Vornex: Temporada 1 - Capítulo 50
- Inicio
- Todas las novelas
- Vornex: Temporada 1
- Capítulo 50 - 50 Capítulo 50 Renacer en la sombra
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
50: Capítulo 50: Renacer en la sombra 50: Capítulo 50: Renacer en la sombra El fuego seguía encendido desde la noche anterior, como si se negara a apagarse.
Las llamas danzaban suaves, serenas, casi como si supieran que estaban siendo testigos del cierre de un ciclo.
El cielo estaba cubierto por una leve bruma matutina, teñida de tonos azulados y dorados por la luz del sol naciente.
El aire olía a tierra húmeda, a hojas frescas, y a algo más… algo nuevo.
Como si todo alrededor respirara renovación.
Lujius se había levantado antes que Azerion, como de costumbre, pero no lo hizo con prisa ni con la urgencia de días anteriores.
Caminaba en silencio por el claro donde entrenaban, observando las marcas en el suelo que las batallas y los entrenamientos habían dejado.
Cada una era una cicatriz… pero también un testimonio.
Una señal de que ambos estaban avanzando.
Sabía que Azerion ya no dormía como antes.
Ya no era el sueño tenso, cargado de sobresaltos y respiraciones agitadas.
Ahora, descansaba más tranquilo.
No completamente en paz, pero más liviano, como si al fin su alma pudiera respirar un poco.
Poco después, la tela de la carpa se movió.
Azerion emergió, aún con el cabello alborotado y las marcas del esfuerzo en el rostro… pero había algo distinto en él.
Su mirada ya no era tan baja.
Sus hombros, aunque aún pesaban, ya no se encorvaban con la misma dureza.
Sus pasos no eran perfectos, pero ya no temblaban.
Lujius lo observó en silencio.
Sonrió con una serenidad profunda, como un padre que ve crecer al hijo que pensó perdido.
Se acercó un par de pasos, y con voz tranquila, le habló.
—Hoy es el último día —dijo con convicción—.
No porque se acabe el camino… sino porque comienza otro.
Azerion levantó la vista.
Sus ojos aún ocultaban dudas, pero también brillaban con una determinación nueva.
Asintió lentamente, como si esa simple acción cargara consigo todo lo que sentía.
—Estoy listo —respondió, sin titubear.
Lujius alzó ligeramente las cejas, sorprendido… pero complacido.
Luego se giró hacia el centro del claro y, con un gesto de la mano, hizo desaparecer las brasas que aún quedaban en la fogata.
El suelo quedó despejado, como un lienzo limpio.
Un nuevo inicio.
—Entonces, ven —dijo, volviendo la mirada hacia él—.
No es un combate más.
Este será el entrenamiento más importante… no de fuerza, sino de verdad.
Quiero ver si puedes luchar… sin las cadenas del pasado.
Azerion cerró los ojos.
Inspiró profundamente, dejando que el aire llenara sus pulmones, que el momento lo envolviera por completo.
Y al exhalar… las sombras comenzaron a formarse a su alrededor.
Se elevaron como siempre, danzando en espirales suaves, envolviéndolo.
Pero algo era diferente.
Ya no eran hostiles.
No eran una amenaza que lo devoraba desde dentro.
No eran una máscara para ocultarse… ni un arma para huir.
Eran parte de él.
Lujius observó esa escena, con el corazón firme y los labios sellados por una sonrisa serena.
Por primera vez desde que se conocieron, veía a Azerion de verdad.
No al fugitivo.
No al chico roto.
No al guerrero solitario.
Sino al joven que por fin comenzaba a creer que merecía vivir.
— El silencio reinaba en el claro.
Solo se escuchaban las hojas susurrando entre los árboles, y el latido constante del corazón de Azerion, que golpeaba firme, pero ya no con miedo… sino con decisión.
Lujius se colocó frente a él.
No adoptó una postura de combate tradicional.
Solo se quedó ahí, de pie, con las manos relajadas, como si no esperara un duelo… sino una revelación.
—No quiero que pelees conmigo… —dijo suavemente—.
Quiero que pelees contigo mismo.
Azerion frunció el ceño.
Por un instante no entendió.
Pero luego Lujius alzó su mano, e hizo un gesto con los dedos.
Las sombras de Azerion se separaron… y tomaron forma.
Una silueta igual a él apareció frente a él: su reflejo, su yo de antes.
Esa versión quebrada, furiosa, llena de odio y sed.
La versión que lo consumía por dentro, que lo empujaba a herir antes que confiar.
—Este eres tú… —explicó Lujius, con la voz tranquila—.
O lo que fuiste.
Ahora dime… ¿seguirás huyendo de él… o lo enfrentarás?
Azerion no dijo nada.
Su mirada se endureció.
La furia que creía enterrada volvió por un momento.
Sin pensarlo, atacó.
Su reflejo respondió con la misma violencia.
Espadas formadas de sombra chocaron.
Golpes veloces, precisos, brutales.
Cada movimiento era como mirarse en un espejo distorsionado.
Azerion lanzó un rugido y embistió con todo su poder.
Pero por más que atacaba, su reflejo resistía.
Era como si cada herida que le causaba, le doliera a él también.
El combate se volvió intenso.
Caótico.
Doloroso.
Hasta que, en medio del choque, Azerion se vio a sí mismo gritando con desesperación… y su reflejo llorando.
No con rabia… sino con dolor.
Ahí lo entendió.
Ese ser no era su enemigo.
Era su cicatriz.
Se detuvo.
Bajó los brazos.
—¿Qué estoy haciendo…?
Su reflejo también se detuvo, temblando, con la mirada vacía.
Lujius, desde la distancia, lo observaba en silencio.
Sabía que ese momento llegaría.
Azerion dio un paso hacia su reflejo.
Luego otro.
Y otro.
—No vine a destruirte —le dijo con la voz quebrada—.
Vine a liberarme… contigo.
Extendió su mano.
La sombra, por primera vez… dudó.
Pero luego… la aceptó.
Cuando sus manos se tocaron, no hubo explosión.
No hubo gritos.
Solo paz.
Pura.
Inquebrantable.
Silenciosa.
La sombra se desvaneció… y volvió a él.
Y no como enemiga.
Sino como parte de él.
Una parte que ya no necesitaba esconder ni destruir.
Lujius dio un paso al frente y le puso una mano en el hombro.
—Has entendido lo que muchos nunca logran —dijo con orgullo—.
Aceptarse… también es pelear.
Y tú… ganaste.
Azerion no respondió.
No podía.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas contenidas, pero su rostro… irradiaba una calma que nunca antes había sentido.
Ese fue el entrenamiento final.
No un golpe.
No una técnica.
Sino la batalla interna que llevaba años luchando.
Y esta vez… la había vencido.
— (Antes…) El combate había terminado.
Azerion respiraba agitado, cubierto de sudor y polvo, mientras su reflejo —esa versión oscura de sí mismo— se desvanecía lentamente frente a sus ojos.
No por haber sido vencido con golpes…
sino porque por fin había sido aceptado.
Ya no tenía sentido seguir peleando contra lo que era.
Por fin comprendía: su reflejo no era su enemigo… era parte de él, de su dolor, su rabia, sus decisiones.
Y en lugar de destruirlo, lo abrazó.
Cerró los ojos y, al abrirlos, todo estaba en calma.
Lujius, que lo observaba a unos metros, se acercó en silencio.
No dijo nada, solo le ofreció su mano.
Azerion la aceptó.
Caminando juntos, sin necesidad de hablar, se sentaron en la cima de la colina cercana.
Desde ahí, podían ver el horizonte teñirse de rojo y dorado: la puesta de sol más pacífica que Azerion había visto en años.
Lujius rompió el silencio con una sonrisa leve.
—Te vi… te enfrentaste a ti mismo.
Azerion asintió, sin mirar.
Solo observaba el sol esconderse lentamente.
—Y gané… aceptando que no todo debe pelearse —susurró—.
Por primera vez… sentí paz.
Lujius asintió con orgullo, y fue entonces que le contó su historia.
…
— —No nací en guerra —dijo con la voz calmada pero con un leve temblor escondido en sus palabras—, pero viví en un lugar olvidado por todos…
por la bondad, por la esperanza.
Mi familia era pobre, y la hambruna nos consumía lentamente.
Yo era el mayor, así que me mandaron a trabajar siendo apenas un niño.
Lo acepté con fuerza, por ellos… pero cuando ya no pudieron mantenerme más… me desterraron.
Azerion abrió los ojos, pero no interrumpió.
Lujius siguió.
—A mis amigos de la infancia… los que crecieron conmigo… ellos también me dieron la espalda.
Me traicionaron cuando más los necesitaba.
Uno de ellos… mi mejor amigo… me vendió.
Dijo que era un ladrón, que era peligroso.
Me acusaron de cosas que no hice, y todo para ganar el favor de los demás… incluso de mi propia familia.
—¿Y qué hiciste?
—preguntó Azerion, con el tono más suave que había usado en mucho tiempo.
—Nada.
No pude hacer nada.
Solo…
escapar.
Lo poco que tenía me lo quitaron.
Pero en medio de todo ese vacío, encontré una luz.
Su nombre era Mirleya.
Ella creyó en mí cuando nadie más lo hacía.
Me enseñó a sonreír otra vez…
creamos un hogar juntos, lejos del pueblo que me odiaba.
Una sonrisa se dibujó brevemente en el rostro de Lujius… pero se desvaneció con rapidez.
—Una noche, unos bandidos entraron mientras yo dormía.
Me golpearon, me dejaron inconsciente… y cuando desperté, mi casa estaba ardiendo.
Y ella…
—la voz de Lujius se quebró, pero continuó— estaba allí, entre los escombros.
Sin vida.
—¿Por qué?
—susurró Azerion.
—No lo supe al principio.
Pero luego descubrí que no fueron simples ladrones.
Los habían contratado.
Gente de mi propio pueblo…
gente que creyó la mentira de que yo era un asesino, un traidor, un monstruo.
Habían oído rumores de que me estaba fortaleciendo…
y temían lo que creían que podía hacer.
La rabia contenida, el dolor acumulado, el corazón roto…
lo empujaron a desaparecer.
—Huyó de su mundo, no porque lo persiguieran… sino porque él mismo se estaba convirtiendo en lo que temían —pensó Azerion en silencio.
—Me refugié en una dimensión abandonada.
No había vida, ni color, ni tiempo… solo yo y mis pensamientos… mis sombras.
Estuve allí años, aunque para mí fueron como siglos.
Me volví un reflejo de lo que odiaba.
Hasta que apareció él… —Lujius alzó la mirada, recordando con claridad—.
El maestro Dalmeth.
—¿Tu maestro?
—Sí.
No vino a rescatarme del lugar… sino de mí mismo.
Me habló, me escuchó, me desafió… y me enseñó a perdonarme.
A entender que uno no tiene que ser lo que los demás creen, ni siquiera lo que uno teme ser.
Me enseñó a abrazar mis sombras… y no temerles.
—¿Y luego?
—Luego…
falleció.
Pero no antes de dejar en mí un legado.
Me enseñó que debía pasar esa enseñanza… que debía ser el reflejo que yo mismo necesitaba cuando era niño.
Por eso…
estoy aquí contigo.
Azerion se mantuvo en silencio, completamente conmovido.
No sabía qué decir, pero por primera vez… comprendía a Lujius más allá de sus palabras.
Aquel hombre no era solo fuerte… era resiliente.
No había vencido solo monstruos, sino su propia oscuridad.
Su propio reflejo.
—Lujius… —dijo Azerion, con la voz rota pero sincera— yo…
Lujius se acercó y lo abrazó con fuerza.
Como un padre, como un hermano, como alguien que había comprendido su dolor.
Y entonces le dijo: —Ahora los dos hemos contado nuestras historias.
Hemos sangrado y llorado por dentro.
Pero es momento de sanar.
Azerion… ¿estás conmigo?
¿Quieres dejar atrás lo que fuiste… para convertirte en lo que puedes ser?
Azerion dudó por un momento, pero Lujius le apretó el hombro con suavidad.
—No tienes que responder ya… solo recuerda que este lugar… esta oportunidad… es para empezar de nuevo.
Nadie te persigue aquí.
Nadie te odia.
No estás solo.
Y entonces… por primera vez… Azerion aceptó.
No solo las palabras, sino lo que significaban.
No solo nació una amistad.
No solo un lazo de maestro y discípulo.
Nació algo más… algo que Azerion nunca había sentido con tanta claridad: amor, comprensión, familia… y paz.
Ahora, sus sombras no eran oscuras por el peso de su pasado… sino porque lo protegían.
Ya no eran una barrera para ocultarse del mundo… sino una armadura que lo rodeaba en las batallas más difíciles, dándole apoyo, fuerza y, sobre todo… esperanza.
Por primera vez, sintió que algo cambiaba en él.
— Azerion sonrió mientras sus ojos se posaban en los últimos rayos del sol, y Lujius, a su lado, le devolvió la mirada con una calma renovada.
Ya no eran solo un maestro y un discípulo; eran dos almas que habían sanado sus grietas al ver reflejada la verdad en los ojos del otro.
Lujius se puso de pie, mirando hacia el horizonte.
Su voz fue firme, pero cálida: —Todo lo que aprendiste hoy, todo lo que sentiste…
ese era el verdadero entrenamiento, Azerion.
Aceptarte, perdonarte, confiar.
Dio un paso adelante, su silueta recortada por la luz tenue del atardecer.
—Y ahora que tus sombras ya no son cadenas, sino aliadas… es hora de comenzar el verdadero camino.
Se giró hacia él, con una mirada que reflejaba orgullo y determinación, y añadió con voz profunda: —Recuerda siempre esto: “Las sombras no existen solo para ocultarnos… a veces están para recordarnos que incluso en la oscuridad más profunda, puede renacer la luz más fuerte.
Ser fuerte no es resistir sin caer, sino levantarse una y otra vez con el corazón más firme que antes.” Luego, con un gesto firme, concluyó: —Ahora sí…
vamos a entrenar de verdad.
Mientras ambos se alejaban del risco, dejando atrás el eco de sus pasados, el futuro se abría ante ellos, lleno de posibilidades, desafíos y la promesa de un renacer.
—
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com