Vornex: Temporada 1 - Capítulo 37
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- Capítulo 37 - 37 Capítulo 37 Hijos del destino
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37: Capítulo 37: Hijos del destino 37: Capítulo 37: Hijos del destino El camino hacia Beinever estaba marcado por una tranquilidad inusual, como si la naturaleza misma quisiera proteger ese último tramo de los tres jóvenes.
El sonido de los pasos se mezclaba con un murmullo sutil, un eco que no venía de ninguno de ellos…
sino de las pequeñas luces que aún flotaban a su alrededor.
Luciérnagas.
Pero no eran normales.
Cada una parecía pulsar con energía viva, casi como si sintieran lo que ellos sentían.
Algunas se acercaban más a Eiden, otras a Liam, otras a Karl…
y cada una emitía frases suaves, apenas audibles, como susurros dentro de la mente.
-“No olvides por qué decidiste caminar.” -“Incluso cuando dudes…
tu fuego no se apaga.” -“El miedo es parte del coraje.” Karl se detuvo un momento, viendo una de ellas posarse sobre su dedo.
Su luz brillaba más intensamente que el resto.
-Esto…
no lo entiendo del todo, pero siento que nos conocen -murmuró con voz baja, casi en reverencia.
Eiden asintió, observando cómo varias de ellas giraban lentamente a su alrededor como si lo estuvieran despidiendo.
-Tal vez no son seres vivos…
sino memorias.
Fragmentos de la dimensión.
Ecos de pensamientos.
Algo que nos protege, o nos guía -teorizó, mientras Liam los escuchaba en silencio.
Una luciérnaga se acercó a él y, por primera vez, habló con una voz más clara, como si entendiera exactamente lo que Liam necesitaba oír.
-“Tu dolor también puede salvar.” Liam respiró hondo.
No dijo nada.
Pero lo comprendió.
Las luces comenzaron a elevarse, poco a poco, y una tras otra se iban desvaneciendo en el cielo como si ya hubieran cumplido su misión.
Justo cuando la última luciérnaga comenzaba a perder su brillo, emitió una frase distinta.
Más firme.
Más urgente.
-“Protejan este planeta…
el planeta Velthar.” Los tres se detuvieron un instante.
-¿Velthar?
-repitió Karl, sorprendido.
Eiden sonrió suavemente.
-Así que así se llama este hermoso lugar, eh…
-dijo, casi en un suspiro-.
Ahora lo sabemos.
-Y ahora también es nuestro deber protegerlo -añadió Liam, con convicción.
Cuando la última luz desapareció, el camino se despejó por completo.
Al fondo, tras una ligera colina, se alzaba el perfil de Beinever.
La ciudadela no había cambiado, pero para ellos sí lo había hecho todo.
Cuando por fin comenzaron a ver las altas torres de piedra del gran pueblo de Beinever, ya el sol estaba cayendo, tiñendo el cielo con un tono dorado intenso.
Al aproximarse, las miradas de los ciudadanos empezaron a fijarse en ellos, no con miedo, sino con una mezcla de sorpresa y curiosidad.
Pero había algo más…
-Oye, Eiden…
-susurró Karl-.
¿Ya notaste que nos están viendo raro?
-Claro que sí -respondió él en voz baja-.
No es solo por nosotros…
es por ellos.
Nyrek, Lía y Relm caminaban detrás de ellos.
Tres figuras nuevas que no formaban parte de Beinever, y eso no pasó desapercibido para los guardias del gran portón.
-¡Alto ahí!
-exclamó uno de los centinelas mientras se acercaba-.
Esos tres no son reconocidos por este territorio.
Nadie puede ingresar sin autorización del consejo real.
Los tres jóvenes se detuvieron en seco.
Karl chasqueó la lengua con fastidio, mientras Relm y Lía alzaban las manos como señal de paz.
Nyrek, en cambio, permanecía sereno, aunque claramente tenso.
Eiden dio un paso al frente con firmeza.
-Están con nosotros.
Han sido parte de nuestra travesía, nos ayudaron y tienen información crucial que el rey necesita escuchar.
Déjenlos pasar.
Hubo un momento de silencio entre los guardias.
Uno de ellos se miró con el otro, como si dudaran, pero finalmente asintieron y abrieron paso.
-Está bien…
Pero el rey decidirá si se quedan.
-Ya verán que sí -dijo Karl, sonriendo de lado.
Caminaron hasta el salón principal.
La gran sala estaba llena de columnas talladas y antorchas encendidas que proyectaban sombras danzantes sobre el trono.
Allí, sentado con porte digno, se encontraba el Rey Gimson II, esperándolos.
Cuando los vio llegar, sus ojos se clavaron en ellos con seriedad, pero con una pizca de esperanza.
-Díganme -dijo sin rodeos-.
¿Pudieron derrotar a las sombras abandonadas de Dark en las montañas?
Eiden negó con la cabeza con calma, aunque con un brillo encendido en la mirada.
-No eran sombras de Dark…
eran de alguien más.
Un ente llamado Azerion.
El rostro del rey se tensó ligeramente, intrigado.
-¿Azerion?
-Sí -intervino Liam-.
Las criaturas eran una trampa, una ilusión poderosa.
Pero las atravesamos y descubrimos más de lo que esperábamos.
-Muchísimo más -añadió Karl-.
Rey…
venimos con respuestas.
Pero también…
con nuevas preguntas.
Detrás de ellos, los tres acompañantes dieron un paso al frente.
Nyrek, con una mirada directa y firme, fue el primero en hablar: -Mi nombre es Nyrek…
y no soy exactamente quien ustedes creen.
Fui creado por alguien llamado “El Ángel Lhiss”, y él me reveló la existencia de algo…
o alguien…
aún más peligroso que Dark.
Pero su nombre…
aún permanece oculto.
El rey Gimson II se levantó de su asiento, con el rostro rígido por la sorpresa.
-¿Qué clase de enemigo estamos enfrentando ahora…?
— Un silencio tenso se formó.
Entonces, Relm alzó la voz, dando un paso con seguridad: —Yo también escuché algo sobre eso.
Una leyenda… que hablaba de un ser supremo, uno que creó a Dark con el único propósito de propagar el caos por todas las dimensiones.
El rey Gimson II lo miró fijamente, con asombro contenido.
—¿Dónde escuchaste eso?
Relm miró a Lía, y ella asintió antes de responder: —En la Taberna del Lobo, al sur de aquí.
Es un lugar donde los más viejos se reúnen a beber y contar leyendas… pero ahora, viendo todo esto, ya no parece una simple historia.
—Es real —confirmó Relm—.
O está por volverse real.
El rey se levantó lentamente, con los ojos clavados en el vacío como si calculara los pasos futuros.
—Entonces debemos prepararnos.
Pero no será ahora.
Cuando ustedes estén lo suficientemente listos, reuniremos a los reinos aliados de las otras dimensiones.
Despertaremos a los Guardianes Dormidos.
Esta será una guerra que nadie ha visto jamás… Pero aún no es el momento.
Eiden dio un paso al frente, firme, decidido.
—Gracias por confiar en nosotros, Rey Gimson.
Pero díganos… ¿qué tan lejos queda esa taberna?
Relm sacó un mapa arrugado de su mochila y lo extendió sobre la mesa principal.
—Está cerca —dijo señalando con el dedo—.
Justo al sur de aquí, a unos cinco kilómetros.
Liam suspiró y se tocó las piernas.
—Cinco kilómetros más… Está bien, pero antes necesito un descanso.
Mis piernas se van a caer.
El rey rió con suavidad y asintió.
—Por supuesto.
Han hecho más que suficiente por hoy.
Se lo han ganado.
Pueden quedarse a vivir aquí si así lo desean.
Este pueblo los recibirá como héroes.
El rey hizo una señal y varios guardias se acercaron de inmediato.
—Encuéntrenles un buen lugar.
Que tengan todo lo que necesiten.
Los guardias asintieron y comenzaron a escoltar a los chicos, pero algo llamó la atención de Eiden y Liam: Karl no se movía.
—¿Karl?
¿No vienes?
Karl negó con la cabeza.
—Quiero seguir entrenando.
No estoy listo aún.
No mientras existan enemigos como Dark… o ese nuevo ente.
El rey entrecerró los ojos y sonrió apenas.
—Veo que hablas en serio… En ese caso, tengo otra misión para— —Déjamelo a mí —interrumpió una voz femenina.
Todos giraron la cabeza.
Era Suli.
—Rey Gimson, si lo que Karl quiere es entrenar de verdad… entonces necesita más que una misión.
Necesita disciplina.
Y yo puedo dársela.
—¿Tú?
—preguntó Karl, desconfiado—.
¿Por qué?
—Porque a veces… el enemigo también puede convertirse en la mejor maestra —respondió ella con una sonrisa misteriosa—.
Además, ya envié a mi grupo a una misión.
Estoy sola… y me gusta así.
Karl dudó, pero luego recordó lo fuerte que era ella… la última vez casi los derrota a todos.
—¿Adónde quieres llevarme?
—Al Pueblo Fantasma —dijo ella con simpleza—.
Está cerca de aquí.
Es mi sitio de entrenamiento.
Y si quieres ser más fuerte… debes ir hasta los límites de ti mismo.
Karl tragó saliva.
Dudó.
Pero luego asintió.
—Está bien… Vamos.
Suli lo miró con satisfacción y ambos partieron, dejando atrás al grupo, mientras el sol comenzaba a ponerse detrás del reino de Beinever.
—
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