Vornex: Temporada 1 - Capítulo 44
- Inicio
- Todas las novelas
- Vornex: Temporada 1
- Capítulo 44 - 44 Capítulo 44 El laberinto de la mente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
44: Capítulo 44: El laberinto de la mente 44: Capítulo 44: El laberinto de la mente …
“No hay caminos fáciles cuando tu destino depende de lo que sabes y de lo que estás dispuesto a arriesgar.” …
El ambiente se tornó helado cuando el bufón rojo, serio y sin rastros de humor, dejó claro la regla definitiva: -No habrá ayuda entre ustedes.
Cada uno debe responder una pregunta, y solo tienen una oportunidad.
Si fallan, enfrentarán las consecuencias.
Los tres se miraron con determinación y acordaron el orden: primero Eiden, luego Liam, y por último Karl.
El bufón avanzó y, con voz grave, comenzó la ronda.
— Primera pregunta para Eiden: -Dime, joven viajero -exclamó el bufón-: “En un reino donde el sol nunca se pone, ¿qué es lo que nunca envejece ni se cansa, aunque todo a su alrededor cambie?” Eiden pensó, intentando hallar sentido entre las palabras, y respondió con seguridad: -El tiempo.
El bufón frunció el ceño y negó: -Incorrecto.
El tiempo cambia, se desgasta y envejece con los recuerdos.
La respuesta correcta era “el alma”, que permanece inmutable y eterna.
Eiden tragó saliva, sintiendo el peso del fallo.
— Segunda pregunta para Liam: El bufón giró hacia Liam, con una sonrisa torcida: -Entonces tú: “Vuelo sin alas, lloro sin ojos.
Siempre estoy presente, pero nunca soy visto.
¿Qué soy?” Liam dudó, tratando de conectar las pistas, y dijo con cierta inseguridad: -La sombra.
El bufón negó con desdén: -No.
La sombra tiene forma y puede ser vista.
La respuesta correcta era “el viento”.
Liam apretó los puños, frustrado por no acertar.
— Tercera pregunta para Karl: El bufón clavó sus ojos en Karl, intensificando el silencio: -Finalmente: “Soy la sombra que nunca se separa, el eco que nunca se escucha, la voz que no se pronuncia.
¿Qué soy?” Karl se tensó, sus ideas giraban, pero finalmente admitió: -No sé.
El bufón suspiró y pronunció con gravedad: -Incorrecto.
La respuesta era “el silencio”.
— El bufón rojo dio un paso atrás, con una mirada oscura que parecía consumirlos: -Han fallado todas las preguntas.
Pero solo tendrán una última oportunidad en el próximo desafío.
Si fallan nuevamente, deberán pagar el precio final.
Los chicos se miraron, conscientes de que estaban al borde de un abismo.
— El bufón rojo se quedó en silencio unos segundos, mirando con dureza a los tres.
Luego habló con voz firme y sin rastro de bromas: -Has fallado las preguntas, pero no todo está perdido.
Ahora viene la verdadera prueba.
Síganme.
Los chicos, con el ceño fruncido y el corazón latiendo con fuerza, lo siguieron hasta un claro amplio y plano.
Allí, con un gesto de sus manos, el bufón invocó un brillo rojo que empezó a extenderse por el suelo, levantando muros altos que formaban un enorme laberinto.
-Este es el Laberinto de Valdir -dijo con voz profunda-.
-Para escapar, deberán encontrar la salida.
Pero cuidado: cada atajo estará bloqueado por una puerta cerrada con un enigma.
Solo se abrirá si responden correctamente.
La llave para avanzar es la responsabilidad.
-Si ven una puerta, eso significa que van por el camino correcto; si no, están perdidos.
Se hizo una pausa y añadió: -Tienen 30 minutos para salir.
Si no lo logran, deberán enfrentarse a mí…
en mi verdadera forma.
Los chicos intercambiaron miradas nerviosas, el peso del desafío era enorme.
Liam apretó el puño y Eiden tomó una profunda respiración.
Karl, con su actitud firme, fue el primero en hablar: -No hay otra opción que intentarlo.
No podemos fallar.
-Entonces -dijo el bufón, mientras los envolvía con un aura roja-, que comience el juego.
En un instante, fueron teletransportados al interior del laberinto.
Las paredes de piedra oscura se alzaban imponentes a su alrededor, y en la penumbra se distinguía una puerta brillante con símbolos antiguos.
El juego había comenzado.
— Los chicos continuaron avanzando por el tenebroso laberinto.
Las paredes eran tan altas que no se podía ver el cielo, solo una penumbra rojiza iluminada por antorchas clavadas en los muros.
El silencio era inquietante, pero Liam fue el primero en romperlo: -Chicos, si queremos encontrar la salida rápido, lo mejor será separarnos y abarcar más terreno -dijo con firmeza.
Los demás dudaron un segundo, pero terminaron aceptando.
Eiden tomó un pasillo recto, sin puertas ni bifurcaciones, solo piedra tras piedra.
Liam hizo lo mismo, caminando sin fin, atento.
Karl, por su parte, avanzó por un sendero angosto, girando en esquinas que parecían llevar a todas partes…
y a ninguna.
Eiden y Liam, después de unos minutos, se cruzaron por casualidad.
Se sorprendieron al verse, lo que significaba que el camino los llevaba en círculos.
Decidieron entonces tomar otra ruta.
Karl seguía avanzando, pero después de un rato notó algo inquietante…
había pasado por la misma antorcha rota tres veces.
Estaba dando vueltas.
De pronto, todos escucharon una risa aguda que resonó por todo el laberinto.
Al mirar hacia arriba, vieron al Bufón Rojo, sentado sobre una alta columna de piedra, con una pierna colgando y su sonrisa torcida.
-¡Ya pasaron tres minutos!
-gritó con burla.
-¿Qué?
-exclamó Karl-.
¡Pero si apenas empezamos!
-Este juego está hecho para que pierdan -dijo el bufón, cruzando los brazos-.
¿De verdad pensaron que sería fácil?
En ese momento, Liam gritó desde otro pasillo: -¡¡Chicos!!
¡¡Encontré una puerta!!
Eiden y Karl corrieron en dirección a su voz.
Frente a ellos, se alzaba una puerta tan alta como las paredes del laberinto.
Abajo, había un texto grabado en piedra con una pregunta: “¿Qué pesa más: un kilo de plomo o un kilo de plumas?” -Obvio…
¡pesan lo mismo!
-dijo Liam sin dudar.
La puerta se desvaneció en partículas de luz, revelando el siguiente tramo.
Avanzaron…
pero ahora todo era más peligroso: trampas para osos ocultas en el suelo, huecos mortales en el camino.
Tenían que esquivar con cuidado, usando su ingenio y agilidad.
A pesar del avance, los caminos comenzaron a enredarse más.
Pasaban por el mismo punto una y otra vez, como si el laberinto se riera de ellos.
Incluso se cruzaban entre sí varias veces, lo que no debía ser posible.
Fue entonces que Liam miró hacia arriba nuevamente y vio al bufón aún en su columna, observándolos con diversión.
-¡¿Esto lo estás haciendo tú?!
-gritó-.
¡¿Nos estás haciendo caminar en círculos?!
-Yo no modifiqué nada -respondió con fingida inocencia-.
Este lugar tiene vida propia…
aunque, bueno, lo alimenté un poco.
Siguieron moviéndose, esquivando trampas, pero ya era frustrante.
Nada tenía lógica.
Hasta que Karl, mientras analizaba un muro, notó una leve diferencia en la textura.
Al tocarlo, el muro desapareció como una ilusión, revelando un pasaje estrecho, muy camuflado.
Lo cruzaron con dificultad y llegaron a una segunda puerta.
Esta también tenía una inscripción tallada: “Si tienes uno, quieres compartirlo.
Pero si lo compartes, ya no lo tienes.
¿Qué es?” -¡Un secreto!
-dijo Karl, seguro de sí mismo.
Pero nada pasó.
La puerta no se movió.
Pensaron un rato más, hasta que Eiden reflexionó: -¡Es correcto!
Pero…
tienes que decirlo tú, Karl.
Es tu puerta.
-¿Qué…?
Pero ya lo dije…
-No importa.
Dilo otra vez, con seguridad.
-Un secreto -dijo Karl, mirándola de frente.
Entonces la puerta desapareció.
Avanzaron al último tramo del laberinto.
Esta vez no había trampas.
Caminaban…
y caminaban…
y caminaban…
Pero después de varios minutos, Eiden frunció el ceño.
-¿No es este el mismo punto al que ya vinimos?
Miraron a su alrededor.
Era idéntico.
-Bufón, ¿cuánto tiempo ha pasado?
-preguntó Eiden con urgencia.
-¡Ya van doce minutos!
¡Les quedan quince!
-respondió burlón, desde la distancia.
Liam comenzó a correr.
Karl y Eiden lo siguieron.
Probaron distintos caminos, pero todos, de alguna forma, terminaban en el mismo lugar.
Era desesperante.
-Esto es un bucle -dijo Karl, jadeando-.
¡¡El laberinto cambia de posición!!
¡Cada camino que tomamos se rearma para traernos de nuevo al centro!
Eiden, entonces, tuvo una idea.
-¡Tenemos que dejar marcas!
Rastros, lo que sea.
Si marcamos por dónde pasamos, al menos sabremos si ya estuvimos ahí.
Empezaron a dejar huellas usando polvo de piedra, pedazos de tela, lo que tuvieran a mano.
Y funcionó: cada vez se acercaban más a una pared diferente…
hasta que el bufón hizo un gesto, y las huellas desaparecieron como si nunca hubieran estado allí.
-¡Eso es injusto!
-gritó Eiden.
-Ustedes no pueden hacer trampas en mi juego -respondió el bufón Rojo, con una risa seca.
Entre la desesperación, encontraron una pared que parpadeaba levemente, como un holograma.
Al tocarla…
desapareció, revelando la tercera y última puerta.
Esta vez, la pregunta era la más complicada: “No soy humano ni objeto.
No tengo forma pero todos me conocen.
Estoy presente en el pasado, habito el ahora, y seré parte del mañana.
¿Quién soy?” Karl lo intentó.
Liam también.
Pero la puerta no se movía.
Eiden se quedó pensando en silencio…
hasta que murmuró: -El tiempo…
-¿Qué dijiste?
-preguntó Karl.
-¡La respuesta es el tiempo!
-exclamó Eiden con convicción.
La puerta se abrió lentamente con un fuerte sonido.
Pero justo cuando pensaron que todo había terminado…
aparecieron más caminos.
Cada uno con pequeñas puertas.
No había trampas ni preguntas imposibles.
Las preguntas estaban escritas en piedra, simples, fáciles de responder.
Los tres comenzaron a avanzar abriendo una tras otra, corriendo, pensando rápido.
Al final, llegaron a un enorme portal de salida.
El Bufón Rojo los esperaba allí.
-¡Felicitaciones!
¡Les sobraron tres minutos!
¡¡Han ganado!!
Los chicos respiraron aliviados…
pero la sonrisa del bufón no desaparecía.
-Bueno…
en realidad, perdieron -añadió.
-¿¡Qué!?
-dijeron al unísono.
-Algunas puertas…
sí, se abrían si cualquiera respondía.
Pero otras estaban hechas solo para uno de ustedes.
Si otro la respondía, aunque fuera correcto, no contaba.
Se abrían…
pero estaban mal respondidas.
Y ustedes…
ni cuenta se dieron.
-¡Eso no estaba en las reglas!
-protestó Liam.
-¡Exacto!
-gritó el bufón- ¡Porque yo hago las reglas!
Una risa cruel estalló.
El laberinto comenzó a desvanecerse, ladrillo por ladrillo.
El suelo tembló.
Las paredes se derritieron en neblina…
y lo que surgió en su lugar fue un campo de batalla, con un cielo rojo y rayos en el horizonte.
El bufón giró su bastón, su rostro más retorcido que nunca.
-Ahora…
¡prepárense para enfrentarme!
Este es mi juego…
¡y aquí yo no tengo piedad!
— El cielo rojo rugía con furia.
Relámpagos cruzaban el horizonte como látigos de energía pura, y el suelo crujía bajo los pies de los tres chicos.
El laberinto había desaparecido… y ahora estaban de pie en medio de un campo desolado, cubierto de tierra agrietada y columnas rotas.
En el centro, como una estatua viva, el Bufón Rojo —Valdir— los observaba.
Su sonrisa ya no era burlona, sino oscura… como si ocultara algo aún más peligroso.
—Así que lo lograron —dijo, caminando lentamente en círculos alrededor de ellos—.
Tres pequeños ratones salieron de mi laberinto… ¿y ahora qué?
Karl apretó los puños, los ojos encendidos de rabia.
—¡Déjanos salir!
Ya ganamos tu estúpido juego.
Valdir soltó una risa suave, seca, casi lastimera.
—¿Salir…?
¿Creen que esto era solo una prueba?
¿Un jueguito más en su camino de héroes?
No, no, no… Ustedes entraron a mi dominio, jugaron bajo mis reglas… y ahora deben pagar el precio.
Liam levantó la guardia.
Su cuerpo temblaba, no solo por miedo, sino por la presión del ambiente, como si algo en el aire intentara aplastarlos.
—¿Qué eres realmente?
—preguntó, con la voz baja—.
No eres solo un bufón.
Valdir se detuvo.
Bajó la cabeza… y cuando volvió a alzarla, su rostro ya no mostraba ninguna expresión amable.
Sus ojos, completamente rojos, reflejaban poder puro.
—Fui el Primer Jugador de este mundo —dijo con voz grave, casi ronca—.
El primero en reír, el primero en morir… y el primero en volver.
¿Creen que los acertijos eran pruebas?
¡Eran advertencias!
Este mundo castiga a los que buscan respuestas, pero destruye a quienes creen tenerlas todas.
—¡Estás loco!
—gritó Karl.
Valdir lo miró… y por un segundo, su rostro se contrajo, como si la palabra hubiera tocado una herida profunda.
—Tal vez.
Pero un loco que sobrevive…
es más peligroso que un sabio muerto.
Eiden dio un paso adelante, calmado.
—¿Qué quieres de nosotros?
Valdir sonrió otra vez, ahora con los dientes afilados como cuchillas.
—Quiero que me entretengan.
Alzó su bastón… y todo el campo tembló.
Las columnas se elevaron de nuevo, como si el terreno respirara.
Un aura roja rodeó a Valdir.
Sus ropas de bufón comenzaron a mutar: se alargaron, se volvieron una mezcla de túnica y armadura ligera, decorada con campanas negras que no sonaban.
Su bastón se dividió en dos, convirtiéndose en espadas curvas hechas de energía inestable.
—¡Si quieren vivir… ¡BAILEN CONMIGO!
Comenzó la pelea.
Karl lanzó una esfera de energía desde su palma, pero Valdir se desvaneció antes de que lo alcanzara.
Reapareció detrás de él en un parpadeo, lanzando una patada que Karl apenas logró esquivar rodando por el suelo.
—¡Es rápido!
—gritó Liam, cubriendo a Karl con una ráfaga de viento cortante.
Eiden corrió hacia él con su espada envuelta en luz.
Hizo contacto, un golpe certero al torso del bufón…
pero su cuerpo se deshizo en una nube de humo rojo.
Desde el cielo, Valdir cayó como un cometa, partiendo el suelo con una de sus espadas.
—¡Ja, ja, ja!
¡Esto es un baile, no una misa!
Liam saltó hacia una columna rota, usándola de plataforma para lanzarse con velocidad.
Disparó múltiples ráfagas a la vez, pero Valdir las desvió todas girando en el aire como un tornado sangriento.
Eiden levantó su brazo izquierdo, activando un pequeño artefacto en su muñeca.
Un campo de luz se extendió, cubriendo a los tres por un instante.
—¡Tenemos que pensar!
¡No podemos derrotarlo si peleamos por separado!
—¡Entonces dime qué hacer!
—rugió Karl, sacando una daga de energía carmesí.
Valdir se detuvo por un segundo.
Aplaudió.
—¡Ah, eso me encanta!
¡Discusión en medio del combate!
¡Tensión dramática!
¡Esto es mejor que una obra de teatro!
El campo se rompió y Valdir se lanzó otra vez, pero esta vez Eiden lo enfrentó directamente, bloqueando sus espadas con la suya.
—¡Tienes energía… pero no propósito!
—gritó Eiden—.
¡No luchas por nada!
—¡¿Y tú qué sabes de mí?!
—Valdir rugió.
Los ojos de Eiden se abrieron.
Por primera vez… Valdir había dejado ver algo real.
Un pasado.
Una herida.
—¡No eres el único que perdió algo!
—respondió Eiden, forzando el choque de espadas.
Liam apareció por el flanco, canalizando energía en su mano.
—¡Ahora, Karl!
Karl gritó, liberando una explosión desde el suelo, que hizo temblar a Valdir y lo lanzó al aire.
Eiden y Liam aprovecharon para saltar juntos, y con un golpe combinado, lo estrellaron contra una columna.
El bufón cayó de rodillas.
Su sonrisa seguía ahí… pero se notaba desgastada.
Una grieta cruzaba su máscara.
—Interesante…
—dijo con la voz rota—.
Tal vez… sí pueden seguir bailando un poco más.
Y entonces, todo cambió.
El cielo explotó en llamas carmesí.
Una segunda forma del bufón se levantó detrás de ellos.
No era Valdir… era otra versión.
Más alta, más delgada, con ojos huecos.
—¿¡Qué… qué es eso!?
—exclamó Karl.
Valdir rió, mientras sangre negra caía de sus labios.
—¿Pensaron que esto tenía una sola ronda…?
—
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com