Vornex: Temporada 1 - Capítulo 132
- Inicio
- Todas las novelas
- Vornex: Temporada 1
- Capítulo 132 - Capítulo 132: Capítulo 132: Antes de que vuelva
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 132: Capítulo 132: Antes de que vuelva
La mesa estaba afuera del bar, bajo la luz clara del día. El sol caía de forma tranquila sobre el pueblo, creando un contraste incómodo con el tema del que hablaban. La madera gastada de la mesa sostenía varias pociones de tonos opacos, alineadas con cuidado, como si nadie se atreviera a tocarlas sin pensar primero.
Alrededor estaban Alis, Liam, Teneb, Drosk, Selanne, Varka, Yon, Paul y Richeld.
Alis fue la primera en romper el silencio.
—No son definitivas —dijo, señalando las pociones—. Pero cumplen su función.
Teneb asintió lentamente.
—Afectan el flujo de energía —explicó—. Debilitan el cuerpo y reducen la estabilidad mágica durante un tiempo limitado.
—No lo dejarán indefenso —añadió Selanne—, pero podrían darnos margen para movernos.
Drosk resopló.
—Después de lo que vimos… cualquier margen sirve.
Liam estaba sentado un poco apartado, inclinado hacia adelante, observando las pociones sin tocarlas. Su expresión era seria, concentrada.
—Solo lo vimos una vez —dijo de pronto—. Y aun así ya estamos hablando de estrategias para enfrentarlo.
Todos lo miraron.
—¿Eso te parece mal? —preguntó Varka.
Liam negó con la cabeza, dudando.
—No… me parece lógico. Pero también me inquieta —admitió—. No sabemos realmente qué es. Ni qué tan fuerte puede llegar a ser.
Paul apoyó los brazos sobre la mesa.
—Precisamente por eso necesitamos prepararnos.
—Ese tipo —continuó Richeld— no se comportaba como alguien común. No hablaba como un guerrero. Ni como un mago normal.
Liam apretó los labios.
—Eso es lo que me preocupa.
Alis lo observó con atención.
—Di lo que estás pensando.
Liam suspiró.
—Que estamos entrando en algo más grande de lo que esperábamos —dijo—. Cuando crucé ese portal… no pensé que terminaríamos hablando de criaturas así. De pociones. De planes.
Yon habló con calma.
—Nadie lo pensó.
—Pero ya estamos aquí —añadió Selanne—. Y lo que vimos fue suficiente para saber que no podemos improvisar.
Liam levantó la vista hacia Alis.
—¿De verdad crees que estas pociones nos servirán contra alguien como él?
Alis no respondió de inmediato.
—Creo —dijo al fin— que son una herramienta. Nada más. No nos garantizan nada… pero sin ellas, no tendríamos ni siquiera una opción.
Teneb asintió.
—No se trata de vencerlo con fuerza —agregó—. Se trata de pensar mejor que él.
Liam se quedó callado unos segundos.
—Nunca me gustó la idea de depender de trucos —confesó—. Siempre pensé que, si entrenaba lo suficiente, si me hacía más fuerte… podría resolver las cosas de frente.
Drosk soltó una risa corta.
—Eso funciona… hasta que deja de hacerlo.
Liam sonrió apenas.
—Supongo que sí.
Miró nuevamente las pociones.
—Si vuelve… —dijo— y tenemos esto, al menos no estaremos completamente a ciegas.
—Exacto —respondió Alis—. Y por eso debemos ir a Beinever.
—¿Todos? —preguntó Varka.
—Todos —afirmó ella—. Allí están los demás. Si vamos a hacer algo, tiene que ser juntos.
Paul tomó una de las pociones y la guardó con cuidado.
—Entonces no perdamos tiempo.
Uno a uno, fueron tomando las pociones. El ambiente ya no era de duda, sino de decisión contenida. No sabían si funcionaría. No sabían si sería suficiente.
Pero sabían algo importante:
Quedarse quietos no era una opción.
—Beinever queda a unas horas —dijo Richeld—. Si salimos ahora, llegamos antes del anochecer.
Liam se puso de pie.
—Vamos —dijo—. Quiero escuchar qué piensan los demás… antes de que ese tipo vuelva a aparecer.
Alis fue la primera en dar media vuelta.
—Entonces en marcha.
El grupo comenzó a alejarse del bar, dejando atrás la mesa vacía bajo el sol del mediodía. No tenían certezas. No tenían garantías.
Pero tenían un plan inicial.
Y eso, por ahora, era suficiente.
—
Después del segundo entrenamiento en el santuario…
…
—
El santuario había quedado atrás.
No porque estuviera lejos, sino porque el cuerpo ya no daba para más. Cada paso fuera de aquel lugar sagrado se sentía más pesado que el anterior, como si el mismo suelo se negara a dejarlos avanzar sin cobrarles el precio del esfuerzo.
Lujius no los acompañó.
Se limitó a observarlos marcharse, con los brazos cruzados y la expresión serena, antes de decir:
—Hoy ya superaron su límite.
Descansen.
Si no dejan que el cuerpo se recupere… mañana no aprenderán nada.
Nadie discutió.
Ahora, Eiden y Karl estaban sentados sobre una formación de piedra natural, al borde de un claro silencioso. La luz del atardecer caía de costado, tiñendo el entorno de tonos cálidos que contrastaban con el cansancio brutal que arrastraban.
Karl fue el primero en dejarse caer hacia atrás, apoyando las manos en la roca y mirando al cielo.
—Nunca pensé que entrenar pudiera dejarme tan… vacío —murmuró—. Ni siquiera cuando peleaba allá.
Eiden se sentó a su lado con más cuidado, estirando las piernas lentamente.
—No es solo cansancio —respondió—. Es como si el cuerpo recién ahora se diera cuenta de todo lo que pasó hoy.
Karl soltó una risa corta, sin humor.
—Sí… como si se quejara tarde.
El silencio se instaló entre ellos.
No era incómodo.
Pero estaba cargado.
Ese tipo de silencio que no aparece por falta de palabras, sino porque hay demasiadas.
Eiden bajó la mirada hacia sus manos. Todavía le temblaban un poco. Las apretó, respiró hondo… y habló.
—Karl… —dijo, con voz baja.
Él giró apenas la cabeza.
—¿Qué pasa?
Eiden dudó unos segundos más de lo que habría querido.
—Lo de hoy… en el entrenamiento. —Hizo una pausa—. Lo que te dije.
Karl frunció el ceño, pero no interrumpió.
—Cuando dije que sabía más cosas. Que tenía más experiencia. —Eiden tragó saliva—. No estuvo bien.
Karl se incorporó lentamente y se sentó, apoyando los codos en las rodillas.
—¿Eso te quedó dando vueltas? —preguntó.
—Sí —respondió Eiden sin rodeos—. Porque no fue justo contigo.
Karl lo observó en silencio, esperando.
—Todo eso que dije… —continuó Eiden—. Karate, taekwondo, esquivar mejor, reaccionar más rápido… —negó con la cabeza—. No soy así porque sí.
Karl parpadeó.
—Mi abuelo —añadió Eiden—. Él me enseñó todo. No solo a pelear… a pensar, a controlar la cabeza antes que el cuerpo.
Se quedó quieto un momento.
—Si no fuera por él, yo no sería nada de lo que soy ahora.
Karl bajó la mirada.
—Entonces… —dijo despacio—. No lo hiciste solo.
—Nunca —respondió Eiden—. Y decirlo como si fuera mérito solo mío… fue ego. Lo siento.
Karl respiró hondo.
—Yo tampoco te conté todo —dijo de repente.
Eiden levantó la vista.
—¿Qué cosa?
Karl se quedó mirando el suelo.
—Que yo tampoco quería ser así.
Eiden no dijo nada.
—La gente cree que uno pelea porque le gusta. Porque quiere ser fuerte. —Sonrió apenas—. En mi caso… fue porque no me quedó otra.
Eiden sintió que algo se tensaba en su pecho.
—Cuando mi padre se fue… —continuó Karl—. Yo era chico. No entendía nada. Solo sabía que de repente el mundo se volvió más duro.
Apretó los puños.
—Mi madre hizo lo que pudo. De verdad. Ella fue mi apoyo. —Respiró hondo—. Pero también tuvo que endurecerse. Y yo aprendí a hacerlo también.
Eiden escuchaba en silencio absoluto.
—Empecé a defenderme porque nadie más lo iba a hacer por mí —dijo Karl—. Aprendí a aguantar golpes. A devolverlos. A no caer.
Se encogió de hombros.
—No porque quisiera… sino porque tenía que sobrevivir.
El viento pasó entre ambos.
—Antes de venir aquí… —añadió—. Antes de volver a verte a vos y a Liam… estaba solo.
Miró al frente.
—La vida allá no fue amable conmigo.
Eiden sintió un nudo en la garganta.
—Yo no tuve golpes así —dijo despacio—. Pero tuve otro tipo de presión.
Karl levantó la vista.
—Mi abuela —explicó Eiden—. Estudios, horarios, responsabilidades. Siempre tenía que estar bien. Siempre cumplir. Siempre ayudar.
Soltó una risa cansada.
—Nunca podía aflojar.
Miró al cielo.
—Y siempre hablaba de mi abuelo. De lo que él había sido. De lo que yo tenía que llegar a ser. —Apretó los labios—. A veces sentía que si fallaba… no era solo por mí.
Karl asintió lentamente.
—Presión —dijo—. Soledad. Golpes. —Los enumeró—. Diferentes… pero pesan igual.
—Sí —respondió Eiden—. Y nadie lo ve desde afuera.
Se quedaron en silencio otra vez.
Pero esta vez no pesaba.
Era un silencio cómodo. Honesto.
—Es raro, ¿no? —dijo Karl—. Cada uno se fue de ese pueblo para seguir su vida. Sus sueños. Sus carreras.
—Años sin vernos —añadió Eiden—. Cambiamos un montón.
Karl sonrió levemente.
—Y ahora estamos juntos otra vez…
Miró alrededor.
—Pero en otro mundo.
Eiden negó con la cabeza.
—Si alguien me lo hubiera contado antes… no lo habría creído.
Karl lo miró de reojo.
—Pero estamos acá.
—Sí —respondió Eiden—. Y esta vez… no estamos solos.
Karl respiró hondo.
—Por primera vez… siento que no tengo que cargar con todo yo solo.
Eiden asintió.
—Yo tampoco.
El sol terminó de ocultarse.
El cansancio seguía ahí.
El dolor también.
Pero algo había cambiado.
No eran rivales.
No eran perfectos.
No eran invencibles.
Eran dos chicos que habían cargado demasiado durante demasiado tiempo…
y que recién ahora empezaban a entenderse de verdad.
Y en un mundo donde el caos ya se había puesto en marcha,
esa conexión podía ser más importante que cualquier entrenamiento.
—
Karl fue el primero en moverse. Se estiró un poco y soltó el aire lentamente, como si con eso dejara ir todo lo que había dicho.
—Bueno… —dijo, rompiendo el silencio— creo que ya fue suficiente por hoy.
Eiden lo miró, entendiendo de inmediato a qué se refería.
—Sí —asintió—. Ya dijimos lo que teníamos que decir.
Karl esbozó una leve sonrisa.
—Y al final… nos entendimos.
Eiden respondió con otra sonrisa, más tranquila, más sincera.
—Eso es lo importante.
No hacía falta agregar nada más. No necesitaban promesas ni discursos. Lo que habían compartido ya había hecho su trabajo.
A unos metros de distancia, Lujius observaba la escena en silencio, con los brazos cruzados. A su lado estaba Azerion, que también los miraba, atento, como si intentara leer algo más allá de las palabras.
—Se nota —dijo Azerion finalmente—. Ambos están aprendiendo uno del otro.
Lujius no respondió de inmediato. Solo los observó un segundo más, con esa mirada serena que parecía verlo todo.
Luego asintió lentamente.
—Sí —dijo—. Y ese aprendizaje… es tan importante como cualquier entrenamiento.
El viento volvió a soplar con suavidad. Los chicos permanecieron allí, descansando, sin saberlo del todo, pero dando un paso más hacia algo más grande que ellos mismos.
—
“No era una victoria lo que estaban preparando… era una oportunidad.”
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com