Vornex: Temporada 1 - Capítulo 131
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Capítulo 131: Capítulo 131: El peso del orgullo
Cuando el silencio regresó, Eldrys ya no existía.
Roger fue el primero en moverse… o al menos en intentarlo.
Un dolor seco le atravesó el abdomen al incorporarse, como si cada músculo se negara a responder. El golpe de Cristel no había sido solo fuerza: había sido intención. Un recordatorio.
Gruñó entre dientes y apoyó una mano en el suelo ennegrecido.
A su lado, Selindra también se levantaba con dificultad. Tenía la respiración entrecortada, una mano presionando su estómago, la otra temblando de rabia contenida.
No dijeron nada.
No hacía falta.
Miraron alrededor.
Calles destruidas. Casas abiertas como heridas. El mercado reducido a madera quemada y piedra rota. No había gritos. No había pasos. No había vida.
—…No hay nadie —murmuró Selindra.
Roger asintió lentamente.
Cristel había dicho la verdad.
Los había dejado vivos… para que vieran.
Caminaron.
Cada paso dolía. No solo el cuerpo: la culpa pesaba más que cualquier herida. Avanzaron entre ruinas hasta que, a lo lejos, vieron movimiento. Siluetas. Voces apagadas.
Su gente.
Algunos lloraban. Otros caminaban en automático. Algunos cargaban heridos. Cuando los vieron, se detuvieron, sorprendidos… aliviados.
—¡Roger…!
—¡Selindra…!
No hubo abrazos largos. No hubo palabras heroicas.
Solo caminaron junto a ellos.
El camino a Derboran fue lento. Pesado. El sol ya estaba alto cuando finalmente alcanzaron al resto del grupo que había avanzado antes.
Derboran apareció como un contraste cruel: intacto, tranquilo, vivo.
Cuando cruzaron las puertas y el alcalde Lisennck salió a recibirlos, Selindra se adelantó solo cuando fue necesario. El resto del tiempo… escuchó.
Escuchó cómo su gente contaba lo ocurrido con voces quebradas.
Escuchó el nombre de Cristel repetirse una y otra vez.
Escuchó cómo Eldrys ya era pasado.
Lisennck no dudó.
Casas. Comida. Descanso.
Selindra agradeció. Intentó pagar. Fue rechazada.
Cuando todo terminó y la gente comenzó a dispersarse, ella buscó a Roger.
Lo encontró sentado contra una pared, con la espalda apoyada en piedra fría, la mirada fija en el suelo.
Se sentó a su lado.
Durante un rato… no dijo nada.
—No podemos seguir así —dijo al fin—. No después de esto.
Roger no respondió.
—Cristel no es un enemigo común —continuó—. No es alguien a quien se enfrenta con fuerza bruta o con orgullo.
Necesitamos ayuda. Personas más fuertes. Más preparadas.
Silencio.
—Roger… —insistió—. Esto nos superó.
Él apretó la mandíbula.
—Ya basta —dijo con voz baja, tensa—. No quiero oírlo.
Selindra cerró los ojos un segundo.
—Siempre haces lo mismo —dijo, poniéndose de pie—.
Siempre crees que cargar con todo te hace fuerte.
Roger levantó la mirada, confundido… frustrado.
—Te he seguido a guerras. A negocios sucios. A decisiones que sabía que estaban mal —continuó ella—.
Siempre intenté ayudarte. Siempre.
Dio un paso más lejos.
—Pero nunca escuchas.
Roger abrió la boca… la cerró.
—Tu orgullo te está destruyendo —añadió Selindra—.
No eres menos por aceptar que hay alguien más fuerte.
Pero ahora que te aplastaron… te quedas quieto.
Su voz tembló.
—Eso es lo que más me duele.
Roger apretó los puños.
—No entiendes —murmuró.
—Entonces explícame —respondió ella, casi suplicando—.
Porque yo solo veo a mi hermano rindiéndose.
Eso fue demasiado.
—¡Vete! —espetó él—. Déjame pensar.
Selindra lo miró por última vez. Sus ojos no estaban llenos de ira… sino de cansancio.
—Cuando decidas dejar de fingir que puedes solo… estaré ahí —dijo—.
Pero no voy a seguir esperando.
Se fue.
Roger quedó solo.
La gente pasaba. Algunos lo observaban. Otros desviaban la mirada. Incluso los suyos… sabían que Selindra tenía razón.
Pero en su mente, todo era ruido.
Cristel.
El poder.
La sonrisa.
Y luego… esos nombres.
Tres chicos.
Un portal.
Un hechizo derrotado.
Tal vez ellos podían hacerlo.
La idea le quemaba por dentro.
Buscar ayuda significaba aceptar que no era el mejor.
Que nunca lo fue.
Cerró los ojos con fuerza.
No dijo nada.
Aún no.
Pero por primera vez en mucho tiempo, entendió algo con claridad absoluta:
Si seguía solo…
Cristel no solo destruiría mundos.
Lo destruiría a él también.
—
Selindra no caminaba con rumbo fijo.
Las calles de Derboran estaban tranquilas, demasiado tranquilas para alguien que acababa de perder su hogar. Las casas seguían en pie, las luces seguían encendidas, la gente hablaba en voz baja… como si el mundo no se hubiera roto unas horas atrás.
Y eso la enfurecía.
Apretó los puños mientras avanzaba, sintiendo todavía el eco del golpe en su cuerpo. No era solo dolor físico. Era impotencia. Era rabia acumulada durante años.
Otra vez…
Otra vez Roger cree que puede con todo.
Se detuvo cerca de una pequeña plaza. Se sentó en el borde de una fuente y dejó caer los hombros. Por primera vez desde Eldrys, respiró hondo.
Había sido dura con él.
Lo sabía.
Pero también sabía que si no lo decía ahora, nunca lo haría.
Miró sus manos. Temblaban apenas.
No por miedo.
Por frustración.
—Cristel… —murmuró.
El nombre le provocó un escalofrío.
No era solo poderoso.
Era consciente de cada cosa que hacía.
Cada palabra, cada gesto, cada silencio… estaban pensados para quebrar.
Y lo había logrado.
Nos rompió sin matarnos.
Selindra cerró los ojos y recordó el vacío. La sensación de no poder moverse. De ser observada como algo insignificante. Nunca había sentido algo así, ni siquiera en las peores batallas.
—No podemos enfrentarlo así —susurró.
En su mente apareció Roger. Sentado. Callado. Herido más por dentro que por fuera.
Lo conocía demasiado bien.
Orgullo. Miedo. Culpa.
Todo mezclado.
Si sigue así… va a morir.
Se levantó de golpe.
No iba a esperar a que él “pensara”. No esta vez.
Si Roger no podía pedir ayuda…
entonces ella lo haría por los dos.
Mientras caminaba, una idea empezó a tomar forma. Incompleta. Difusa. Pero real.
Los rumores.
Los tres chicos.
El hechizo que cayó.
No sabía quiénes eran exactamente. No sabía dónde encontrarlos.
Pero sabía una cosa:
Cristel no era invencible.
Alguien ya había tocado su ego.
Alguien ya había roto uno de sus hechizos.
Y eso… cambiaba todo.
Selindra apretó la mandíbula.
—No voy a dejar que Eldrys desaparezca en silencio —dijo para sí—.
Ni que mi hermano se hunda solo.
Desde ese momento, Selindra dejó de ser solo una sobreviviente.
Se convirtió en alguien que buscaría respuestas, aunque tuviera que cruzar pueblos, dimensiones… o enfrentarse a la verdad que Roger aún no podía aceptar.
—
Selindra no se dio cuenta de que no estaba sola hasta que una voz habló a su espalda.
—Sigues caminando como si Derboran pudiera romperse también.
Se giró de inmediato, la mano yendo instintivamente hacia donde solía llevar el arma.
El hombre estaba a unos pasos, apoyado en un bastón de madera oscura. Delgado, encorvado apenas, con una barba descuidada y unos ojos demasiado atentos para alguien que aparentaba cansancio.
—…Tú —dijo Selindra, reconociéndolo.
Él inclinó la cabeza.
—Hace tiempo que no me llamas por mi nombre.
—Hace tiempo que no hablábamos —respondió ella, seca.
El hombre sonrió apenas.
—Nunca fuimos de hablar mucho.
Selindra suspiró y desvió la mirada.
—No estoy de humor para rarezas hoy.
—Lo sé —dijo él—. Por eso vine ahora.
Eso hizo que ella lo mirara otra vez.
—¿Qué quieres?
El hombre dudó un segundo. No parecía nervioso, sino… calculando.
—Hablar de los chicos.
El aire cambió.
Selindra se tensó de inmediato.
—No sé de qué hablas.
—Sí lo sabes —respondió con calma—. Los tres que salieron de la Taberna del Lobo. Los que enviaste a esa “misión”.
Selindra apretó los dientes.
—No fue decisión solo mía.
—Nunca dije que lo fuera.
Silencio.
La fuente detrás de ellos seguía fluyendo, ajena a todo.
—Te observé esa noche —continuó él—. A ellos también.
—Eso suena exactamente como algo que justificaría que te eche de aquí —dijo Selindra, sin levantar la voz.
—Y aun así no lo haces —respondió—. Porque sabes que no hablo por hablar.
Ella lo estudió unos segundos.
—Habla —cedió—. Pero rápido.
El hombre apoyó mejor el bastón y respiró hondo.
—No eran de Eldrys. Eso lo supe de inmediato.
—Había muchos forasteros —replicó Selindra.
—No como ellos.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—He estudiado razas, Selindra. No solo de este universo. Textos antiguos. Registros incompletos. Teorías que nadie toma en serio —dijo, mirándola fijamente—. Sus rasgos no coincidían con ningún mundo conocido del 17-J.
Selindra sintió un nudo en el estómago.
—Eso es… imposible.
—Eso pensaban todos —asintió—. Hasta que abrieron un portal.
El silencio cayó pesado entre ambos.
—Los bandidos… —murmuró ella—. Dijeron que habían venido de otro lugar.
—Y no mentían —confirmó él—. Lo que hicieron no fue solo cruzar dimensiones dentro del universo. Fue algo más.
Selindra se pasó una mano por el rostro.
—¿Por qué me dices esto ahora?
El hombre bajó la mirada un instante.
—Porque Cristel apareció.
—… —
—Y porque si él puede hacer lo que hizo en Eldrys… entonces esos chicos importan más de lo que creímos.
Ella lo miró con dureza.
—¿Importan como personas… o como objetos de estudio?
Él no esquivó la pregunta.
—Ambas cosas.
Selindra dio un paso atrás, molesta.
—Al menos eres honesto.
—Siempre lo fui —respondió—. Por eso nadie me escuchaba.
Ella soltó una risa breve, sin humor.
—¿Y qué se supone que quieres ahora?
—Ayudarte a convencer a tu hermano —dijo—.
—Eso no va a pasar.
—No ahora —admitió—. Pero pasará.
Selindra negó con la cabeza.
—Roger no va a aceptar ayuda. Menos de chicos a los que ni siquiera conoce bien.
—Los conoce más de lo que cree —replicó el hombre—. Sabe que derrotaron un hechizo. Sabe que Cristel los notó. Eso ya está en su cabeza.
Ella guardó silencio.
—No te pido que vayan hoy —continuó—. Ni mañana. Solo que aceptes que el camino ya está marcado.
Selindra lo observó largo rato.
—Nunca pensé que terminaría aliándome contigo —dijo al fin—. No te lo tomes a mal.
El hombre sonrió de lado.
—El destino tiene un sentido del humor bastante cruel.
Ella suspiró.
—El problema no eres tú —dijo—. Es Roger.
—Lo sé.
—
—
La luz de Derboran se debilitaba con la llegada de la noche. Los techos y calles comenzaban a oscurecerse, mientras Roger caminaba sin rumbo, con la tensión de la discusión de hace unas horas todavía pegada a la piel. Selindra lo seguía a cierta distancia, midiendo cada palabra.
—Roger… —dijo finalmente, con voz baja, casi un murmullo—. No espero que me perdones ni nada de eso de inmediato. Solo… necesito que sepas que no estás solo.
Roger se detuvo, cruzando los brazos, evitando su mirada.
—¿Y eso ahora cómo ayuda? —respondió, con un hilo de voz cansado—. No estoy seguro de que puedas entender cómo me siento después de todo.
Selindra dio un paso más cerca, suavemente, sin invadir su espacio, y bajó la voz, casi susurrando:
—Sé que ambos sabemos que necesitamos ayuda… tu fuerza, tu juicio… Yercal también lo sabe. Por eso está aquí. No se trata solo de mí ni de ti… se trata de lo que podemos hacer juntos si dejamos de lado el orgullo y la distancia.
Roger frunció el ceño, sorprendido y confuso.
—¿Yercal? —musitó—. ¿Con quién hablas?
Un leve sonido de pasos lo hizo girar. Desde la sombra de un callejón cercano, emergió una figura que se había mantenido fuera de la vista todo el día. La luz de la luna dibujó su silueta y luego iluminó su rostro: Yercal.
Roger se quedó paralizado un instante. Su mente repasó los días recientes: nunca había interactuado directamente con él. La sorpresa lo golpeó de lleno.
—Tú… —dijo finalmente, con voz entrecortada—. Tú nunca… no…
Yercal avanzó con calma, sin prisa, pero con una presencia que llenaba el espacio a su alrededor.
—Sí —respondió, firme pero tranquilo—. He estado observando desde lejos, y hoy creí que era el momento de acercarme.
Selindra lanzó una mirada breve a Roger, reforzando lo que acababa de decir:
—No hay prisa para nada —dijo—. Solo quería que supieras que no estás solo, ni hoy ni cuando decidas aceptar lo que venga. Pero… sabemos que si no trabajamos juntos, las cosas se complicarán. Ambos lo saben.
Roger tragó saliva, el peso de la discusión y la aparición inesperada de Yercal oprimiéndole el pecho. Quiso responder, quiso aceptar, pero no podía.
—No… no hoy —murmuró finalmente—. Hoy no puedo. —Apartó la mirada y comenzó a caminar de nuevo, dejando que la oscuridad de Derboran lo envolviera.
Cuando llegó a su habitación, se dejó caer sobre la cama. La noche estaba completa, silenciosa, pero su mente no podía descansar. Cada palabra de Selindra, cada gesto de Yercal, y la tensión de lo que había pasado horas antes lo mantenían despierto.
Giró la almohada, cerró los ojos, pero el sueño no llegaba. Solo podía pensar: Mañana será otro día… tal vez mañana pueda… tal vez.
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