Vornex: Temporada 1 - Capítulo 134
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Capítulo 134: Capítulo 134: El equilibrio antes del poder
El sol apenas iluminaba Beinever cuando los chicos se despertaron para su tercer día de entrenamiento. La luz de la mañana atravesaba las cortinas de las habitaciones, y el aire fresco entraba por las ventanas. Para sorpresa de todos, se levantaron más descansados y llenos de energía que nunca; incluso sus músculos parecían más receptivos, como si el cuerpo hubiera aprendido a adaptarse al entrenamiento.
Sin embargo, algo andaba raro.
Durante el desayuno en el salón principal, notaron que el rey Gimson caminaba de un lado a otro, ligeramente nervioso, su expresión tensa y las manos entrelazadas detrás de la espalda. No era habitual verlo así; normalmente era sereno y seguro.
-¿Qué pasa hoy? -preguntó Eiden mientras tomaba un poco de pan-. Se le ve… diferente.
Gimson los miró un instante, con una sonrisa forzada, y negó con la cabeza.
-No pasa nada. Son asuntos de la realeza. Continúen con su entrenamiento. -Su voz estaba firme, pero no completamente tranquila-. Les deseo suerte.
Los chicos intercambiaron miradas y murmullaron entre ellos, inquietos. Cuando el rey se retiró con paso apresurado, el ambiente quedó cargado de curiosidad y preocupación.
-Se le notaba raro -dijo Karl mientras dejaba su taza sobre la mesa-. Como si algo grande estuviera pasando.
-Tal vez sea algún conflicto con otro reino -intervino Lujius, observando a los demás-. En Velthar no es raro que los reinos discutan por recursos o dinero. Aunque las guerras terminaron hace tiempo, los debates y disputas siguen siendo comunes.
-Entonces… tal vez tenga que dar algún discurso o negociar algo importante -comentó Eiden, frunciendo el ceño-. Eso explicaría su nerviosismo.
Azerion asintió, mirando a sus amigos:
-No hay motivo para alarmarse. Seguro es algo que pueda manejar. Pero si se complica, estaremos listos para defenderlo.
Nyrek, que hasta ahora había estado observando en silencio, agregó:
-Mientras no nos afecte directamente, no hay razón para preocuparnos demasiado. Pero debemos mantenernos atentos.
Los chicos asintieron, sintiendo un alivio relativo, y terminaron de desayunar antes de dirigirse al campo de entrenamiento. Sin embargo, mientras ellos empezaban su rutina, el rey Gimson se alejaba del salón, caminando con paso rápido por un largo pasillo del reino.
—
El corredor era silencioso, apenas iluminado por la luz que entraba por las ventanas altas. Llegó a una puerta al final del pasillo, la abrió y descubrió unas escaleras que descendían hacia un nivel oculto del reino. Cada paso que daba hacía eco, reverberando por las paredes de piedra.
Al llegar al final de las escaleras, se encontró con una habitación apartada. Colocó su mano sobre una de las antorchas y, con un gesto, encendió todas las que había. La luz iluminó una plataforma pequeña en el centro, sobre la que descansaba un fragmento incrustado que emitía un brillo misterioso.
Gimson suspiró, concentrándose. Extendió las manos sobre el fragmento, canalizando su poder en el. El objeto respondió, iluminándose con un resplandor que parecía latir como un corazón. Luego, abrió un libro colocado en un estante junto a la plataforma y escribió unas coordenadas precisas. Al hacerlo, el fragmento reaccionó y un portal comenzó a abrirse frente a él, girando lentamente como un ojo observador.
El rey observó el portal un instante, respiró hondo, y sin dudarlo, dio un paso adelante.
—
Cuando cruzó, el aire cambió. No estaba en Velthar, ni siquiera en un lugar que pudiera reconocer. Caminó por un pasillo largo y silencioso, hasta llegar a una gran sala iluminada por luces etéreas. Allí lo esperaban figuras solemnes, alineadas a lo largo de una mesa larga.
Solo estaban los representantes de los otros mundos: líderes del centro, Sur, Este y Oeste. Todos lo saludaron al llegar, y cada uno tenía una expresión seria, preocupada, casi tensa. Habían estado esperándolo.
-Bienvenido, Gimson -dijo el representante del centro-. Esperábamos que vinieras.
-Gracias -respondió él con respeto, aunque su mirada mostraba tensión-. Espero que podamos resolver lo que ha traído a todos hasta aquí.
El ambiente era denso. Nadie hablaba aún, pero la atmósfera estaba cargada de anticipación y nerviosismo. Gimson sabía que aquello no sería una reunión común: Hiban había convocado a los líderes para tratar un asunto que podría afectar a todos los mundos.
Suspiró, cerrando los ojos un momento. Este día, pensó, no solo pondría a prueba su diplomacia, sino también su capacidad para enfrentar lo que estaba por venir.
—
El santuario volvió a cerrarse tras ellos con un sonido grave y profundo.
Eiden fue el primero en notarlo.
No era cansancio. No era dolor. Era… silencio.
—¿Lo sienten? —preguntó, mirando alrededor.
Karl estiró los hombros y respiró hondo. El aire se sentía más denso que los días anteriores, como si el lugar estuviera observándolos.
—Sí… —respondió—. No es pesado, pero tampoco es normal.
Azerion, que ya estaba en el centro del santuario, sonrió de lado.
—Eso es porque hoy el santuario no va a empujarlos —dijo—. Hoy los va a poner a prueba.
Lujius caminó lentamente hasta quedar frente a ellos. Su pie golpeo el suelo una sola vez.
—El tercer día no se trata de fuerza —explicó—. Ni siquiera de resistencia. Se trata de control bajo presión.
Nyrek, apoyado contra una columna, los observaba con atención, sin decir nada.
—Hasta ahora —continuó Lujius— han aprendido a activar el poder, a sostenerlo y a ampliarlo. Hoy aprenderán algo más difícil.
Hizo una pausa.
—A no depender de él.
Karl frunció el ceño.
—¿Cómo se supone que entrenemos poder… sin usar poder?
Azerion dio un paso al frente.
—Usándolo —respondió—. Pero solo cuando sea absolutamente necesario.
El suelo del santuario cambió.
No de forma violenta. No de golpe.
El terreno se fragmentó lentamente, elevando plataformas irregulares a distintas alturas. Algunas se movían. Otras giraban. Otras se deshacían y volvían a formarse.
—Genial… —murmuró Karl—. Odio cuando hacen eso.
Lujius sonrió apenas.
—No pueden volar. No pueden impulsarse con energía. No pueden usar aumentos constantes.
Eiden lo miró, serio.
—¿Y si caemos?
—Caen —respondió Lujius con total naturalidad—. Y vuelven a intentarlo.
Azerion chasqueó los dedos.
En el aire aparecieron sombras móviles, figuras humanoides sin rostro, formadas por energía opaca.
—No son enemigos —aclaró—. No atacan. Pero estorban.
Las sombras comenzaron a moverse entre las plataformas, cruzándose en su camino, bloqueando saltos, obligándolos a cambiar de dirección.
—El objetivo —dijo Lujius— es llegar al otro extremo del santuario. Juntos. Sin perder el equilibrio. Sin perder la calma.
Karl soltó una risa corta.
—¿Y si uno llega antes?
Lujius lo miró fijamente.
—Entonces fallaron.
Silencio.
Eiden miró a Karl. Karl lo miró a él.
No hubo competencia esta vez. No hubo desafío.
Solo un asentimiento.
—Vamos —dijo Eiden.
Dieron el primer salto.
Karl casi resbala al caer, pero Eiden lo sujetó del brazo a tiempo.
—Bien —murmuró Karl—. Eso cuenta como trabajo en equipo.
—Cállate y concéntrate —respondió Eiden, aunque sonrió.
Las sombras pasaron cerca, obligándolos a agacharse, a girar, a frenar en seco. Varias veces estuvieron a punto de usar el poder por reflejo… pero se contuvieron.
Respiraban. Pensaban. Se adaptaban.
Desde lejos, Nyrek habló por primera vez.
—Están mejorando —dijo—. No porque sean más fuertes. Sino porque ya no quieren demostrarlo.
Lujius asintió.
—Exacto.
Azerion cruzó los brazos, observándolos con atención.
—Antes reaccionaban —dijo—. Ahora eligen.
Mientras tanto, en algún lugar muy lejos de allí, Gimson caminaba entre reyes nerviosos y verdades peligrosas.
Pero los chicos no lo sabían.
En ese momento, su mundo se reducía a plataformas inestables, sombras silenciosas y una verdad que empezaba a quedar clara:
El verdadero entrenamiento no era aprender a golpear más fuerte.
Era aprender cuándo no hacerlo.
Y ese aprendizaje… apenas comenzaba.
—
El primer tramo lo superaron… por poco.
Karl cayó de rodillas sobre una plataforma que se desplazaba lentamente hacia un costado. El movimiento lo desestabilizó y, por reflejo, una chispa de energía recorrió su cuerpo.
—¡No! —se detuvo a sí mismo, apretando los dientes.
La energía se disipó.
Eiden lo observó desde la plataforma opuesta.
—Bien hecho —dijo—. Te detuviste a tiempo.
Karl exhaló con fuerza.
—Es más difícil de lo que parece… —murmuró—. El cuerpo quiere reaccionar solo.
—Porque todavía cree que el poder es la respuesta a todo —intervino Lujius desde abajo—. Y hoy están aquí para demostrarle que no siempre lo es.
Las sombras comenzaron a cambiar su patrón.
Ya no solo bloqueaban caminos. Ahora anticipaban.
Cuando Eiden saltó, una de ellas se cruzó justo en el punto donde iba a caer. No lo tocó… pero lo obligó a girar en el aire y aterrizar de costado.
Rodó. Se detuvo al borde.
El vacío debajo parecía infinito.
Karl contuvo la respiración.
—¿Estás bien?
Eiden apoyó una mano en el suelo, concentrándose.
—Sí… pero ya entendí algo.
Levantó la mirada hacia las sombras.
—No nos están probando el cuerpo —dijo—. Nos están probando la cabeza.
Azerion sonrió con aprobación.
—Exacto.
Lujius caminó lentamente alrededor del santuario.
—Si entran en pánico, usan el poder. Si se frustran, fuerzan el cuerpo. Si compiten, se separan.
Hizo una pausa.
—Y si se separan… caen.
Karl tragó saliva.
—Entonces esto no es llegar al final…
—No —respondió Lujius—. Es cómo llegan.
Siguieron avanzando.
A veces Eiden iba delante, calculando saltos, analizando trayectorias. Otras veces era Karl quien avanzaba primero, marcando ritmo, midiendo tiempos.
Cuando uno dudaba, el otro esperaba. Cuando uno se apresuraba, el otro lo frenaba.
Las sombras comenzaron a agruparse.
No atacaban. No bloqueaban directamente.
Presionaban.
Se acercaban demasiado. Reducían el espacio. Forzaban decisiones rápidas.
Karl sintió el sudor correrle por la frente.
—Esto es… como pelear sin pelear —dijo entre dientes.
—No —respondió Eiden—. Es pelear contra nosotros mismos.
Un salto mal calculado.
Karl resbaló.
Esta vez no hubo tiempo para pensar.
Eiden se lanzó sin dudarlo, lo tomó del brazo y ambos cayeron sobre una plataforma más baja, rodando juntos.
Dolor. Golpes secos. Respiración agitada.
Pero seguían ahí.
Azerion aplaudió una sola vez.
—Eso fue instinto correcto —dijo—. No usaste poder. Usaste prioridad.
Karl se quedó mirando el techo del santuario.
—Nunca pensé que… —dijo, respirando fuerte— confiar en otro fuera tan… agotador.
Eiden soltó una pequeña risa.
—Porque siempre peleaste solo.
Silencio.
No era un reproche. Era un hecho.
Se levantaron despacio.
Las plataformas comenzaron a estabilizarse.
Lujius se puso firme.
—Suficiente por ahora.
Las sombras se disiparon como humo.
El santuario volvió a la calma.
Karl se dejó caer sentado.
—No siento los brazos… —dijo—. Y eso que casi no usamos poder.
—Ese es el punto —respondió Lujius—. El cuerpo también se cansa cuando la mente está alerta todo el tiempo.
Nyrek se acercó un poco más.
—Hoy aprendieron algo que muchos guerreros nunca entienden —dijo—. Que el verdadero peligro no es quedarse sin poder…
Los miró con seriedad.
—…sino depender de él.
Eiden cerró los ojos un momento.
Pensó en su abuelo. En las enseñanzas. En la paciencia.
Karl pensó en su madre. En resistir. En aguantar sin caer.
Ambos entendieron lo mismo.
Este entrenamiento no los estaba haciendo más fuertes.
Los estaba haciendo mejores.
Y aún faltaba mucho camino por recorrer.
—
El santuario quedó en silencio.
No un silencio vacío, sino uno denso, casi palpable, como si el lugar mismo esperara el siguiente paso.
Lujius camino y los observó a los tres.
—Han llevado el Pre-first power hasta su límite actual —dijo con voz firme—.
Forzarlo más ahora solo rompería el equilibrio que acaban de construir.
Karl y Eiden se miraron brevemente. Ambos lo sabían. El cuerpo ya no pedía esfuerzo… pedía orden.
—Lo que sigue no se entrena con golpes —continuó Lujius—.
Se entrena con presencia.
Azerion dio un paso al frente.
—Meditación —dijo—. No para descansar, sino para afinar.
Nyrek observaba en silencio desde un costado.
Lujius sacó el Cristal de Ankaris. La luz que emanaba era estable, tranquila, muy distinta a la presión que ejercía cuando se usaba sin control.
—Solo uno lo usará —explicó—.
Mientras tanto, los otros dos deberán sostener su energía sin moverla… sin empujarla… sin huir de ella.
Miró a Eiden y Karl.
—Decidan.
Hubo un pequeño silencio.
Karl frunció el ceño, como si fuera a hablar primero, pero Eiden se adelantó.
—Que lo use Karl.
Todos lo miraron.
Karl parpadeó, sorprendido.
—¿Seguro? —preguntó—. Yo pensé que…
Eiden negó con la cabeza.
—Hoy ya entendí algo —dijo—. No se trata de quién crece más rápido, sino de que ninguno quede atrás.
Además… —hizo una pausa— tú necesitas sentir ese límite desde adentro.
Karl lo observó unos segundos. Luego asintió lentamente.
—Gracias —dijo en voz baja—. No lo voy a desperdiciar.
Lujius le entregó el cristal.
—Recuerda —advirtió—. No lo fuerces.
Deja que te muestre hasta dónde puedes llegar… no hasta dónde quieres.
Se acomodaron.
Eiden y Azerion se sentaron frente a frente, con las piernas cruzadas. Las manos apoyadas sobre las rodillas. La espalda recta.
Karl quedó a unos metros, de pie, con el cristal entre las manos.
—Empiecen —dijo Lujius.
Eiden cerró los ojos.
No llamó al poder. No lo empujó.
Solo respiró.
Sintió el Pre-first power recorrer su cuerpo, estable, contenido, como una corriente que ya no necesitaba desbordarse para existir.
Azerion, a su lado, parecía una estatua. Su energía era profunda, densa, pero perfectamente controlada. Meditar para él no era algo nuevo… era su estado natural.
Karl inhaló hondo.
El cristal reaccionó de inmediato.
Una oleada suave, pero constante, recorrió su cuerpo. No era violenta. No era caótica. Era… exigente.
Sus músculos se tensaron. Sus sentidos se agudizaron. Su respiración se volvió pesada.
—No resistas —dijo Lujius—.
Observa.
Karl apretó los dientes y aflojó los hombros.
El poder aumentó.
Sintió cómo cada fibra de su cuerpo se veía obligada a adaptarse. No era dolor… era presión pura. Como si el cristal le preguntara, una y otra vez:
¿Puedes sostener esto sin romperte?
El sudor comenzó a correrle por la espalda.
Eiden, con los ojos cerrados, lo sintió.
No miró. No habló.
Solo mantuvo su energía estable, como le habían enseñado. Si se inquietaba, el entorno lo notaría.
Azerion abrió un ojo apenas.
—No se separen —murmuró—.
Aunque no se estén moviendo.
Karl dio un paso atrás, respirando con dificultad.
El cristal brilló un poco más.
—Basta —dijo Lujius de inmediato.
La luz se atenuó.
Karl soltó el cristal y cayó de rodillas, apoyando las manos en el suelo.
Respiraba como si hubiera corrido kilómetros.
Pero… sonreía.
—Lo sentí —dijo entre jadeos—.
No me superó… pero tampoco lo dominé.
Lujius asintió.
—Eso es exactamente donde debes estar.
Eiden abrió los ojos y lo miró.
—¿Cómo fue?
Karl levantó la vista.
—Como mirarme al espejo —respondió—.
Sin golpes. Sin excusas.
Azerion se puso de pie.
—Entonces funcionó.
El entrenamiento no había terminado.
Pero algo había cambiado.
Ya no se trataba de cuánto poder podían usar…
Sino de cuánto podían sostener sin perderse a sí mismos.
Y ese era un camino mucho más largo.
—
Karl permaneció de rodillas unos segundos más, respirando con lentitud.
Ya no era el jadeo desordenado de antes.
Era una respiración profunda, consciente.
Cuando se puso de pie, algo era distinto.
No se veía más fuerte.
Se veía más estable.
Lujius lo observó con atención, cruzado de brazos.
—Vuelve a tomar el cristal —dijo.
Karl dudó apenas… y luego obedeció.
El Cristal de Ankaris reaccionó de inmediato, pero esta vez no hubo sacudida violenta. La energía fluyó con mayor suavidad, como si el cristal reconociera el cambio.
Karl abrió los ojos con sorpresa.
—Es… diferente —murmuró—.
No empuja tanto.
—No —respondió Lujius—.
Eres tú el que ya no se rompe al tocarlo.
Karl apretó el cristal entre las manos.
La energía subió.
Pero esta vez no lo obligó a retroceder. No le tensó los músculos hasta el límite. Se expandió dentro de él, recorriendo su cuerpo con precisión.
—Lo estás controlando mejor —dijo Azerion—.
No porque tengas más poder… sino porque ya sabes dónde ponerlo.
Karl asintió lentamente.
—Antes solo quería aguantar —confesó—.
Ahora… lo siento moverse conmigo.
Eiden observaba en silencio, atento a cada detalle.
—Eso significa que el Pre-first power dejó de ser una reacción —añadió Lujius—.
Empieza a ser una herramienta.
Karl dio un paso al frente.
Luego otro.
El cristal seguía brillando, pero ya no lo dominaba.
—Puedo moverme —dijo—.
Antes apenas podía mantenerme en pie.
Lujius sonrió apenas.
—Entonces cambiaremos el ejercicio.
Azerion levantó la vista.
—¿Cómo?
—Meditación activa —respondió Lujius—.
Karl usará el cristal.
Eiden y Azerion deberán moverse alrededor de él sin romper su estado.
Eiden parpadeó.
—¿Moverse… mientras meditamos?
—Exacto —dijo Lujius—.
Porque en combate, el equilibrio no se encuentra sentado.
Se posicionaron.
Karl en el centro, con el cristal.
Eiden y Azerion comenzaron a caminar lentamente alrededor, respirando, manteniendo su energía estable, sin proyectarla, sin dejar que se dispersara.
Cada paso requería concentración.
Karl sintió el cambio en el entorno.
Las presencias. Las corrientes. El ritmo.
Por primera vez, no lo saturaron.
—Los siento —dijo—.
Pero no me interfieren.
Azerion abrió los ojos.
—Eso es control compartido —dijo—.
No estás solo sosteniendo tu poder.
Estás aceptando el de los demás sin que te desestabilice.
Eiden respiró hondo.
—Antes… esto me habría sacado de concentración —admitió—.
Ahora solo… está ahí.
Lujius los observaba con atención.
No intervenía. No corregía.
Ellos mismos estaban encontrando el punto.
Karl levantó una mano.
La energía del cristal respondió, formando una leve vibración en el aire. No era un ataque. No era una defensa.
Era presencia pura.
—Nunca había llegado a esto —dijo Karl—.
Siempre entrenaba para resistir.
Nunca para entender.
Eiden sonrió de lado.
—Supongo que eso nos pasa a los tres.
Azerion asintió.
—Y a mí también —admitió—.
Solo que de otra forma.
Lujius dio un paso al frente.
—Hoy no ganaron más poder —dijo—.
Pero se acercaron a algo mucho más importante.
Los miró uno por uno.
—Consistencia.
El cristal dejó de brillar.
Karl lo bajó con cuidado.
No estaba exhausto. No estaba temblando.
Estaba cansado… bien cansado.
—Podría seguir —dijo.
Lujius negó con la cabeza.
—Y eso es exactamente por lo que no lo harás.
Eiden rió suavemente.
—Tiene razón.
Azerion cruzó los brazos.
—El cuerpo aprende cuando se le da tiempo para asimilar.
Los cuatro quedaron en silencio un momento.
El entrenamiento no había terminado el día.
Pero algo era claro para todos:
Ya no estaban entrenando para sobrevivir.
Estaban entrenando para crecer juntos.
Y ese cambio…
era el más peligroso de todos para alguien como Cristel.
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