Vornex: Temporada 1 - Capítulo 129
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- Capítulo 129 - 129 Capítulo 129 Una nueva amenaza
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129: Capítulo 129: Una nueva amenaza 129: Capítulo 129: Una nueva amenaza (Esa misma noche en Eldrys, hace un día.) …
La noche aún no había desaparecido del todo.
Los últimos vestigios de oscuridad se aferraban al cielo mientras Eldrys permanecía en alerta.
Las patrullas de bandidos no habían dejado de recorrer cada rincón del pueblo desde la madrugada; algunos apenas habían dormido, pero nadie se atrevía a quejarse.
Todos sabían que algo grande se aproximaba… y los nervios no los dejaban relajarse.
De repente, una figura apareció en el camino que llevaba a Eldrys.
Un bufón verde, alegre y risueño, caminaba sin prisa, con pasos que parecían acompañar una melodía que nadie escuchaba.
Su sonrisa era casi infantil, pero su presencia resultaba extraña en aquel ambiente tenso.
Los bandidos apuntaron de inmediato con sus ballestas.
—¿Qué hace aquí?
—preguntó uno de ellos, la voz temblando levemente.
El bufón no respondió.
Solo siguió caminando, tarareando, ignorando las armas que lo apuntaban.
Selindra frunció el ceño y se acercó a Roger: —Hermano… hay algo afuera.
—Su voz era grave, y la tensión se reflejaba en sus ojos.
Roger salió al camino, junto a Selindra, y ambos observaron al bufón verde.
—¿Quién eres?
—preguntó Roger, firme, pero con la cautela de quien sabe que cualquier movimiento en falso puede ser fatal.
El bufón se detuvo, los miró y su expresión cambió.
Por un instante, la alegría desapareció y se notó un destello de tristeza en su rostro.
—¿No quieren jugar?
—dijo con un tono más neutro—.
Puedo divertirlos… si me permiten.
—¡Si no te largas, te mataremos!
—gritaron los bandidos, ajustando las ballestas.
El bufón suspiró, y lentamente su piel cambió de verde a amarillo.
—Muy bien… les doy otra oportunidad —dijo, con una voz más grave—.
Pueden arrepentirse y unirse al juego.
Selindra miró a Roger.
Ambos intercambiaron una mirada confundida.
Nadie entendía nada.
—Si no quieren jugar… —la voz del bufón se volvió fría, cortante—…entonces será como ustedes quieran.
De pronto, su cuerpo empezó a expandirse.
Su piel se volvió roja y su tamaño se multiplicó hasta medir varios metros.
Su sonrisa se volvió amenazante y un aura oscura lo rodeó.
El miedo se apoderó de los bandidos.
La gente comenzó a retroceder y algunos corrían por las calles.
—¡A cubierto!
—gritó Roger, mientras Selindra levantaba las manos para conjurar un hechizo de defensa.
Los ataques comenzaron: fuego, electricidad, flechas disparadas.
Todo golpe que lanzaban era redirigido por el bufón hacia quien lo atacaba.
Cada hechizo fallaba, cada flecha era devuelta.
La tensión aumentaba.
—¡No podemos!
—gritó Selindra, viendo cómo sus ataques eran inútiles.
—¡Tenemos que proteger al pueblo!
—respondió Roger, desviando con rapidez un rayo que se dirigía hacia la plaza.
Los bandidos retrocedían, luchando por mantener a la gente a salvo mientras intentaban comprender qué estaba ocurriendo.
Y entonces… el bufón desapareció.
Un silencio absoluto cubrió Eldrys.
Nadie se movía.
Todos estaban en shock.
Hasta que la entrada del pueblo se iluminó con una energía poderosa y casi palpable.
Una presencia que imponía respeto y miedo al mismo tiempo.
Una figura caminaba hacia ellos, con pasos seguros, medidos.
Cristel.
El aire alrededor de su cuerpo parecía vibrar.
Cada movimiento suyo emanaba un poder que hacía que incluso los árboles cercanos crujieran bajo su influencia.
Su sonrisa era confiada, aterradora, y sus ojos brillaban con inteligencia y frialdad.
Selindra, mirando a la figura imponente, vio a su hermano Roger frente a él.
Sus ojos se encontraron con los de Cristel, y un escalofrío recorrió su espalda.
—Roger… —murmuró Selindra para sí misma, con la certeza de lo que veía.
Pero fue la siguiente mirada la que confirmó todo: Cristel estaba allí, realmente él, y la energía que emanaba no era de este mundo.
El bufón, las luces, el caos… todo había sido solo un preludio.
Selindra sintió cómo su corazón se aceleraba, cómo cada fibra de su ser se tensaba, consciente de que este era el enemigo que habían estado esperando, el que traería verdadero peligro a Eldrys.
Y mientras los últimos rayos de luz del amanecer se filtraban entre las nubes, Cristel permanecía en la entrada, sonriendo.
Todos sabían que algo grande comenzaba.
Eldrys estaba en guardia, pero nadie podría prepararse del todo para lo que venía.
— …
Selindra sintió el cambio antes de entenderlo.
No fue un sonido.
No fue un movimiento.
Fue su cuerpo.
Sus piernas, firmes toda la vida, no respondieron de inmediato.
Sus manos, acostumbradas al peso del acero, temblaron apenas.
Un segundo.
Lo suficiente para que ella misma se diera cuenta.
Y eso la aterrorizó más que cualquier arma.
—Roger… —susurró, sin apartar la mirada de la figura en la entrada—.
—¿Quién es?
Roger no respondió al instante.
Tenía los dientes apretados, la mandíbula rígida, los ojos fijos en Cristel.
No parpadeaba.
No respiraba con normalidad.
Selindra jamás lo había visto así.
Jamás.
—Roger… —insistió—.
Mírame.
Él tragó saliva.
—Ese… —dijo por fin, con la voz baja, quebrada— —Ese es el que siempre temí que volviera.
Selindra giró lentamente hacia él.
—¿Qué?
—Durante años —continuó Roger— pensé que había desaparecido.
Que se había ido para siempre.
Me convencí de que no regresaría… porque si lo hacía… Se interrumpió.
Cristel seguía allí, inmóvil, con una sonrisa tranquila, casi amable.
No había lanzado un hechizo.
No había dado un paso más.
Y aun así, Eldrys estaba paralizada.
—¿Por qué nunca me hablaste de él?
—preguntó Selindra, esta vez más firme.
Roger soltó una risa seca, sin humor.
—Porque no quería que supieras que hay cosas… que ni yo puedo enfrentar.
Selindra sintió un golpe en el pecho.
Ella había visto a su hermano luchar contra reinos enteros.
Contra monstruos, contra traiciones, contra la miseria del mundo.
Siempre de pie.
Siempre avanzando.
Y ahora… Ahora estaba asustado.
—Esto no es como antes —continuó Roger—.
No es un enemigo más.
No es alguien a quien puedas vencer con fuerza, estrategia o números.
Cristel no juega en esas reglas.
Selindra volvió a mirar al mago.
Su presencia era… incorrecta.
Como si el mundo a su alrededor se deformara apenas, como si la realidad misma tuviera que esforzarse para aceptarlo allí.
—Ahora lo entiendo… —murmuró ella—.
—Por eso estabas así todo este tiempo.
Roger asintió lentamente.
—Lo oculté porque pensé que si no lo nombraba… no volvería a existir.
Un silencio pesado cayó entre ellos.
Entonces, Cristel aplaudió una sola vez.
El sonido resonó demasiado fuerte.
—Vaya, vaya… —dijo con tono burlón—.
—No pensé que me recibirías con tanta… emoción.
Roger dio un paso al frente, forzando a su cuerpo a obedecer.
—¿Qué quieres, Cristel?
La sonrisa del mago se ensanchó.
—¿Así saludas a alguien a quien no ves hace tanto tiempo?
—Dime, Roger… ¿me extrañaste?
Selindra apretó los puños.
—No tienes nada que hacer aquí —espetó—.
Lárgate.
Cristel ladeó la cabeza, curioso.
—Ah… tú debes ser su hermana.
—Se nota que no sabes quién soy.
Volvió su atención a Roger.
—Tranquilo.
No vine a hacerles nada.
Roger frunció el ceño.
—¿Entonces?
—Me pagaron —respondió Cristel con naturalidad—.
—Gente que quería vengarse de ustedes.
Un murmullo recorrió a los bandidos alrededor.
Roger respiró hondo.
—Podemos evitar esto —dijo—.
—Te pagaré más.
Mucho más de lo que te ofrecieron.
Cristel lo observó durante unos segundos.
Luego sonrió… pero esta vez, no había burla.
Había algo peor.
—Lo agradezco —respondió—.
De verdad.
—Pero aunque me pagaras diez veces más… Dio un paso adelante.
El aire se volvió más denso.
—No vine solo por dinero.
Roger sintió cómo el corazón le golpeaba las costillas.
—Entonces… ¿por qué?
Cristel abrió los brazos, como si presentara el pueblo entero.
—Porque quiero probar mi magia.
—Y no se me ocurre un mejor lugar… ni mejores sujetos… que ustedes.
Selindra sintió cómo algo se rompía dentro de ella.
No era miedo.
Era la certeza de que esto no tenía salida.
Cristel los miró una última vez, satisfecho.
—Ahora… —dijo en voz baja— —empieza de verdad.
— El primer grito no vino de Cristel.
Vino desde atrás.
Uno de los bandidos giró bruscamente, ballesta en mano, apuntando hacia el camino que llevaba fuera de Eldrys.
—¡Movimiento…!
—alcanzó a decir.
Las sombras comenzaron a moverse.
Figuras emergieron lentamente, una tras otra, desde la penumbra de los árboles y las ruinas cercanas.
Hombres y mujeres con ropas desgastadas, miradas vacías, cicatrices mal cerradas.
Algunos cojeaban.
Otros sonreían con los dientes apretados.
Ex-prisioneros.
Selindra sintió un nudo en el estómago.
—Roger… —susurró—.
—¿Qué hiciste…?
Roger no respondió.
Cristel observó la escena como un espectador satisfecho.
—Ah, claro —dijo con calma—.
Supongo que debería presentarlos.
—Ellos fueron… huéspedes tuyos.
Los ex-prisioneros avanzaron un paso.
Entonces Selindra lo notó.
La energía.
No era natural.
No era propia.
Una especie de aura oscura y densa los envolvía, como si algo más estuviera respirando dentro de ellos.
—Cristel… —dijo Roger con la voz tensa—.
—No hace falta que esto llegue tan lejos.
—Oh, pero ya llegó —respondió él—.
—Desde hace mucho.
Uno de los ex-prisioneros soltó una risa quebrada.
—Mírenlo… —escupió—.
—El gran Roger… pidiendo clemencia.
Los bandidos levantaron sus ballestas de inmediato, formando un semicírculo delante de Roger y Selindra.
—¡No avancen!
—gritó uno de ellos.
Cristel suspiró, aburrido.
—Siempre igual… —murmuró.
Levantó una mano.
No pasó nada.
Durante un segundo.
Luego, la energía alrededor de los ex-prisioneros se intensificó.
—Adelante —dijo Cristel—.
—Es su momento.
El ataque fue inmediato.
Los ex-prisioneros se lanzaron con una fuerza que nadie esperaba.
Uno de ellos embistió contra un bandido y lo lanzó varios metros atrás como si no pesara nada.
Otro arrancó una ballesta del suelo y la partió con las manos desnudas.
—¡Defiendan a Roger!
—¡Protejan a Selindra!
El caos estalló.
Metal chocando, gritos, magia improvisada.
Selindra lanzó una ráfaga de fuego que hizo retroceder a dos atacantes, pero estos se levantaron casi al instante, jadeando… sonriendo.
—No sienten dolor… —dijo entre dientes—.
—Roger, algo no está bien.
—Es su magia… —respondió él—.
—Los está forzando.
Cristel observaba todo sin moverse.
Los bandidos empezaban a retroceder.
No por falta de valor.
Por pura diferencia de poder.
Selindra vio a uno de los suyos caer.
El ex-prisionero que lo derrotó no se detuvo.
Levantó el arma… y la hundió sin dudar.
—¡No!
—gritó ella.
Algo se encendió dentro de Selindra.
—¡Basta!
—rugió.
Avanzó.
El calor alrededor de su cuerpo se volvió insoportable.
El suelo bajo sus pies se agrietó levemente.
—Cristel —dijo con voz firme—.
—Si quieres probar tu magia… pruébala conmigo.
Roger giró hacia ella.
—¡Selindra, espera!
Pero ella ya estaba concentrando toda su energía.
El aire vibró.
—Liberating Fire.
La explosión fue brutal.
Una ola de fuego arrasó con todo a su paso.
Ex-prisioneros salieron despedidos, envueltos en llamas.
El suelo se volvió negro.
Las casas cercanas crujieron por el impacto.
El ataque avanzó directo hacia Cristel.
Todo estalló.
Humo.
Ruinas.
Silencio.
Selindra respiraba con dificultad, de rodillas.
—Lo… lo logré… El humo comenzó a disiparse.
Poco a poco.
Y su expresión cambió.
Cristel estaba allí.
De pie.
Intacto.
Un escudo mágico transparente se deshacía frente a él, como vidrio evaporándose.
—Buen hechizo —dijo con tranquilidad—.
—De verdad.
Antes de que Selindra pudiera reaccionar, Cristel desapareció.
Un instante después, lo sintió.
El golpe le atravesó el estómago.
El aire abandonó sus pulmones.
Su cuerpo salió despedido hacia atrás y cayó con violencia contra el suelo.
—¡Selindra!
—gritó Roger.
Cristel ya estaba caminando hacia él.
Sonriendo.
—Ahora —dijo—, —sigamos con lo importante.
— Roger dio un paso al frente.
No porque creyera que podía ganar.
Sino porque no hacerlo significaba aceptar la derrota antes de tiempo.
—Cristel… —dijo con la voz quebrada, pero firme—.
—Dime qué quieres.
Cristel se detuvo a unos pocos metros.
Lo observó como se observa algo viejo.
Algo conocido.
Algo que ya no sorprende.
—Siempre haces la misma pregunta —respondió—.
—Como si el problema fuera el objetivo… y no el camino que tomaste para llegar hasta aquí.
A su alrededor, los ex-prisioneros seguían luchando.
Los bandidos retrocedían cada vez más.
Cada choque los dejaba más exhaustos.
Cada herida tardaba menos en volverse mortal.
—Si es dinero… —continuó Roger, tragando saliva—.
—Te pagaré más.
Mucho más.
Lo que quieras.
Cristel inclinó la cabeza, pensativo.
—Te lo agradezco —dijo—.
—De verdad.
Roger sintió una mínima esperanza.
Pero se apagó al instante.
—Pero no vine solo por eso.
Cristel extendió una mano hacia los ex-prisioneros.
La energía que los rodeaba se intensificó.
—Vine a probarme —continuó—.
—Y no hay mejor laboratorio que las consecuencias de las decisiones de otro.
Uno de los ex-prisioneros lanzó a un bandido contra una pared.
El cuerpo cayó sin vida.
Roger apretó los puños.
—¡Detén esto!
—gritó—.
—¡Es suficiente!
Cristel lo miró por primera vez con algo parecido al interés.
—¿Suficiente para quién?
Se acercó un paso más.
—¿Para ti?
—¿O para ellos?
Roger no respondió.
Cristel suspiró.
—Durante años —dijo—, —construiste algo sólido.
Un negocio.
Un sistema.
—Amenazas, miedo, control.
Roger bajó la mirada.
—Era necesario… —No —lo interrumpió Cristel—.
—Era conveniente.
El suelo tembló levemente cuando Cristel giró sobre sí mismo y alzó ambas manos.
La energía fluyó desde él hacia los ex-prisioneros como venas vivas.
—Vamos… —susurró—.
—Un poco más.
Los ex-prisioneros gritaron.
No de dolor.
De euforia.
Sus cuerpos se deformaron apenas.
Músculos tensándose más allá de lo natural.
Respiraciones irregulares.
Sonrisas que ya no eran humanas.
—¡Roger!
—gritó Selindra desde el suelo—.
—¡Esto se está saliendo de control!
Los bandidos empezaron a caer uno a uno.
No porque fueran más débiles.
Sino porque el enemigo ya no estaba limitado por su propio cuerpo.
Cristel caminó lentamente hasta quedar frente a Roger.
—Todo esto —dijo señalando Eldrys— —es tu reflejo.
Una casa explotó al fondo, derrumbándose bajo el ataque de dos ex-prisioneros fuera de control.
—Mercados… —continuó—.
—Casas… —Bares… El fuego comenzó a extenderse.
—Este pueblo nació contigo —dijo Cristel—.
—Creció contigo.
—Y ahora… paga contigo.
Roger cayó de rodillas.
—Lo sé… —susurró—.
—Lo sé… Cristel lo miró con frialdad.
—Tarde.
Entonces Roger levantó la cabeza.
—Pero no dejaré que mueran todos.
El aire a su alrededor cambió.
Su energía aumentó de golpe.
No explosiva.
Contenida.
Densa.
—No… —murmuró Cristel—.
—Así que aún te queda eso.
Roger desapareció.
Apareció detrás de Cristel, cargando energía entre sus manos.
—Kirburtar.
El rayo explotó hacia el cielo.
Una descarga brutal, violenta, cincuenta veces más potente que un rayo común.
El impacto sacudió el aire.
La explosión iluminó Eldrys como un segundo sol.
Cristel salió despedido… o eso pareció.
Roger respiraba agitado, sorprendido incluso de su propio poder.
—Yo… —susurró—.
—Lo logré… —No.
La voz le habló al oído.
—No me diste.
Roger sintió cómo se le erizaba la piel.
Cristel estaba detrás de él.
—Ilusión —susurró—.
—Nada más.
Roger se alejó de un salto.
—Maldito… —jadeó.
Cristel alzó una mano.
—Vacío sometido.
La oscuridad cayó.
No como noche.
Como ausencia.
Roger no veía nada.
No sentía el suelo.
No escuchaba el combate.
Solo a Cristel, frente a él.
—Ahora —dijo con calma—, —escucha…
Roger no tenía salida y por primera vez…volvía a sentir el miedo verdadero…
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