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Vornex: Temporada 1 - Capítulo 48

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  4. Capítulo 48 - 48 Capítulo 48 La llegada a Eldrys
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48: Capítulo 48: La llegada a Eldrys 48: Capítulo 48: La llegada a Eldrys Las ramas se abrían lentamente a su paso, y con cada metro que avanzaban, los rayos de luz se volvían más intensos.

El sendero oculto que Lurea les había mostrado estaba formado por raíces que parecían haberse separado solo por ellos, como si el bosque aún les concediera su confianza.

Poco a poco, el olor terroso del bosque fue dando paso a un aire más limpio, cargado de aromas mezclados: humo de cocina, pan horneado, perfumes herbales…

civilización.

—Creo que ya estamos cerca —dijo Liam mientras entrecerraba los ojos, protegiéndose del sol que comenzaba a colarse con más fuerza.

—Sí…

puedo oír voces —añadió Eiden, afinando el oído—.

Y movimiento.

Madera, ruedas…

definitivamente es un pueblo.

Karl iba unos pasos más atrás, observando el cambio a su alrededor.

No dijo nada, pero su expresión, por primera vez en mucho tiempo, mostraba una mezcla entre curiosidad y alivio.

Después de lo vivido en el Bosque de Hirken, estar cerca de gente —aunque desconocida— era un consuelo.

Cuando finalmente salieron del bosque, el paisaje se abrió como un suspiro liberado.

A lo lejos, las murallas de piedra de Eldrys se alzaban, no como una fortaleza imponente, sino como un límite acogedor, cubiertas de enredaderas y líquenes que mostraban el paso del tiempo.

Las puertas estaban abiertas de par en par, y desde allí se podía ver la vida fluyendo dentro: puestos de mercado, niños corriendo, comerciantes gritando precios, y el sonido alegre de una flauta acompañado por pasos de danza.

—Eldrys… —murmuró Eiden.

La sensación era extraña.

Por un lado, estaban entrando a un lugar que no conocían, con reglas y peligros aún por descubrir.

Por otro, ese mismo lugar parecía ignorar la oscuridad del mundo exterior, como si viviera en su propia burbuja de esperanza.

—¿Vamos directo a la taberna del lobo?

—preguntó Karl.

Eiden negó con la cabeza.

—No aún.

Estamos hambrientos, agotados, y si vamos directo ahí… podríamos llamar la atención equivocada.

Mejor tomamos un desvío.

Comamos algo, veamos un poco el pueblo.

Luego iremos.

El grupo asintió.

Era una buena decisión.

Al cruzar la puerta principal, varios ojos se posaron en ellos.

Forasteros, claramente.

Sus ropas no eran como las del resto, y las pequeñas cicatrices, el polvo del camino y las marcas de energía dejaban claro que venían de algo más que un simple viaje.

Pero nadie dijo nada.

Algunos saludaron con la cabeza, otros simplemente siguieron con sus vidas.

Eiden lideró al grupo por una de las calles principales, flanqueada por construcciones de madera y piedra.

Las casas eran rústicas pero firmes, muchas con pequeños jardines colgantes y símbolos extraños tallados en las puertas.

—¿Qué es eso?

—preguntó Liam, señalando uno de los símbolos.

—Protecciones mágicas —respondió una anciana que pasaba cerca, con una sonrisa amable—.

Aquí en Eldrys nos gusta prevenir, no lamentar.

—Gracias —respondió Eiden, devolviendo la cortesía.

A la vuelta de una esquina encontraron lo que buscaban: una plaza con bancos, una fuente y, justo al lado, un pequeño local que desprendía un olor a carne asada y pan caliente.

“El Caldero Errante”, se leía en el cartel.

Un sitio modesto, pero con una energía cálida que los hizo entrar sin pensarlo dos veces.

Dentro, el lugar estaba animado.

Mesas llenas, camareros corriendo de un lado a otro, y el bullicio de los almuerzos de mediodía.

Un joven de cabello rizado los saludó desde detrás del mostrador.

—Bienvenidos, forasteros.

¿Mesa para tres?

—Sí, por favor —respondió Karl, adelantándose.

Pronto estaban sentados, con platos frente a ellos que parecían una bendición: pan artesanal, un guiso humeante con verduras y carne, y una bebida cítrica que les devolvió el alma al cuerpo.

—Esto es lo mejor que he probado desde que llegamos —dijo Liam, con la boca llena.

—No sé si tengo hambre o si realmente está así de bueno —agregó Karl.

Eiden no respondió.

Comía en silencio, pero observaba el ambiente.

Cada detalle.

La gente.

La forma en que hablaban, en que se movían.

Estaba evaluando.

Después de un rato, cuando terminaron de comer, pagaron con unas monedas que aún conservaban del intercambio anterior y salieron de nuevo a la calle.

La tarde comenzaba a teñirse de dorado, y el pueblo no parecía disminuir su ritmo.

—Ahora sí —dijo Eiden—.

A la taberna del lobo.

—¿Creés que ahí encontremos a alguien que nos ayude?

—preguntó Liam.

—No sé si ayuda —respondió Eiden, caminando ya hacia el este—.

Pero respuestas… tal vez.

Y con esa intención clara, los tres se dirigieron hacia su próximo destino.

Eldrys los había recibido con una sonrisa, pero como en todo lugar nuevo, las sombras podían esconderse incluso en la luz del día.

Y ellos lo sabían.

— Cuando terminaron su comida en El Caldero Errante, satisfechos y con energías renovadas, los chicos se pusieron de pie, agradecieron al camarero y salieron nuevamente a la calle, entre risas tenues y comentarios sobre el pueblo.

Sin que ellos lo notaran, una figura encapuchada, sentada al fondo del local, había estado observándolos durante toda su estadía.

Su rostro permanecía en sombras, oculto tras una capucha gris raída, y entre sus dedos giraba un anillo de metal oxidado con un símbolo tallado.

El desconocido terminó su bebida sin prisa, se levantó sin hacer ruido y los siguió a distancia, con pasos medidos.

Los vio doblar en una calle secundaria, camino hacia el este, probablemente rumbo a la famosa Taberna del Lobo.

— En lugar de seguirlos, desvió su rumbo hacia un callejón cercano, oculto entre dos edificaciones donde las sombras parecían más densas que en el resto del pueblo.

Allí lo esperaban tres figuras bien conocidas: Miro, el flacucho ágil de mirada desconfiada; Alven, el nervioso y tartamudo; y Dresk, el más alto y serio del trío, que parecía algo más molesto que sus compañeros.

—¿Qué pasó?

—preguntó el encapuchado, cruzándose de brazos.

—Los vimos —dijo Dresk sin rodeos—.

Son los mismos que conocimos en el bosque.

Los seguí después de que esa tal Lurea nos soltara.

Se vinieron para Eldrys, como ella les dijo.

—¿Y cómo sabés eso?

—preguntó el misterioso.

—Me escondí y escuché todo lo que hablaron con ella.

Estaban buscando este lugar…

y parece que confían en ella —resopló Dresk, cruzándose de brazos—.

Como si eso no fuera suficiente, parecen ser fuertes.

Pero no se ven como de por acá.

Son forasteros.

Y si son amigos de Lurea…

El encapuchado bufó.

—Entonces no serán bienvenidos en Eldrys —concluyó, frunciendo el ceño—.

Ya sabés cómo es esto.

Lurea perdió toda su reputación en este pueblo.

La mayoría la considera una loca…

una amenaza.

Si ellos se juntan con ella, también serán tratados como parias.

—De hecho —intervino Miro—, yo justo los vi venir hace un rato.

Tres chicos, ni muy grandes ni muy chicos.

Justo los que nos dijeron que buscáramos.

—Sí —asintió Alven, todavía nervioso—.

Eso confirma todo.

No podemos dejarlos libres.

El encapuchado asintió con gravedad.

—Entonces tenemos que contárselo al jefe.

Que se prepare, porque estos chicos no pasarán desapercibidos.

Los cuatro caminaron con rapidez hasta el extremo norte del pueblo, donde los callejones se conectaban con una zona menos transitada.

Allí, semioculta tras una tienda de telas, se encontraba una carroza oscura, reforzada con metal en los bordes, y dos caballos negros resoplando impacientes al frente.

El encapuchado golpeó suavemente la puerta lateral.

Esta se abrió y entraron.

Dentro, el aire era denso, con olor a tabaco y madera vieja.

En una mesa improvisada, dos personas jugaban a las cartas.

Uno de ellos, un hombre de mirada penetrante, barba recortada y guantes de cuero, bajó las cartas lentamente tras ganar la mano.

—¿Qué quieren?

—preguntó sin levantar mucho la voz, pero con una autoridad que se imponía por sí sola.

Los recién llegados intercambiaron miradas.

El encapuchado dio un paso adelante.

—Jefe… encontramos a unos chicos.

Forasteros.

Pero no comunes… Son cercanos a Lurea.

Están aquí, en Eldrys.

Acaban de llegar y van rumbo a la Taberna del Lobo.

El hombre de las cartas arqueó una ceja.

—¿Lurea?

Pensé que ya nadie se atrevía a pronunciar ese nombre.

Si se están juntando con ella… no son bienvenidos aquí.

—Exacto —añadió Dresk—.

Y por lo que vimos, podrían valer bastante si los atrapamos vivos.

O al menos…

si los sacamos del camino.

El jefe se levantó lentamente, hizo un ademán con la mano y dejó que las cartas cayeran sobre la mesa.

—Entonces no perdamos tiempo.

Reúnan a algunos de los nuestros.

Que parezcan comerciantes, viajeros, lo que sea.

No queremos alertarlos aún…

pero tampoco vamos a darles margen para actuar.

Se giró hacia una repisa y tomó una especie de insignia metálica en forma de media luna rota.

—Si esos chicos están realmente del lado de Lurea… entonces también son enemigos de Eldrys.

Y eso significa que nos pagan bien si desaparecen.

Una sonrisa fría se dibujó en su rostro.

El plan estaba en marcha.

— Mientras tanto, en las afueras de Eldrys, en un bosque donde la luz del sol apenas lograba filtrar entre las hojas, Lujius y Azerion habían llegado tres días antes para iniciar un entrenamiento que cambiaría todo.

El silencio entre ellos era denso, cargado de un pasado difícil y muchas palabras no dichas.

—Tres días, Azerion —comenzó Lujius mientras preparaba el espacio para entrenar—.

Solo tres días para que empieces a dominar tu energía…

y para que te alejes un poco de esa oscuridad que te consume.

Azerion no respondió de inmediato.

Sus ojos mostraban tanto dolor como determinación.

—No es fácil —murmuró—.

No se va a ir de la noche a la mañana.

Esa sombra…

parte de mí, y no puedo simplemente olvidarla.

Lujius asintió, con comprensión pero firme.

—No te pido que la olvides, sino que la controles.

Que uses esa fuerza sin que te destruya a ti ni a los que están a tu alrededor.

Durante las horas siguientes, repitieron ejercicios que mezclaban concentración, canalización de energía y combate.

Lujius corregía los movimientos de Azerion con paciencia, pero sin ceder.

—Recuerda, la energía no es solo poder bruto —explicaba—.

Es un equilibrio entre mente, cuerpo y espíritu.

Si pierdes eso, te conviertes en una bomba que puede explotar en cualquier momento.

Azerion intentaba, caía, se frustraba, pero Lujius estaba ahí para levantarlo.

—No eres tu sombra, Azerion.

Eres mucho más que eso.

Y voy a demostrarte que todavía hay un camino para ti.

Poco a poco, la energía de Azerion comenzó a fluir mejor, con menos temblores y destellos caóticos.

Por la noche, sentados junto a una pequeña fogata, el silencio cedió a una conversación más profunda.

—¿Crees que puedo cambiar?

—preguntó Azerion, con la voz apenas un susurro.

Lujius miró las llamas y luego a su compañero.

—No solo creo que puedes, sé que lo harás.

Pero tienes que quererlo de verdad.

Azerion respiró hondo, dejando que esas palabras calaran en lo más profundo.

Así, cada día fue un pequeño paso, un choque de voluntades, una batalla interna y externa que solo estaba comenzando.

— La primera luz del amanecer comenzaba a filtrarse entre las hojas densas del bosque.

En un claro apartado, entre troncos antiguos y arbustos, se levantaban unas carpas improvisadas, pero no cualquier refugio: eran estructuras hechas y sostenidas por la magia de Lujius, ligeras pero resistentes, que se movían suavemente con la brisa.

Al lado de las carpas, un par de camas flotaban a pocos centímetros del suelo, sostenidas por delicados haces de energía azulada.

Las camas parecían normales, pero estaban diseñadas para ofrecer un descanso profundo, ideal para guerreros en entrenamiento que necesitaban recuperar cuerpo y mente.

Azerion salió de una de las carpas con el rostro aún marcado por el cansancio, aunque sus ojos reflejaban esa mezcla de esperanza y tormento que cargaba dentro.

—Hoy no hay prisa —dijo Lujius mientras recogía algunos implementos de entrenamiento—.

Vamos a empezar despacio, sin presiones.

Azerion asintió mientras estiraba los músculos adormecidos, todavía sintiendo el peso invisible de su pasado.

Las camas mágicas y las carpas les brindaban comodidad, pero no podían ocultar lo que llevaba dentro.

—No se trata solo de fuerza —añadió Lujius—.

Primero, tienes que aprender a escuchar tu propia energía.

Aceptarte, no huir.

Azerion respiró profundo, intentando encontrar calma.

Cerró los ojos y se sentó en una roca cercana, buscando conectar con ese equilibrio interior que parecía escapársele.

Lujius se sentó a su lado, mirando el bosque, sus ojos atentos a cada movimiento.

—Respira —insistió—.

Siente cada inhalación y exhalación.

No tienes que luchar contra vos mismo, sino acompañarte.

El silencio se extendió, roto solo por el susurro del viento entre las hojas y el canto lejano de algún pájaro.

Con cada respiración, Azerion parecía hundirse un poco más en sus pensamientos, hasta que una chispa de energía se encendió en sus manos.

—Bien —dijo Lujius—.

Ahora intenta controlar eso.

No dejes que te controle.

Con un gesto, Lujius elevó una pequeña piedra, rodeándola de un brillo azul tenue.

Azerion trató de imitarlo.

Al principio, la energía temblaba y la piedra cayó, pero no se rindió.

Con paciencia y concentración, la piedra comenzó a flotar suavemente entre sus dedos.

Los minutos transcurrieron entre ejercicios y conversaciones pausadas.

Lujius alentaba con palabras firmes, pero sin apuro, entendiendo que la batalla más difícil era la que Azerion libraba contra sus propios fantasmas.

Sin embargo, cuando la tarde caía, y parecía que el día terminaría en calma, la tensión interna de Azerion estalló.

—¿Por qué no quieres dejarlo ir?

—su voz era áspera, casi un susurro quebrado—.

¿Por qué te aferras a ese pasado?

Lujius lo miró fijamente, sintiendo el peso en sus palabras.

—No se trata de negarlo —respondió con firmeza—.

Es aprender a que no te destruya.

Las palabras fueron como un viento frío que agitó sus ánimos.

Lo que comenzó como un intercambio tranquilo, se tornó en reproches y desafíos.

—No entiendes lo que es cargar con esto —replicó Azerion, con furia contenida—.

No es tan simple.

Los puños se alzaron, los movimientos se hicieron rápidos, duros.

No buscaban lastimarse, sino liberar lo que llevaban dentro.

La pelea duró poco, pero fue intensa.

Al final, Azerion cayó, no derrotado, sino exhausto y hundido en una melancolía profunda.

Lujius se acercó y, con voz suave, le dijo: —Cuéntame.

No tienes que luchar solo.

Azerion, con voz quebrada, comenzó a compartir su historia, sus heridas ocultas.

Lujius escuchó sin juzgar, porque él también había sido prisionero de sus sombras.

—Yo también fui así —dijo finalmente—.

Pero cambié.

Y tú también puedes.

Esta vez entrenaremos para dejar atrás el pasado, para marcar el futuro.

Azerion levantó la vista y encontró en Lujius un aliado firme.

—Vamos con todo —sentenció—.

Por lo que fuimos y lo que seremos.

El bosque pareció respirar con ellos, consciente de que ese día, algo había cambiado para siempre.

—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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