Vornex: Temporada 1 - Capítulo 53
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- Capítulo 53 - 53 Capítulo 53 Mientras no te rindas
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53: Capítulo 53: Mientras no te rindas…
53: Capítulo 53: Mientras no te rindas…
—Solo…
quiero descansar un poco más…
(—Nadie te lo negó…
mientras no te rindas.) …
El suelo estaba húmedo, frío, como si el bosque entero lo hubiera abrazado en un manto silencioso de resignación.
Las hojas caídas crujían apenas con el leve temblor de su respiración agitada.
El cuerpo de Azerion seguía tendido, vencido no por un enemigo…
sino por el peso acumulado de todo lo que cargaba.
Sus heridas, aunque ya no sangraban, dolían con una punzada aguda, interna.
Algunas apenas habían cerrado.
Otras, más profundas, no eran visibles.
El combate con su copia había sido brutal… pero esto, esto era distinto.
Aquí no había un enemigo que golpear.
Solo el eco de su propia voz, de sus pensamientos más persistentes.
“Solo un poco más”, murmuró para sí mismo, los ojos cerrados, como si el bosque le hablara en susurros.
“Un rato más y me levanto…
ya casi.” Pero cada intento era como arrastrar una montaña.
Las piernas no respondían.
Los brazos apenas se movían.
El dolor físico era soportable.
Lo que dolía… era otra cosa.
—¿Por qué me cuesta tanto…?
—balbuceó con la voz ronca.
Un recuerdo cruzó su mente como una sombra fugaz: Una noche en su mundo natal, bajo la lluvia, rodeado de escombros y gritos.
Su familia gritando.
Él… con las manos manchadas.
El poder que no pidió.
El caos que no supo controlar.
¿Y si esto no termina?
¿Y si nunca dejo de lastimar… ni a mí, ni a los demás?
Una lágrima silenciosa bajó por su mejilla sucia.
Y entonces… como una chispa en la oscuridad, volvió a oírlo.
—Nadie te lo negó…
mientras no te rindas.
La voz no venía del bosque.
Ni de Lujius.
Era la suya.
No la del chico asustado.
Ni la del guerrero orgulloso.
Era la voz del que sobrevivió a todo y aún sigue caminando.
Y aunque su cuerpo seguía sin moverse, algo dentro de él se encendía.
Pequeño.
Frágil.
Pero real.
Una promesa interna: No ahora.
No todavía.
Pero pronto me levantaré.
— Solo… quiero descansar un poco más… Nadie te lo negó… mientras no te rindas.
No era flojera.
No era cobardía.
Era esa necesidad desesperada de no moverse.
De seguir ahí.
De no enfrentarse, por un instante más, al peso que lo esperaba al levantarse.
Su respiración era lenta, casi imperceptible.
Los párpados pesaban como piedras.
Y sin embargo, su mente no dormía.
Se revolvía, insistente, lanzándole pensamientos como espinas.
¿Por qué sigo?
¿Vale la pena este camino?
¿Y si simplemente… no puedo más?
Sus dedos temblaron.
Las cicatrices en sus brazos aún dolían.
Las heridas del combate con su reflejo no habían sanado del todo, y la tierra bajo su cuerpo, aunque suave, le recordaba cada golpe, cada caída, cada esfuerzo.
No había ninguna voz cerca.
Ni una mano amiga.
Ni un susurro de apoyo.
Solo él.
Su cuerpo roto… Y el recuerdo de lo que ya no quería ser.
Pero también, dentro de todo eso, algo ardía.
Una llama tenue.
Un impulso.
Un susurro que no era suyo… y que al mismo tiempo, sí lo era: “Levántate.” — Azerion seguía allí, inmóvil.
Pero su mente… viajaba.
Y en ese viaje, los recuerdos se entremezclaban con las sensaciones.
Volvió a ver los ojos de su madre, asustada.
No de algo que venía de afuera… sino de él.
El temblor en las manos de su padre cuando le habló por última vez.
Los gritos.
Las discusiones.
La guerra.
Las veces que intentó proteger… y terminó destruyendo.
—No quería… ser esto —susurró apenas.
¿Entonces qué querías ser?
La pregunta emergió desde dentro.
Sin forma.
Sin voz.
Solo presencia.
Y el bosque reaccionó.
Las raíces a su alrededor se retorcieron sutilmente, como si respiraran junto con él.
Las sombras se alargaron.
Y una figura borrosa tomó forma frente a él: una silueta hecha de niebla y tristeza… con su propio rostro, pero con los ojos vacíos.
—No tienes que fingir más —dijo esa versión sombría.
—Sabes quién eres.
Lo que eres.
—Eres lo que queda… cuando ya no queda nadie.
Azerion intentó moverse.
No pudo.
La figura dio un paso más.
—¿De verdad crees que Lujius no lo ve?
—¿Que no teme lo que podrías hacerle?
—¿Que no vas a terminar solo, otra vez?
El silencio pesó.
Un segundo de duda.
Uno solo.
Y entonces, como un latido que explotó desde su interior… otra voz resonó.
Nadie te lo negó… mientras no te rindas.
Como una chispa.
Como fuego en las entrañas.
La figura retrocedió.
Azerion apretó los dientes.
Los dedos se cerraron en puños temblorosos.
La tierra crujió bajo su cuerpo.
—Tal vez… —susurró— no soy lo que fui.
—Pero tampoco soy lo que tú dices.
—Y aunque me cueste, aunque duela… no voy a rendirme.
Apoyó una rodilla en el suelo.
Las piernas temblaban.
La espalda ardía.
El pecho dolía.
Pero se puso de pie.
El bosque lo miraba en silencio.
La figura de niebla se desvaneció, disuelta por esa decisión.
Azerion respiró hondo.
El cuerpo adolorido.
Pero la mirada… firme.
El camino aún era largo.
El cristal, todavía lejano.
Y Lujius… lo esperaba.
Pero, por ahora, había hecho lo más importante: Levantarse.
— …
Azerion apenas había logrado ponerse de pie… cuando el suelo tembló.
Un crack seco partió el aire.
Luego otro.
Y otro.
Las raíces del suelo se sacudieron como si algo —o alguien— se moviera bajo la tierra.
Los árboles se arquearon con un crujido agónico, y desde la negrura del bosque… una risa ronca, casi burlona, empezó a escucharse.
No era su reflejo.
Tampoco era la figura de niebla.
Era algo más antiguo.
Más profundo.
—Crees que ya terminó — murmuró una voz que no venía de afuera, ni de dentro… sino del mismo bosque.
Las hojas comenzaron a desprenderse como si huyeran.
Una grieta se abrió en el suelo frente a él.
Oscura.
Infinita.
Y desde esa oscuridad, algo se alzó.
Una criatura hecha de sombra, con un torso inmenso formado de raíces negras, y una cabeza que imitaba su rostro… pero distorsionado, como si llevara siglos sufriendo.
—Esto… es lo que enterraste.
Lo que nunca enfrentaste.
—Yo soy el verdadero peso que cargas.
—¿Todavía crees que con levantarte basta?
Azerion no respondió.
La llama que había encendido al ponerse de pie no se apagó… pero titubeó.
Sus piernas temblaron.
El bosque se cerró.
La presión lo envolvía todo.
Y, por primera vez desde que se levantó… volvió a tener miedo.
Pero esta vez… no huyó.
—Quizás… no baste.
—Pero al menos… ya no estoy huyendo de tí.
El monstruo rugió.
La batalla emocional había terminado.
Ahora venía lo más peligroso: La lucha contra lo que aún vive dentro.
—
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