Vornex: Temporada 1 - Capítulo 33
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- Capítulo 33 - 33 Capítulo 33 El guardian de las sombras
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33: Capítulo 33: El guardian de las sombras 33: Capítulo 33: El guardian de las sombras “Para enfrentar a las sombras, primero debes cruzarlas….” …
Las sombras de la montaña parecían alargarse más de lo normal, como si el sol también tuviera miedo de alumbrar demasiado.
Tras el combate, los tres se tomaron un respiro.
Se sentaron sobre unas rocas mientras Nyrek se mantenía de pie, observando con ojos serenos el horizonte.
—No puedo creer que vencimos a eso…
sin armas —dijo Karl, con el corazón aún acelerado.
—Lo vencimos con cabeza, y con miedo también —agregó Liam, mirando sus manos—.
Pero funcionó.
Eiden soltó una risa entrecortada.
—Yo solo sé que si vuelve a saltarme encima, lo muerdo.
Todos rieron.
Era una risa nerviosa, como una grieta en la tensión.
Pero una grieta que dejaba entrar algo de luz.
Nyrek los miró entonces, con su voz calmada pero firme: —Eso fue solo el primero.
Y era el más débil.
Las palabras cayeron como piedra en el agua.
El silencio volvió a ocupar el espacio.
Entonces, comenzaron a caminar.
Esta vez más atentos, más unidos.
El viento en la montaña era cada vez más frío, pero el calor de su recién fortalecida conexión mental aún los sostenía.
Mientras avanzaban, encontraron huellas.
No eran de un solo monstruo.
Había más.
Y no estaban lejos.
—¿Y si recogemos armas de ramas o piedras?
—preguntó Eiden, tocando un palo seco.
—Podríamos, pero tenemos algo mejor —dijo Liam, tocándose la frente—.
Nuestra mente.
Y nuestra sincronía.
Karl levantó una ceja, dudando.
—¿Y eso espanta a los bichos?
—No —dijo Liam—.
Pero hará que no nos espantemos nosotros.
— Mientras avanzaban entre las rocas y arbustos resecos, el ambiente parecía apagarse.
Las nubes se agrupaban en lo alto, robando al cielo sus colores.
Ya no hacía frío, pero tampoco calor.
Era un clima muerto, como si la montaña contuviera el aliento.
—¿Lo sienten?
—dijo Nyrek, deteniéndose—.
El aire cambió.
Liam asintió.
—Sí… como si estuviéramos siendo observados.
Eiden tragó saliva.
—Bueno, eso es muy reconfortante.
Entre los árboles retorcidos, Karl notó algo brillante.
Se acercó con cautela y lo recogió.
Era un trozo de metal… oxidado, cubierto de una sustancia oscura.
Parecía parte de una lanza quebrada, pero no era humana.
—¿Esto es…?
—empezó a decir.
—Una arma abandonada —concluyó Nyrek—.
De otro grupo.
Uno que no regresó.
Junto a ella, encontraron marcas en el suelo.
Pero no huellas de batalla, sino símbolos.
Círculos entrelazados, trazados con una precisión imposible para una criatura salvaje.
—¿Y esto?
—preguntó Liam, agachándose.
Nyrek se quedó mirando los símbolos.
Su ceño se frunció.
—Es un sello de visión.
Un ritual antiguo.
Alguien intentó ver lo que vendría…
o quizás advertirnos.
De pronto, los símbolos comenzaron a brillar débilmente, como activados por su presencia.
Una figura de energía emergió, una silueta incompleta, como una proyección de un recuerdo.
Un hombre herido.
Su voz era un susurro, quebrado por la desesperación: —No confíen en lo que ven… El Recolector nunca murió.
Solo jugó con nosotros… Él sabe que están aquí.
La imagen se desvaneció.
El silencio volvió, pero ya no era el mismo.
Los tres se miraron.
El calor en sus cuerpos fue reemplazado por un escalofrío interno.
Nadie dijo nada.
No hacía falta.
La verdad flotaba en el aire: habían caído en el juego desde antes de saberlo.
—Nunca tuvimos el control —susurró Liam.
—Nunca —respondió Nyrek.
Y así, con el peso del descubrimiento a cuestas, siguieron adelante.
No por valor, sino porque sabían que quedarse quietos era peor.
— La niebla se espesaba entre los árboles, como si quisiera ocultar lo que estaba a punto de suceder.
Las sombras se enroscaban en sus piernas mientras caminaban, y entonces…
lo sintieron.
Un sonido gutural, acompañado de una risa familiar, rasgó el aire como una cuchilla oxidada.
—Los que entran aquí…
nunca salen… —La voz brotó desde la oscuridad, seguida de una carcajada grotesca, amplificada por el eco del bosque— Jajajajajajajajajajajaja… ahora los mataré… y me los comeré.
Sus corazones saben muy bien… ¡con un poco de salsa!
—rió el monstruo mientras emergía desde la penumbra.
Era él.
El primero.
El que se abalanzó sobre Eiden al principio.
Pero ahora, no había escape en sus ojos.
Solo hambre.
Oscura.
Sádica.
—¡¿Ese es el mismo de antes?!
—gritó Eiden, retrocediendo— ¡¿Cómo sigue vivo?!
—¡No retrocedan!
—gritó Karl, alzando los puños.
Pero no importó.
El monstruo se movía como humo: rápido, irregular, imposible de anticipar.
Cada intento de golpearlo fallaba como si estuvieran peleando con su propia sombra.
Y entonces, se plantó frente a Lía.
Ella retrocedió, temblando.
Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras el terror la envolvía.
El monstruo se relamió con la lengua pútrida.
—Eres mi favorita…
—dijo con voz viscosa— El miedo sabe mejor cuando es puro.
Relm lo entendió de inmediato.
Aun con el cuerpo doliéndole, gritó desde el suelo: —¡Se alimenta de tu miedo, Lía!
¡Si dejas de tenerle miedo, perderá fuerza!
—¡¿Cómo dejo de tenerle miedo si es horrible?!
—gritó ella, con la voz quebrada, retrocediendo hasta tropezar.
Entonces el monstruo lanzó a Relm como si fuera un trapo viejo, estrellándolo contra un árbol.
El golpe fue seco.
Relm quedó jadeando, sin poder moverse, con sangre en los labios.
Karl intentó ayudar, pero una zarpa lo arrojó contra una roca.
Eiden se lanzó con un grito furioso… solo para recibir un puñetazo brutal en el estómago.
El aire se le fue.
Cayó al suelo, retorciéndose, jadeando como un pez fuera del agua.
Liam quiso flanquear al monstruo, pero este giró tan rápido que lo embistió con un cabezazo brutal, derribándolo de espaldas.
Todo se vino abajo.
Un silencio de asfixia.
Sólo la respiración temblorosa de Lía, los jadeos heridos de los demás… y la risa del monstruo, que se hacía cada vez más fuerte.
Pero algo en Lía empezó a cambiar.
Primero fue un leve temblor.
Después, una mirada.
No de terror, sino de furia contenida.
Se puso de pie, con el cuerpo aún temblando.
—No me vas a tocar.
No otra vez.
—¿Qué dijiste?
—rugió el monstruo, confundido.
—Dije… —Lía cerró los ojos, respiró hondo, y cuando los abrió, el miedo ya no estaba— ¡Que no te tengo miedo!
El monstruo dio un paso hacia atrás.
Sus músculos se contrajeron, como si algo lo debilitara.
Su sombra se desvanecía ligeramente.
Los demás comenzaron a moverse.
Karl, rengueando, se levantó.
Eiden, aún con dolor, rodó sobre sí mismo y se incorporó.
Liam, tambaleante, agarró una piedra.
Todos sangraban, todos dolían… pero estaban en pie.
Porque ahora sabían: el miedo lo hacía fuerte.
Y ellos empezaban a dejar de tenerlo.
— El monstruo finalmente cayó.
No por fuerza bruta, sino por algo más poderoso: la voluntad.
La determinación de no ceder al miedo.
Los chicos, magullados, cubiertos de heridas, y aún respirando con dificultad, se miraron entre sí sin decir palabra.
Solo caminaron.
Pasaron horas ascendiendo la montaña.
Cada paso dolía.
Cada suspiro cargaba el peso de lo vivido.
Pero siguieron.
Porque sabían que algo los esperaba en la cima.
Y entonces lo vieron.
La montaña terminaba en una grieta colosal, como si la misma tierra hubiese sido partida a la mitad.
Al fondo: una cueva gigante, con una boca oscura como un abismo.
Inmóvil.
Silenciosa.
Entraron con cautela.
El interior era denso, húmedo, y absolutamente oscuro.
Hasta que, como por voluntad propia, las antorchas que colgaban a los lados comenzaron a encenderse una por una, iluminando un altar al fondo.
Allí, flotando en el aire con las piernas cruzadas y la cabeza gacha, estaba un hombre encapuchado, sin capa, con las manos unidas en forma de triángulo hacia abajo.
Su presencia era tan pesada como la misma oscuridad.
—Increíble… han llegado muy lejos… —su voz era profunda, antigua, casi un susurro que se metía en la mente.
Eiden dio un paso al frente, alzando la voz: —¿Quién eres?
—Jajaja… los he estado observando desde que entraron a mi territorio… Ash… ¡malditos!
—dijo abriendo los ojos, que brillaban con un fulgor siniestro— Estaban destruyendo mis clones de pesadilla… justo los había creado para evitar que alguien llegara hasta aquí.
Pero claro… ustedes no aprenden… Liam apretó los dientes, aún con el cuerpo adolorido: —Vinimos por una misión.
Debíamos detener a los monstruos de este lugar, los llamados monstruos abandonados por Dark.
El hombre dejó escapar una risa quebrada.
Era como el eco de un cristal rompiéndose.
—¿Monstruos abandonados por Dark?
No… quien los haya enviado se equivocó.
Esos monstruos no fueron abandonados… —levantó lentamente la cabeza, revelando un rostro pálido con marcas negras en espiral— …fueron creados por mí.
Y entonces, el suelo tembló.
A su alrededor comenzaron a formarse figuras… sombras.
Una a una, aparecieron los mismos monstruos que los habían atacado antes: el primero, con su hambre grotesca; el que se dividía; el Recolector… todos.
—No toleraré intrusos en mi santuario.
¡Clones!
¡Ataquen!
Los monstruos comenzaron a reír mientras se preparaban para lanzarse contra ellos.
Los chicos se pusieron en guardia, con el corazón latiendo fuerte.
Pero Eiden levantó una mano.
—¡Espera!
Podemos hablar.
No hace falta luchar sin sentido.
Esto… esto tiene que parar.
El hombre misterioso los miró con una expresión que parecía casi…
decepcionada.
—¿Hablar?
No es necesario… pero si tanto desean una charla… primero… tendrán que sobrevivir a mis clones de pesadilla.
Y los monstruos se lanzaron.
— Los clones se abalanzaron como una ola de pesadillas.
No eran simples copias: cada uno tenía una nueva intensidad, una rabia que parecía impulsada por el odio de su creador.
Karl fue el primero en actuar, esquivando un zarpazo del primer monstruo con un salto ágil, pero apenas logró evadir el segundo ataque de una copia del Recolector, que lo empujó hacia una columna de piedra.
—¡Cuidado!
—gritó Liam mientras lanzaba una patada contra el que se dividía, solo para ver cómo este duplicaba su cuerpo al instante y lo empujaba hacia el suelo.
Eiden trató de cargar contra el primer monstruo —aquel que lo había atacado en la montaña—, pero este sonrió con esa mueca podrida y volvió a decir con tono burlón: —Mmmm… ¡ya me acordé de tu sabor!
Eiden retrocedió, bloqueando apenas el golpe con el antebrazo.
El dolor lo hizo crujir los dientes.
Lía y Relm intentaban mantenerse alejados, pero uno de los clones comenzó a acercarse.
Esta vez, sin embargo, Lía no gritó.
No huyó.
Solo miró con pánico… pero firmeza.
—¡Lía, recuerda!
—gritó Relm mientras sangraba por la boca, cubriéndose el abdomen— ¡¡Si no les temes, no pueden fortalecerse!!
Lía cerró los ojos.
Respiró hondo.
El monstruo se detuvo… solo por un segundo.
Ese segundo bastó para que Karl se lanzara contra él, con una piedra en la mano, gritando con rabia.
Lo golpeó en la cabeza con todas sus fuerzas.
No lo derrotó, pero lo derribó.
Aprovechando ese instante, Liam, Eiden y Karl se reagruparon.
Todos jadeaban, ensangrentados, con las ropas rotas, los músculos temblorosos.
—No podemos pelear solos —dijo Liam entre dientes—.
¡Unámonos!
¡Luchamos mejor juntos!
—¡Sin miedo!
—gritó Eiden.
Los tres se lanzaron al combate como una sola unidad.
Karl saltaba entre los enemigos, desviando su atención, mientras Liam lanzaba combinaciones de golpes más precisas, y Eiden atacaba con furia, sin detenerse aunque sangraba por el labio y cojeaba.
Relm, aunque herido, lanzó una piedra con fuerza mágica que debilitó a la copia del Recolector, permitiendo que Lía, desde atrás, usara una pequeña onda de energía para sellarlo momentáneamente en una barrera de luz.
—¡Uno menos!
—gritó Relm.
Poco a poco, empezaron a vencerlos.
Uno por uno, los clones cayeron.
Primero el que se dividía, al ser sobrecargado por ataques coordinados.
Luego el que se alimentaba del miedo, cuando Lía, temblando, logró mirarlo directamente y decir: —¡Ya no te tengo miedo!
Una onda de energía surgió de ella, no mágica… sino emocional.
Lo desintegró.
Al final, el último cayó bajo un ataque conjunto: Eiden cargó de frente, Karl saltó desde un lateral, y Liam lo remató con una embestida directa al pecho.
Los clones desaparecieron en humo negro.
Pero la victoria fue amarga.
Los chicos estaban destrozados.
Relm apenas podía moverse.
Lía temblaba.
Karl sangraba por la frente.
Eiden se sostenía la costilla rota.
Liam ya ni podía cerrar una mano.
Y entonces… lo escucharon.
—Interesante… pensaba que no lo lograrían.
—dijo la figura misteriosa, descendiendo lentamente al suelo.
—¿Ahora… podemos hablar?
—preguntó Eiden, con voz débil.
El hombre negó con la cabeza.
—Ahora… es mi turno.
—extendió una mano, y una energía oscura comenzó a girar a su alrededor.
—¡No!
¡Estamos heridos, no es justo!
—gritó Lía.
—¿Justo?
Esto no es una historia con moralejas.
Es mi mundo.
Ustedes invadieron mi paz.
Y ahora… —una lanza negra apareció en su mano— …los borraré.
Se lanzó hacia ellos.
Y fue en ese instante, cuando todo parecía perdido, que una ráfaga de viento cortante interrumpió su movimiento.
Una figura cayó del cielo con una precisión casi divina.
Era Lujius.
Su espada brillaba con una intensidad sobrenatural.
Su rostro, cubierto de barro y sudor, mostraba determinación pura.
—¡Ni un paso más!
—rugió.
La espada chocó con la lanza del enemigo, y el estruendo fue como un trueno partiendo la montaña.
Los chicos, atónitos, apenas pudieron murmurar: —¿Lujius…?
—
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