Vornex: Temporada 1 - Capítulo 56
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- Capítulo 56 - 56 Capítulo 56 La sabiduría rechazada
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56: Capítulo 56: La sabiduría rechazada 56: Capítulo 56: La sabiduría rechazada El sonido de los cascos del caballo sobre el empedrado se mezclaba con el viento tranquilo que soplaba entre los árboles.
La gran carroza real avanzaba lentamente por un sendero poco transitado fuera de los límites del Reino de Beinever.
Dentro, el rey Gimson II observaba por la ventanilla con el libro en sus manos, el Dmillh.
Sus pensamientos iban tan lejos como los caminos que recorría.
Entonces, una figura familiar apareció a un lado del camino: un hombre de túnica grisácea, sombrero de ala ancha y una mirada sabia pero cálida.
Quor, el guía de los caminos.
—¡Deténte, Jhor!
—ordenó el rey desde dentro de la carroza.
El cochero frenó con suavidad.
El rey descendió y se acercó a la figura.
—Cuánto tiempo ha pasado, Quor.
—Demasiado, majestad —respondió con una leve reverencia, aunque sin perder su actitud desenfadada—.
Pero el tiempo no cambia ciertas rutas.
A veces solo cambia a quienes las recorren.
El rey esbozó una ligera sonrisa.
Sacó unas monedas de su bolsillo y se las extendió.
—Para ti, por si el viaje es largo.
Quor aceptó el gesto con gratitud, sin mostrar codicia ni humildad excesiva.
Su relación era de respeto, no de necesidad.
—Gracias, pero sabes que no es por eso que me quedo a charlar —dijo Quor con una sonrisa pícara.
—Lo sé.
Pero a los guías hay que agradecerles, sobre todo cuando aparecen justo antes de los cruces importantes.
Quor asintió con la cabeza.
Luego, bajó la voz, aunque el tono seguía siendo amable.
—Los chicos…
están en la Taberna del Lobo.
Buscando respuestas sobre algo…
algo peor que Dark.
Gimson frunció el ceño.
—¿Cómo sabes eso?
Quor sacó de su morral una pequeña esfera traslúcida que brillaba débilmente.
—Magia visual avanzada.
Permite ver la actualidad de uno o varios individuos.
No muchos conocen esta técnica…
ni son capaces de dominarla.
El rey cerró el libro que sostenía.
Sus ojos se endurecieron.
—Esa magia…
Solo hay una persona que la manejaba con esa precisión.
Quor lo interrumpió con una mirada serena, como si pudiera leerle el pensamiento.
—Tienes que perdonarla.
—¿A quién te refieres?
—preguntó el rey, con tono neutral.
—No te hagas, Gimson.
Sabes bien que hablo de Alis.
El silencio se adueñó del aire por unos segundos.
Luego, el rey habló, casi con desgano.
—Solo voy a conseguir algunos objetos mágicos.
Mejorar las cosechas del sur.
Nada más.
Quor rió suavemente, sin burla.
—Tú no necesitas comprar nada.
Y jamás saldrías de tu reino para algo tan trivial.
Sabes que vas en busca de respuestas.
Y sabes a quién se las vas a pedir.
No tienes por qué ocultarlo.
Gimson desvió la mirada, incómodo.
No por Quor, sino por sus propias palabras.
El guía continuó, esta vez con tono más serio: —Cuando la desterraste, fue porque sabías que sabía más que tú.
Más que tu consejo entero.
Y te asustó.
Pensaste que perderías el control.
Pero ella nunca quiso eso…
Solo buscaba comprender, avanzar.
Te lo digo como amigo: si vas a pedirle ayuda, hazlo bien.
No como rey…
sino como el hombre que la exilió.
El guía se colocó de nuevo el sombrero, dio un paso atrás y asintió.
—Buena suerte, Gimson.
Vas a necesitar más valor para hablar con ella que para enfrentar un ejército.
Y sin decir más, se alejó por el sendero que cruzaba el bosque, perdiéndose lentamente entre los árboles.
Gimson permaneció quieto, en silencio.
Sus pensamientos lo atraparon: ¿Fui injusto con ella?
¿Fue miedo lo que me dominó?
¿Y si ahora…
ya no tengo otra opción más que enfrentar mi pasado?
Respiró hondo, y luego subió nuevamente a la carroza.
—Jhor, sigamos.
Y mientras el carruaje se ponía en marcha, el rey permanecía en silencio, con la mirada fija al frente, pero con la mente en los errores del ayer…
y las consecuencias que ahora tocaban su puerta.
— El traqueteo constante de la carroza contra el camino empedrado era lo único que se escuchaba.
El Rey Gimson II no había pronunciado palabra desde que se despidió de Quor.
Miraba por la ventana, pero en realidad no estaba viendo el paisaje: su mente había regresado al pasado, al reino de Beinever, como si se aferrara a un recuerdo que no quería soltar.
Cerró los ojos un momento, apoyando su cabeza contra la madera acolchada del interior.
Sus pensamientos comenzaron a vagar y, casi sin notarlo, el peso del cansancio y la inquietud se le mezclaron en la conciencia.
Fue entonces cuando su mente lo arrastró a una visión extraña.
…
Estaba caminando por las calles de su reino.
El sol brillaba en lo alto y la brisa fresca rozaba su capa dorada.
Su gente lo saludaba con sonrisas y reverencias: panaderos, comerciantes, niños jugando, soldados entrenando en la plaza.
Todo parecía normal, como si nunca se hubiera ido.
—¡Larga vida al Rey Gimson!
—gritó un anciano alzando su bastón.
El rey sonrió levemente, algo confundido pero cómodo, como si todo fuera simplemente…
correcto.
Siguió caminando hasta el gran portón de su castillo.
Dos guardias vestidos con armaduras impecables se cuadraron y le abrieron paso con total solemnidad.
Él asintió con respeto y entró.
La sala del trono lo recibió como siempre, con sus enormes vitrales iluminando el mármol blanco y las banderas de los cuatro vientos colgando desde lo alto.
Caminó con paso firme hasta su trono y se sentó.
Entonces…
el silencio.
Demasiado silencio.
Miró a su alrededor.
No había nadie.
Ni un guardia.
Ni un sirviente.
Ni un solo sonido.
Las antorchas se apagaron una a una sin razón aparente.
Todo el salón quedó envuelto en penumbra.
En ese instante, un sonido lejano lo sacudió: gritos.
Gritos de desesperación.
Se levantó de su trono y corrió hacia una de las ventanas.
La escena era dantesca: el pueblo estaba ardiendo, el cielo teñido de rojo y negro, casas reduciéndose a cenizas mientras las personas huían en todas direcciones.
El caos reinaba.
Y de repente… parpadeó.
Ya no estaba frente a la ventana.
Volvía a estar sentado en el trono.
Pero esta vez…
el trono estaba rodeado de una oscuridad densa, sofocante, como si el mundo entero hubiera sido borrado.
—¿Dónde estoy?
—murmuró.
El eco de su voz fue tragado por las sombras.
Entonces algo se movió.
Desde la oscuridad, una figura comenzó a emerger.
Primero fueron las piernas, luego el torso, como si la misma negrura del entorno le estuviera dando forma.
Era un ente humanoide, hecho completamente de humo negro, como una bruma viva que giraba y giraba sobre sí misma.
Sus ojos eran blancos, pero tenían pupilas negras como la noche misma.
El rey se puso de pie instintivamente.
—¿Quién eres?
El ente lo observó en silencio unos segundos.
Su voz, cuando habló, no salió solo de su boca…
sino que retumbó dentro de la mente del rey, como si lo invadiera.
—Aún no lo sabes…
pero cuando mi forma esté completa, me conocerás.
El rey frunció el ceño, confundido.
No sentía miedo, pero sí una presencia pesada, como si su alma estuviera siendo medida.
—¿Qué forma?
¿Qué clase de espectro eres tú?
El ente no respondió a esa pregunta directamente.
En lugar de eso, se giró hacia el vacío y dijo: —Mientras más me busquen…
más sabrán.
Y cuando todo esté listo… ni tú… ni tus guerreros… podrán detenerme.
Hizo una pausa.
Y su siguiente frase se sintió como un eco que resonó no solo en esa dimensión, sino más allá de la comprensión del rey: —Las dimensiones…
caerán.
El universo…
caerá.
En ese instante, la oscuridad se cerró por completo.
Un susurro, como un viento helado, rozó la nuca del rey.
Y entonces…
—¡Majestad!
¡Despierte!
—dijo Jhor desde el frente de la carroza.
Gimson abrió los ojos de golpe.
Respiraba agitado, pero por fuera se mantuvo sereno.
Miró a su alrededor.
Estaba de nuevo en la carroza.
El paisaje seguía moviéndose, los árboles pasaban uno tras otro.
El sol comenzaba a esconderse detrás de las montañas.
—¿Todo bien, mi rey?
—preguntó Jhor, mirándolo por el espejo del carruaje.
—Sí…
solo una cabezada —respondió Gimson, acomodándose la capa.
Miró al frente y vio que la cabaña ya se asomaba entre los árboles.
Estaban llegando.
Suspiró con alivio, como si el sueño solo hubiera sido eso: un mal rato.
“Qué extraño…”, pensó.
“Debe haber sido el cansancio.
Nada más.” Pero algo en el fondo de su pecho seguía latiendo con fuerza.
Las palabras del ente aún resonaban en su mente, aunque intentara no darles importancia.
“Solo un sueño…”, se repitió, sin creerlo del todo.
Y así, la carroza continuó avanzando hacia la cabaña… hacia las respuestas que el pasado le debía… y hacia la verdad que aún no estaba listo para aceptar.
— La carroza se detuvo frente a una vieja cabaña semioculta entre árboles gruesos y raíces que parecían custodiarla.
El aire era espeso, como si el tiempo mismo se hubiera estancado en ese lugar.
—¿Desea que lo acompañe?
—preguntó Jhor, con firmeza pero con respeto.
Gimson mantuvo la mirada clavada en la puerta de madera agrietada.
Se quedó en silencio unos segundos.
Luego lo miró con una expresión que parecía dolerle más que cualquier herida de guerra.
—No…
debo hablar a solas con ella.
Jhor asintió, comprendiendo más de lo que parecía.
Dio unos pasos hacia atrás, pero antes de alejarse por completo, agregó: —Esperaré en la carroza.
El tiempo que sea necesario.
Pero si está en peligro…
no dude que entraré.
—No lo estaré.
—respondió Gimson, con una determinación que no escondía su vulnerabilidad—.
Esto…
debo resolverlo solo.
Jhor se marchó sin decir más.
El sonido de sus pasos sobre la hojarasca fue lo último que se oyó antes del silencio total.
Gimson cerró los ojos un instante.
Respiró hondo.
Y dio ese primer paso…
hacia el pasado que había enterrado.
Abrió la puerta.
Esta crujió como si se quejara del reencuentro.
Dentro, la cabaña estaba en penumbra, el aire olía a incienso viejo, a magia maltratada.
—¿Qué quieres?
—dijo una voz firme desde la oscuridad.
—Vengo por respuestas…
sobre un libro.
—No me interesa.
Lárgate.
—contestó ella sin moverse.
—No…
también vengo a disculparme.
Hubo un silencio largo.
Cortante.
—No quiero tus disculpas —dijo Alis, desde algún rincón—.
Ni tus sentimientos vacíos.
Ya sé cuánto valgo para ti…
Me lo demostraste el día que me desterraste.
No fui más que un error que decidiste eliminar.
Gimson agachó la cabeza.
—Sí…
lo sé.
Me arrepiento de todo.
Por eso estoy aquí.
No por mi título, ni por poder…
sino por lo que destruí.
De pronto, las luces se encendieron solas.
Magia.
Alis estaba sentada en un sillón frente a un escritorio lleno de pergaminos, frascos con líquidos iridiscentes y símbolos antiguos.
Su mirada era tan firme como su dolor.
—No vengas a traer tu lástima.
Aquí no sirve.
Tú dejaste de existir para mí hace años.
Gimson lo sabía.
No podía acercarse con palabras simples.
No ahora.
Pero había algo que debía decir.
Se sentó con cuidado frente a ella, en otro sillón cercano.
—Entonces…
no me perdones.
No tienes que hacerlo.
No vengo a pedir eso.
Pero sí…
también vine a preguntarte algo.
Sobre ese libro que posees… solo quería saber de quién es, si pue— —No te voy a ayudar —lo interrumpió ella, con un tono que dolía más que cualquier grito—.
No vuelvas a pedirme nada.
Lárgate.
Gimson cerró los ojos.
Tragó saliva.
Y pensó.
Sus pensamientos iban a mil, pero en realidad no decía nada importante.
Palabras vacías.
Hasta que…
Recordó a Quor.
“No intentes que te entiendan, Gimson…
intenta entenderlos tú primero.” Ahí lo comprendió.
No debía hablar para convencerla.
No debía explicar ni justificar.
Debía sentir.
Sentir lo que ella sintió.
Hablar desde ahí.
Abrió los ojos.
Su mirada ahora era distinta.
—Sé que no fui el mejor.
Ni como rey.
Ni como padre.
Y no te hablo ahora con palabras nobles ni discursos vacíos.
Te hablo desde los pedazos de mí que dejé tirados el día que te desterré.
Alis levantó la mirada, sin responder.
Pero por primera vez…
lo escuchaba de verdad.
—Tienes razón en todo lo que dijiste.
Me odié todos estos años por cada segundo que fuiste invisible para mí.
Yo…
perdí a tu madre, Elizabeth, por una enfermedad incurable.
Me quedé con un reino en guerra…
y contigo.
Mi única luz.
La mención del nombre hizo que Alis tensara los labios.
—Durante diez años, traté de mantenerte a salvo.
Entre fuego y cenizas.
Y luego, cuando creciste…
fuiste brillante.
Poderosa.
Aprendías más rápido que cualquier otro mago en mi corte.
Más rápido incluso que yo.
Me enorgullecía…
y al mismo tiempo, me aterraba.
—¿Tú…?
—susurró Alis, apenas audible—.
¿Tú tuviste miedo de mí?
—No de ti.
—Gimson negó con la cabeza—.
Tu poder era algo nuevo, incluso para los reinos más sabios.
Temí no poder protegerte…
y que ese poder te consumiera.
Pero también…
temí lo que dirían los demás.
Los otros reinos.
Aquellos que solo entienden la fuerza, no el corazón.
Las palabras se acumulaban.
Cada una era una piedra que pesaba más.
Pero Gimson las sostenía.
Porque ya no hablaba desde su corona.
Hablaba desde el dolor.
Desde el amor.
—Te mandé a estudiar para que crecieras, para que volvieras aún mejor.
Y lo hiciste.
Volviste…
imparable.
—Su voz se quebró un poco—.
Pero cuando reabriste el portal…
cuando los demás reinos lo descubrieron, exigieron castigo.
Querían que te ejecutara.
Como si fueras una amenaza.
—Y me desterraste.
—dijo Alis, esta vez sin furia, sino como si terminara de encajar una pieza rota.
—No podía matarte.
Eres mi hija.
—dijo por fin, dejándolo en el aire.
Alis bajó la mirada.
Una lágrima cayó silenciosa.
No era de reconciliación.
Era de reconocimiento.
De que esa herida…
finalmente sangraba donde debía.
—Te mandé a un mago que sellara parte de tu poder.
Para protegerte.
Para protegerte de todos…
incluso de mí mismo.
Porque ya no sabía si iba a poder controlarlo todo.
Gimson se levantó lentamente.
Caminó hacia la ventana.
El sol apenas entraba, creando un silencio dorado en la habitación.
—No vine aquí a pedir perdón.
Vine…
porque no quiero morir sin que sepas cuánto te fallé.
Cuánto te amo.
Y cuánto lamento no haber sido lo que merecías.
Silencio.
Dolor.
Presente.
Alis no dijo nada.
Pero su mano, apenas un gesto…
aflojó el puño que había tenido apretado todo ese tiempo…
—
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