Vornex: Temporada 1 - Capítulo 146
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Capítulo 146: Capítulo 146: El limite que aún no cruza
Suli apenas tuvo tiempo de reaccionar.
La energía de Akram cambió.
No fue explosiva ni caótica… fue plena. Densa. Aplastante.
Como si el aire mismo se hubiera vuelto más pesado alrededor de él.
Los ojos de Suli se abrieron apenas un instante.
—Este poder…—
No terminó el pensamiento.
En un parpadeo, Akram ya estaba frente a ella.
No hubo técnica elegante ni advertencia.
Solo una mano firme cerrándose alrededor de su pierna.
—Prepárate —dijo Akram con calma—. Porque ahora no me voy a contener.
Y la lanzó.
El mundo giró.
Suli salió disparada como un proyectil, atravesando el aire a una velocidad brutal hasta estrellarse contra el bosque cercano. El primer árbol se partió en dos al contacto. El segundo fue arrancado de raíz. El tercero explotó en astillas.
Su cuerpo rebotó entre troncos y ramas antes de caer con fuerza contra el suelo, levantando tierra, hojas y polvo.
Silencio.
Solo el crujido de la madera cayendo.
Suli quedó tendida unos segundos, con el pecho subiendo y bajando con dificultad.
Le dolía todo. No un dolor agudo… sino uno profundo, interno, como si sus músculos y huesos hubieran sido sacudidos hasta el límite.
Apoyó una mano en el suelo y tosió.
—Es… fuerte…—
No como los bandidos.
No como nadie a quien se hubiera enfrentado antes.
Se obligó a incorporarse, apoyándose en un tronco caído. Sus piernas temblaron, pero resistieron.
Levantó la mirada.
Akram caminaba hacia ella desde la distancia, tranquilo, sin apuro, como si supiera que no tenía a dónde huir.
Suli tragó saliva.
En su mente, una idea apareció con claridad brutal:
—Si no aumento mi poder al máximo… no voy a ganar.—
Su energía se agitó instintivamente, respondiendo a ese pensamiento. Lo sintió. Ese límite que había aprendido a no cruzar a la ligera. Ese punto donde todo se volvía más peligroso.
Apretó los dientes.
—Pero si lo hago ahora…—
Recordó Grimolt.
Las casas destruidas.
La gente escondida.
Leguer.
No podía perder el control.
No podía arrasar con todo solo para ganar.
Akram se detuvo a unos metros, observándola con atención.
—Vamos —dijo—. Levántate.
Suli se enderezó del todo, respirando hondo. Su cuerpo dolía, pero su mirada seguía firme.
—No… todavía no.—
Sabía que Akram la superaba en poder bruto.
Eso ya no era una duda.
Pero también sabía algo más.
—Todavía no tengo que llegar a ese punto.—
Sus pies se acomodaron sobre la tierra húmeda del bosque.
Su respiración se volvió más lenta, más controlada.
Akram ladeó ligeramente la cabeza, intrigado.
—¿Sigues de pie? —comentó—. Interesante.
Suli no respondió.
Solo pensó una cosa, con absoluta claridad:
—Antes de usar mi máximo… voy a intentarlo de otra forma.—
Y dio el primer paso.
—
Suli fue la primera en moverse.
No corrió de frente. No saltó.
Avanzó con pasos cortos y medidos, manteniendo el centro de gravedad bajo, los brazos listos.
Akram la observó sin moverse.
—No está desesperada…— pensó. —Interesante.
Cuando Suli estuvo lo suficientemente cerca, atacó.
Un golpe directo al torso, rápido, preciso.
Akram lo desvió con el antebrazo sin esfuerzo aparente y respondió con un codazo descendente. Suli giró el cuerpo en el último segundo; el golpe rozó su hombro y le arrancó el aire de los pulmones.
No se detuvo.
Giró sobre sí misma y lanzó una patada baja a la pierna de apoyo de Akram.
Esta vez él tuvo que moverse.
Retrocedió medio paso, lo justo para evitar que el impacto le desestabilizara, y sonrió apenas.
—Bien —dijo—. No atacas al azar.
Suli no respondió. Aprovechó ese mínimo retroceso para entrar de nuevo, encadenando golpes rápidos: puño, codo, rodilla. No buscaba fuerza. Buscaba ritmo.
Akram bloqueó la mayoría, pero uno pasó.
Un golpe seco en el costado.
No fue fuerte… pero fue limpio.
Akram bajó la mirada un instante hacia el punto del impacto, sorprendido más por el cómo que por el daño.
—Así que por ahí va la cosa…
Devolvió el ataque.
Un puñetazo directo al rostro.
Suli lo esquivó inclinando apenas la cabeza, pero Akram ya había previsto eso. El puño cambió de trayectoria en el último instante y se convirtió en un golpe con el dorso que impactó contra su mejilla.
El golpe la hizo retroceder varios pasos.
Suli escupió sangre.
No levantó la guardia.
No mostró miedo.
Volvió a entrar.
Esta vez Akram fue quien avanzó.
El suelo crujía bajo sus pies. Cada movimiento suyo era más pesado, más firme. No había desperdicio. No había gestos innecesarios.
Chocaron.
Puño contra antebrazo.
Rodilla contra cadera.
Hombro contra pecho.
El impacto hizo vibrar el aire entre ambos.
Suli sintió cómo sus brazos comenzaban a doler por bloquear. Cada golpe de Akram pesaba más que el anterior, como si su cuerpo estuviera hecho para aplastar resistencia.
—Es más fuerte…
—Mucho más fuerte…
Aun así, no retrocedió.
Se deslizó a su costado, golpeó una articulación, giró, atacó la espalda.
Akram giró con ella, rápido para alguien de su tamaño, y le dio un golpe directo al abdomen.
Suli sintió que el aire salía de golpe de sus pulmones.
Dio un paso atrás. Luego otro.
Akram avanzó.
—No estás mal —dijo, con voz tranquila—. Pero estás luchando cuesta arriba.
Suli apretó los dientes.
Se lanzó una vez más.
Esta vez logró conectar una serie limpia: dos golpes al torso, uno al rostro. Akram absorbió los impactos, pero el último le torció levemente la cabeza.
Silencio.
Akram se llevó una mano a la mandíbula y la movió despacio.
—Hm…
La bajó.
Sonrió.
—Tienes técnica. Disciplina. Y cabeza.
Su mirada se endureció apenas.
—Pero tu cuerpo ya lo está sintiendo.
Suli respiraba con dificultad ahora. No estaba exhausta… pero sí castigada. Cada choque la estaba desgastando más a ella que a él.
Lo sabía.
Akram dio un paso adelante.
—¿Cuánto tiempo crees que puedes mantener esto?
Suli no respondió.
Solo bajó ligeramente la postura, clavó los pies en el suelo…
y respiró hondo.
—Un poco más.—
El viento se movió entre los árboles rotos.
Akram frunció apenas el ceño.
Algo en su postura había cambiado.
—…¿Ah?
Y entonces, por primera vez desde que empezó el combate,
Suli dejó de reaccionar
y empezó a anticipar.
—
Perfecto. Seguimos despacio, con peso, y dejando claro que Akram lee la pelea, no es un bruto. Él siente que Suli se está conteniendo… y empieza a cerrarle el espacio.
—
Akram avanzó.
No con prisa.
No con rabia.
Cada paso suyo reducía el terreno de Suli, como si el espacio mismo se encogiera alrededor de ella. El suelo crujía bajo sus botas, firme, constante.
Suli retrocedió medio paso… luego otro.
No porque quisiera huir.
Porque no podía permitirse recibir otro golpe limpio.
Akram atacó.
Un golpe recto, directo al rostro.
Suli lo esquivó por centímetros, pero el segundo golpe ya venía en camino. Bajó el cuerpo, giró, y bloqueó con el antebrazo. El impacto le recorrió el brazo como una descarga, haciéndole temblar los dedos.
Akram no se detuvo.
Puño.
Patada.
Codo.
Una secuencia perfecta.
Suli apenas lograba seguirle el ritmo. Cada bloqueo le costaba más que el anterior. Su respiración ya no era silenciosa; se le escapaba entre los dientes.
—Es constante…
—No acelera, no se desordena…
Akram la empujó con el hombro y la mandó contra un tronco caído. La madera se partió al impacto.
Suli se reincorporó de inmediato, pero Akram ya estaba encima.
La agarró del brazo y la lanzó contra el suelo.
Suli rodó, se levantó de un salto y lanzó una patada alta. Akram la detuvo con el antebrazo y, con el mismo movimiento, le dio un golpe seco en las costillas.
El dolor fue inmediato.
Suli retrocedió jadeando.
Akram se detuvo.
La observó.
No con desprecio.
Con atención.
—Tu cuerpo ya está hablando —dijo con calma—. Y aun así sigues sin soltarlo.
Suli apretó los puños.
Volvió a colocarse en guardia, aunque sus piernas ya no respondían igual.
Akram ladeó la cabeza.
—Dime algo —continuó—. ¿Cuánto tiempo más piensas seguir así?
Dio un paso más.
—Esquivas bien. Lees mis movimientos. Anticipas mejor de lo que deberías.
Otro paso.
—Pero no estás usando todo lo que tienes.
Suli sintió un escalofrío.
Akram sonrió apenas.
—Lo noto en tu energía. Está… contenida. Ordenada.
Chocó el puño contra su palma.
—Eso no es instinto. Es decisión.
De repente, atacó de nuevo.
Un golpe tan rápido que Suli apenas pudo cruzar los brazos. El impacto la empujó varios metros, dejando una marca profunda en el suelo.
Cayó de rodillas.
Akram no la remató.
Se quedó ahí, frente a ella.
—¿Sabes qué pasa cuando alguien se guarda su máximo en una pelea real?
Suli levantó la mirada, sudor cayendo por su frente.
—Muere —respondió él mismo—. Porque el rival no espera.
Suli respiró hondo.
Se puso de pie, temblando apenas.
—No… —murmuró—. No siempre.
Akram alzó una ceja.
—¿Ah, no?
Suli bajó la postura. Sus pies se acomodaron de otra forma. Su respiración cambió, más profunda, más rítmica.
—Hay otras maneras —dijo—. No todo es fuerza.
Akram la miró fijamente.
Por primera vez…
se quedó en silencio más de un segundo.
Luego sonrió.
—Interesante.
El aire alrededor de él se volvió más pesado. No liberó más energía, pero su presencia se volvió opresiva.
—Entonces muéstrame —dijo—. Porque a este ritmo…
Avanzó un paso más, cerrando completamente la distancia.
—…el terreno ya no es tuyo.
Suli sintió cómo su corazón latía con fuerza.
—Ya casi…
—Un poco más…
Bajó la mirada al suelo por un instante.
Y Akram lo notó.
—¿Qué es eso? —preguntó, con una sonrisa afilada—. ¿Vas a hacer algo ahora?
Suli apoyó un pie con firmeza.
Luego el otro.
El polvo comenzó a moverse lentamente alrededor de sus botas.
—Todavía no —susurró—. Pero ya decidí.
Akram entrecerró los ojos.
—Bien.
Adoptó postura de ataque.
—Porque no pienso darte mucho más tiempo.
El viento se detuvo.
Y por primera vez desde que empezó la pelea,
Akram sintió que Suli no estaba retrocediendo… sino esperando.
—
A las afueras de Grimolt, donde las casas ya no cubrían la vista y el terreno se abría en colinas irregulares, un pequeño grupo se había reunido.
Leguer estaba allí.
El alcalde, Jubbyner, también.
Y junto a ellos, varios pueblerinos que habían logrado escapar del centro del pueblo, observando desde la distancia, con el corazón en la garganta.
Desde allí podían verlo todo.
Dos figuras moviéndose a una velocidad casi imposible, levantando polvo, rompiendo el suelo, chocando una y otra vez. Cada impacto resonaba como un trueno seco que hacía temblar el aire.
Leguer apretó los puños.
—Es… es increíble… —murmuró sin apartar la vista—. Está muy por encima de la última vez que la vi.
Recordó a la Suli que había defendido Grimolt antes. Fuerte, sí… pero esto era otra cosa.
—Es muchísimo más rápida —continuó—. Más precisa. Más… segura.
Tragó saliva.
—Si aun así pierde… ese tal Akram acabará con todos nosotros.
El alcalde no respondió de inmediato.
Observaba en silencio, con el ceño fruncido, siguiendo cada movimiento con atención enfermiza. No miraba solo los golpes… miraba los espacios, los tiempos, las pausas.
—Algo no encaja —dijo al fin.
Leguer giró hacia él.
—¿A qué se refiere?
El alcalde señaló la pelea.
—Suli no está usando todo su poder.
Leguer abrió los ojos.
—¿Cómo puede saber eso?
El alcalde respiró hondo.
—Cuando Akram apareció y fijó su atención en ella… yo también lo sentí.
Leguer recordó ese instante. Ese escalofrío.
—Una energía fuerte —continuó Jubbyner—. Muy fuerte. Provenía de ella. No era caótica, no era salvaje… era profunda. Como un océano quieto.
Apretó los labios.
—Al principio de la pelea, Akram se sorprendió. Yo lo vi. Y eso solo pasa cuando alguien se enfrenta a algo que no esperaba.
Leguer volvió a mirar el combate.
Akram estaba empujando a Suli hacia atrás, golpe tras golpe, ganando terreno poco a poco.
—Pero ahora… —murmuró Leguer— Akram le está ganando.
—Sí —asintió el alcalde—. Porque él está usando su máximo. Y Suli… no.
Leguer frunció el ceño.
—Entonces ¿por qué no lo hace? —preguntó, con la voz cargada de urgencia—. Si liberara todo su poder, podría igualarlo más. Incluso ganarle, si usa bien sus habilidades. Ella siempre ha sido buena en eso.
El alcalde guardó silencio unos segundos.
—No lo sé —admitió—. Pero hay dos posibilidades.
Levantó un dedo.
—O se está guardando algo para el final…
Levantó otro.
—…o no quiere usar su máximo poder.
Los pueblerinos, que escuchaban atentos, comenzaron a murmurar entre ellos. Algunos miraban a Suli con más esperanza. Otros con miedo.
—¿Y por qué no querría hacerlo? —insistió Leguer—. Está arriesgando su vida.
El alcalde no apartó la vista del combate.
—Porque quizá lo que planea no depende de ser más fuerte —respondió—. Sino de ser más inteligente.
Uno de los pueblerinos habló, con voz temblorosa:
—Pero… si Akram es más fuerte… ¿cómo puede seguir peleando así?
El alcalde negó lentamente con la cabeza.
—Porque no todo es poder —dijo—. Miren cómo se mueve. Cómo esquiva. Cómo responde. Suli está usando técnica, experiencia, control.
Suli bloqueó un golpe, giró y contraatacó, obligando a Akram a retroceder medio paso.
—Si sin usar su máximo pudo sorprenderlo —continuó Jubbyner—, eso significa que están en un nivel parecido. Y si ahora va perdiendo terreno…
Apretó los puños.
—…es porque ella lo está permitiendo.
El grupo guardó silencio.
Todos miraban la pelea con otros ojos ahora.
No veían solo a una chica enfrentándose a un monstruo.
Veían a alguien eligiendo cómo pelear, aun contra alguien más fuerte.
Leguer tragó saliva.
—Entonces… —susurró— todavía hay esperanza.
El alcalde asintió.
—Mientras siga de pie… y mientras siga pensando…
Volvió a mirar a Suli.
—Grimolt aún no está perdida.
—
“En ese instante, todos comprendieron que la verdadera pelea no se medía en poder, sino en cómo se usaba.”
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