Vornex: Temporada 1 - Capítulo 54
- Inicio
- Todas las novelas
- Vornex: Temporada 1
- Capítulo 54 - 54 Capítulo 54 Consejo entre heridas
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
54: Capítulo 54: Consejo entre heridas 54: Capítulo 54: Consejo entre heridas …
El monstruo no esperó una respuesta.
Ni una tregua.
Ni un pensamiento.
Se abalanzó como una bestia desatada, con los ojos ardientes y los brazos envueltos en niebla oscura.
Azerion apenas logró levantar una defensa con su brazo izquierdo… y aún así, salió volando varios metros.
Impactó contra un tronco con un golpe seco.
Tosió sangre.
No podía más.
El cristal ya no lo asistía.
Las heridas de su duelo contra su clon aún latían.
Cada músculo era un grito desesperado por detenerse.
Pero el enemigo no paraba.
Azerion intentó reincorporarse, una rodilla en la tierra, pero el monstruo lo tomó del cuello y lo levantó con una fuerza fría, antinatural.
Lo miraba desde cerca.
Sin odio.
Sin emoción.
Como si simplemente estuviera cumpliendo su función: destruirlo.
Lo estrelló contra el suelo.
Una, dos, tres veces.
Azerion apenas sentía el cuerpo ya.
Ni dolor… solo un zumbido sordo.
Los ojos se le cerraban.
—No soy yo… —susurró con la voz quebrada— no soy tú… Pero el monstruo no escuchaba.
O quizás sí.
Y por eso mismo seguía golpeando.
Lo lanzó por los aires con un rugido.
Azerion cayó en picada, atravesando ramas, follaje, hasta estrellarse una vez más contra la tierra húmeda del bosque.
Y ahí quedó.
Boca arriba.
Sin fuerza para moverse.
Ni siquiera para llorar.
El cielo gris lo miraba como testigo mudo.
Y por dentro… todo se volvía negro.
Su mente, en cambio, seguía despierta.
Pero aturdida.
La única palabra que resonaba era: “basta.” Y aunque no lo supiera aún… la batalla real no era contra ese monstruo.
Era contra lo que creía de sí mismo.
Y esa lucha apenas comenzaba.
— Azerion yacía en el suelo, la respiración agitada y el cuerpo dolorido.
El monstruo, implacable, se mantuvo ahí, esperando.
Sus ojos brillaban con una intensidad fría, como si se alimentara de cada una de las dudas y el agotamiento que Azerion llevaba dentro.
El joven sabía que no podía seguir así.
Sabía que tratar de derrotar a esa bestia con pura fuerza era inútil: cada ataque que lanzaba lo dejaba más débil, y cada golpe que recibía parecía hundirlo más profundo en su propia desesperación.
Con un esfuerzo que parecía imposible, Azerion se incorporó.
Sus piernas temblaban, pero sus ojos empezaron a buscar algo más allá del monstruo.
Cerró los puños, no para atacar, sino para aferrarse a su voluntad.
El monstruo avanzó con un rugido, pero Azerion ya no esquivó ni bloqueó; simplemente se quedó firme, y en ese momento, algo cambió dentro de él.
No luchaba contra el monstruo.
Luchaba por su propia paz.
Sus pensamientos se calmaron, la tormenta interna comenzó a ceder.
Recordó esas palabras internas: “Nadie te lo negó… mientras no te rindas.” Esa frase se convirtió en un escudo invisible, un faro en medio de la oscuridad.
El monstruo rugió una vez más, pero al abrir los ojos, Azerion vio cómo aquella sombra empezó a desvanecerse, como humo llevado por el viento.
Y junto con ella, el peso en su cuerpo comenzó a desaparecer.
Las heridas que había recibido durante la pelea, las marcas del agotamiento extremo, se fueron cerrando lentamente, como si el cuerpo recuperara la fuerza que la mente le estaba devolviendo.
El cansancio ya no era tan profundo.
La desesperación, menos agobiante.
Azerion respiró profundo, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, estaba un paso más cerca de estar en paz consigo mismo.
El monstruo había desaparecido, pero lo que realmente había vencido no era una criatura de sombras… sino las cadenas invisibles que había llevado dentro.
Azerion se levantó con dificultad, con un brillo renovado en su mirada.
Sabía que aún quedaban muchas batallas, pero había descubierto algo esencial: la verdadera fuerza estaba en su mente y en no rendirse, incluso cuando el cuerpo pedía descansar.
— El cansancio aún mordía cada músculo de Azerion, pero ahora su mente estaba más clara.
El monstruo, aquella sombra que lo acosaba, se había desvanecido con la fuerza de su voluntad.
No era solo una batalla física, sino una conquista interna que le brindaba un alivio inesperado.
Continuó su camino, cada paso medido y firme, atravesando la maleza que se abría a duras penas bajo sus pies.
El sendero era largo, serpenteante, y parecía no tener fin.
El silencio solo se rompía con el leve crujir de las ramas bajo sus botas y el susurro del viento.
Después de horas, la vista le regaló una pequeña construcción solitaria al borde del camino: una choza sencilla, hecha de madera y piedras, con el humo de una chimenea que ascendía perezosamente hacia el cielo.
El lugar emanaba un aura rústica y tranquila, un refugio en medio de aquel territorio agreste.
Mientras se acercaba, una figura apareció en la puerta.
Un hombre de rostro curtido y manos callosas, que sostenía un hacha sobre el hombro.
Sus ojos, llenos de una mezcla de curiosidad y cautela, se clavaron en Azerion.
—No esperaba ver a nadie por aquí —dijo el leñador, con voz grave—.
¿Buscas refugio o solo descanso?
Azerion, consciente de que ese hombre era el único que podría verlo, decidió responder con sinceridad.
—Busco algo…
un cristal.
Me dijeron que está más adelante, pero este camino se siente interminable.
El leñador asintió lentamente, dejando caer el hacha al suelo.
—No es un lugar fácil para viajeros como vos.
Muchos pierden más que el camino aquí.
Azerion sintió que algo en esas palabras tenía más peso de lo que parecía a simple vista.
— Azerion dio un paso firme, pero la verdad era que el cansancio ya lo pesaba mucho.
—Solo quiero descansar un poco —dijo con voz baja, mirando al leñador con sinceridad.
El hombre asintió, sin hacer preguntas.
—Está bien —respondió—.
Ven, entra.
Puedes quedarte un rato, tomar algo caliente y recuperar fuerzas.
La choza olía a madera quemada y hierbas secas.
Había una modesta mesa, unas sillas y una pequeña chimenea donde aún ardía el fuego.
El leñador se movía con calma, preparando un cuenco con agua tibia y algo de pan.
—No hay muchas visitas por aquí —comentó mientras lo miraba de reojo—.
No siempre uno sabe qué intenciones traen.
Azerion, sin embargo, solo se dejó caer en una silla.
El calor del fuego y la tranquilidad del lugar le dieron un alivio que hacía tiempo no sentía.
Por primera vez en mucho, pudo cerrar los ojos y dejar que el silencio lo abrazara.
— El fuego crepitaba suavemente en la pequeña choza, mientras Azerion aceptaba el trozo de pan que el hombre le ofrecía.
Se llamaba Emir, un leñador de mirada serena y voz calmada.
—Parece que llevas mucho más que cansancio en tus ojos —dijo Emir, sin alzar la voz, como quien habla para que sus palabras calmen el silencio.
Azerion levantó la vista, sorprendido por la precisión en sus palabras.
—No es solo mi cuerpo —respondió con voz baja—.
Es la carga de mi pasado, el miedo a volver a ser alguien que ya no deseo.
Emir asintió con comprensión.
—Muchos vienen a este bosque con demonios que no se ven.
Algunos tratan de huir, otros luchan sin descanso.
—¿Y tú?
—preguntó Azerion, con curiosidad contenida—.
¿Qué haces aquí, tan apartado?
—Soy leñador, sí —dijo Emir, encendiendo un pequeño brasero—.
Pero también alguien que aprendió a escuchar el silencio.
Solo así encontré un poco de paz.
Azerion pensó en su lucha reciente, en la sombra que lo acechaba.
—La paz es difícil cuando todo parece querer destruirte —murmuró.
—Lo sé —respondió Emir—.
Pero la fuerza verdadera no siempre está en pelear.
A veces está en aceptar lo que somos y dejar de resistir.
El silencio se volvió cómodo, el crepitar del fuego el único sonido.
—Gracias por ofrecerme este refugio —dijo Azerion—.
No solo para sanar mi cuerpo, sino para calmar esta tormenta interior.
Emir sonrió, sincero y tranquilo.
—Estás en casa, aunque sea solo por un momento.
El camino es largo, y encontrar dónde descansar es parte de la batalla.
— Azerion miraba el fuego tenue que se había formado entre unas piedras cerca de la choza.
El crepitar era casi hipnótico, como si invitara a dejar de lado el peso que cargaba, aunque solo fuera por un instante.
—A veces —comenzó Emir con voz pausada—, el mayor enemigo no está fuera, sino dentro.
Es esa voz que no te deja en paz, que repite las dudas, las heridas que no sanan.
Azerion asintió sin decir nada, con la mirada fija en las llamas.
No era fácil expresar todo lo que sentía, ni siquiera para alguien que acababa de conocer.
—He pasado por eso —continuó Emir—.
Perderme en mi propia sombra, dejar que el miedo me encierre en un silencio que parecía eterno.
Pero entendí que huir de uno mismo solo alarga la tormenta.
El joven lo escuchaba, sintiendo que cada palabra calaba profundo, como si fuera un reflejo de su propio interior.
—La paz no es ganar la batalla de un solo golpe —dijo Emir—.
Es aprender a sostenerse cuando el cuerpo dice basta, pero la mente insiste en seguir.
Es aceptar que está bien caer, siempre que te levantes.
Azerion cerró los ojos un instante, dejando que el consejo resonara dentro de él.
Era justo lo que necesitaba escuchar.
—Gracias, Emir —susurró finalmente—.
No sé cuánto más pueda cargar, pero voy a intentarlo.
Por todo lo que dejé atrás… y por lo que todavía puedo construir.
El leñador sonrió, con la sinceridad de quien sabe que las palabras pueden ser una pequeña luz en la oscuridad.
—Entonces estás listo.
Descansa, recupera fuerzas.
El camino no se hace solo, pero tampoco debes hacerlo sin pausa.
Las horas siguieron pasando, y poco a poco, las heridas de Azerion dejaron de doler con tanta intensidad.
Su mente encontró un espacio para calmarse, para ordenar los pensamientos.
Cuando finalmente se levantó, su cuerpo aún cansado pero firme, supo que era hora de continuar.
Se acercó a Emir, y por un momento, no dijo nada.
Solo lo miró a los ojos, como si buscara memorizar su presencia.
Ese lugar, ese instante… se grabarían en su memoria.
—Gracias por todo —dijo al fin, con la voz más tranquila de lo que había sentido en días.
El leñador lo observó, y tras un breve silencio, caminó hasta una pequeña estantería y tomó un objeto cubierto por un paño oscuro.
Lo extendió hacia él: era una piedra lisa, redonda, con un grabado en forma de espiral.
—La encontré cuando era más joven, en medio de una tormenta.
Creí que era solo una roca… pero aprendí a verla como un recordatorio —dijo Emir, colocándola en su mano—.
A veces, no se trata de llegar rápido, sino de no perderte en el camino.
Azerion sostuvo la piedra como si pesara más de lo que parecía.
—¿Un símbolo?
—Un testigo —corrigió Emir con una leve sonrisa—.
Algo que te recuerde que incluso cuando todo parece detenerse… sigues avanzando.
El joven la guardó en silencio.
No necesitaba más palabras.
Se dio media vuelta, dio unos pasos hacia la salida, pero antes de cruzar el umbral se detuvo.
La luz del amanecer apenas comenzaba a asomarse entre las ramas, y el aire tenía ese aroma de renovación que llega después de la lluvia.
—¿Sabes?
—dijo Azerion sin girarse—.
Tal vez no estoy tan roto como pensaba.
—Nadie lo está —respondió Emir desde dentro—.
Solo hay quienes aún están aprendiendo a reconstruirse.
Y entonces, con la piedra en el bolsillo y una nueva determinación en el alma, Azerion dio el primer paso hacia lo desconocido.
El bosque lo esperaba, pero ahora… él también estaba esperándolo a él.
— REFLEXIONES DE LOS CREADORES Sylver_ARG A veces, los encuentros más importantes no son con enemigos ni con aliados… sino con desconocidos que, sin saberlo, llevan dentro las mismas cicatrices que nosotros.
Descansar no es rendirse.
Detenerse a respirar, a sanar, a escuchar… también es parte del camino.
Porque la fortaleza no siempre se mide en golpes dados, sino en el coraje de aceptar que uno aún no está bien, y seguir adelante de todos modos.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com