Vornex: Temporada 1 - Capítulo 28
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- Capítulo 28 - 28 Capítulo 28 Camino hacia lo desconocido
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28: Capítulo 28: Camino hacia lo desconocido 28: Capítulo 28: Camino hacia lo desconocido La brisa matinal acariciaba las calles de Beinever mientras la ciudad despertaba poco a poco tras los estragos de los últimos días.
Las reparaciones seguían en marcha, pero había un aire distinto en el ambiente… uno de esperanza, de reconstrucción, de avance.
En medio de ese renacer, tres figuras se alistaban para partir hacia un nuevo destino.
Liam, Eiden y Karl se ajustaban sus nuevos atuendos, entregados por el rey Gimson II: capas firmes que ondeaban con el viento, camisetas oscuras reforzadas, pantalones de combate, botas resistentes, guantes ajustados y un chaleco con el símbolo de Beinever grabado en el pecho.
Se veían como verdaderos guerreros, pero con los nervios de quien sabe que la batalla real apenas comienza.
El pueblo los despidió con una mezcla de respeto y afecto.
Algunos niños los miraban con admiración, mientras los comerciantes, soldados y aldeanos les deseaban suerte en voz baja.
A pesar del entrenamiento, aún había algo en sus ojos: no era miedo… era la incertidumbre de lo que vendría.
—Nos cuidaremos —dijo Liam, mirando a una anciana que les ofreció una flor como símbolo de protección—.
Volveremos pronto.
Ya fuera de los muros del pueblo, el aire se volvía más denso.
El camino hacia las montañas estaba lleno de árboles retorcidos y bruma.
Avanzaban con paso firme, pero atentos a cualquier movimiento.
Fue entonces, en medio de un claro, que algo interrumpió su marcha… Un extraño sonido surgió entre los arbustos.
Karl alzó el brazo, indicando que se detuvieran.
De entre la vegetación salió una figura encapuchada, caminando lento, con un bastón tallado con símbolos antiguos.
—No esperaba encontrar viajeros tan pronto —dijo el desconocido con voz ronca—.
¿Van hacia las montañas?
—¿Quién eres?
—preguntó Eiden.
—Solo un guía olvidado —respondió—.
Pero si siguen ese camino, encontrarán más que criaturas abandonadas por Dark…
hay algo más allí, algo que se mueve en las sombras y que no debería estar despierto.
Liam lo observó con seriedad, pero sin bajar la guardia.
—¿Por qué nos adviertes?
El anciano los miró uno por uno, y luego sonrió levemente.
—Porque ustedes son parte de la profecía, ¿no es así?
El guerrero definitivo y sus compañeros…
Antes de que pudieran responder, el hombre se desvaneció entre la niebla, como si nunca hubiera estado allí.
—Esto ya se está poniendo raro —murmuró Karl.
—Y apenas estamos empezando —agregó Eiden.
Liam asintió en silencio, más determinado que nunca.
La travesía hacia las montañas había comenzado… — El silencio volvió a adueñarse del camino tras la desaparición del extraño.
El viento parecía haber cambiado de dirección, como si algo en el ambiente se hubiese alterado.
A cada paso, los árboles se volvían más altos, más cerrados, y la luz del sol apenas lograba filtrarse entre las ramas.
—Ese tipo… ¿cómo sabía quiénes éramos?
—preguntó Karl en voz baja, como si temiera que algo pudiera oírlo.
—No lo sé, pero no era un hombre común.
Lo sentí… su energía era diferente —respondió Liam, atento a los sonidos del bosque.
—Quizás era uno de esos sabios antiguos —dijo Eiden—.
O un fantasma.
No sería la primera vez que algo así aparece.
La conversación fue interrumpida por un temblor leve, pero perceptible.
El suelo bajo sus pies vibró por un par de segundos y luego todo volvió a la normalidad… excepto que el camino había cambiado.
Donde antes había un sendero claro, ahora había rocas, raíces gruesas y un desvío inesperado.
—¿Esto estaba así antes?
—preguntó Karl.
—No… algo nos está guiando —murmuró Liam.
Siguieron caminando, confiando más en su instinto que en la lógica.
Al cabo de una hora, llegaron a una grieta estrecha entre dos colinas.
Al cruzarla, se toparon con una extraña formación: una especie de santuario natural, con piedras organizadas en forma de espiral, musgo resplandeciente y, en el centro, una figura inmóvil.
Era un niño.
O al menos, eso parecía.
Vestía ropas antiguas, cubiertas de polvo, y tenía los ojos cerrados.
A su alrededor flotaban pequeñas luces azules, como luciérnagas mágicas.
No respiraba, no se movía… pero tampoco parecía muerto.
—¿Es… real?
—dijo Eiden, dando un paso adelante.
Apenas se acercó, las luces se apagaron.
El niño abrió los ojos de golpe, dejando ver unas pupilas completamente blancas.
Una voz, profunda y ajena a su pequeño cuerpo, emergió de su boca: —La profecía está en marcha.
La oscuridad los buscará… y cuando llegue, no todos podrán avanzar.
El niño se desplomó, inconsciente.
Las luces volvieron a flotar y desaparecieron en el aire.
—¿¡Qué carajos fue eso!?
—gritó Karl.
—Una advertencia… o un mensaje del plano espiritual —respondió Liam, agachándose para ver si el niño seguía vivo.
Aún respiraba, pero parecía dormido.
—No podemos dejarlo acá.
Si es parte de esto, tenemos que llevarlo —dijo Eiden, alzándolo con cuidado.
—Entonces sigamos.
Pero atentos… algo o alguien nos está vigilando —dijo Liam con firmeza.
Y así, con una nueva incógnita en sus manos, siguieron su camino por las montañas.
Cada paso los acercaba más al umbral entre el mundo que conocían y el caos que se escondía más allá.
La niebla se hacía más densa.
Las visiones más reales.
Y el destino… más ineludible.
— El grupo avanzaba cuesta arriba con paso cauteloso, abriéndose camino entre piedras húmedas y raíces sobresalientes.
El niño seguía inconsciente, recostado sobre la espalda de Eiden, quien lo llevaba con firmeza pero sin dejar de vigilar el entorno.
Nadie hablaba.
El mensaje que había salido de su boca flotaba aún en sus mentes como una sombra.
—Esto no es casualidad —dijo Liam al fin, rompiendo el silencio—.
Él estaba ahí esperándonos.
—¿Y por qué en forma de niño?
¿Por qué ese mensaje?
—soltó Karl, más molesto que confundido.
—No lo sé, pero esa energía que lo rodeaba… no era humana.
Y tampoco parecía hostil —agregó Eiden—.
Como si algo estuviera usando su cuerpo solo para advertirnos.
El camino los llevó a una zona más elevada, donde la neblina comenzaba a disiparse.
Desde allí, podían ver parte del valle que dejaban atrás.
Beinever era apenas un punto en la distancia, pero seguía brillando con vida.
Esa visión les dio fuerza.
—No podemos detenernos ahora —dijo Liam—.
Aunque no sepamos exactamente qué significa esa advertencia, lo sabremos en el momento justo.
Solo debemos estar listos.
Continuaron durante varias horas más, hasta que el terreno cambió bruscamente.
Un acantilado bloqueaba el paso.
No había sendero aparente, solo una roca enorme con inscripciones antiguas y un símbolo similar al que llevaban en los chalecos… pero más primitivo, más antiguo.
—Esto…
esto no lo construyó ningún humano —dijo Eiden, acercándose.
Apenas tocó la piedra, esta comenzó a brillar tenuemente.
El suelo tembló de nuevo, y una porción de la montaña se abrió hacia un costado, revelando un túnel oculto con escalones que descendían hacia lo profundo.
—¿Qué opinan?
—preguntó Karl con sarcasmo— ¿Entramos en la cueva misteriosa con energía rara o buscamos un sendero normal y aburrido?
—No estamos aquí para lo fácil —dijo Liam.
Y con eso, descendieron.
Dentro del túnel, el aire era pesado y antiguo.
Había símbolos tallados por todas las paredes, algunos reconocibles por haber sido estudiados en los textos de Beinever, y otros que no pertenecían a ninguna lengua conocida.
El niño seguía sin despertarse, pero su cuerpo parecía reaccionar a la energía del lugar: un leve resplandor azul recorría sus venas como si absorbiera algo del entorno.
Al llegar al final de las escaleras, encontraron una cámara circular, iluminada por cristales naturales incrustados en las paredes.
En el centro, un pedestal de piedra sostenía un objeto cubierto por una tela negra.
—No toquen nada —advirtió Liam—.
Este lugar es un santuario, y no sabemos si es una prueba… o una trampa.
Pero antes de que pudieran decidir, el niño en los brazos de Eiden se estremeció y abrió los ojos, esta vez con sus pupilas normales.
—¿Dónde… dónde estoy?
¿Quiénes son ustedes?
—preguntó con voz temblorosa.
—Tranquilo, estás a salvo —dijo Eiden, bajándolo con cuidado.
El niño miró a su alrededor, asustado pero consciente.
—Recuerdo voces… luces… y una sombra.
Algo que se arrastraba y me decía que ya venían por mí.
Que ustedes…
tenían que llegar.
Liam se acercó lentamente.
—¿Sabes tu nombre?
—Creo… creo que me llamo Nyrek —dijo el niño, aún inseguro—.
Y creo que esto es para ustedes —añadió, señalando el pedestal.
El grupo se miró, sabiendo que acababan de dar un paso más dentro de un misterio mucho más grande de lo que imaginaban.
Y que ese niño, Nyrek… no era ningún niño común.
—
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