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Vornex: Temporada 1 - Capítulo 55

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  4. Capítulo 55 - 55 Capítulo 55 En el sendero del peligro
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55: Capítulo 55: En el sendero del peligro 55: Capítulo 55: En el sendero del peligro El aire era más fresco.

No como en la zona profunda del bosque, donde el oxígeno pesaba como si la misma tierra respirara encima de uno.

Ahora, en cambio, el viento parecía correr más libre entre los árboles, y Azerion sentía que cada paso lo alejaba del dolor… aunque no del todo.

El mapa temblaba ligeramente entre sus dedos.

No por miedo, sino por el frío tenue de la mañana.

Había amanecido hace poco, y el cielo, aún teñido de gris celeste, lo vigilaba desde lo alto entre las copas.

Azerion echó un vistazo al pergamino, trazado a mano por Lujius antes de separarse.

—Falta poco…

—murmuró con voz baja, casi con alivio.

El mapa marcaba un camino irregular que bordeaba unas colinas y pasaba cerca de un pequeño río antes de llegar a la zona donde, según Lujius, el cristal de Ankaris podría estar escondido.

Lujius no lo había acompañado porque había dicho que el bosque respondía solo a él… pero el resto del camino debía seguirlo solo.

Así fue como Azerion acabó internándose en este tramo desconocido, guiado por líneas de tinta y un presentimiento en el pecho.

Llevaba media hora caminando en silencio, cuando algo alteró la calma.

Un crujido leve.

Un roce de ramas.

Nada fuera de lo normal… si no fuera porque se repetía.

Algo lo seguía.

Primero lo ignoró.

Se limitó a avanzar más rápido por el sendero de tierra húmeda.

Pero entonces, el movimiento se hizo más claro.

Entre los árboles, sombras se desplazaban.

Tal vez una, tal vez varias.

Azerion no se detuvo, pero su mirada empezó a estudiar los alrededores.

“¿Animales?

¿Bestias salvajes?”, pensó.

Aunque había aprendido a mantenerse alerta, ya no estaba en condiciones de pelear con fuerza bruta.

Aún arrastraba el cansancio de su prueba interior, aunque su mente estuviera más estable ahora.

Y entonces sucedió.

Desde detrás de una roca cercana, una figura encapuchada saltó con rapidez y aterrizó en medio del camino, bloqueándole el paso.

Vestía ropas oscuras y una capa gastada que cubría la mayor parte de su cuerpo.

Su rostro estaba oculto por completo bajo una máscara simple de tela negra.

Solo se le veían los ojos: oscuros, hostiles.

—Alto ahí —dijo el extraño con voz rasposa, como si llevara horas sin hablar.

Azerion se frenó en seco, con el corazón acelerado.

Su primer instinto fue retroceder, pero se mantuvo firme.

—¿Qué quieres?

—preguntó, bajando lentamente la mano hacia su costado, donde guardaba un pequeño cuchillo por si acaso.

—Tus cosas.

Todas.

Ahora.

El tono era directo, sin rodeos.

Azerion frunció el ceño.

—No tengo nada que te sirva —respondió con calma.

Estaba tenso, pero no temblaba.

No quería más peleas, pero tampoco iba a entregarse así.

—No me hagas repetirlo, caminante.

Sin esperar respuesta, el encapuchado lanzó dos cuchillos brillantes.

Azerion reaccionó al instante: esquivó uno girando su cuerpo y detuvo el segundo con un leve impulso de energía desde su palma, desestabilizándolo en el aire.

—No tengo tiempo para esto —espetó con fastidio, pero su mirada no perdió el foco.

—Entonces lo haré rápido —gruñó el encapuchado, lanzándose hacia él.

Azerion se apartó justo a tiempo para esquivar un golpe dirigido a su costado.

Aunque estaba más débil que de costumbre, sus reflejos se mantenían agudos.

Desvió otro ataque con el brazo y retrocedió.

No quería usar magia.

No todavía.

Quería resolverlo con la menor violencia posible.

—¿Por qué haces esto?

—preguntó mientras esquivaba otro ataque.

—¿Por qué no?

—respondió el atacante sin detenerse—.

El mundo se consume.

Cada uno sobrevive como puede.

Tú pareces tener algo valioso.

—¿Todo esto por suposiciones?

El encapuchado no respondió.

Sacó otra cuchilla y se lanzó de nuevo.

Azerion finalmente alzó su energía.

Su mano brilló con un destello blanco azulado y bloqueó el ataque con una ráfaga de impulso mágico, que lanzó al atacante un par de metros hacia atrás.

—Te dije que no tengo nada —dijo, más firme esta vez—.

Pero si no te detienes… tendré que acabar esto por las malas.

El bandido se levantó, sacudiéndose el polvo, sorprendido por la fuerza repentina.

—Así que sí escondías poder… Azerion no contestó.

Su cuerpo aún dolía, pero su mirada era más firme que nunca.

— El encapuchado permanecía quieto, jadeando.

Sus manos ocultas por guantes polvorientos se cerraban y abrían con ansiedad, como si contuvieran algo que buscaba escapar.

Entonces, sonrió.

Una sonrisa torcida, apenas perceptible bajo la tela.

—No entiendes nada… —murmuró—.

Tarde o temprano, entregarás tu corazón… al Gran Espectro.

Azerion frunció el ceño.

—¿Qué dijiste?

¿Gran espectro?

¿Quién demonios es ese?

—Ya vendrá por ti… por todos —respondió el falso bandido, su voz cobrando un tono casi fanático, oscuro, como si estuviera poseído por una idea, una causa, o algo mucho peor.

Sin más aviso, se lanzó otra vez.

Esta vez con una agresividad animal.

Azerion lo esquivó con esfuerzo.

Su cuerpo aún resentía los días de esfuerzo, aunque su mente estuviera más clara que nunca.

La sorpresa de la declaración aún lo sacudía por dentro.

“¿El Gran Espectro?

¿Qué es eso?

¿Una organización?

¿Un ente?

¿Una amenaza nueva?” No había tiempo para pensar.

La figura se movía como una sombra desencadenada.

Sus movimientos eran más erráticos, más salvajes.

En un momento, extendió su brazo hacia Azerion.

Este logró esquivarlo a tiempo, notando cómo el puño golpeaba el suelo con fuerza antinatural, como si buscara romperlo.

—¡¿Qué…?!

—murmuró Azerion, entre jadeos.

Entonces, el bandido hizo lo mismo con su otra mano, pero esta vez no apuntó a él.

Ambas extremidades, alargadas como si fueran tentáculos de tierra oscura, se aferraron al terreno.

Con un grito bestial, alzó ambos brazos y la tierra bajo los pies de Azerion se elevó violentamente, partiéndose en placas irregulares como si la naturaleza respondiera al comando del agresor.

Azerion saltó hacia atrás, esquivando por poco el levantamiento del suelo.

En el aire, pensó: “Si esto sigue así… no voy a aguantar mucho más.

Todavía me duele todo el cuerpo…” No tuvo descanso.

El atacante utilizó sus dos brazos como impulsores, lanzándose hacia arriba.

Sus extremidades, al volver a su forma natural, se compactaron para formar un puño enorme cubierto por una energía negra turbia.

Iba directo a estrellarse contra Azerion en pleno aire.

Con un movimiento rápido y preciso, Azerion giró en el aire y logró esquivarlo por centímetros.

El puño atravesó el aire como una bala y se perdió entre los árboles, destruyendo ramas en su camino.

—¡Ya basta!

—gritó Azerion con furia contenida.

Concentró su energía.

Desde sus manos brotó una descarga mágica en forma de lanza brillante, que lanzó directo al atacante.

El proyectil chispeó por el aire con luz intensa, pero fue desviado por el bandido, que usó su brazo endurecido como escudo, recibiendo parte del impacto, y aún así, aterrizó con fuerza al suelo.

Azerion descendió también, agitado.

—¿Quién eres realmente?

El bandido no respondió.

Solo gritó y se abalanzó de nuevo, movido por una rabia inhumana.

Azerion dio un giro y esquivó el ataque con habilidad.

Luego, aprovechando la inercia, le asestó una patada directa al pecho que lo empujó con fuerza contra un árbol enorme.

¡CRASH!

El tronco se quebró con un rugido seco.

El cuerpo impactó con violencia y quedó entre restos de madera astillada.

Y entonces, un grito desgarrador rompió la calma del bosque.

No era humano.

Era el lamento de algo que no pertenecía del todo a ese mundo.

Un sonido lleno de dolor, sí… pero también de furia, de oscuridad latente.

Azerion dio un paso atrás, respirando agitado.

—¿Qué…?

El cuerpo del atacante temblaba.

Y ante su mirada, cambió.

La capa cayó.

La piel se volvió más áspera, más peluda.

Su silueta se deformó.

Las garras crecieron.

El rostro se alargó.

El cuerpo se encorvó.

No era un hombre.

Era una criatura.

Una especie de licántropo, un ser lobo con formas humanoides, desgastado, pero peligroso.

El monstruo no dijo nada.

Solo se levantó con dificultad y, sin mirar a Azerion, salió corriendo hacia el fondo del bosque, perdiéndose entre los árboles con velocidad sobrenatural.

Azerion lo observó alejarse, aún en guardia.

Luego bajó lentamente su brazo, jadeando.

—No era un bandido… —dijo para sí mismo—.

¿Entonces qué era?

¿Una criatura enviada por ese tal Gran Espectro?

Miró hacia el mapa.

Aún le quedaba camino por recorrer, y el día recién comenzaba.

Pero algo dentro de él se había encendido.

Una señal de alerta.

Una sensación de que lo que había enfrentado era apenas una sombra de algo mayor.

“Si eso era solo un sirviente…

no quiero imaginarme lo que es el Gran Espectro.” Y así, con el cuerpo adolorido pero el espíritu aún firme, Azerion siguió avanzando.

La senda no lo esperaba… el destino tampoco.

— Mientras tanto, en lo más alto del Reino de Beinever…

Lejos del bosque en el que Azerion luchaba por sobrevivir, y en un tiempo paralelo a su travesía, el Rey Gimson II recorría los pasillos silenciosos de su palacio.

Algo había llamado su atención.

Una presencia, una duda… un libro olvidado.

— En lo alto de su torre, el Rey Gimson II observaba la habitación que los chicos habían ocupado días atrás.

Todo estaba en orden, pero algo lo inquietaba.

Como si algo invisible flotara en el aire.

Avanzó lentamente, con las manos detrás de su espalda, recorriendo el lugar con la mirada.

Su atención se detuvo en un pequeño mueble junto a la cama.

Encima, medio cubierto por un pedazo de tela, había un libro antiguo, con una cubierta de cuero oscurecido por el tiempo.

No recordaba haberlo visto antes.

Con una ceja levantada, retiró la tela.

En la tapa, grabado con letras doradas, se leía: “La Dmillh” Gimson entrecerró los ojos.

—¿Qué es esto?

Abrió el libro con cuidado, y al instante notó la energía que emanaba de sus páginas.

No era un simple libro.

Dentro, una colección extensa de hechizos se desplegaba.

Era como si cada hoja contuviera un mundo en sí misma.

Diagramas mágicos, fórmulas, runas antiguas, invocaciones…

“¿Cuántos hay…?

Cientos… tal vez mil…” pensó.

No los contaría, pero el peso mágico era claro.

Ese libro no era común.

Pasó otra página y en la esquina inferior de una hoja, distinguió una firma.

“Alen.” —¿Alen?

—murmuró.

Ese nombre le sonaba vagamente.

No de su círculo, no de su reino… quizás alguien de otra época, otro plano, o alguien que simplemente había vivido al margen.

Pero si alguien podía saber más sobre esto, era ella…

El Rey apretó la mandíbula.

Sus dedos se cerraron alrededor del libro.

Había una persona con el conocimiento suficiente para descifrar su origen.

Una persona a la que él mismo había exiliado años atrás por considerarla demasiado peligrosa.

—Alis… —dijo, casi con resignación.

Afuera, el sol apenas comenzaba a inclinarse en el cielo.

Sin perder tiempo, Gimson descendió las escaleras de la torre.

Informó brevemente a sus guardias más cercanos: —Mientras yo esté fuera, el castillo queda bajo vuestro resguardo.

Nadie entra, nadie sale sin autorización.

Los guardias se miraron entre sí, sorprendidos.

—¿Va a salir, su majestad?

¿Solo?

Gimson negó con la cabeza.

—Llevaré conmigo a Jhor, será suficiente.

Un carruaje negro con detalles dorados ya lo esperaba en la entrada del palacio.

Un robusto caballo de crin plateada resoplaba impaciente, guiado por un guardia de confianza.

El rey subió con decisión, el libro aún en sus manos.

Sabía que lo que tenía entre los dedos podía ser una clave… o una amenaza disfrazada.

Pero por ahora, era un misterio.

Y como tal, debía seguirlo.

El carro partió veloz por el sendero empedrado.

Atravesó los portones, se alejó de los muros, y se perdió entre los caminos boscosos que conducían a lo desconocido… A la cabaña de Alis.

Ese lugar, cargado de historia, de errores y secretos… tal vez hoy, por fin, le daría las respuestas que buscaba.

—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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