Vornex: Temporada 1 - Capítulo 34
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- Capítulo 34 - 34 Capítulo 34 Sombras Redimidas
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34: Capítulo 34: Sombras Redimidas 34: Capítulo 34: Sombras Redimidas “Las sombras no existen para ocultarte, sino para enseñarte a ver en la oscuridad quién eres realmente.” …
El aire en la cueva se volvió denso, como si incluso el oxígeno temiera lo que estaba por ocurrir.
Los clones de pesadilla yacían destruidos a los pies de los protagonistas, que respiraban con dificultad.
La piel herida, las fuerzas mermadas, la esperanza sostenida apenas por el deseo de seguir adelante.
Y fue entonces cuando un viento extraño sopló desde la entrada.
No era frío, ni caliente, ni siquiera natural.
Era un viento que traía consigo una presencia.
Una presencia firme, determinada.
Lujius.
Avanzó sin prisa, pero con paso firme.
Una espada descansaba en su mano derecha, como si fuera parte de su cuerpo.
Su silueta se recortaba contra la luz de las antorchas, hasta que se paró frente a los chicos, de espaldas a ellos.
—¿Lujius…?
—susurró Karl, entre asombro y alivio.
El hombre encapuchado, aún flotando en el centro de la caverna, abrió los ojos por primera vez.
Eran oscuros, pero no vacíos.
Había algo más allí.
Rabia, sí… pero también orgullo.
—¿Y tú quién demonios eres?
—dijo con voz seca.
Lujius no respondió de inmediato.
Bajó lentamente su espada, sin levantar la guardia.
Luego habló, con una voz clara, serena, pero con una firmeza que rasgaba el silencio.
—Soy alguien que no permitirá que lastimes a quienes aún tienen algo por aprender… y por vivir.
El encapuchado soltó una carcajada, seca, amarga, como si hacía años que no reía de verdad.
—¿Otro héroe con sentido de justicia?
Qué aburrido.
Pensé que este día terminaría tranquilo, pero parece que tendré un entretenimiento extra.
Vamos… demuéstrame que no eres solo palabras bonitas.
Lujius adoptó postura, sus ojos no se apartaban del enemigo.
El ambiente temblaba entre ambos.
La tensión era tan tangible que se podía cortar con un suspiro.
El combate no comenzó con un choque violento.
No.
Comenzó con pasos suaves.
Con desplazamientos medidos.
Como si ambos guerreros fueran músicos afinando antes del concierto.
La espada de Lujius giró suavemente en su mano, trazando líneas invisibles en el aire.
El encapuchado bajó al suelo, con un gesto ágil, y de la sombra a su alrededor comenzaron a brotar pequeños fragmentos oscuros, flotando como cenizas malditas.
—¿Has oído hablar de la “Sombra Vaciada”?
—preguntó el encapuchado, alzando su mano—.
Es una técnica que aprendí cuando renuncié a todo.
Al miedo, al dolor… y a la luz.
—Yo no he renunciado a nada —contestó Lujius, dando un paso más—.
Al contrario, he abrazado todo lo que soy.
Incluso mis errores.
Y sin más palabras, chocaron.
No en una explosión.
Sino en un encuentro que parecía una danza.
Espada contra sombra.
Movimiento contra fluidez.
Una lucha donde no bastaba ser fuerte: había que pensar.
Leer al enemigo.
Entender su ritmo.
Lujius esquivaba con precisión milimétrica, lanzando ataques certeros que eran bloqueados por estructuras oscuras creadas al instante por su adversario.
El encapuchado se movía como si predijera los pasos, como si cada acción fuera parte de una coreografía aprendida hace años.
Los chicos, desde atrás, apenas podían seguir el ritmo de la pelea.
Pero en medio de esa batalla silenciosa, algo quedaba claro: esta pelea no era solo de fuerza.
Era una conversación entre guerreros.
Una que decidiría el futuro de todos.
La batalla avanzaba, como una sinfonía de filo y sombra.
Lujius se deslizaba entre ataques, su espada trazando círculos perfectos.
El encapuchado no dejaba de sonreír, como si todo fuera un juego que conocía de memoria.
—Eres bueno, espada brillante.
Pero te falta algo —murmuró el encapuchado mientras formaba lanzas de oscuridad desde sus manos—.
Te falta… profundidad.
Oscuridad real.
—La oscuridad no me asusta —respondió Lujius, desviando una lanza con el dorso de su hoja—.
Porque la reconozco.
La he sentido.
Y la he aceptado.
La frase impactó más que su espada.
Por un instante, el encapuchado se detuvo.
Sus sombras parpadearon, inestables.
—¿Aceptar… la oscuridad?
Lujius dio un paso al frente, bajando su arma.
Los chicos observaron, sorprendidos.
—No soy un héroe perfecto.
Tengo errores, heridas, pasados rotos.
Pero todo eso soy yo.
No lo escondo, no lo entierro… lo transformo en fuerza.
Porque la identidad no es negar quién eres.
Es convertirlo en algo más.
El encapuchado retrocedió un paso.
Sus manos temblaban ligeramente.
Como si las palabras le dolieran más que cualquier herida.
—¡Tú no sabes nada!
—gritó, y la cueva se sacudió.
De su espalda emergieron dos alas de sombra pura, deformes, gigantescas.
Lujius levantó su espada otra vez.
No con rabia.
Con determinación.
—Tal vez no sé todo… pero sí sé esto: si solo vives ocultándote, no eres libre.
Eres una copia de tu dolor.
Y yo he venido a liberar a los que siguen atrapados en esa prisión.
La batalla se reinició, pero ahora había otra energía.
El encapuchado peleaba con furia, más desordenado.
Lujius, en cambio, más centrado, más sereno.
Como si el combate no fuera solo físico, sino mental.
Usó una técnica nueva: “Hoja del Recuerdo”, donde la espada absorbía parte de la energía oscura al contacto, y la liberaba en cortes de luz firme.
Era como si cada golpe limpiara un fragmento de la niebla que envolvía al enemigo.
Y entonces… algo cambió.
Por una milésima de segundo, los ojos del encapuchado mostraron miedo.
Pero no a Lujius.
A sí mismo.
Lujius lo notó.
—¿Cuál fue tu nombre… antes de volverte esto?
El encapuchado lo miró… y no respondió.
El silencio duró apenas unos segundos, pero pesaba como siglos.
El encapuchado bajó ligeramente la guardia, su respiración se hizo más pesada.
—No tengo nombre —dijo con voz quebrada—.
Lo dejé atrás… cuando todo lo que conocía fue destruido.
Lujius no atacó.
Mantuvo su espada en alto, sí, pero su mirada no era de odio… sino de comprensión.
—Nadie nace sombra —dijo él con calma—.
Te convertiste en esto por dolor… ¿verdad?
—¡¿Y qué si fue así?!
—el encapuchado estalló en ira—.
¡El dolor me hizo fuerte!
¡El dolor me dio propósito!
¡Yo…
no fui nadie!
¡Solo otro inútil más, olvidado!
¡Pero aquí, en esta oscuridad, yo soy TODO!
Las sombras a su alrededor se retorcieron como serpientes rabiosas.
Su cuerpo empezó a cambiar: su forma se distorsionó, como si se fusionara con sus propios clones, los monstruos que había creado.
El suelo tembló.
—¡Y si no puedo tener un nombre, tendré un legado de miedo!
Lujius apretó los dientes.
Sabía que este era el momento.
No podía seguir solo defendiéndose.
Debía detenerlo antes de que el poder lo consumiera por completo.
—¡Entonces recuerda esto, sombra!
¡Una vida construida en dolor solo genera más dolor!
¡Pero si usas ese dolor para levantarte, para ayudar, para guiar… entonces ese sufrimiento no fue en vano!
La espada de Lujius se iluminó.
Era una técnica rara, la más arriesgada: “Ecos del Alma”.
Al usarla, el portador liberaba toda su energía en un solo corte, capaz de cortar tanto cuerpo como emociones, revelando el verdadero corazón del enemigo.
Pero después de usarla… quedaría indefenso.
Lujius sabía el riesgo.
Y lo aceptó.
Saltó entre sombras como un rayo blanco.
Las sombras se abalanzaron sobre él, pero su filo brilló como un recuerdo encendido.
Con un grito, cortó la oscuridad frente a él… Y el tiempo pareció detenerse.
El encapuchado cayó de rodillas, jadeando.
Su capa se desgarró, y por primera vez se vio su rostro: joven, lleno de cicatrices, con ojos que no lloraban desde hacía años.
—Mi nombre… era… Azerion —susurró—.
Solo quería que me recordaran… Lujius cayó también, exhausto.
Los chicos corrieron hacia él.
—Lujius… ¿lo venciste?
—preguntó Eiden.
Él cerró los ojos, respirando profundo.
—No.
Lo salvé… de sí mismo.
Azerion, ahora libre de su deformidad oscura, cayó inconsciente.
Las sombras que lo rodeaban desaparecieron lentamente, como humo que se niega a irse.
El aire dentro de la cueva comenzaba a calmarse.
Los restos de la batalla aún flotaban en el ambiente como cenizas de un incendio recién apagado.
Los chicos estaban heridos, pero habían sobrevivido.
El enemigo había sido derrotado, pero no destruido.
Los chicos ayudaban a Lujius a incorporarse.
Estaba agotado, pero su mirada mantenía ese fuego que solo los que han visto demasiado saben sostener.
—Gracias… por venir —murmuró Relm, con un hilo de voz.
Lujius, con una sonrisa leve, les respondió: —No podía dejarlos solos… no ahora.
Ustedes han llegado muy lejos.
Eiden se acercó al cuerpo inconsciente de Azerion.
Sus puños temblaban, no de rabia… sino de compasión.
—¿Qué haremos con él?
Lujius lo miró en silencio y luego respondió: —Lo llevaremos con nosotros… Él también necesita una segunda oportunidad.
Lía se mantuvo callada, mirando el techo de la cueva.
Por primera vez en mucho tiempo… no sentía miedo.
Había enfrentado sus temores.
Todos lo habían hecho.
No eran los mismos que entraron.
Mientras tanto Azerion que yacía en el suelo, inconsciente, vio Eiden Su cuerpo que emanaba un tenue vapor oscuro que comenzaba a disiparse, como si la sombra dentro de él hubiera sido purgada.
Entonces, Nyrek, temblando pero determinado, se acercó al cuerpo.
Algo dentro de él despertaba.
Sus manos comenzaron a brillar con un tono verde pálido, casi como la vida misma canalizándose en forma de energía.
Todos lo miraron sorprendidos.
—¿Qué estás haciendo?
—preguntó Relm, asombrado.
—No lo sé…
pero siento que puedo ayudarlo —susurró Nyrek.
Apoyó sus manos sobre el pecho de Azerion.
La energía fluyó como un río sereno, y, poco a poco, las heridas del encapuchado sanaron.
El cuerpo de este dejó de emitir oscuridad, y sus ojos se abrieron con lentitud, confundidos.
—¿Dónde… estoy?
¿Qué… pasó?
Lujius se acercó y, con voz firme pero amable, respondió: —Estás vivo.
Te salvamos… o mejor dicho, él te salvó —mirando a Nyrek con una leve sonrisa.
Azerion se incorporó, observando a todos los presentes.
Por un momento, guardó silencio.
Luego, con los ojos humedecidos por una mezcla de emociones, bajó la cabeza y dijo: —Gracias… perdón por lo que hice.
No sabía lo que era ser libre de nuevo… No quiero volver a convertirme en lo que fui.
Lía, que hasta hace poco no podía siquiera mirar a un monstruo sin temblar, caminó decidida hacia Azerion.
No dijo nada.
Solo le tendió la mano.
Una señal de que ella también había superado sus miedos.
Eiden se giró hacia los demás.
—Tenemos que volver a Beinever.
El rey debe saber lo que ocurrió aquí.
Este lugar… este poder… no puede ser ignorado.
Liam, aún adolorido, bromeó: —¿Volver a caminar todo eso?
Genial… Eiden sonrió levemente y se volvió hacia Relm y Lía.
—¿Vendrán con nosotros?
Ambos se miraron, asintiendo con convicción.
—No pensamos quedarnos atrás —respondió Relm con una sonrisa cansada pero segura.
—Yo también quiero ayudar… y enfrentar lo que venga —dijo Lía, esta vez con firmeza.
Luego miraron a Nyrek.
—¿Tú qué dices?
—preguntó Eiden.
Nyrek, aún con las manos resplandecientes, asintió sin hablar.
Su rostro decía más que mil palabras.
Por último, Eiden miró a Azerion.
—¿Quieres venir?
Este miró a Lujius, con una expresión de súplica.
—No… Quiero quedarme.
Pero… ¿podría ir contigo?
¿Podrías entrenarme?
Tal vez…
enseñarme a no ser un monstruo.
Lujius lo miró fijamente, serio.
—¿Estás dispuesto a cambiar?
¿A enfrentar tus propios demonios sin excusas?
Azerion asintió con fuerza.
Lujius suspiró y luego sonrió apenas.
—Entonces sí.
Te entrenaré.
Te enseñaré el camino que me ayudó a sanar… y haré lo posible para que tú también encuentres el tuyo.
Todos comenzaron a moverse, saliendo de la cueva.
Aunque lastimados, sus pasos eran firmes.
El miedo ya no tenía el mismo poder sobre ellos.
Y Lía… Lía caminaba al frente.
La sombra había sido enfrentada.
La historia apenas comenzaba.
— “Aceptar quién eres, incluso tus cicatrices, es la forma más poderosa de liberarte del pasado.
La identidad no es una carga… es tu mayor fuerza.”
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