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Vornex: Temporada 1 - Capítulo 133

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Capítulo 133: Capítulo 133: Sombras del mañana

Suli

El entrenamiento había terminado.

No con una orden ni con un cierre solemne, sino de la única forma posible: cuando el cuerpo ya no podía seguir y la mente empezaba a vaciarse sola.

Suli se sentó sobre la piedra tibia del santuario, dejando que el aire le rozara la piel. El sol seguía alto, inmóvil, como si el tiempo allí no tuviera prisa. Le dolían los brazos, las piernas, la espalda… pero no se movió de inmediato. Necesitaba quedarse quieta un momento más.

Respiró hondo.

Lento.

Profundo.

Antes, ese cansancio la habría hecho dudar. Ahora no.

Apoyó la mirada en el espacio frente a ella, sin fijarla en nada concreto. Y, casi sin querer, su mente fue hacia ellos.

Los chicos.

Recordó la primera vez que los vio. Desorientados. Torpes en algunos movimientos. Fuertes, sí, pero sin saber bien cómo usarlo. Todo era reacción, impulso, nervios.

Ahora no.

Había visto el cambio incluso sin buscarlo. En cómo se paraban. En cómo escuchaban. En cómo se corregían entre ellos sin necesidad de palabras. No eran conscientes… pero habían avanzado muchísimo.

—Ni siquiera se dieron cuenta… —pensó.

Una leve sonrisa se le escapó, cansada.

No era envidia. Era algo distinto.

Era esa sensación incómoda de mirar al costado y darte cuenta de que el camino sigue, aunque uno se quede quieto.

Suli bajó la mirada hacia sus manos. Aún temblaban un poco, pero ya no por inseguridad. Eran manos cansadas. Manos que habían aprendido algo nuevo hoy.

Ella también había cambiado.

Tal vez no tan visible. Tal vez no tan rápido.

Pero lo sentía.

Antes, cuando el peso la aplastaba, su reacción era resistir con fuerza. Apretar los dientes. Aguantar hasta romperse. Hoy no. Hoy había aprendido a permanecer. A entender el límite sin cruzarlo. A escuchar su cuerpo en lugar de imponerle una orden.

Eso… también era avanzar.

Cerró los ojos y dejó que el calor del santuario la envolviera. Por un momento, solo existió la respiración. El cansancio. El silencio.

Pensó otra vez en ellos.

En cómo seguían adelante sin detenerse a mirar atrás. En cómo el cambio les estaba ocurriendo sin pedir permiso.

—No voy a quedarme atrás —murmuró, casi sin voz.

No lo dijo con rabia. Ni con orgullo.

Lo dijo como una promesa tranquila.

Ella no necesitaba correr más rápido. Solo necesitaba seguir.

Se levantó despacio, sintiendo cada músculo protestar. No le importó. Ese dolor no la frenaba. Le recordaba que estaba viva, que estaba aprendiendo, que estaba creciendo.

Mientras caminaba para descansar, lo entendió con claridad:

El cambio no siempre grita. A veces… simplemente ocurre.

Y cuando uno se da cuenta, ya es demasiado tarde para volver a ser quien era antes.

—

La noche cayó sobre Derboran sin ceremonia.

No hubo cantos, ni risas tardías, ni ese murmullo habitual de un pueblo que se prepara para dormir. Las casas que habían recibido a los refugiados estaban en silencio, como si todos compartieran el mismo cansancio pesado, ese que no se va cerrando los ojos.

Roger no dormía.

Estaba sentado en el borde de la cama, con los codos apoyados sobre las rodillas y la mirada perdida en el suelo de madera. La habitación era pequeña, prestada, demasiado ordenada para alguien que sentía el mundo hecho pedazos por dentro.

Cada vez que cerraba los ojos, veía lo mismo.

La sonrisa de Cristel.

El vacío.

El golpe.

Y, detrás de todo eso… la sensación más insoportable de todas: la de no haber podido hacer nada.

Se pasó una mano por el rostro con brusquedad.

—Maldita sea… —murmuró.

Orgullo.

Miedo.

Culpa.

Selindra tenía razón. Lo sabía. Siempre lo había sabido. Pero aceptarlo en voz alta era otra cosa. Aceptarlo significaba admitir que había llevado a su gente a un límite que no podían soportar. Que Eldrys no cayó solo por Cristel… sino también por él.

Se levantó y caminó hasta la ventana. Afuera, Derboran dormía. O fingía hacerlo.

—Tres chicos… —pensó—. Un portal… un hechizo roto…

No quería necesitarlos. Pero necesitarlos no significaba que no existieran.

La idea le revolvía el estómago más que el golpe recibido.

Se dejó caer otra vez sobre la cama. No durmió. Apenas cerró los ojos por momentos, atrapado en pensamientos que no llevaban a ningún lado.

Cuando el cielo empezó a aclararse, Roger ya estaba despierto.

—

La mañana llegó con un aire frío y silencioso.

Selindra estaba afuera, sentada en un banco de madera, afilando una pequeña hoja más por costumbre que por necesidad. Llevaba el cabello recogido y ojeras marcadas. Tampoco había dormido mucho.

Escuchó pasos.

No levantó la vista de inmediato.

—No dormiste —dijo, sin mirarlo.

Roger se detuvo a su lado.

—Tú tampoco.

Un silencio breve. No incómodo. Cargado.

Selindra apoyó la hoja y lo miró por fin.

—¿Y bien?

Roger tardó en responder. Observó el cielo, el movimiento lento del pueblo despertando, la gente empezando a reconstruir rutinas que ya no eran suyas.

—He estado pensando —dijo al fin—.

Selindra no dijo nada. No lo apuró.

—Tal vez… —continuó él— tal vez hay cosas que no se arreglan solo con fuerza.

Ella levantó una ceja, sorprendida. No sonrió. No todavía.

—¿Eso es lo más cerca que vas a estar de decir que me escuchaste?

Roger resopló.

—No te acostumbres.

Selindra dejó escapar una risa suave, cansada.

—No lo haré.

Roger apretó los dientes un instante.

—Si vamos a hacer esto… —añadió— no será a ciegas.

Selindra lo entendió al instante.

—Yercal —dijo.

Roger asintió con desgano.

—No me agrada.

—Nunca te agradó —respondió ella.

—Habla demasiado. Mira como si supiera cosas que no dice. Y siempre está metido en asuntos que nadie más quiere tocar.

Selindra se levantó.

—Por eso mismo —dijo—. Porque cuando todos miran para otro lado… él no.

Roger no respondió, pero no la contradijo.

—

Encontraron a Yercal donde Selindra imaginó que estaría.

Solo.

Sentado bajo un alero, rodeado de pergaminos gastados, frascos extraños y símbolos dibujados en trozos de papel viejo. Parecía más un estudioso fuera de lugar que alguien digno de confianza. Su aspecto era desordenado, su mirada inquieta, como si siempre estuviera escuchando algo que los demás no.

Cuando los vio acercarse, inclinó la cabeza apenas.

—Sabía que vendrían —dijo con naturalidad.

Roger frunció el ceño.

—Eso no es tranquilizador.

Yercal sonrió de lado.

—Nada de lo que sé lo es.

Selindra cruzó los brazos.

—Necesitamos respuestas —dijo—. Y tú siempre dices que las tienes.

—No todas —respondió él—. Pero más de las que debería.

Roger dio un paso al frente.

—Habla claro —exigió—. No estamos para enigmas.

Yercal lo observó con atención. No con miedo. Con análisis.

—Cristel no es solo un mago poderoso —comenzó—. Es alguien que entiende el miedo como herramienta. Y el orgullo como debilidad.

Roger sintió el golpe, aunque no lo mostró.

—Los chicos —continuó Yercal— no rompieron su hechizo por casualidad. No fue fuerza bruta. Fue… incompatibilidad.

Selindra se tensó.

—¿Incompatibilidad?

—No pertenecen a este universo —dijo con calma—. Y eso cambia las reglas.

Roger lo miró fijamente.

—¿Estás diciendo que ellos…?

—Digo que no juegan con las mismas leyes que Cristel cree dominar —respondió Yercal—. Y eso lo inquieta.

Selindra respiró hondo.

—Por eso quieres que los busquemos.

Yercal asintió.

—Por eso… y porque si Cristel vuelve —miró alrededor—, este pueblo será el próximo recuerdo.

El silencio volvió a caer.

Roger cerró los ojos un segundo.

—No me gusta depender de desconocidos —dijo finalmente.

—Nunca te gustó depender de nadie —respondió Selindra con suavidad.

Roger la miró. No discutió.

—No iremos ahora —dijo—. Pero… —dudó— quiero saber todo lo que sepas. Sin rodeos.

Yercal sonrió, esta vez sin ironía.

—Eso… ya es un comienzo.

Selindra apoyó una mano en el hombro de su hermano.

—Gracias —le dijo en voz baja.

Roger no respondió. Pero no se apartó.

Por primera vez desde la caída de Eldrys, no estaban caminando en direcciones opuestas.

No habían aceptado del todo. No habían sanado. No estaban listos.

Pero habían dado el paso más difícil:

Dejar de fingir que podían solos.

—

Yercal permaneció en silencio un momento, evaluando a ambos antes de hablar. Sus ojos, extrañamente atentos, parecían recorrer cada gesto, cada respiración, como si intentara leer más que sus palabras.

—Escuchen con atención —dijo finalmente, con voz firme—. Lo que voy a contarles no es algo que deba tomarse a la ligera.

Roger y Selindra lo miraron, atentos, cada músculo tenso.

—Cuando mandaste a tus tres bandidos, Roger —continuó Yercal, clavando la mirada en él—, yo los seguí. Observé todo lo que hicieron. No podía arriesgarme a perderlos de nuevo.

Selindra frunció el ceño, y Roger apretó los labios, incómodo con la obsesión del hombre.

—¿Obsesionado? —preguntó Roger con un hilo de voz—. ¿Tanto te importaba para seguirlos tú mismo?

—Llámalo precaución si quieren —respondió Yercal, indiferente—. Lo importante es lo que descubrí: esos chicos no están aquí. No están en Eldrys, no en ningún lugar cercano. Se han refugiado en el reino de Beinever.

Selindra intercambió una mirada rápida con Roger.

—Beinever… —musitó ella, casi para sí misma—. Eso explica muchas cosas.

—Exacto —dijo Yercal—. Ahora sabemos dónde están. Esa información era lo único que nos faltaba.

Sus ojos se fijaron en Roger, con una intensidad que hizo que él sintiera el peso de cada palabra.

—No los subestimen —advirtió Yercal—. No sabemos cuánto han aprendido, ni cuán fuertes pueden ser realmente. Pero debemos asumir que podrían ayudarnos a enfrentar lo que viene. Y para eso… debemos prepararnos.

Roger respiró hondo, cruzando los brazos, procesando lo que acababa de escuchar. Selindra permaneció a su lado, silenciosa, asintiendo levemente.

—Entonces eso es todo por ahora —concluyó Yercal—. Solo tengan esto en mente: la preparación será la clave. Sin ella, ir a Beinever no será más que un paseo peligroso.

Ambos lo escucharon en silencio. No había dudas sobre la importancia de sus palabras. El día estaba claro, la mañana avanzada, pero la tensión no desaparecía. Todo lo que sabían hasta ahora solo confirmaba una cosa: necesitaban estar listos, y hacerlo con cuidado.

Selindra miró a Roger, y aunque no dijo nada, él sintió su mensaje: lo habían entendido, y ahora debían actuar.

Yercal, por su parte, se mantuvo un momento más, evaluando la determinación en sus rostros. Sin una palabra más, se giró y se alejó, dejándolos con la información que cambiaría todo lo que seguiría.

El sol iluminaba la plaza, pero para Roger y Selindra, la luz no disipaba la sensación de urgencia que comenzaba a formarse. Ahora sabían dónde ir, y también que cualquier error podía costarles mucho más que el orgullo.

—

Roger se quedó en silencio un largo rato después de que Yercal se marchara. Sus manos descansaban sobre sus rodillas, pero no podía dejar de apretarlas de vez en cuando, como si necesitara canalizar toda la tensión que sentía.

Selindra permaneció a su lado, observándolo con cuidado. No dijo nada de inmediato; sabía que no podía forzarlo. Él debía digerir la información, aunque su orgullo se interpusiera.

—Así que… están en Beinever —murmuró Roger al fin, sin mirar a nadie—. Eso es lo que nos faltaba.

Selindra asintió, sin presionarlo, pero manteniendo la firmeza en su voz.

—Sí —dijo—. Yercal lo confirmó. Es la única pista que tenemos para encontrarlos y… tal vez… para poder hacer algo contra lo que se viene.

Roger soltó un suspiro profundo.

—No puedo simplemente decir que necesitamos ayuda —musitó—. No… no así. No puedo admitir que… que no puedo solo.

Selindra lo miró, suave pero firme:

—No se trata de admitir debilidad —dijo—. Se trata de ser inteligente. De reconocer cuándo necesitamos a otros para sobrevivir… y para ganar.

Él apretó los labios, todavía con orgullo, pero la tensión en sus hombros se suavizó ligeramente.

—Supongo que tienes razón… —dijo con voz baja—. Pero no será fácil. No puedo simplemente… confiar en alguien más.

—Ni deberías hacerlo a la ligera —replicó Selindra—. Pero esto no es un juego. Si vamos a enfrentar algo como Cristel, no podemos permitirnos tonterías.

Roger cerró los ojos un momento, dejando que la calma y la frustración se mezclaran.

—Está bien —dijo finalmente, abriendo los ojos—. Vamos a… considerar buscar a esos chicos. Pero no esperes que lo diga con demasiada humildad —añadió, y Selindra no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa—. Mi orgullo sigue intacto.

—Lo sé —respondió ella—. Y lo respeto. Pero debemos actuar. Ahora sabemos lo que nos falta, y no podemos ignorarlo.

Ambos se quedaron un rato en silencio, observando cómo la luz de la mañana se extendía por el pueblo. La información de Yercal les había dado claridad, pero también les recordaba la magnitud de lo que se venía.

Roger no hablaba más, pero Selindra pudo sentir que sus pensamientos giraban en torno a lo mismo: dónde estaban los chicos, qué tan fuertes eran, y cómo podrían, finalmente, enfrentarse a Cristel con alguna posibilidad de éxito.

Era un momento de calma tensa. No había planes aún, no había movimientos, solo la comprensión de que el siguiente paso dependía de ellos y del entendimiento que finalmente habían comenzado a tener el uno del otro.

Selindra, por su parte, respiró hondo y le dio un leve golpe en el hombro:

—Hoy solo pensemos —dijo suavemente—. Mañana será el momento de prepararnos.

Roger asintió, aunque sin decir nada. Por primera vez desde Eldrys, sentía que no estaba completamente solo. Y aunque su orgullo seguía presente, entendía que el camino que tenían por delante no podía recorrerse sin alguien más.

El sol continuaba ascendiendo, iluminando el pueblo, pero para Roger y Selindra, la luz no disipaba la sensación de urgencia. Sabían lo que tenían que hacer. Solo quedaba tiempo… para procesar, para decidir, y para prepararse.

—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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