Vornex: Temporada 1 - Capítulo 149
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Capítulo 149: Capítulo 149: Entre despedidas y nuevos comienzos
El dolor fue lo primero.
No llegó como un golpe repentino, sino como una marea lenta que recorrió cada parte de su cuerpo. Suli abrió los ojos con dificultad, sintiendo el peso de sus párpados como si hubieran pasado días enteros sin descanso. El techo de madera apareció borroso sobre ella, acompañado por el olor a hierbas medicinales y humo reciente.
Intentó moverse. Un error.
Un quejido se le escapó antes de poder evitarlo.
-Tranquila… no te muevas todavía.
Reconoció la voz incluso antes de girar la cabeza. Leguer estaba sentado a un lado de la cama, con los brazos cruzados y el rostro visiblemente cansado, pero aliviado.
-¿Qué… pasó? -preguntó Suli, con la garganta seca.
Leguer sonrió apenas.
-Pasó que casi nos da un infarto cuando no despertabas.
Ella frunció el ceño, forzando la memoria. El combate. Akram. El límite. El colapso.
-¿El pueblo…?
-Sigue en pie -respondió Leguer enseguida-. Dañado, sí. Pero vivo. Y Akram… cayó. Está encerrado.
Suli cerró los ojos un segundo, soltando el aire que no sabía que estaba conteniendo.
-Bien… -murmuró.
-No “bien”. -Leguer negó con la cabeza-. Estuviste inconsciente varias horas. El alcalde casi no se separó de la puerta.
Suli volvió a abrir los ojos.
-¿Akram está vivo?
Leguer dudó apenas.
-Sí. Muy herido, pero vivo.
-Quiero verlo.
Leguer arqueó una ceja.
-Sabía que ibas a decir eso.
—
Cuando Suli logró ponerse de pie, apoyándose apenas en la pared, el mundo exterior la recibió con un silencio extraño.
La gente de Grimolt estaba reunida a cierta distancia. No gritaban. No celebraban. Simplemente la miraban.
Algunos con asombro. Otros con gratitud. Otros con una mezcla de ambas cosas.
Una mujer mayor inclinó la cabeza. Luego otra. Y otra más.
-¿Qué…? -empezó Suli.
-Gracias -dijo alguien desde el fondo-. Gracias por salvarnos.
Suli sintió un nudo en el pecho.
-No hacía falta… -respondió, incómoda-. Solo hice lo que debía.
El alcalde Jubbyner se adelantó, con el rostro marcado por el cansancio.
-Y eso fue suficiente para que Grimolt siga existiendo -dijo-. Nunca lo olvidaremos.
Suli asintió, sin saber qué más decir.
-Llévame con Akram -pidió entonces.
Un murmullo recorrió al grupo.
El alcalde la observó largo rato antes de responder.
-Ven.
—
El calabozo era frío y húmedo. Las antorchas iluminaban apenas las paredes de piedra.
Akram estaba sentado contra la pared, con el torso vendado y una pierna estirada. Ya no parecía el líder imponente que había aterrorizado Grimolt horas antes, pero tampoco estaba derrotado del todo.
Cuando levantó la vista y la vio, sonrió de lado.
-Así que despertaste.
Suli dio un paso al frente.
-El pueblo sigue en pie.
-Lo sé -respondió Akram-. Aunque no por mucho, si depende de mí.
-No va a pasar.
Akram soltó una breve risa.
-Al final gané yo.
Suli no respondió de inmediato.
-Tal vez -dijo-. Pero no como crees.
Akram la observó con atención.
-Eres fuerte -admitió-. Más de lo que esperaba. Me llevaste al límite. Nadie lo había hecho antes.
-Y aun así trajiste a tus hombres aquí.
La mirada de Akram se endureció un segundo.
-Ese fue mi error.
Luego la miró de nuevo. Esta vez, con otra expresión.
-Esa mirada… -murmuró-. Ya la había visto antes.
Suli no se movió.
-Todos dicen lo mismo.
Akram abrió los ojos un poco más.
-No puede ser… -susurró-. Esa determinación… ¿Eres hija de…?
-Erec Farcker -respondió ella-. Sí.
Akram exhaló lentamente.
-Con razón.
Guardó silencio unos segundos.
-Retiro lo dicho -añadió-. No destruiré este pueblo.
Suli ladeó la cabeza.
-¿Eso es una disculpa?
-No -respondió Akram-. Es respeto.
Suli se dio la vuelta.
-No volverás a atacar ningún pueblo.
-Eso no te corresponde decidirlo.
Suli se giró de nuevo, mirándolo fijo.
-Si lo haces, volveremos a pelear. Y no será igual.
Akram sostuvo su mirada. Luego desvió los ojos.
-Tch… -murmuró-. Difícil de aceptar.
-Pero lo aceptas.
No respondió.
Suli hizo un gesto al guardia.
-Déjenlo ir.
-¿Qué? -exclamó el alcalde.
-Ya no es la misma amenaza.
Akram la observó con una mezcla de sorpresa y algo más.
-¿Estás segura?
-Lo estoy.
—
Horas después, los Rulpens se reunieron fuera de Grimolt. Magullados, derrotados, pero vivos.
Akram caminó al frente.
Nadie del pueblo los despidió. Nadie los insultó.
Simplemente los observaron marcharse.
Suli se quedó allí, de pie, sintiendo el peso de todo lo ocurrido.
La tormenta había pasado.
Pero algo había cambiado para siempre.
Y así, Suli y el pueblo de Grimolt había ganado esa batalla difícil.
—
Suli permaneció en Grimolt un día más.
No fue una decisión difícil. Su cuerpo aún no respondía como debía: cada movimiento le recordaba el precio que había pagado por forzar su límite. Aunque la amenaza había pasado, el desgaste seguía ahí, silencioso, pesado. Leguer insistió en que descansara, y por primera vez desde que había llegado a ese pueblo, Suli aceptó sin discutir.
La alojaron en una habitación sencilla, de paredes de piedra y una ventana pequeña por donde entraba una luz tibia. No había lujos, pero sí tranquilidad. Y eso, en ese momento, era más que suficiente.
Leguer la visitó entrada la tarde. Llevaba algo de comida y esa expresión suya, curiosa pero respetuosa, como alguien que quiere preguntar sin invadir.
—Te ves mejor —dijo—. Aún cansada… pero mejor.
—Un poco —respondió Suli con una leve sonrisa—. Mi cuerpo todavía se está quejando, pero ya sobreviví a lo peor.
Leguer dudó unos segundos antes de hablar de nuevo.
—Suli… —dijo al fin—. Esa habilidad que usaste. Kenzun. No es algo que se vea todos los días… ¿Cómo la aprendiste?
Ella bajó la mirada un instante. No por incomodidad, sino porque el nombre de la habilidad siempre la llevaba al mismo lugar.
—Me la enseñó mi maestro —respondió con calma.
Leguer arqueó ligeramente las cejas, interesado.
—¿Tu maestro? ¿Quién era?
Suli levantó la vista, y por primera vez desde la pelea, su expresión se suavizó por completo.
—Se llamaba Lerian.
El nombre salió de sus labios con un peso especial.
—Era muy sabio —continuó—. Y bastante estricto… —sonrió un poco—. A veces demasiado. Pero también era una muy buena persona. Sin él, no sabría ni la mitad de lo que sé ahora.
Leguer se apoyó contra la pared, escuchando con atención.
—¿Está… en tu mundo? —preguntó con cuidado.
Suli negó lentamente.
—No. Falleció hace varios años.
Hubo un breve silencio.
—Pero sus enseñanzas siguen conmigo —añadió—. Incluso cuando ya no estuvo… traté de seguir adelante. No fue fácil, pero… —cerró los ojos un segundo— aún lo recuerdo con felicidad.
Leguer la observó, sorprendido por la serenidad con la que hablaba de algo tan doloroso.
—Si no es molestia… —dijo— ¿podrías contarme cómo era él? ¿Cómo fue tu relación con él?
Suli lo miró. Dudó apenas un instante.
—Sí —respondió—. Puedo hacerlo.
Y entonces, su mente volvió atrás.
—
Flashback
Lerian era un hombre de cabello gris claro, siempre atado hacia atrás, con una postura recta que imponía respeto incluso en silencio. Sus ojos eran tranquilos, profundos, como si siempre supiera algo que los demás aún no.
—Otra vez tarde —decía sin levantar la voz.
Una joven Suli bajaba la cabeza, agotada, con los brazos temblando tras horas de entrenamiento.
—Lo siento, maestro… —murmuraba.
—Las disculpas no fortalecen el cuerpo ni la mente —respondía él—. Repite el ejercicio.
Ella apretaba los dientes. Caía, se levantaba, volvía a caer.
—Kenzun no es velocidad —le decía Lerian mientras caminaba a su alrededor—. Tampoco es esquivar por instinto. Es comprensión. Si no entiendes el flujo, solo estás huyendo.
—¡Pero no puedo seguirle el ritmo! —gritó Suli una vez, frustrada.
Lerian se detuvo frente a ella.
—Claro que no puedes —dijo con calma—. Aún.
Se inclinó y le tendió la mano.
—Y está bien.
Eso la sorprendía siempre. No la exigencia… sino la paciencia.
En las noches, Lerian le hablaba del mundo, de decisiones, de responsabilidad.
—El poder no define quién eres, Suli —le decía—. Pero revela quién decides ser cuando lo usas.
Ella lo miraba como si esas palabras fueran demasiado grandes para ella.
—¿Y si me equivoco? —preguntaba.
Lerian sonreía apenas.
—Entonces aprenderás. Mientras sigas de pie, aún hay camino.
No fue solo un maestro. Fue un guía. Un ancla.
Y el día que ya no estuvo, el silencio fue ensordecedor.
Pero incluso entonces, cada vez que Suli cerraba los ojos y activaba Kenzun, podía escuchar su voz.
Comprende antes de moverte.
—
El recuerdo se desvaneció.
Suli volvió al presente, respirando hondo.
Leguer no dijo nada por unos segundos.
—Se nota —dijo finalmente—. No solo en la técnica… sino en ti.
Suli asintió.
—Todo lo que soy ahora… empezó ahí.
Y por primera vez desde la batalla, no habló de fuerza, ni de enemigos, ni de límites.
Solo de alguien que ya no estaba… pero que nunca se había ido del todo.
—
El silencio volvió a llenar la habitación.
Leguer respiró hondo y se incorporó del todo, como si recién ahora recordara el cansancio que también llevaba encima.
—Deberías descansar —dijo con una voz más suave—. Ha sido un día largo… para todos. Mañana será un nuevo día.
Suli asintió lentamente. Sentía los párpados pesados, pero también una extraña calma.
—Yo me encargaré de prepararte la mochila —añadió Leguer—. Así cuando despiertes, todo estará listo para que puedas partir sin preocupaciones.
Suli lo miró, un poco sorprendida.
—Gracias… —dijo—. De verdad. Nunca pensé que encontraría a alguien así en un lugar como este.
Leguer sonrió, rascándose la nuca, algo avergonzado.
—No es nada —respondió—. Siempre me ha gustado ayudar. Supongo que es lo único en lo que realmente soy bueno.
Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo y se giró una vez más.
—Hasta mañana, Suli —dijo—. Y… gracias por salvar a nuestro pueblo. Nunca lo olvidaremos.
Suli no respondió de inmediato. Solo le dedicó una sonrisa sincera, de esas que no necesitan palabras.
Leguer salió, cerrando la puerta con cuidado.
La habitación quedó en penumbra. Suli se recostó despacio, dejando que su cuerpo, por fin, se rindiera al descanso. Afuera, Grimolt dormía en paz… y por primera vez desde que había llegado, ella también.
Con esa sensación tranquila en el pecho, cerró los ojos.
Mañana sería otro día.
Y esta vez, estaba lista para recibirlo.
—
La mañana iluminaba Grimolt con un sol cálido, acariciando suavemente cada rincón del pueblo. Suli abrió los ojos y sintió cómo la energía de su cuerpo regresaba, más fuerte y ligera que nunca. Se estiró, tomó aire profundo y sonrió: estaba lista para volver a Velthar.
Al salir, encontró a Leguer y al alcalde esperándola en la plaza central, junto a un grupo de pueblerinos que se habían levantado temprano para verla partir. Algunos le traían pequeños obsequios: una tela bordada, pan recién hecho, incluso una pequeña figura tallada en madera. Todos eran recuerdos que no ocupaban demasiado espacio, pero que contenían el afecto de toda la comunidad.
—Gracias a todos… —dijo Suli con una sonrisa cálida, aceptando cada detalle con gratitud—. Nunca olvidaré esto.
Leguer se acercó, y al verla lo suficientemente recuperada, le dedicó una mirada seria pero amable.
—No, gracias a ti —respondió—. Gracias a ti Grimolt está en paz.
El alcalde también intervino, colocando una mano en su hombro.
—Cuando quieras volver, Suli —dijo con solemnidad—, este pueblo te recibirá siempre. Y si algún problema surge, sabremos que vendrás a ayudarnos.
—Lo tendré en cuenta —contestó Suli, inclinando la cabeza en señal de respeto y compromiso.
Hubo un momento de silencio, lleno de emociones contenidas, mientras todos la seguían hasta la salida del pueblo. Se despidió uno por uno: Leguer, el alcalde, los vecinos que la habían visto luchar, proteger y cambiar la suerte de Grimolt. Todos le deseaban buena suerte.
—Gracias por todo —dijo finalmente Suli, con un hilo de voz cargado de sinceridad.
—No, gracias a ti —repitió Leguer, con una pequeña sonrisa—. Por venir y demostrar que la fuerza no siempre se mide en poder, sino en voluntad.
Suli asintió, sintiendo un calor en el corazón, y lentamente continuó su camino. Poco a poco, Grimolt quedó detrás de ella, hasta que ya no pudo ver ni a Leguer ni al alcalde entre los caminos que se perdían en la distancia.
Finalmente llegó a una extensa llanura, un prado abierto donde el viento movía suavemente la hierba. Aquí, lejos de toda distracción, Suli decidió que era momento de continuar su viaje. Sacó su Portelium y, con cuidado, puso las coordenadas de Velthar. Al activar el dispositivo, un portal se abrió ante ella, resplandeciendo con una luz azulada y vibrante.
Tomó un último respiro, sintiendo la brisa acariciar su rostro, y luego, con paso firme, entró en el portal, llevando consigo todas sus experiencias, su entrenamiento y la determinación de seguir creciendo.
El portal se cerró tras ella, dejando el prado en silencio, testigo de la partida de quien había cambiado Grimolt para siempre.
—
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