ya no protesta… pero tampoco se siente seguro.

Karl estaba a pocos pasos de él.

La frente empapada de sudor.

Los músculos tensos, no por fuerza, sino por control.

Habían dejado atrás la competencia silenciosa.

Ahora, cada uno sostenía su propio peso… sabiendo que el otro hacía lo mismo.

Azerion, un poco más atrás, mantenía el equilibrio con ayuda del cristal de Ankaris.

No brillaba con fuerza.

Pulsaba.

Como un corazón regulando el caos interno.

Lujius caminaba entre ellos.

No daba órdenes constantes.

No corregía cada detalle.

Observaba.

—No bajen —dijo finalmente—.

—No suban.

—Sostengan.

Eso era lo difícil.

Sostener cuando el cuerpo pide soltar.

Sostener cuando la mente busca una excusa.

Sostener sin saber cuánto falta.

Eiden ajustó apenas su respiración.

Sintió cómo el multiplicador presionaba desde dentro, como si cada célula tuviera que justificar su existencia.

—Estoy… bien —dijo, más para sí mismo que para los demás.

Karl no respondió, pero dio un paso firme hacia adelante.

No para avanzar.

Para no retroceder.

En ese mismo instante, muy lejos de allí, Suli seguía exactamente en lo mismo.

De pie.

Inmóvil.

Con la presión clavada en el cuerpo.

El entrenamiento no había empezado hacía poco.

Llevaba horas.

Percuson no la miraba directamente.

Caminaba a su alrededor, como si midiera algo que no se veía.

—Muchos creen que entrenar es hacer más —dijo—.

—Tu padre decía lo contrario.

Suli apretó la mandíbula.

El sudor caía por su sien, pero no rompía la concentración.

—Decía que entrenar era no huir —continuó Percuson—.

—Cuando el cuerpo ya aprendió a hacerlo.

La presión cambió.

No aumentó.

Se volvió más precisa.

Suli sintió el temblor en las piernas… y no lo negó.

Lo aceptó.

No retrocedió.

No avanzó.

Se quedó.

En Beinever, Lujius se detuvo frente a ellos.

—Esto todavía no termina —dijo—.

—Ni hoy.

—Ni ahora.

Eiden levantó la vista, agotado, pero enfocado.

Karl respiró profundo.

Azerion cerró los ojos un segundo más.

El día seguía avanzando.

El cansancio también.

Y en dos lugares distintos, con métodos distintos, con historias distintas, el entrenamiento continuaba.

No para volverse más fuertes todavía.

Sino para aprender a no quebrarse.

— Luego de un rato en el santuario…

—Basta.

La voz de Lujius cayó como un corte limpio.

El peso desapareció de golpe.

No fue alivio inmediato.

Fue vacío.

Como cuando el cuerpo se queda sin aquello contra lo que estaba luchando y, por un segundo, no sabe qué hacer.

Eiden soltó el aire de golpe y dio un paso atrás antes de dejarse caer sentado.

Karl apenas logró mantenerse en pie unos segundos más antes de tirarse de espaldas sobre el suelo frío del santuario.

Azerion se arrodilló, apoyando una mano en la piedra mientras el cristal de Ankaris se apagaba lentamente.

Silencio.

Solo respiraciones pesadas.

Lujius los observó un momento más, evaluando algo que no se veía a simple vista.

Luego asintió, una sola vez.

—Aguantaron cuando ya no podían más —dijo—.

—Eso… es lo que marca la diferencia en los momentos decisivos.

Eiden giró la cabeza, todavía jadeando.

—No se sentía… como aguantar.

Lujius esbozó una media sonrisa.

—Nunca lo hace.

—Pero el cuerpo lo recuerda.

Karl dejó escapar una risa corta, sin humor.

—Genial… entonces mañana va a doler el doble.

—Exacto —respondió Lujius—.

—Ahora descansen.

Se lo ganaron.

No hizo falta decirlo dos veces.

Los tres quedaron tirados en el suelo, mirando al techo del santuario, dejando que el cansancio los aplastara de otra forma.

Durante unos segundos no hubo palabras.

Solo el sonido de la respiración volviendo, poco a poco, a un ritmo más humano.

Hasta que Karl rompió el silencio.

—¿Sabes qué es lo peor?

—dijo, con tono casual—.

—Que si no estuviéramos aquí… en mi mundo… yo te ganaría sin problemas.

Eiden giró lentamente la cabeza hacia él.

—¿Ah, sí?

—Sí —continuó Karl, como si no le importara demasiado—.

—Mejor vida, mejor estado físico.

—Y sé boxear.

De verdad.

—No como tú.

Eiden soltó una pequeña risa nasal.

—¿Eso es todo?

Karl alzó una ceja.

—También sé defenderme.

—Algo que tú nunca supiste hacer.

El ambiente cambió.

Apenas.

Pero se sintió.

Eiden se incorporó un poco, apoyándose sobre un codo.

—No sabes nada de mí —respondió, tranquilo, pero firme—.

—Mi abuelo me entrenó desde chico.

—Karate.

Taekwondo.

—Y no, no peleo como un bruto… esquivo mejor que tú.

Karl giró la cabeza, mirándolo de frente ahora.

—Claro.

El genio.

—Y tú el músculo sin cabeza —replicó Eiden—.

—Buena combinación… hasta que te golpean donde no sabes reaccionar.

La tensión subió como una cuerda estirándose.

Azerion, que había permanecido en silencio, se sentó despacio.

—¿Van a parar alguna vez?

—dijo, sin levantar la voz.

Eiden y Karl lo miraron.

Azerion los observó con seriedad.

Sin enojo.

Sin burla.

—Porque les voy a decir algo —continuó—.

—Si se hubieran comportado así cuando peleaban contra mí… en las montañas… Hizo una pausa.

—Estarían muertos desde el primer minuto.

El silencio cayó pesado.

—Aquí no importa cuánto sepan pelear a mano limpia —siguió Azerion—.

—Ni quién era mejor en su mundo.

—Esto no es su casa.

—No conocen lo que puede aparecer mañana… o en una hora.

Eiden apretó los labios.

Karl bajó la mirada.

—Dark no va a darles tiempo a competir —dijo Azerion—.

—Ni a demostrar quién es más fuerte.

—Nos puede borrar en segundos.

Se inclinó un poco hacia adelante.

—Y si eso pasa… lo único que va a importar es si están juntos o no.

Silencio.

—Suena cursi —admitió—.

—Pero es la verdad.

—Estar juntos vale más que mil peleas ganadas.

Eiden dejó caer la cabeza hacia atrás, mirando al techo otra vez.

—…Odio cuando tienes razón.

Karl soltó una exhalación lenta.

—Sí —murmuró—.

—Yo también.

Lujius los observaba desde unos pasos más atrás.

No intervino.

No hacía falta.

Veía cómo, incluso en el cansancio, incluso en la fricción, estaban aprendiendo algo más que control de poder.

Estaban aprendiendo a sostenerse.

A empujarse sin romperse.

A avanzar incluso cuando todo parecía en contra.

Porque aunque las condiciones no ayudaran, aunque el camino fuera injusto, aunque el peso fuera demasiado, siempre se podía seguir adelante.

Con esfuerzo.

Y juntos.

— El descanso no duró mucho.

Nunca duraba.

Cuando las respiraciones se estabilizaron y el temblor en los músculos se volvió soportable, Lujius dio un solo paso al frente.

—De pie.

No fue una orden dura.

Fue peor.

Fue natural.

Los tres se miraron unos segundos, como si el cuerpo esperara que alguien dijera no.

Nadie lo hizo.

Eiden fue el primero en incorporarse.

Le siguió Karl, apretando los dientes.

Azerion se levantó con más calma, como si cada movimiento estuviera ya medido.

—Pensaron que esto era todo —dijo Lujius—.

—Pero el control real aparece cuando el cuerpo ya quiere rendirse.

Eiden tragó saliva.

—Seguimos con el Pre-first… ¿no?

—Seguimos —asintió Lujius—.

—Desde donde lo dejaron.

El aire del santuario cambió otra vez.

—x13 —dijo Eiden, esta vez sin levantar la voz.

El peso volvió, denso, profundo.

Sus piernas temblaron apenas… pero no cedieron.

Karl lo siguió.

—x13.

No cayó.

No gruñó.

Se mantuvo.

—Bien —murmuró Lujius—.

—Ahora no lo sostengan con fuerza.

—Sosténganlo con intención.

Minutos.

Pasos lentos.

Respiraciones controladas.

Cada segundo era una negociación entre la mente y el cuerpo.

—x14… —dijo Eiden.

El mundo pareció cerrarse sobre él.

No era dolor.

Era presión pura, como si el espacio exigiera algo a cambio.

Karl apretó los puños.

—x14.

Sus rodillas se doblaron apenas… pero se enderezó.

Azerion avanzó un paso.

—x14.

El cristal de Ankaris brilló con suavidad, no amplificando, sino ordenando.

Su respiración era firme, pero sus hombros tensos delataban el esfuerzo.

—No lo persigan —advirtió Lujius—.

—Déjenlo llegar.

El silencio se volvió pesado.

Entonces, Eiden cerró los ojos.

No empujó.

No forzó.

Aceptó.

—x15.

El impacto fue brutal.

Karl sintió el cambio incluso antes de activarlo.

Como si el aire se volviera sólido.

—x15… —dijo, casi en un susurro.

Sus piernas temblaron violentamente.

Un segundo.

Dos.

Tres.

No cayó.

Azerion respiró hondo.

El cristal de Ankaris brilló por última vez… y luego, se apagó.

—x15.

Los tres quedaron allí.

De pie.

Inmóviles.

No por segundos.

Por minutos.

El sudor caía al suelo del santuario.

Los músculos ardían.

La mente gritaba.

Pero ninguno soltó.

Lujius los observaba en silencio.

Hasta que levantó la mano.

—Suficiente.

El poder se disipó.

Los tres cayeron casi al mismo tiempo, exhaustos, sin fuerzas siquiera para quejarse.

El techo del santuario volvió a ser lo único que veían.

Azerion fue el primero en hablar.

—…Ya está.

Eiden giró la cabeza, respirando con dificultad.

—¿Qué?

Azerion levantó el cristal de Ankaris.

Opaco.

Inerte.

—Ya no lo necesito.

—Lo llevé al cien por ciento.

—Si lo sigo usando… no me va a dar nada más.

Hubo silencio.

Azerion se incorporó con esfuerzo y se lo tendió a Lujius.

—Ahora le toca a uno de ellos.

Lujius tomó el cristal con cuidado, como si pesara más de lo que aparentaba.

—Mañana —dijo—.

—Solo uno lo usará.

—Y lo hará hasta que su cuerpo absorba cada mejora.

—Cien veces sus atributos.

Eiden y Karl se miraron.

No dijeron nada.

No hacía falta.

Lujius los observó a ambos.

—Hoy dominaron el Pre-first power completo.

—x15.

—Eso no es poco.

Hizo una pausa.

—Por hoy… el entrenamiento terminó.

Los tres soltaron el aire al mismo tiempo.

—Decidan —añadió Lujius, dando un paso atrás—.

—Cuál de los dos usará el cristal mañana.

Eiden cerró los ojos, cansado… pero atento.

Karl apoyó un brazo en el suelo y sonrió apenas.

La competencia no había muerto.

Solo estaba esperando.

Y ambos lo sabían.

—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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