Vornex: Temporada 1 - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 Capítulo 22 El juicio del rey
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22: Capítulo 22: El juicio del rey 22: Capítulo 22: El juicio del rey Las paredes temblaban con los ecos de la batalla lejana.
El aire se volvió denso, cargado de tensión y poder contenido.
Frente a ellos, el Rey Gimson II bloqueaba el único camino hacia la salida.
—No permitiré que interfieran —declaró el Rey, con una mirada tan cortante como una espada.
—¡Tenemos que ayudar a los demás!
¡Hazte a un lado!
—gritó Eiden, dando un paso adelante.
El Rey dio un suspiro profundo, luego arrojó su capa real a un lado.
Sus ojos brillaron con una energía antigua.
—¿Creen que soy solo un político?
Yo fui guerrero antes de ser Rey.
Peleé en las guerras dimensionales del Norte.
He visto mundos arder… y ustedes no saldrán de aquí.
El primer movimiento fue suyo.
Desapareció en un instante.
Liam apenas pudo esquivar un rodillazo que lo estrelló contra una columna.
Karl intentó golpear por la espalda, pero el Rey giró con precisión letal y lo arrojó al suelo de un golpe con el codo.
Eiden retrocedió, alarmado por la velocidad del Rey.
Pero no huyó.
En cambio, corrió hacia él, soltando un puñetazo directo al rostro.
El Rey lo atrapó con una mano y lo levantó del suelo.
—¿Eso es todo lo que tienen?
—¡Ni de cerca!
—gritó Karl desde el suelo, lanzando una piedra que distrajo por un segundo al Rey.
Suficiente para que Eiden liberara una patada a la mandíbula que lo hizo soltarlo.
Eiden cayó de pie, jadeando.
—¡Vamos, juntos!
—gritó a sus compañeros.
Liam, aunque adolorido, se lanzó con velocidad, tomando un pedazo de lanza decorativa rota.
Karl se unió desde el lado opuesto.
El Rey los enfrentó a los tres al mismo tiempo, sin ceder terreno.
Bloqueó, esquivó, contrarrestó.
Cada movimiento suyo era como el de un general experimentado, exacto y contundente.
Pero los chicos no se rendían.
—¡A la izquierda!
—gritó Eiden, mientras Karl se deslizaba por el suelo.
Liam atacó desde arriba, usando su peso para ganar impulso.
El Rey lo desvió con el antebrazo, pero algo cambió en Liam: por un segundo, una luz azulada emergió de sus manos.
—¿Qué… fue eso?
—preguntó Liam, sorprendido.
El Rey frunció el ceño, deteniéndose un segundo.
—¿Acabas de liberar energía… sin canalizador?
Interesante.
Liam no lo entendía del todo, pero sintió una oleada de poder recorrer su cuerpo.
Canalizó esa energía con intención y, por instinto, lanzó una ráfaga de fuerza que golpeó el brazo del Rey, desviando su ataque contra Eiden.
—¡Sigan atacando!
—rugió Liam, por primera vez liderando.
Karl y Eiden lo siguieron.
Formaban un triángulo de movimientos: uno distraía, otro bloqueaba, el tercero atacaba.
La coordinación surgió del caos, como si la batalla los sincronizara.
El Rey, aunque mucho más fuerte, empezó a recibir golpes.
No porque fueran más poderosos, sino porque eran más impredecibles, más hambrientos.
—¡Están empezando a adaptarse!
—gruñó el Rey, retrocediendo.
Su brazo temblaba tras el golpe de energía de Liam.
Entonces alzó ambas manos al cielo y liberó una explosión de poder.
Una onda expansiva los lanzó contra las paredes.
El salón tembló.
—¡Basta de juegos!
El Rey se lanzó como un rayo.
Karl no logró esquivar y fue arrojado por los aires.
Eiden apenas bloqueó con los brazos cruzados, pero cayó de rodillas.
Liam, empapado de sudor, levantó ambas manos y gritó.
—¡NO TE TENEMOS MIEDO!
Una esfera de energía pura brotó de sus palmas.
No era perfecta, ni estable, pero el impacto obligó al Rey a cubrirse el rostro.
Fue la primera vez que retrocedió dos pasos verdaderos.
—¿Qué… clase de fuerza es esa?
—susurró Gimson II, mirándolo con respeto.
Liam respiraba con dificultad.
Karl se levantó tambaleando, y Eiden se puso de pie con una herida sangrando en la frente.
Ninguno retrocedía.
—No estamos aquí para vencerte —dijo Eiden—.
Estamos aquí para proteger a nuestros amigos… incluso si eso significa caer.
Gimson II los observó.
Sus puños dejaron de temblar.
Cerró los ojos por un instante.
—No luchan como guerreros… luchan como hermanos.
Como verdaderos herederos del espíritu que alguna vez defendí.
El suelo vibró.
Una energía oscura cruzó el aire como una ola de tormenta.
El Rey giró la cabeza, alarmado.
—¿Qué… es eso?
Esa energía… ¡es Suli!
¡Se está desatando!
Por primera vez, sus ojos mostraron verdadero temor.
—Ustedes deben irse.
Si Suli se descontrola… el castillo entero podría colapsar con ella.
—¿Nos dejas ir?
—preguntó Karl, desconfiado.
—No por debilidad —dijo el Rey, con una mirada firme—.
Sino porque, por una vez, veo que su lucha tiene más valor que la mía.
Váyanse… y hagan que valga la pena.
Los tres chicos, heridos pero de pie, se miraron entre sí y asintieron.
—Gracias… Rey Gimson —dijo Eiden.
—Solo recuerden esto… la fuerza sin propósito es solo destrucción.
Ustedes tienen un propósito.
No lo desperdicien.
Los chicos salieron corriendo por el gran portón.
El viento los recibió como una llamada urgente.
Y en el horizonte… el verdadero caos los esperaba.
—
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