Vornex: Temporada 1 - Capítulo 139
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Capítulo 139: Capítulo 139: Lo que empieza a despertar
El santuario amaneció en silencio.
No era un silencio vacío, sino uno pesado, cargado de energía contenida.
Los chicos ya no se levantaban con dificultad como los primeros días. Sus cuerpos aún dolían, sí, pero ahora ese dolor era distinto: no frenaba, empujaba.
Karl fue el primero en ponerse de pie.
Miró el Cristal de Ankaris que descansaba sobre la base de piedra. Ya no le imponía respeto… ahora le imponía responsabilidad.
Lujius lo observaba desde unos pasos atrás.
—Recuerda —dijo con calma—. No fuerces nada. Deja que fluya.
Karl asintió, respiró hondo y tomó el cristal.
Al principio fue igual que siempre: una oleada de energía recorriendo su cuerpo, amplificando cada músculo, cada sentido. Pero esta vez no fue caótica.
Esta vez no se desbordó.
La energía se asentó.
Karl sintió cómo su respiración se estabilizaba, cómo su corazón latía con fuerza, pero sin perder el ritmo. Sus piernas se sentían más firmes, sus brazos más ligeros. No era solo fuerza… era control.
El mundo pareció ensancharse a su alrededor.
Podía sentir el suelo bajo sus pies con más claridad, el aire rozando su piel, incluso el leve movimiento de energía de Eiden y Azerion mientras meditaban a unos metros.
—Esto es… —murmuró Karl, apretando el puño— distinto.
Lujius sonrió.
El cristal había alcanzado su límite seguro: cien veces más capacidad física y energética. Para muchos, ese poder habría sido incontrolable. Para Karl… era pesado, pero soportable.
Dio un paso.
Luego otro.
Cada movimiento era más preciso. Saltó, cayó con suavidad. Corrió, se detuvo sin perder equilibrio. Su energía no explotaba, respondía.
—No te sientas invencible —advirtió Lujius—. Si bajas la concentración, lo pagarás.
Karl lo sabía. Lo sentía.
Pero aun así, por primera vez desde que comenzó todo, pensó algo peligroso:
Estoy creciendo.
Eiden abrió los ojos desde su meditación y lo miró con una mezcla de sorpresa y admiración.
—Se nota —dijo—. Cambiaste.
Karl soltó el cristal y exhaló lentamente. La energía bajó, pero no desapareció del todo. Algo había quedado.
—Sí… —respondió—. Y todavía no es todo.
El entrenamiento continuó: combate controlado, resistencia, canalización de energía. Azerion avanzaba más lento, pero firme. Eiden afinaba su control mental. Karl, por su parte, aprendía algo nuevo: qué hacer con tanto poder sin perderse en él.
—
Mientras tanto, en el reino…
Nyrek y Bertel caminaban por los pasillos del castillo cuando vieron a Gimson apoyado junto a una columna, con la mirada perdida.
No era normal.
—Majestad —dijo Nyrek—. ¿Se encuentra bien?
Gimson tardó unos segundos en reaccionar.
—Sí… —respondió, aunque su tono no convencía—. Solo… asuntos del reino.
Bertel lo observó con atención.
—No suele desaparecer sin avisar —añadió—. ¿A dónde fue?
Gimson apretó los labios.
—No es algo que deba preocuparlos.
Nyrek dio un paso al frente.
—Con respeto, rey Gimson… si es algo que lo tiene así, tal vez sí debería preocuparnos.
El silencio se alargó.
Finalmente, Gimson suspiró.
—Fui a una reunión —dijo—. Con los otros reyes.
Ambos se tensaron.
—¿Una reunión? —repitió Bertel—. ¿Por qué?
Gimson dudó… pero habló.
Les contó todo: la convocatoria del rey del centro, la presencia de los reyes del norte, sur, este y oeste. Les habló de Dark. De su crecimiento. De los dispositivos que ya no aguantaban.
Nyrek sintió un escalofrío.
—Entonces… es real.
—Más de lo que quisiera —respondió Gimson.
Bertel frunció el ceño.
—Y ese… guerrero del que hablaron. El de la profecía. ¿Usted sabe quién es?
Gimson no respondió de inmediato.
Una gota de sudor recorrió su sien.
—Sé… quién podría ser —admitió—. Pero no estoy seguro. Y decirlo sin certeza sería condenarlo antes de tiempo.
Nyrek dio un paso más.
—Pero si Dark se libera… ¿no es necesario actuar?
—Sí —respondió Gimson con voz grave—. Y por eso es tan peligroso equivocarse.
Se giró.
—No puedo decirles su nombre. Porque si fallo… cargaré con esa culpa para siempre.
Dio media vuelta y comenzó a alejarse.
—Irè a la biblioteca —añadió—. Necesito pensar.
Nyrek y Bertel se quedaron allí, en silencio.
—No sabe quién es —murmuró Bertel al final.
Nyrek asintió.
—Y aun así… carga con todo como si lo supiera.
Ambos comprendieron algo en ese momento:
ser rey no significaba tener todas las respuestas… sino soportar el peso de no tenerlas.
—
Hace unos momentos Karl acababa de dominar el cristal de Ankaris al cien por ciento.
El entrenamiento no se detuvo.
Karl volvió a colocarse frente al Cristal de Ankaris una vez más. Esta vez no había ansiedad ni expectativa exagerada, solo concentración. Sus manos temblaron levemente al tomarlo, no por miedo, sino por el peso real de lo que estaba manejando.
La energía volvió a recorrerlo.
Pero ahora, Karl no luchó contra ella… la acompañó.
Ajustó su respiración, dejó que su cuerpo encontrara el ritmo correcto. Cada músculo respondió sin tensión innecesaria. Cada latido era fuerte, pero estable. La presión que antes amenazaba con romperlo, ahora se distribuía de forma uniforme.
Dio un paso firme.
Luego otro.
—Bien… —murmuró Lujius, observándolo con atención—. No estás forzando nada.
Karl cerró los ojos un instante. Sintió su energía expandirse, pero no perder forma. La amplificación era total, clara, cien veces más, y aun así… seguía siendo él.
Abrió los ojos.
En ese momento, algo encajó.
El cristal ya no era un objeto externo.
Era una extensión de su voluntad.
La energía respondió al instante.
Karl levantó el brazo y concentró su fuerza. El aire vibró a su alrededor, el suelo crujió ligeramente bajo sus pies, pero no hubo descontrol. Todo se mantuvo contenido, preciso.
Soltó el cristal lentamente.
La energía descendió con suavidad.
Karl cayó de rodillas, respirando agitado… pero sonriendo.
—Lo… logré —dijo entre jadeos.
Lujius se acercó y apoyó una mano en su hombro.
—Sí —respondió—. Ahora sí. Dominio completo.
Karl alzó la vista.
—Se siente… increíble. Pero también agotador.
—Como debe ser —dijo Lujius—. El poder real siempre cansa. Descansa ahora. Te lo ganaste.
Karl asintió y se recostó contra una columna del santuario, dejando que su cuerpo se recuperara poco a poco.
A unos metros, Eiden y Azerion seguían meditando.
Eiden tenía el rostro sereno, su respiración profunda y estable. Su energía fluía de forma constante, cada vez más refinada. Azerion, en cambio, sudaba levemente. Su expresión mostraba esfuerzo, pero no frustración. Estaba avanzando… a su manera.
Lujius los observó a ambos.
Cada uno crece distinto, pensó.
El cuarto día aún no había terminado, pero algo era claro:
los chicos ya no eran los mismos que habían llegado al santuario.
—
Mientras tanto… en las afueras de Beinever
El sol comenzaba a descender cuando un grupo avanzaba por el camino principal que conducía al reino.
Alis iba al frente.
A su lado caminaban Liam, Teneb, Drosk, Selanne, Varka, Yon, Paul y Richeld. Sus pasos eran firmes, sincronizados, como si el viaje ya hubiera reforzado aún más el vínculo entre ellos.
A lo lejos, Beinever se alzaba ante sus ojos.
Las murallas reflejaban la luz del atardecer, imponentes, silenciosas.
Nadie habló.
No hacía falta.
Sabían que habían llegado.
El grupo siguió avanzando, acercándose cada vez más a las puertas del reino…
mientras, en otro punto de Beinever, el cuarto día de entrenamiento de los chicos llegaba lentamente a su fin.
—
Nyrek y Bertel fueron los primeros en notar su llegada.
Ambos se encontraban cerca del acceso principal cuando vieron al grupo aproximarse. Al reconocer a Alis, Bertel se enderezó de inmediato.
—Llegaron… —murmuró.
Nyrek asintió, serio.
—Y no parecen haber venido solo de visita.
Alis se detuvo frente a ellos. No hubo sonrisas ni saludos largos.
—Tenemos que hablar —dijo con firmeza.
Nyrek y Bertel se miraron un instante y entendieron que no era algo menor.
—Sígannos —respondió Nyrek—. Busquemos un lugar donde no nos interrumpan.
—
Ya apartados, Alis comenzó a relatarlo todo.
Habló del viaje.
Del bar.
De las pociones de debilidad que habían conseguido.
Y finalmente… de Cristel.
A medida que avanzaba, la expresión de Nyrek se endurecía. Bertel permanecía en silencio, escuchando con atención absoluta.
—Solo lo vimos una vez —explicó Alis—, pero fue suficiente. No vino a negociar. No vino a advertir. Vino a medir fuerzas.
—¿Y estás segura de que volverá? —preguntó Bertel.
—Completamente —intervino Selanne—. No terminó lo que empezó.
Alis respiró hondo.
—Cuando vuelva, su objetivo será Velthar.
El aire se volvió pesado.
—Entonces esto ya no es solo un problema externo —dijo Nyrek—. Es una amenaza directa al reino.
—Por eso tenemos que detenerlo —continuó Alis—. Sabemos que no podemos enfrentarlo de frente… pero con estrategia y trabajando juntos, podemos hacerlo.
Bertel bajó la mirada unos segundos.
—Esto es más grave de lo que imaginábamos.
—Siempre lo fue —respondió Alis.
—
Mientras tanto, en el santuario…
El entrenamiento había terminado.
El cansancio era evidente, pero también el avance. Eiden, Karl y Azerion salieron poco a poco del recinto, respirando con dificultad, con el cuerpo pesado por el esfuerzo acumulado.
—Necesito un baño urgente —gruñó Karl.
—Nunca pensé que estaría de acuerdo contigo —respondió Eiden—, pero sí.
Azerion no dijo nada, pero su expresión mostraba lo mismo: agotamiento… y progreso.
Lujius los observó con atención.
—Eso es buena señal —dijo—. Significa que hoy dieron un paso real.
—
Después de bañarse y cambiarse, salieron nuevamente al exterior.
Y entonces los vieron.
Un grupo reunido cerca del acceso.
Varias caras conocidas.
Y en el centro…
—…¿Alis? —murmuró Eiden, deteniéndose en seco.
Karl entrecerró los ojos.
—¿Liam…?
Azerion se quedó quieto, en silencio.
Lujius no intervino. Simplemente observó.
No tardaron en acercarse.
Las miradas se cruzaron. Hubo un breve silencio, cargado de cosas no dichas.
—Vaya… —dijo Liam finalmente—. Siguen en pie.
Karl soltó una risa breve.
—Por ahora.
Eiden avanzó un paso.
—No teníamos idea de dónde estabas —dijo—. De repente… desapareciste.
—Fue inevitable —respondió Liam—. Pero ahora estamos aquí.
Alis volvió a tomar la palabra, esta vez frente a todos.
Repitió lo esencial.
Quién era Cristel.
Lo que había hecho.
Y lo que planeaba hacer.
Mientras hablaba, Marla y Ravel se acercaron, habiendo escuchado parte de la conversación. Detrás de ellos llegaron también Marc y Warquer, atraídos por el tono serio del grupo.
Nadie interrumpió.
Cuando Alis terminó, el silencio fue absoluto.
Fue Liam quien lo rompió.
—Hay algo más —dijo, sacando una pequeña botella—. Logramos crear pociones de debilidad.
La sostuvo frente a Eiden y Karl.
—No lo derrotarán por sí solas. Pero pueden darnos una oportunidad real.
Karl observó el frasco con atención.
—Entonces… esto ya no es improvisar.
—No —respondió Liam—. Es planear.
Azerion habló por primera vez.
—¿Y ustedes creen que funcionará?
—Creemos que es nuestra mejor opción —respondió Alis—. Pero solo si trabajamos juntos.
Lujius dio un paso al frente, sin intervenir de más.
—Aún no nos conocemos —dijo con calma—. Pero si esa amenaza es real… este no será un problema de unos pocos.
Marla cruzó los brazos.
—Sea quien sea ese tal Cristel… si viene por el reino, no va a hacerlo sin resistencia.
Warquer asintió.
—Y esta vez estaremos preparados.
Allí, bajo el cielo de Beinever, todos volvieron a coincidir.
No como antes.
No como simples conocidos.
Sino como personas que entendían, por primera vez,
que lo que venía los iba a necesitar a todos.
—
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